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miércoles, 7 de marzo de 2012

Heartland Institute


Cuando no se puede usar la ciencia para ganar un juicio, se recurre a la sospecha.

No es una estrategia novedosa.

Ahora se arremete contra los escépticos del calentamiento global desvelando que el 'Heartland Institute', asociación que apoya a algunos de esos escépticos, recibe una 'sorprendente' (¿irregular?) financiación.

Este instituto apoya económicamente a investigadores que se oponen a las tendencias, digamos que mayoritarias, no solamente en el caso del clima, sino también en cuestiones tan sensibles para determinados sectores como el tabaco.

El 'Heartland Institute' se fundó hace casi 30 años, en 1984, y su sede central está en Washington.

La filtración consiste en subrayar que sus fondos provienen de empresas petrolíferas como la Koch Industries.

El mensaje está claro: existe un conflicto de intereses, y, por tanto, sea lo que sea que mantengan los científicos financiados por esta institución, carece de validez.

El 'Nongovernmental International Panel on Climate Change' (NIPCC), apoyado por el Heartland, se percibe como el anticristo del famosísimo 'Intergovernmental Panel on Climate Change' (IPCC).

La información confidencial de los archivos del instituto se ha puesto en circulación gracias al robo perpetrado por un topo de la facción ecologista.

Los chicos del watergate climático parecen estar practicando su particular vendetta.


Como denunciaba Michael Crichton en 'State of Fear', hay demasiados intereses creados en ambos bandos. Llegar a un diagnóstico fiable es realmente complejo. Los ciudadanos estamos desamparados. Nada raro.

En la web de Steve McIntyre se puede encontrar una interesantísima información sobre el caso del 'Heartland Institute'.


En esencia, y abreviando demasiado, se revela que el beligerante Peter Gleick, autor de un influyente documento publicado en 'Forbes', fue invitado a la cena anual del instituto para explicar abiertamente su postura a quienes financian la institución.


Declinó la invitación.

En el siguiente enlace su puede averiguar por qué:

jueves, 31 de marzo de 2011

The Berkeley Earth Project


Este proyecto se destina a centrar los ánimos con respecto al llamado cambio climático o calentamiento global. ¿Cómo? Mediante la publicación de los datos disponibles más sólidos.

Se admite que se ha exagerado, tanto por parte de los catastrofistas (Al Gore, James Hansen) como del de los negacionistas (excluyendo a los escépticos, que se salvan de la quema). Algunos científicos han llegado a perder su credibilidad en un delirante proceso.

El equipo de la Universidad de Berkeley, dirigido por Richard Muller, quiere que su investigación sea independiente, neutral, sin presuntos conflictos de intereses, y que pueda cristalizar un necesario consenso.

El informe final saldrá a la luz en mayo de 2011.

El esfuerzo por distorsionar la ciencia para estimular la acción inmediata, algo que se le atribuye al famoso Panel Intergubernamental para el Cambio Climático (IPCC) de la ONU, es abiertamente indeseable. El Instituto Goddard de la NASA y la Met Office del Reino Unido tampoco se salvan de la letal combinación entre ciencia y política.

El equipo de Berkeley persigue reunir los datos (desde el siglo XVIII), hacer los cálculos y presentar los resultados para que el ciudadano pueda sacar sus propias conclusiones. Suena muy bien, siempre que no sea una estrategia destinada a que sea inevitable llegar a una inescapable conclusión si deseamos sustraernos al diagnóstico de que, más o menos, somos estúpidos.


Algo de esto último puede existir porque (a) usar un determinado punto de partida temporal, u otro, repercutirá, con certeza, en las tendencias que se puedan observar. ¿Por qué el siglo XVIII? Los escépticos sostienen que la edad media fue significativamente más calurosa que la actualidad (véase la gráfica) y (b) Muller adelanta que pueden llegar a conclusiones familiares.

martes, 9 de noviembre de 2010

La Venganza de Gaia (y Parte 2)

Me sorprende, negativamente, la selectividad de Lovelock al elegir algunos de los datos sobre los que descansan sus argumentos. Un ejemplo especialmente revelador es su aceptación acrítica del famoso ‘palo de golf’ de Mann [“me gusta tenerlo a la vista para reforzar mis argumentos frente a los escépticos del calentamiento global”] así como de las evidencias que el IPCC da por válidas –por ejemplo, la interpretación de la correlación entre temperatura global y nivel de CO2 y metano en el hielo antártico.

En el capítulo 4 confiesa que se toma en serio “la opinión de Michael Crichton”, pero no porque la considere correcta, sino porque es un excelente novelista. Sin embargo, no se toma la molestia de explicarnos por qué considera incorrecta su postura.

Lovelock omite la réplica que los investigadores canadienses Stephen McIntyre y Ross McKitrick hicieron en 2003 sobre el palo de golf de Mann que el IPCC considera válido, demostrando que era claramente incorrecto (ver gráfico). Este sabio inglés debería tenerlo también a la vista para recordarle que a veces los científicos ven lo que no hay.


Tampoco discute la posibilidad de que la correlación entre temperatura y CO2 puede atribuirse a un aumento de temperatura, no al incremento de CO2: el aumento de calor emitido por el sol promueve que se retenga más dióxido de carbono en la atmósfera.

Quizá el mayor quebradero de cabeza para Lovelock es la superpoblación. Simplemente Gaia no puede mantener esa ingente cantidad de sapiens, por lo que la catástrofe que él predice aliviará la carga.

Soy solamente un psicólogo, pero lo que sé sobre la Tierra me lleva a concordar con estas tres declaraciones de Lovelock hacia el final de su obra:

“no estamos mejor cualificados para ser los administradores o promotores de la Tierra de lo que las cabras lo están para ser jardineros (…)

los científicos y los asesores científicos tienen miedo de admitir que, en ocasiones, no saben qué sucederá en el futuro (…)

vivimos en tiempos de enconado enfrentamiento, no de reflexión, y tendemos a oír solo los argumentos de los grupos de presión que representan intereses específicos”.

Estas declaraciones son coherentes con una postura diferente a la mantenida expresamente por este científico en la ‘La venganza de la Tierra’: hagamos lo que hagamos, seguiremos o no con nuestra civilización según los cambios que se produzcan en nuestro hogar planetario por motivos que escapan a nuestro control. Si pereciésemos como civilización volveríamos al lugar que nos corresponde entre las estrellas de las que provenimos. ¿Para qué preocuparse tanto? ¿Por qué deberíamos obsesionarnos con el futuro? Cuidar del propio hogar ahora es la mejor apuesta. Como lo ha sido siempre. A veces lo hacemos mejor, otras peor. Lo que tenga que venir, vendrá. Y entonces sabremos si lo mejor supera a lo peor.

Más información:

lunes, 1 de noviembre de 2010

Gaia (y Parte 3)

O somos ignorantes o evitamos aceptar lo evidente: “nuestra zozobra sobre el futuro del planeta y las consecuencias de la contaminación proviene de nuestra ignorancia sobre los sistemas de control planetario”.

Lovelock sintetiza tres características de Gaia que podrían modificar nuestra relación con la biosfera: (a) Gaia optimiza las condiciones de la totalidad de la vida en la Tierra, (b) las consecuencias de nuestras acciones sobre la Tierra dependerán de dónde concentremos nuestra saña –hacerlo sobre la plataforma continental sería insensato, y (c) la regulación de oxígeno se mide en milenios, por lo que obtener evidencias a corto plazo carece de sentido de cara a contribuir a corregir algo por medios humanos.

Dice el autor que “la explotación de la ecología humana con fines políticos puede terminar por convertirse en nihilismo, en lugar de ser un impulso reconciliador entre la humanidad y la naturaleza”.

Los presuntos efectos de la llamada contaminación humana son un juego de niños cuando se comparan con los catastróficos efectos de una glaciación natural en la que la mano del Sapiens estuvo completamente ausente. Carecemos de perspectiva –o se desea hacer negocio amparándose en nuestra miopía intelectual.

Hacia el final de su obra, Lovelock reflexiona sobre el papel de la ciencia en algo tan politizado como el medio ambiente, destacando ideas realmente interesantes. Dice que los científicos construyen modelos sobre la Tierra desde sus universidades, pero su contacto directo con la naturaleza es minúsculo. Carecen de información recogida sobre el terreno, por lo que se ven obligados a suponer que la información de los libros y los artículos es correcta. Si esa información “no concuerda con el modelo será en los hechos donde esté el error. A partir de ahí es sencillísimo dar el paso fatal: seleccionar únicamente los datos que se ajusten al modelo”.

Sin embargo, “la confección de modelos con datos atrasados e imprecisos es una práctica tan absurda como predecir el tiempo de mañana utilizando un ordenador gigante y los datos metereológicos de 30 años atrás”.

Si las predicciones catastrofistas que todos conocemos se basan en simulaciones, pero éstas son manipulables, entonces nuestra confianza en ellas debería degradarse. Gaia es mucho más que la suma de sus partes. Nosotros, y nuestras cosas, somos una de ellas. Pero solo una y no precisamente de las más relevantes. Imaginar que nosotros y nuestras cosas estamos en disposición de alterar a Gaia es pretencioso y, posiblemente, absurdo. Aunque hay que admitir que aceptar ese absurdo y publicitarlo compulsivamente se ha convertido en un negocio multimillonario para algunos.

P.S. En 2006 Lovelock publicó ‘The Revenge of Gaia’, obra a la que dedicaremos espacio aquí en breve. En la entrevista que Rosa Montero le hizo para el diario El País, el científico británico declaró que en el siglo XXI se producirán sucesos ambientales –esencialmente una inundación de descomunales proporciones—que reducirán la población del planeta a un puñado de individuos. La supervivencia de nuestra especie dependerá de que esos individuos dispongan de la capacidad de producir y manipular la energía nuclear.

¿Vieron el largometraje de Roland Emmerich 2012?

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Steve McIntyre escribe sobre la credibilidad de la investigación sobre el clima


Hace unos días, Steve McIntryre, el climatólogo que puso en entredicho el famoso palo de golf de Mann (véase la Figura) en el que se ha apoyado la teoría sobre el cambio climático provocado por el hombre, ha escrito sobre el caso de la filtración de mensajes de correo electrónico de miembros del IPCC (Panel Intergubernamental para el Cambio Climático).

“Aunque la cosa termine en mucho ruido y pocas nueces, el daño está hecho. Hay dos cosas que ponen de relieve estos mensajes filtrados y que dañan la credibilidad de la investigación sobre el clima: la falta de transparencia en los datos y el tribalismo que dificulta, entre otras cosas, el proceso de revisión y publicación de artículos científicos”.

Comenta McIntryre que deben aplicarse rigurosos estándares sobre la transparencia y la disponibilidad de los datos sobre el clima, dada su extraordinaria relevancia política. Estos estándares deben ser acordados, clarificados y aplicados por las agencias nacionales de financiación y por las sociedades profesionales que se encargan de publicar las revistas científicas.

Tras la publicación del cuarto informe del IPCC, la concesión del Premio Nóbel de la paz, y la reciente legislación sobre energía, quienes ponen en entredicho la teoría del cambio climático provocado por el hombre están siendo marginados con mayor fuerza. Los poderes fácticos del IPCC disparan contra los investigadores escépticos, secuestran los datos disponibles, monopolizan los procesos de revisión e impiden que esos escépticos publiquen sus reservas en revistas de impacto.

“Los científicos deben considerar cuidadosamente los argumentos de los escépticos, especialmente cuando el tema posee tanta relevancia pública, demostrando que están equivocados o aprendiendo de ellos. Intentar eliminarlos o desacreditarlos no es una estrategia ética, y, además, puede volverse contra ellos a largo plazo”.

domingo, 27 de septiembre de 2009

PSICOLOGÍA Y CAMBIO CLIMÁTICO

La APA (Asociación Americana de Psicología) ha preparado un informe, de más de 200 páginas, destinado a glosar la inestimable contribución que puede hacer la Psicología al presunto problema del cambio climático.

Los lectores de este blog saben ya que mi propio análisis de la evidencia disponible sobre ese cambio, me lleva a concluir que la mano del ser humano NO está detrás de las fluctuaciones climáticas (véase “20 puntos sobre la ‘doctrina’ del cambio climático”).

Para no repetirme, los datos indican que el responsable de las oscilaciones en el clima de la Tierra es el Sol, no el Homo Sapiens. ¿Quiere la APA incidir en la conducta del sol? (puedo suponer que esa asociación no le atribuye una mente al astro rey).

El Colegio de Psicólogos de España (COP) se hace eco, y parece abrazar, las líneas maestras defendidas por la asociación norteamericana (la mano de Gore es larga y gelatinosa). El marco común de tales líneas tiende a asustarme, como ciudadano, y a incrementar mi ira, como psicólogo y como científico.

Por ejemplo, se dice que puede constituir un problema psicológico la “tendencia a minimizar la probabilidad de ocurrencia de adversidades futuras” consecuencia del calentamiento global. También parecen desear que luchemos contra el crecimiento poblacional. Habla de cosas como las “barreras psicológicas que limitan la acción individual o colectiva en la promoción de medidas contra el cambio climático”.

La APA quiere promover en los ciudadanos “conductas ecológicas”. El COP dice que el informe de la APA “ha sido valorado positivamente por expertos en el área”, añadiendo que “la psicología aplicada puede ayudar a las personas, organizaciones y gobiernos a modificar algunas de las conductas que afectan negativamente al medio ambiente y que influyen directamente en el calentamiento global”.

Me encantaría concretar el listado de ‘expertos’ o el significado preciso del término ‘ayudar’.

Si la mano del hombre no está detrás de las oscilaciones climáticas, ¿qué pinta en este tinglado la APA o el COP? Si la Psicología es una ciencia, quizá debería usar la evidencia ‘científica’, en lugar de las percepciones políticas, para elevar sus recomendaciones. Si es que, para empezar, le corresponde preparar alguna clase de kit de buena conducta…