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sábado, 20 de junio de 2009

Siglo XIX, XX y XXI

Superada la Ilustración llegamos al siglo XIX para pasar, poco después, al XX.

En el XIX comienza a hablarse, seriamente, de que los humanos somos seres construidos socialmente. Hoy en día esta es la filosofía de los científicos sociales políticamente correctos, aunque generalmente ellos mismos se excluyen del diagnóstico, por eso son capaces de percibirlo y hacernos ver la luz a los demás.

Los errores en los que caemos los humanos, pueden y deben ser corregidos instalando la adecuada tecnología gubernamental y educativa. Pero ¿quién promoverá estos vastos programas sociales? Quienes mienten, roban y holgazanean.

En el XIX se instaura la doctrina de que el ser humano, que es una bestia, debe ser tratado como lo que es, una masa, por gente lista capaz de manipularla. Aunque ahora nadie sensato fuera del mundo académico predica la doctrina de Marx, los supuestos fundamentales del marxismo siguen vigentes en la izquierda radical de Occidente.

John Ruskin comprendió lo que Marx ignoró: la medida de un país no es su producto nacional bruto, ni la distribución equitativa de la riqueza, sino los individuos que produce, así como la bondad y belleza de sus propias vidas.

En el relativismo de hoy en día, la única cosa equivocada es decir que algo está equivocado.

Nuestros estudiantes, alimentados por el merengue de la autoestima, no tienen la más remota idea de cuáles son los hechos que deberían conocer. Su laguna cultural es oceánica.

León XIII explicó que la gente corriente conoce una serie de cosas difíciles de articular, mientras que los intelectuales y los políticos saben mucho menos de lo que creen, independientemente de que sean capaces de articularlo con extraordinaria elocuencia. Este hecho resulta ofensivo para nuestros líderes de hoy en día. No en vano se han graduado en la universidad.

La bondad y la belleza provienen de las actuaciones locales, no de la fascinación por las grandes políticas y las abstracciones sociales.

Rakitin, el ambicioso monje de ‘Los hermanos Karamazov’, desea provocar una revolución contra los ricos, no por su amor a los pobres, sino por su envidia a los ricos.

La caridad burocrática, secular e impersonal no es en absoluto caridad, sino un intercambio mercenario. Jesucristo lo explicó con claridad, pero ya nadie escucha.

El Estado, que es una creación humana, no puede ser el legislador último, puesto que nosotros no hemos creado nuestra propia naturaleza. Las normas que promueven el orden civil provienen del ser humano. Es erróneo pensar que ese orden se impone al humano porque los diseñados sociales promueven normas.

No es injusto usar el dinero de gente que tiene más que suficiente, siempre y cuando se trate de una cesión voluntaria. Sin embargo, es discutible la práctica de coger ese dinero para preservar el estatus del pobre a costa del diligente.

El paso de las pequeñas comunidades a las grandes ciudades facilita que el humano pierda identidad y se transforme en masa. Una nueva casta de intelectuales aprovecha la coyuntura para vender un futuro fascinante: el siglo XX.

Siglo XX que se desarrolla marcado por la llegada masiva de magníficos inventos. Comienza a pensarse que el futuro no se parecerá en nada al pasado. La sabiduría de los antiguos debería descartarse con la llegada de un nuevo mundo. Los futuristas poseen algo en común: se olvidan del pasado y de la naturaleza humana.

Uno de los mitos más destacados del XX es la existencia de un campo ilimitado de posibilidades para el individuo ambicioso y creativo. Pero conviene distinguir dos clases de individualismo: el de competencia y el de deseo. El primero se puso bajo sospecha, puesto que se basaba en las tradiciones familiares, el servicio cívico y el trabajo duro. El individualismo de competencia se combatió en el siglo XX mediante distintas estrategias: (a) se consideró que los hombres y mujeres corrientes eran incapaces de educar a sus niños, por lo que se debía dejar ese papel en manos de expertos elegidos por otros expertos, (b) el hogar dejó de considerase sacrosanto, (c) las tradiciones cayeron en desuso, (d) las máquinas convirtieron al artesano en un trabajador para los ricos, en lugar de seguir siendo un conciudadano más, (e) la gran venta de títulos universitarios, intelectualmente devaluados, degradó al simple trabajador, y (f) la religión se convirtió en una cuestión de elección personal.

El objetivo de la libertad es la bondad, no la satisfacción de la arbitraria voluntad. Y la bondad es una bondad objetiva. Sin embargo, ahora la ‘elección’ –NO a la familia, NO a la fe, NO a la comunidad, NO a la naturaleza humana, NO al país y, por supuesto, NO a Dios—es el modo de expresar el bienestar individual. Si llevo colgado un anillo de mi nariz, no debes reír, porque esa es mi elección.

La historia de los últimos 150 años supone el desarrollo exponencial del Estado y su influencia creciente en la educación, los medios de comunicación y el entretenimiento de masas, promoviendo un individualismo de deseo, ideal para disolver la comunidad, a expensas del individualismo de competencia. Es una guerra del individuo, ahora visto como un átomo aleatorio de elección soberana, unido al todopoderosos Estado, contra sus enemigos comunes: la familia, la comunidad, la herencia nacional y la genuina libertad.

El ‘imperio’ ha aprendido que el uso más astuto de los impuestos no pasa por construir carreteras o ferrocarriles, sino por influir en la conducta de los ciudadanos. Además, sabe ahora que debe alimentar a esos ciudadanos con regalos calculados, no con amenazas.

La ciencia natural es útil. Sin embargo, debido a su método, no puede decir algo realmente interesante sobre el corazón humano, no puede decantarse sobre la bondad y la belleza. Cuando la empresa científica se desmorona, se levanta sobre sus cenizas el llamado postmodernismo, corriente que anuncia la muerte de la razón. Comienza a enseñarse a los estudiantes que no existe una verdad absoluta. Las feministas radicales llegan a declarar que las matemáticas son un instrumento de opresión masculina.

En esencia, la corrección política consiste en convertir una noción radical en dogma. Conviene tener presente que el declive de una civilización suele alcanzarse sin que los protagonistas se den cuenta.

Hoy en día, ningún país occidental se está reproduciendo al nivel que exigiría re-emplazar a su población. El individualismo de deseo exige que la gente encuentre su propio placer en el único momento del que dispone, es decir, ahora.

¿Hay alguna esperanza?

Si.

Todavía hay personas que creen en la ley natural, en la libertad del ser humano para vivir con sus conciudadanos siguiendo esa ley, y en la capacidad de la razón para ayudarnos a discernir lo bueno de lo malo, lo bello de lo feo, la verdad de la mentira. No temen a la ciencia natural, pero tampoco la convierten en su ídolo. No temen a la guerra, pero dedican sus corazones a la paz. Y ven el lado oscuro de los falsos dioses: el estado, el partido, el sexo gratuito, la libertad de elección o la ciencia.

FUENTE: Anthony Esolen (2008). The Politically Incorrect Guide to Western Civilization. Regnery Publishing, Washington, D.C.

miércoles, 17 de junio de 2009

LA ILUSTRACTION Y EL SIGLO XXI

Es verdad, en la época de la Ilustración se dijo una de las frases más relevantes de nuestra sociedad: “estoy en total desacuerdo con lo que dices y lucharé hasta la muerte para que tengas derecho a decirlo” (Voltaire).

Sin embargo, la Revolución Francesa resultó bastante menos revolucionaria, en el sentido pretendido, de lo que venimos pensando. Fue bastante tiránica y se reservó el derecho a establecer los derechos de los individuos, de las ciudades, de los grupos y clases sociales, y, por descontado, de la Iglesia. ¿Dónde está entonces la libertad?

Algunos pensadores se han preguntado cómo pudo ser que los Estados Unidos evitarán, en la época de la Ilustración, el derramamiento de sangre de Francia, el estancamiento cultural de España o la continúa desintegración de Alemania e Italia. Según la doctrina oficial, la explicación reside en el Imperialismo inglés. Algunos disienten.

Jefferson escribió en la Declaración de Independencia norteamericana: “hay algunas verdades evidentes: todos los seres humanos son creados iguales y el creador les ha concedido los derechos inalienables de la vida, la libertad y la persecución de la felicidad”. Existen diferencias sobresalientes entre esta declaración y la consigna de la revolución francesa: “Libertad, igualdad y fraternidad”.

Jefferson recurre al creador de la naturaleza humana, yendo más allá de la autoridad del estado. La libertad del ser humano y sus derechos provienen de su naturaleza creada y la ley natural incluye reglas que no pueden romperse sin negar esa naturaleza. La felicidad y dignidad del ser humano consiste en la virtud. La felicidad requiere virtud y la virtud exige una comunidad que la alimente. Si las personas son viciosas, entonces el caos en el que se caerá en las comunidades impedirá que incluso las personas virtuosas puedan disfrutar de la plena libertad que debería otorgar la vida civilizada. La persecución de la felicidad no es la persecución del placer.

Los fundadores de los Estados Unidos se sirvieron de dos modelos. Atenas, de la que adoptaron una predilección por las cuestiones locales. La lealtad a nuestra ciudad es ahora difícil de comprender, pero no siempre fue así. Por otro lado, el Senado norteamericano pretendía originalmente emular a Roma. La clase de persona que debería ocupar un puesto en el Senado sería un viejo sabio hecho a base de experiencia y lo bastante establecido como para no ceder a la tentación de usar su poder público en beneficio propio. No debería ser elegido por la gente –no se desea éxito popular en un Senador—sino por legislaturas que pudieran combatir el poder del gobierno federal.

La constitución de los Estados Unidos combina un fuerte gobierno federal, que pueda responder a las necesidades de una nación en rápido crecimiento, con una predilección por la vida cívica del estado y de la comunidad a pequeña escala. Según la constitución, la gente debe votar a los electores, no al presidente. Si no se puede ganar en un Estado, no se puede ganar nada. Con un sistema así Hitler nunca hubiera llegado al poder.

Pascal escribió: “la religión cristiana enseña estas dos verdades: que existe un Dios que el hombre puede conocer y que hay algo corrupto en su naturaleza que le impide darse cuenta”. Con tal de ignorar esa corrupción, el hombre hará lo que sea preciso. De hecho, consume la mayor parte de su vida practicando un juego bastante complicado, pretendiendo preocuparse por lo que no ama, con tal de distraerse de la soledad de su corazón, la vanidad de sus días y la brevedad de la vida.

La consigna políticamente correcta de la actualidad es: “piensa globalmente, actúa localmente”. Pero, ¿sirve para algo pensar globalmente? ¿No será similar a la consigna de ‘amar a la humanidad’, es decir, no amar a nadie realmente? Si deseas amar a la humanidad, entonces prepara una buena comida para tus niños. Si quieres limpiar el mundo, entonces lava tus platos.

El estado está ahora preocupado por dictar cómo se debe criar a los niños, qué se debe enseñar en el colegio, cómo llevar a la práctica las celebraciones patrióticas, o si se debe usar papel grueso o delgado en los baños públicos. El ciudadano de a píe pierde rápidamente protagonismo. Y será difícil volver a recuperarlo si se espera un poco más para hacer la oportuna y contundente reclamación.

Alexis de Tocqueville dijo: “existe en el corazón humano una tendencia depravada hacia la igualdad, una inclinación que impulsa al débil a hacer lo posible para que el más fuerte se rebaje a su nivel. Tal tendencia promueve que se prefiera la igualdad en la esclavitud a la desigualdad en libertad”.

Miremos hacia el siglo XIX…

sábado, 6 de junio de 2009

Renacimiento y Siglo XXI

Tras haber eliminado algunas concepciones equivocadas –solamente algunas—sobre la Edad Media, procedamos con el sobredimensionado Renacimiento.

Inciso: siempre supusimos que la inquisición española fue el brazo opresor de la Iglesia, ¿verdad? Pues no. Fue un instrumento político para asegurar la creación del Estado español. Fernando el Católico hizo la petición a Roma. La Reina Isabel reformó la Iglesia española, junto con el Cardenal Cisneros. Sirviéndose de este instrumento, España evitó los conflictos nacionalistas que asolaron Europa durante 100 años.

Se suele declarar que durante el Renacimiento el ‘hombre’ se impuso a la autoridad y la superstición religiosa, volviendo su mirada hacia la naturaleza y la experimentación para descubrir las leyes del mundo físico. Sin embargo, las cuentas no están claras. La tendencia filosófica dominante durante el Renacimiento fue neoplatónica, ganando en elegancia lo que perdió en rigor lógico.

Shakespeare resulta especialmente elocuente cuando explora las consecuencias de negar la naturaleza humana. Es impaciente con la gente que reduce la ley moral a convención social. Quien así actúa es, para el escrito sajón, un villano.

Siendo cierto que algo similar a la imprenta se inventó en China, y no en Occidente, también conviene considerar que, creyendo que su tierra era el centro del universo, los chinos no hicieron uso de su invento. ¿Por qué entretenerse en hacer algo que no sea dibujos decorativos impresos para el emperador, cuando el orden celeste que gobierna el mundo es inmutable en sus ciclos? ¿Por qué ir a alguna parte cuando tú estás en el centro? Guttenberg cogió la idea e inventó la imprenta. Sin imprenta no hubiera existido la reforma protestante ni el mundo moderno.

Cuando Copérnico, por cierto un sacerdote católico, dedicó su trabajo sobre la revolución de los cuerpos celestes al Papa Pablo III, buscaba evitar activamente una escisión entre ciencia y religión. No existe evidencia sobre el hecho de que su trabajo perturbara la fe de nadie. De hecho, el cardenal Nicolás de Cusa ya propuso que la Tierra giraba alrededor del Sol, citando al astrónomo Aristarco. Nadie se sintió molesto.

Es un sinsentido histórico declarar que Francis Bacon inventó el método científico. Lo que hizo fue restringir el significado del término conocimiento, compartiendo con los demás un instrumento, viejo y fiable, para alcanzar ese conocimiento.

Galileo es el héroe prototípico de la ciencia, contrario a las fuerzas represoras de la religión. Sin embargo, la Iglesia nunca negó que la Tierra pudiera moverse alrededor del Sol, sino que insistió en que la evidencia disponible no era suficiente como para que se pudiera enseñar como un hecho probado. Einstein concordaría con la Iglesia: “se ha mantenido que Galileo es el padre de la ciencia moderna, quien sustituyó el método deductivo y especulativo por el método experimental y empírico. Sin embargo, esta interpretación no soportaría el mínimo escrutinio”. Einstein reconoce que Galileo no tenía pruebas sobre el hecho de que la Tierra girara alrededor del Sol. Era materialmente imposible ya que, hasta Newton, no existió una teoría completa de la mecánica. El hecho que lo demuestra es que Galileo formuló una teoría de las mareas incorrecta.

El Renacimiento inició el movimiento, todavía vigente, para allanar las instituciones de nivel medio que sirven de almacén transitorio entre el individuo y el Estado, así como para separar el Estado de cualquier teología que pudiera entorpecer sus ambiciones. Las viejas autoridades pierden, mientras ganan los nuevos maestros.

Leonardo da Vinci tardó ingentes cantidades de tiempo en terminar ‘La Última Cena’ no únicamente porque fuera un perfeccionista, que lo fue, sino por su fe, una fe que le obligaba a tensar los nervios de su inteligencia, su habilidad y su visión. No se sentía capaz de representar la perfección de la belleza y la gracia celestial necesaria para plasmar, en el lienzo, al divino encarnado.

Las glorias del Renacimiento fueron posibles por la Edad Media y la cultura cristiana. La tendencia secular durante el Renacimiento es exagerada y, erróneamente, se le supone un motor de nuestro avance cultural. El Renacimiento pavimentó el camino para la decadencia moral de hoy en día al divorciar la filosofía de la fe.

Movámonos hacia la Ilustración, una época realmente fascinante…

jueves, 4 de junio de 2009

La Edad Media y el Siglo XXI

Desde la entronización de Otto el Grande, en el año 962, hasta la muerte de Dante, en 1312, Europa disfrutó de una de las más florecientes eras culturales conocidas en el mundo.

Por cierto, una época de calentamiento global. Las épocas frías han propiciado las llamadas ‘invasiones bárbaras’.

El ciudadano de la Edad Media no construyó catedrales oscuras o macabras para expresar sus miedos o su ignorancia. Los maestros constructores del medioevo buscaban luz, porque su fe les impulsaba a ello. Hay que subrayar, aunque al ciudadano de hoy en día le cueste imaginárselo, que fue la gente corriente del medioevo quien construyó las iglesias.

Las llamadas ‘brujas’ no fueron una preocupación realmente importante en la Edad Media. Es probable que haya más personas a las que se ha disparado en un centro comercial o en un instituto de los Estados Unidos, que personas ejecutadas por presuntos delitos de brujería en toda Europa entre el año 1000 y el 1300. Los más famosos juicios por brujería tuvieron lugar, como es sabido, en la época puritana de Massachusetts, alrededor de 1700, cuando la demonología se convirtió en una ciencia. Las discriminaciones raciales se pusieron de moda en la Ilustración. La Edad Media no supo nada sobre esta clase de ‘ciencias’.

El ciudadano del medioevo tuvo fe en la existencia de una belleza trascendente. Por eso, durante tres siglos, prácticamente todo lo que se escribió o se cantó estuvo relacionado con el amor, y más en concreto, con el amor apasionado.

En el Medioevo, el alma debía comenzar leyendo el libro de la naturaleza, escrito por la mano de Dios.

Los filósofos musulmanes de España y África del Norte estuvieron fascinados por Aristóteles. Intentaron, sin demasiado éxito, reconciliar sus deducciones metafísicas con el Corán. Averroes contribuyó a dar a conocer al filósofo griego en Europa.

Santo Tomás insistió en que todo nuestro conocimiento, incluyendo nuestro conocimiento sobre Dios, nos llega a través de los sentidos. Su confianza en la razón le llevó a preferir perder una discusión, pero aprender la verdad, antes que ganar esa discusión permaneciendo en la ignorancia. La verdad, no la celebridad, era el premio del esfuerzo.

Es falso que no hubiera científicos y matemáticos en la Edad Media. Nadie se preguntó, realmente, cuántos ángeles pueden bailar en la cabeza de un alfiler.

La música moderna nace en el canto gregoriano.

Guido de Arezzo inventó la notación musical occidental.

También nació en el medioevo el capitalismo, la banca internacional o el crédito.

Los artesanos se unieron en gremios para asegurar el negocio para sus ciudades, para formar a los jóvenes, para garantizar la calidad del trabajo, para apoyarse en caso de enfermedad y para mantener a las viudas y huérfanos.

También creció la universidad pública, basada en el libre debate entre sus académicos.

viernes, 29 de mayo de 2009

La religión y el Siglo XXI

Nos habíamos quedado con la pregunta de si el Dios de los Judíos cambió el mundo sirviéndose del Imperio Romano para proyectarse, desde Oriente Próximo, al resto del planeta.

El pueblo judío es importante en la historia de Occidente por una sola cosa: la revelación de un único Dios, sagrado, omnisciente, todopoderoso y todo amor. Esa revelación pudiera llegar a considerarse la idea más importante en la historia de la civilización humana.

El Dios que se reveló a Abraham mostró que el universo era algo ordenado, no arbitrario, despejando así el camino para los grandes avances de la ciencia.

Precisamente un judío sea, quizá, el humano más importante de la historia, también por motivos religiosos: un carpintero llamado Jesús con origen en Nazareth y que predicó durante algunos años antes de ser crucificado por las autoridades romanas.

Gracias a los judíos, Occidente considera que el mundo es una comedia, no una tragedia, un mundo repleto de extraordinarias posibilidades. Dante termina cada una de las grandes divisiones de su ‘Divina Comedia’ con la palabra ‘estrellas’ debido a que ellas son el emblema más claro del destino humano. No es un lugar en el Olimpo, en Roma o en un condado de California, sino en algún otro lugar, un lugar más allá de los cálculos humanos.

¿Puede ser que los ciudadanos del siglo XXI seamos tolerantes porque somos indiferentes, porque pensamos, tercamente, que la bondad y la verdad objetivas no existen? ¿Puede promover esta actitud un peligroso fortalecimiento del estado?

El cristiano se basa en la creencia de que todas las cosas buenas, incluyendo las tradiciones y la cultura, pueden estimularse a través de lo que la figura de Jesús nos legó. Un estado que persiga la indiferencia del ciudadano debe combatir sus sentimientos religiosos.

La cristiandad le dio al mundo nuestra moderna noción de ‘igualdad’. Recuerden: “todos los hombres son creados iguales”. Los cristianos declaran que todos somos igualmente dignos ante los ojos de Dios.

Hoy en día predicamos la tolerancia, pero eso implica dos mensajes contradictorios: (a) el rechazo a distinguir lo verdadero y lo falso, lo que está bien de lo que está mal, y (b) una sumisión patética a las reglas, escritas por el ‘establishment’, de lo políticamente correcto. En una palabra, es intolerancia acompañada por gomina para el pelo y una sonrisa superficial.

INCISO: ¿Cómo ha degenerado la idea cristina de la bondad en el trascurso de la historia?

-. El mundo es bello porque fue creado por Dios (San Agustín, Santo Tomás de Aquino).
-. El mundo es bello y da la casualidad que fue creado por Dios (Voltaire en sus mejores épocas).
-. El mundo es bello, pero no fue creado por Dios (Darwin, al comienzo de sus correrías).
-. El mundo no es bello y tampoco fue creado por Dios (Darwin en su ancianidad).
-. Puesto que el mundo no es bello, no fue creado por Dios (Richard Dawkins).

Pero, ¿no es el mundo bello?

SIGAMOS.

La persecución de los cristianos por parte de los romanos tiene una interesante explicación. Se libraba una batalla entre la ‘Ciudad del Hombre’, caracterizada por el Imperio y el deseo de dominación, y la ‘Ciudad de Dios’, caracterizada por la caridad y el amor desinteresado.

San Agustin distingue dos tipos de amor: lujuria y caridad. Esta distinción resultará realmente fructífera en la filosofía y el arte durante mil años. Sencillamente no puede comprenderse a Dante o Shakespeare sin ella.

En nuestras escuelas actuales es dogma que las mujeres vivieron oprimidas durante siglos, ya que no podían votar, no disfrutaban de las mismas oportunidades que los varones, etc. Sin embargo, quizá, solo quizá, los cargos sean anacrónicos y chovinistas.

Queramos o no, la caridad y la preocupación por los pobres en nuestra cultura actual, es una herencia de la cristiandad.

El empuje de la cristiandad tuvo un impacto relevante en la Edad Media.

Una edad que algunos consideran brillante, no oscura…

Veremos por qué en el siguiente post.

jueves, 28 de mayo de 2009

Roma y el Siglo XXI

Actualmente, impulsados por nuestra irrefrenable envidia, exigimos igualdad económica, social y política.

Durante el Imperio Romano, los ciudadanos optaron por una severa sabiduría y por la prestación de un servicio duradero a la sociedad, en lugar de decantarse, como se haría hoy en día, por un temporal triunfo individual.

Los medios de comunicación de la actualidad han aceptado las premisas de que debemos (a) dejar a un lado nuestras diferencias, (b) encontrar juntos las soluciones a los problemas y (c) dirigirnos hacia un cambio indefinido. Las tres premisas son, precisamente, nociones que los cónsules y el Senado romano pretendían bloquear. Los romanos diseñaron su gobierno para prevenir la invasión de ideas nuevas, por populares que resultasen, preservando el modo tradicional de hacer las cosas y la sabiduría de quienes les precedieron en el curso de la historia.

La idea de que el estado puede regular la autoridad de los padres sobre sus hijos resultaría blasfema y bárbara para la mentalidad de los romanos.

El verdadero patriotismo es el enemigo de todas las utopías, el enemigo de aquellos socialismos que entierran la comunidad local y la familia, el enemigo de un mundo controlado por tecnócratas y burócratas. Es el enemigo de un multiculturalismo que reduce la cultura a la comida y el vestido, sustituyendo las creencias más arraigadas y las viejas costumbres por nuevos y discutibles prejuicios –contra la familia, controla la fe, y a favor de un estado todopoderoso y sus ramificaciones conocidas como servicios sociales.

El patriota no es quien hace lo que quiere, incluso aunque eso puede ser ventajoso para su país. El honor y el cálculo mercenario son diferentes conceptos. Por el contrario, el patriota es alguien determinado a hacer lo que es correcto, amar a su país y negarse a rendirse.

El Senado y la Gente” era el lema de Roma. ¿Por qué no simplemente el Senado o simplemente la Gente?. Sencillamente porque no son lo mismo. Nosotros, ciudadanos del Siglo XXI, hemos olvidado esta relevante diferencia.

Un ciudadano romano era un ciudadano romano. Ahora asociamos la ciudadanía a la geografía. En Roma lo relevante era ser romano. Anthony Esolen, Profesor del Providence College, escribe: “solamente una nación en la historia del mundo occidental ha sido capaz de seguir esta sabia concepción de modo consistente: los Estados Unidos, al menos hasta 1970. A partir de ese momento se produjo un aumento exponencial de la entrada de inmigrantes ilegales, sin ningún vínculo emocional con el país, y una caída del valor de la ciudadanía entre los nativos”.

¿Por qué cayó Roma?

Algunos piensan que fue porque se despobló.

El historiador Jerome Carcopino escribió: “muchos matrimonios romanos, hacia el final del siglo I y el comienzo del siglo II, sencillamente dejaron de tener niños”. Es la marca de una sociedad en declive: vivir el momento presente y olvidarse de las generaciones venideras.

Y ahora, preguntemos: ¿cambió nuestro mundo el dios de los judíos?

Una vez más, tendremos que esperar al siguiente post...

miércoles, 27 de mayo de 2009

EL SIGLO XXI y GRECIA

Algunos pensadores comienzan a expresar sus reservas sobre la sociedad en la que estamos inmersos ahora que el siglo XXI está a las puertas de superar su primera década.

Echan la vista atrás, a Grecia o Roma, por ejemplo. Y se preguntan si nos hemos olvidado de lo que las generaciones que nos precedieron nos han enseñado. Se preguntan si el llamado multiculturalismo está acabando con nuestras tradiciones culturales más propias.

Los griegos eran tolerantes con los dialectos en sus diferentes regiones, pero estaban unidos por una sola lengua. Estaban unidos, también, por determinados cultos, como, por ejemplo, las olimpiadas. Estaban unidos por su herencia mitológica y literaria. A diferencia de los estudiantes de hoy en día en nuestra sociedad, ellos tenían algo en común.

Los griegos no trataban a sus hijos como a bebés. Y, como todos los hombres realmente libres, conversaban sin cesar sobre la vida en la polis –como ellos llamaban a sus ciudades--, sobre el dinero, los deportes, los dioses, la verdad y la ilusión, el bien y el mal.

Cada ciudad era conocida por una determinada habilidad o alguna virtud que la diferenciaba de las demás. Y pensaban de modo tan rotundo que una polis libre constituía la mejor oportunidad de llevar una buena vida, que cuando sus ciudades tenían demasiada gente enviaban a un grupo de ciudadanos a fundar una nueva polis en algún otro lugar.

Los griegos pensaban que (a) el mundo es un cosmos, un maravilloso todo ordenado en el que el ser humano ocupa un lugar especial, (b) la belleza no es materia de opinión o de acuerdo social, (c) el amor, inspirado por la belleza, posee una chispa divina y (d) nuestro estudio del mundo físico y del mundo moral debe ser diferente.

Estos pensamientos de los griegos constituyen un tremendo ataque a nuestras escuelas y a nuestros actuales sistemas políticos. El bien y el mal existen. La verdad existe y los humanos estamos en disposición de descubrirla. La belleza existe y podemos perseguirla. No se debería reducir el mundo a materia.

El filósofo griego Anaximandro propuso que si existe una causa del mundo, no puede formar parte de él. Por tanto, debe ser radicalmente diferente a los objetos de ese mundo. No puede ser material. Esta observación es evidente, pero hoy en día se considera anticientífica.

Platón razonó de un modo similar a Anaximandro: podemos ver todos los caballos del mundo, pero en tanto no concibamos la idea de lo que significa, en esencia, ser un caballo, no seremos capaces de saber qué es un caballo.

Platón propuso la existencia de tres facultades básicas en el ser humano: el intelecto, a través del que se juzga lo que es verdadero; el espíritu, que le impulsa a disfrutar de lo que es noble y bello; y el apetito, mediante el que desea lo que parece bueno en un determinado momento, como la comida o el sexo. En un humano virtuoso, estas facultades cooperan en armonía. El espíritu es la pasión que une el intelecto y el apetito.

El gobernante de la república de Platón no debe ser más listo que el resto de los ciudadanos, sino más sabio, más profundamente implicado con lo que es bueno, verdadero y bello. Naturalmente cualquier parecido entre este gobernante y los actuales es una pura coincidencia. Los políticos del momento presente no pueden implicarse con lo que es bueno, verdadero y bello, sencillamente porque ni siquiera creen que exista algo realmente bueno, verdadero o bello.

Aristóteles pensaba que el Estado nunca debería ser tan vasto que el ciudadano cayese en el anonimato. El ser humano debería vivir dentro de familias y clanes que pudieran gobernarse a sí mismos, yendo más allá de la mera subsistencia. Ese tipo de sistema social promovería la verdadera libertad.

¿Y qué pasa con Roma?

Habrá que esperar al siguiente post…