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miércoles, 9 de marzo de 2011

El 'Apollo' de Charles Murray & Catherine Cox

En diciembre de 2009 le prometí a Charles Murray leer su obra sobre el proyecto Apolo --publicada veinte años atrás-- sobre la carrera hacia la luna emprendida por los Estados Unidos en la década de los sesenta. Nos confesó entonces, aquí en Madrid, que era el libro del que se sentía más orgulloso, aunque, desgraciadamente, tuvo escaso éxito comercial.

Tardé en cumplir mi promesa, pero lo hice. Y ha merecido la pena. Es un libro excelente, y también diferente, sobre ese fascinante episodio de la historia de la humanidad.

Los protagonistas de la narración desarrollada por Murray y su esposa no son los astronautas, sino quienes tuvieron que diseñar los dispositivos necesarios para que naves tripuladas por humanos llegasen a ese bello satélite que nos ilumina de noche. Leyendo es fácil imaginar la ardua tarea de convertir en algo comprensible la extraordinaria complejidad de lo que supuso construir esas máquinas.

Los ingenieros contratados por la NASA, así como las compañías que trabajaron para ella, hicieron un esfuerzo realmente titánico para que un humano pusiese su píe en la luna, antes de que pasase una década desde que JFK lanzase el reto a su país con un discurso que ya hemos presentado en este blog:


Hay muchos nombres propios en la obra, pero, salvo excepciones puntuales, corresponden a ingenieros. No es una lectura fácil, pero, créanme, resulta tremendamente estimulante. Se van desgranando las fases cubiertas hasta llegar al Apolo en sentido estricto, desde el embrión de la NASA (formado por un puñado de ingenieros de Langley) hasta el momento en el que los políticos ---y el mundo-- pierden su interés por los viajes espaciales.

El primer 'Space Task Group' tuvo que enfrentarse a algo completamente desconocido. Se adoptaron, literalmente, miles de decisiones novedosas para alcanzar la meta, para llegar a la luna, y regresar a salvo a la tierra. Tras el famoso episodio del ruso Yuri Gagarin, los Estados Unidos tenían tres opciones: abandonar la carrera espacial, mantenerse en un segundo plano, o hacer algo dramático. Optaron por lo último.

Y para dramatizar con éxito se aferraron a eso de que lo mejor es enemigo de lo bueno, de mantener las cosas tan simples como fuese posible, de hacer responsable a la gente de ser lista y cuidadosa, de que si no se sabe qué hacer es mejor no hacer nada, de que es sabio reconocer la propia ignorancia, de ser disciplinado, profesional y de no improvisar, de no eliminar una posibilidad hasta que sea estrictamente necesario, y de esforzarse no para medrar personalmente, sino para sacar lo mejor de cada uno.

Este es un breve listado de los nombres destacados por los autores a lo largo de su obra: Chris Kraft, George Low, Don Arabian, Bill Tindall, Emil Schiesser, Jim Webb, Joe Shea, George Mueller, Robert Gilruth, Rocco Petrone, Kurt Debus, Scott Simpkinson, Max Faget, Wernher von Braun, Walt Williams, John Hodge, John Aaron, Sam Phillips, George Hage, Deke Slayton y Jack Garman.

Reconozco que Don Arabian es mi favorito. Tenía una fe casi ciega en las máquinas porque se limitaban a obedecer las leyes de la física y le disgustaba confiar en la conducta humana: "el cerebro es increíble, puede percibir cosas, crearlas, y todo eso. Pero es el dispositivo menos fiable y predecible que existe". Le daba pánico la tendencia de ese órgano a rechazar la evidencia que le permitiese llegar a una conclusión conveniente. Su perspectiva resultó esencial en varios momentos cruciales.

Las miles de personas envueltas en el proyecto Apolo, estuvieron tan absorbidas por su trabajo que, en la práctica, apenas se enteraron de Vietnam, de las elecciones presidenciales, de la guerra contra la pobreza, del LSD, o de los Beatles.

El último Apolo (17) despegó de Cabo Cañaveral en diciembre de 1972: "no importa lo que pase con el programa espacial en el futuro, nunca volverá a ser igual" declaró Petrone al ver entrar en la atmósfera terrestre la nave. "habrá muchos peregrinos, pero sólo hubo un Cristóbal".

viernes, 5 de noviembre de 2010

La Felicidad de la Gente

El año pasado el sociólogo Charles Murray impartió una conferencia-cena en el AEI (American Enterprise Institute) bajo un título realmente sugerente: “la felicidad de la gente”.

La esencia de su discurso se basa en la siguiente declaración: “un buen gobierno requiere dos cosas: primero, fidelidad al objetivo de gobernar, es decir, facilitar que la gente sea feliz; y, en segundo lugar, averiguar lo que resulta necesario para alcanzar eficientemente este objetivo”.

Murray subraya el término ‘felicidad’. La felicidad NO ES prosperidad, seguridad o igualdad. Piensa que el concepto apropiado de felicidad posee una conexión con Aristóteles, a quien los padres de la patria norteamericana tuvieron siempre presente al redactar la famosa declaración de independencia. La verdadera felicidad supone una sensación duradera y justificada de satisfacción con la propia vida.

Si nos preguntamos, como cabe esperar, cuáles son las instituciones mediante las cuales los seres humanos logramos una profunda satisfacción con la vida, la respuesta serán únicamente cuatro: la familia, la comunidad, la vocación y la fe.

Desde esta perspectiva, la meta de la política social debe ser asegurar que estas instituciones son robustas y vitales.

Murray compara el modelo clásico norteamericano con el modelo europeo, señalando que el segundo ignora abiertamente estas cuatro instituciones. Por eso reniega de la política de Obama debido a su pretensión de convertir en europeos a los norteamericanos. Quizá por eso, también, los gobernantes europeos (ZP incluido) están tan enamorados del actual presidente norteamericano.

Abomina de la tendencia de los ciudadanos europeos a delegar en sus gobiernos lo que deberían hacer por ellos mismos. Cuando los gobiernos se hacen cargo, esas cuatro instituciones se resienten y terminan por desintegrarse, puesto que su tamaño es incompatible con ellas.

Los gobiernos europeos confían ciegamente en el poder transformador de la ingeniería social, olvidándose de que los ciudadanos deben ser tratados como individuos. Muy al contrario, lo que debería hacerse conlleva facilitar que los ciudadanos puedan comportarse como personas libres, permitiéndoles que actúen según sus capacidades, aspiraciones y valores para buscar y encontrar su lugar en este mundo. El suyo propio, no el de los demás.

Recuerda el conferenciante-comensal que la naturaleza humana restringe lo que es política y culturalmente posible. No hay que olvidarse porque es peligroso.

Los norteamericanos celebran el éxito de los demás en lugar de mostrarse resentidos. A los europeos les cuesta comprender esto, de hecho les vuelve completamente locos. Tampoco admiten que sea sensato que los norteamericanos crean que pueden controlar sus propias vidas.


Respecto a esto último escribe Murray: “es difícil pensar en una cualidad más inspiradora para una población humana. Los ciudadanos norteamericanos todavía están en posesión de esa cualidad y ningún otro país se les acerca”.

Los sabios saben, desde hace tiempo, que una vida plena exige implicarse con quienes nos rodean. No es un ideal, sino una realidad.

Si pueden lean el escrito original de este sociólogo. Merece la pena.


Y completen su perspectiva general aquí:

lunes, 5 de julio de 2010

Eminencia (y Parte 4): Libertad de acción, naturaleza humana y postmodernismo

Es relevante preguntarse si una democracia es un factor que contribuya a comprender la presencia de los logros de la humanidad. Y la respuesta es negativa. Es un hecho que los estados totalitarios estimularon el logro en las artes y las ciencias, por lo que la democracia no puede ser una explicación.

Según el estudio de Charles Murray, el factor clave es la libertad de acción de la que, de hecho, disfrutan los artistas y los científicos, no las protecciones legales. Las monarquías de entre 1400 y 1950 toleraron la heterodoxia y la independencia de pensamiento, tanto como --supuestamente-- las democracias contemporáneas. Sus artistas y científicos gozaron de una considerable libertad de acción.

Desgraciadamente, España vuelve a ser una excepción, no obstante; a pesar del tamaño de su región, de su población y de su bienestar, su limitada libertad de acción da cuenta, bastante bien, de su disipación cultural tras el descubrimiento de América.

Pongámoslo en cifras para acorralar a las dudas: ser un centro financiero incrementa en un 64% la presencia de figuras relevantes, mientras que disponer de una universidad de elite aumenta esa presencia nada menos que en un 184%.

Si verdaderamente se quiere promover la eminencia, entonces hay que ser un país rico y asegurarse de que las mejores mentes del país disponen de un medio natural en el que poder desarrollar sus ideas, (a) con libertad de acción y autonomía, (b) un pellizco verdaderamente relevante del presupuesto general del Estado [= recursos de sus conciudadanos] y (c) la necesaria tolerancia a las innovaciones por muy peregrinas que puedan parecer en un principio.

Así son las cosas.

Naturaleza humana y eminencia

¿Está en la naturaleza humana alcanzar la excelencia, y, por tanto, perseguirla a la mínima oportunidad, o es la excelencia algo que debe invocarse porque los humanos son indiferentes a ella?

Los españoles somos listos. Tengo pruebas. Pero está menos claro que seamos capaces, por ahora, de generar el caldo de cultivo apropiado para que la eminencia pueda madurar. Las llamadas “culturas del pelotazo” nos acosan. O nos libramos de ellas o seguiremos en nuestra línea habitual.

La fama puede aparecer de la noche a la mañana, pero la excelencia suele ir acompañada por un intenso y prolongado trabajo. Muchos de los trabajos de las figuras eminentes del pasado resultaron vanos. Sin embargo, una persona que tenga la intensa sensación de que está en este mundo para conseguir algo, dispone de más probabilidades de alcanzarlo. Creer que la vida tiene un propósito predispone a invertir el talento en aquello que se considera que merece la pena. Y lo que merece la pena no tiene por qué ser lo más lucrativo o lo que da más glamour, sino aquello que representa la más alta expresión del objeto de la propia vocación.

Existen talentos y vocaciones en nuestro país. ¿Por qué derrocharlos?

El propósito conlleva la creencia de que la vida tiene un sentido. La autonomía lleva asociada la creencia de la persona en su poder para satisfacer ese significado mediante sus propias acciones.

Los logros son más frecuentes y amplios en culturas en las que se valora hacer algo nuevo y actuar de modo autónomo. Eso si, que la gente crea en el poder de satisfacer su destino depende en parte de su constitución psicológica, aunque las normas culturales estimulan o disuaden a la mayoría de la población.

En una cultura que teme a la innovación, la originalidad se hace sospechosa.

El progreso de la ciencia en Occidente se ha estimulado mediante el argumento competitivo de que la meta está esperando ahí, en algún lugar. Asia no ha tenido ese caldo de cultivo competitivo. Y la diferencia entre ambos contextos se puede explicar por la discrepancia entre el progreso que puede hacerse mediante el consenso, frente al progreso que exige individuos que insisten en que solos están bien. El Islam reinó durante tiempo, gracias a su propósito y vitalidad --Al Andalus es prueba de ello-- pero no pudo dar la autonomía necesaria para mantener su reinado.

El propósito y la autonomía se mezclan con la característica que define a la civilización europea: el individualismo.

La combinación del legado griego con el cristianismo produjo el milagro en Europa. La teología cristiana resultó revolucionaria al enseñar que todos los seres humanos pueden relacionarse personalmente con Dios y que todos los individuos son iguales ante sus ojos. Esa teología estimuló que el individuo actuase como tal, de un modo no conocido hasta ese momento.

Tomás de Aquino propuso la doctrina que la iglesia adoptó rápidamente: la inteligencia es un regalo de Dios y usarla para comprender el mundo le satisface. Fe y razón se complementan.

En contra de lo que a menudo se cree, Lutero no resultó particularmente interesante en este sentido. De hecho, la tesis de Aquino es más proclive al ejercicio de la autonomía y el uso del intelecto que el luteranismo o el calvinismo.

Reflexiona Charles Murray sobre el hecho de que a comienzos del siglo XXI, la religión está pasada de moda. No solamente eso, sino que los ciudadanos más inteligentes son agresivamente anti-clericales. Y estas pueden ser malas noticias para las artes y las ciencias.

¿Qué puede facilitar, en última instancia, los logros?

Nuestro autor destaca dos factores: la estructura organizativa y las bondades trascendentales.

La estructura organizativa se refiere al marco de referencia de las ciencias y las artes, así como a los criterios que la sociedad posee para valorar el logro. Una estructura que produce grandes logros debe estimular dos cualidades en tensión: libertad y orden. Cuanto más extensa y flexible es la estructura, más margen para que la libertad y el orden puedan co-existir.

Las bondades trascendentales implican que hay cosas verdaderas, bellas y buenas. Se trata de una visión, que atrae e impulsa a avanzar, sobre lo mejor que pueden llegar a ser los humanos.

La tendencia actual de los políticos a regularlo todo es contraria a la libertad de acción necesaria para alcanzar grandes logros. El descubrimiento de la verdad es la esencia de la ciencia. En las culturas en las que las personas no consideran que deben descubrir la verdad sobre cómo funciona el mundo, no puede aparecer el logro científico.

Es patente que los logros han declinado desde el siglo XIX, es decir, se aprecian menos autores significativos por unidad de población.

¡A la porra el posmodernismo!

La igualdad no está relacionada con las capacidades, la persistencia, el celo y la visión que producen la excelencia. Igualdad y excelencia pertenecen a distintos dominios, y promover alguna de ellas no compite con la promoción de la otra. La naturaleza de los logros en un determinado espacio y tiempo, se puede predecir con razonable precisión si se conoce el estatus de esa cultura en relación a las dimensiones de:

1.- Propósito.
2.- Autonomía.
3.- Estructura organizativa.
4.- Bondad trascendental.

La gasolina para el descubrimiento científico, es decir, el debate sin cuartel y una rabiosa competitividad por colocar el siguiente ladrillo en el edificio, requiere individualismo. Cuando los científicos carecen de la adhesión a los ideales de verdad, el trabajo resultante suele ser falso.

La razón por la que algunas obras de arte siguen teniéndose en alta estima, se debe a que las personas que más saben de arte siguen siendo atraídos por ellas, hablando y escribiendo sobre ellas.

Durante tiempo seguiremos preguntándonos ¿cómo pudo hacer eso un ser humano? Pero también gritaremos: ¡Un ser humano lo hizo!

Por eso…

.- No podemos ni debemos contentarnos con una cultura en la que el objetivo básico es el bienestar, la comodidad, la salud y la longevidad.

.- No podemos ni debemos adaptarnos a una sociedad que se regodea en el entretenimiento barato y los espectáculos casposos.

Una cultura incapaz de competir con las expresiones más elevadas del espíritu humano del pasado, es una cultura decadente. Es realmente descorazonador ser conscientes de que somos incapaces de llegar a la altura de quienes nos precedieron en el transcurso de la historia reciente.

Esa toma de conciencia es, al menos en parte, lo que invita a un nihilismo que está de moda. Pero esa actitud no puede ni debe perdurar. Está caduca.

A no mucho tardar, los ciudadanos que aman la literatura, la música y la pintura por su poder para expresar la belleza, la verdad y la bondad, dominarán las facultades de las universidades líder en el mundo y esa situación promoverá que la gente vuelva a valorar la excelencia

Es verdaderamente absurdo que gente que no ama las artes tenga alguna influencia social. Ahora es así, pero las tornas cambiarán.

Resulta especialmente apropiado cerrar esta serie sobre la eminencia, usando unas palabras del propio Charles Murray:

“Los seres humanos han sido más productivos y han llegado a lo más alto de su tiempo y lugar cuando han pensado seriamente sobre su lugar en el universo y cuando han estado convencidos de que, en ese Universo, había un sitio para ellos” (p. 458).

jueves, 1 de julio de 2010

Entrevista a Charles Murray en Madrid

En el Congreso anual de la ISIR (International Society for Intelligence Research) que se celebró en Madrid en diciembre de 2009, se entrevistó al sociólogo Charles Murray.


En el siguiente link se puede encontrar la grabación de esa entrevista.

http://vimeo.com/12793181

Casi seguro que resulta estimulante.

martes, 29 de junio de 2010

EMINENCIA (Parte 3): Claves de la Eminencia

Los países donde se concentran, con claridad, los logros humanos en las ciencias y las artes son Inglaterra, Francia, Alemania e Italia. España ocupa la octava posición por detrás de Austria, Rusia y Holanda.

¿Por qué estos países?

Cuando España descubrió (= conquistó) América en 1492, comenzó una época de enorme prosperidad en Europa y aumentó un bienestar, desconocido hasta el momento, que se mantiene en el momento presente (a pesar de los pesares). Durante ese periodo florecieron las artes y las ciencias, por lo que una conexión entre riqueza y logro humano parece inevitable.

Se puede suponer que la ausencia de conflictos bélicos es necesaria para que los logros puedan manifestarse. Pero no es así. La Atenas de Pericles vivió en permanente guerra. El periodo más próspero de Florencia también estuvo marcado por el conflicto. La época dorada de Alemania coincidió con la Guerra de los 30 años.

La paz explica mal la trayectoria de los logros humanos.

En cuanto a la vinculación del bienestar económico con el desarrollo en las ciencias y las artes, el caso de España resulta intrigante. Siguiendo a la conquista de América, el imperio español contaba con extraordinarios recursos económicos. Pero, según cuenta la leyenda, precisamente esa riqueza terminó con la dominancia del país sobre el resto de Europa. Los tesoros de España sirvieron para estimular a otros países europeos, a la vez que nosotros nos arruinábamos. A mediados de 1600 España cayó en un sopor económico del que no se ha recuperado hasta bien entrado el siglo XX. El registro español de figuras eminentes en artes y ciencias corre paralelo a los vaivenes de su economía.

Los expertos en Historia relatan que España fue una fuerza cultural y económica de primer orden en Europa antes de la conquista de América. Sin embargo, hasta 1650 se limitó a participar en la era creativa del continente. Pero incluso en sus mejores momentos estuvo lejos del resto de los países europeos. Sus riquezas perjudicaron al país: es como si le hubiera tocado una extraordinaria herencia a alguien que no estaba preparado para gestionarla sabiamente.

En pocas palabras: ser más rico que el resto de los países es generalmente positivo, pero es necesario excluir el caso de España para que el argumento sea válido.

¿Cuál puede ser el papel de las grandes figuras de las ciencias y las artes? Si tenemos en cuenta que el genio se alimenta inicialmente de la emulación, entonces es fácil concluir que esas grandes figuras inspiran a los jóvenes que buscan su lugar en el mundo. Sin embargo, en nuestro país, los jóvenes trataban de imitar a quienes se enriquecían rápidamente, no a los artistas o a los científicos, cuyos resultados eran más volátiles o a un plazo demasiado largo para la impaciencia de quienes comenzaban a transitar por la vida adulta.

Para entender la presencia de figuras eminentes y de sus logros, es necesario, también, grandes ciudades que estimulen el desarrollo y la existencia de una audiencia interesada. Las ciudades más relevantes en Europa han sido: Londres, Moscú, Berlín, San Petersburgo, Paris, Roma, Madrid, Viena, Hamburgo, Barcelona, Milán, Copenhague y Nápoles.

Pero las ciudades verdaderamente elitistas han sido, sin lugar a la duda, Londres, Paris, Florencia, Viena y Berlín.

La paz NO, la riqueza SI, ¿es eso todo?

(continuará…)

martes, 8 de junio de 2010

EMINENCIA (Parte 2)

¿Quiénes son los “Gigantes de la Humanidad” en las Ciencias y las Artes?

ASTRONOMÍA: Galileo, Kepler, William Herschel, Laplace, Copérnico

FÍSICA: Newton, Einstein, Rutherford, Faraday, Galileo

ARTE: Miguel Ángel, Picasso, Rafael, Leonardo da Vinci, Tiziano

BIOLOGÍA: Darwin, Aristóteles, Lamarck, Georges Cuvier, Thomas Hunt Morgan

MATEMÁTICAS: Leonhard Euler, Newton, Gauss, Euclides, Laplace

LITERATURA: Shakespeare, Goethe, Dante, Virgilio, Homero

QUÍMICA: Lavoisier, Jöns Berzelius, Carl Scheele, Joseph Priestley, Humphrey Davy

MEDICINA: Pasteur, Robert Koch, Hipócrates, Galeno, Paracelso

MUSICA: Beethoven, Mozart, Bach, Wagner, Haydn

CIENCIAS DE LA TIERRA: Charles Lyell, James Hutton, William Smith, Agrícola, Abraham Werner

TECNOLOGÍA: Edison, James Watt, Leonardo da Vinci, Christiaan Huygens, Arquímedes

FILOSOFÍA: Aristóteles, Platón, Kant, Descartes, Hegel

Lo sé, yo también me di cuenta: únicamente hay un español en esta lista de los 60 gigantes de la humanidad. Y eso en arte. Ninguno en ciencia. Cero.

En los inventarios mundiales sobre ciencia considerados por Charles Murray en su obra, “Human accomplishment”, el número de personas eminentes asciende a 1.442. En filosofía occidental 155. En artes visuales occidentales 479. En literatura occidental 835. Y en música occidental 522. Es decir, un total de 2.911 personas.

¡Menos de tres mil personas en la historia de la humanidad!

Y ahora veamos quiénes lograron un índice de eminencia de 100, el máximo posible:

* Galileo y Kepler --Astronomía--
* Darwin y Aristóteles --Biología--
* Lavoisier --Química--
* Lyell --Ciencias de la Tierra--
* Newton y Einstein --Física--
* Euler --Matemáticas--
* Pasteur, Hipócrates y Koch --Medicina--
* Edison y Watt --Tecnología--
* Newton --Ciencia--
* Aristóteles --Filosofía occidental--
* Beethoven y Mozart --Música--
* Miguel Ángel --Artes Visuales Occidentales--
* Shakespeare --Literatura Occidental--

Es decir, ¡18 personas!

Obsérvese que la mayor parte de ellas vivieron entre los siglos XVII y XX.

La conclusión inequívoca de los números presentados es que la verdadera eminencia es difícil de alcanzar. Una meta francamente compleja.

La cifra de 18 personas con un índice de eminencia de 100 puede parecernos paupérrima. Y ciertamente así es. La mayor parte de los artistas presentan un índice de eminencia entre 1 y 9, mientras que por encima de un índice de eminencia de 60 los casos se cuentan con los dedos de una mano…

jueves, 3 de junio de 2010

EMINENCIA (Parte 1)

En 2003, el sociólogo Charles Murray publicó un excelente libro titulado “Human accomplishment”, en el que estudiaba, con sumo detalle, las figuras eminentes de la humanidad en las ciencias y las artes, entre el año 850 A.C. y el año 1950.

No voy a entrar en detalles ahora, pero su exhaustiva exploración se basó en la escrupulosa consulta de un elevado número de enciclopedias temáticas editadas en distintos países para evitar las tendencias chauvinistas.

Una figura eminente es quien resulta mencionado en al menos el 50% de las enciclopedias consultadas. El análisis de la información de esas enciclopedias permitió calcular un índice resultante de comparar una figura con el resto. La puntuación bruta se calculó atendiendo a la cantidad de material dedicado a la correspondiente figura en las distintas enciclopedias.

En otro momento presentaré las figuras más relevantes de la humanidad.
Ahora voy a centrarme en las figuras españolas.

El índice de eminencia se consigna en el paréntesis.
El valor máximo de ese valor es 100.

ASTRONOMÍA: Al-Zarqali (7)

BIOLOGÍA: Miguel Servet (26), Severo Ochoa (7)

QUÍMICA: Fausto Elhúyar (4)

CIENCIAS DE LA TIERRA: Andrés del Río (7)

FÍSICA
MATEMÁTICAS

MEDICINA: Santiago Ramón y Cajal (4)

TECNOLOGÍA: Juan de la Cierva (8)

ARTES VISUALES: Pablo Picasso (77), Diego Velázquez (43), Francisco de Goya (41), El Greco (24), Salvador Dali (12), Joan Miró (12), Francisco Zurbarán (8), José Ribera (7), Juan Gris (5), Bartolomé Murillo (5), Julio González (3), Pedro Berruguete (2), Alonso Cano (2), Alonso Berruguete (1), Juan de Valdés (1)

LITERATURA: Miguel de Cervantes (29), Lope de Vega (24), Pedro Calderón de la Barca (22), Luis de Góngora (13), Federico García Lorca (13), Francisco de Quevedo (12), Miguel de Unamuno (12), Juan Ramón Jiménez (7), Antonio Machado (7), Garcilaso de la Vega (6), Margaret de Angouleme (6), José Zorrilla (5), Pedro de Alarcón (5), Benito Pérez Galdós (5), Tirso de Molina (5), Santa Teresa de Jesús (4), Mateo Alemán (4), Gustavo Bécquer (4), Baltasar Gracián (4), San Juan de la Cruz (4), Pío Baroja (3), Jacinto Benavente (3), José Echegaray (3), Fernando de Herrera (3), Fray Luis de León (3), José María Pereda (3), Lope de Rueda (3), Arcipreste de Hita (3), Agustín Moreto y Cabana (2), Rafael Alberti (2), Théodore d’Aubigné (2), Juan Boscán (2), Juan Manuel (1), Fernando de Rojas (1)

MÚSICA: Manuel de Falla (9), Tomás de Victoria (6), Isaac Albéniz (4), Antonio Cabezón (3), Enrique Granados (3), Cristóbal de Morales (2), Luis de Milán (2), Alfonso X (1), Roberto Gerhard (1), Francisco Guerrero (1), Alonso Mudarra (1), Luys de Narváez (1), Juan Pablo Pujol (1), Antonio Soler (1)

FILOSOFÍA: Averroes (11), Maimonides (6), Avicebron (2), Santayana (2)

El más destacado según su puntuación de eminencia en Ciencias es Miguel Servet --26 sobre un máximo de 100--. Averroes logra un 11, Juan de la Cierva 8, Severo Ochoa 7, Ramón y Cajal 4.

¿Qué ocurre con las artes?

En artes visuales, Pablo Picasso obtiene una puntuación de 77 y es superado únicamente por Miguel Ángel.

Diego Velázquez alcanza 43, Francisco de Goya 41 y Salvador Dalí 12.

En literatura nadie llega a la puntuación de 50: Miguel de Cervantes se lleva un 29, Lope de Vega 24 y Pedro Calderón de la Barca 22. Rafael Alberti logra un 2, Antonio Machado 7 y Federico García Lorca 13 --igual que Góngora y un punto más que Quevedo--.

Por último, en música no se logra superar la puntuación de 10 sobre el máximo de 100. El ganador doméstico es Manuel de Falla con 9, seguido por Tomás de Victoria (6) e Isaac Albéniz (4).

En suma, en las artes salimos un poco menos descalabrados que en las ciencias. Pero antes de abrirle la puerta a la tendencia triunfalista, veamos, sin ir más lejos, una comparativa con nuestros vecinos de Francia.

En el caso de la literatura, nuestros vecinos acumulan 147 personas eminentes, es decir, nos cuadruplican. En artes visuales poseen 93 personas eminentes, y, por tanto, seis veces más que los españoles. En música ellos atesoran 85 personas eminentes, es decir, seis veces más que quienes residen debajo de los pirineos.

Como psicólogo me asalta la hipótesis, agazapada en un rincón de mi estudio, de que ellos --los franceses-- son más ‘listos’ que nosotros.

Busco entre mis libros para hallar una respuesta a la pregunta: ¿son realmente más listos que nosotros?

Más adelante daré la respuesta.

sábado, 15 de noviembre de 2008

REAL EDUCATION

El sociólogo Charles Murray –en la actualidad W. H. Brady Scholar en el American Enterprise Institute de Washington, D. C.—se hizo famoso en los Estados Unidos por su libro Loosing Ground y en el mundo entero por The Bell Curve, escrito en colaboración con el psicólogo del aprendizaje Richard Herrnstein. En 2007 publicó tres artículos sobre educación en el prestigioso Wall Street Journal, lo que le valió la invitación a escribir un libro cuyo resultado es “Real Education”.

La obra se basa en lo que el autor considera son cuatro verdades simples:

1.- Existen diferencias individuales de capacidad
2.- La mitad de los niños se sitúa por debajo de la media de la población.
3.- Hay demasiada gente en la universidad.
4.- El futuro depende de cómo eduquemos a los estudiantes académicamente dotados.

Según Murray, los sistemas educativos de la actualidad viven una gran mentira, la mentira de que cualquier niño puede llegar a ser lo que desee. Realmente nadie se lo cree, pero se actúa como si fuera verdad. “Somos fóbicos a la posibilidad de decir en voz alta que los niños difieren en su capacidad para aprender las cosas que se enseñan en la escuela. No solamente odiamos decirlo, sino que reaccionamos con ira ante quienes se atreven a declararlo. Insistimos en que el emperador está vestido y en que quienes mantienen que está desnudo no pueden ser más que malas personas” (p. 11).

El autor denomina a esta visión “romanticismo educativo”. El sistema educativo actúa con imágenes idealizadas sobre el potencial de los niños y su capacidad para actualizar ese potencial. Cuando los hechos nos dan la espalda, simplemente se ignoran. Si se tratase de una mentira piadosa, no sería necesario denunciar la actual situación. Sin embargo, sus efectos son devastadores. El niño de 9 años que realmente lo pasa mal para comprender palabras simples y su compañero, que se dedica a leer “Paradiso” por simple diversión, se sientan en la misma clase día tras día, el primero frustrado por no poder hacer las más elementales tareas escolares y el segundo por aburrirse hasta llorar. Al chaval de 15 años que no le encuentra sentido al algebra, pero que posee un talento especial para las máquinas, se le dice que debe matricularse en cursos preuniversitarios, ya que si desea tener éxito en la vida debe pasar antes por la universidad. Esos dos tipos de chavales “son producto de un sistema educativo que no se permite hablar abiertamente sobre las implicaciones de los distintos límites educativos” (p. 12). Según Murray, le pedimos demasiado a los chavales situados por debajo de la media, las cosas equivocadas a quienes están en la media y demasiado poco a aquellos que se sitúan en la zona alta de la distribución.

Se discute brevemente en el libro una de las teorías más influyentes en educación: la teoría de las inteligencias múltiples de Gardner. Sostiene el autor que los educadores que, siguiendo esta teoría, piensan que serán capaces de encontrar alguna capacidad en la que el chaval destacará, se engañan a sí mismos. Y gravemente –en el número 4 del volumen 41 de la revista Educational Psychologist se publicó (en 2006) un excelente monográfico con críticas a esa teoría y las correspondientes réplicas y contrarréplicas.

¿Qué significa estar por debajo de la media de la población?

Murray pone algunos ejemplos realmente ilustrativos. Veamos uno de ellos:

El año pasado la empresa X tuvo 90 empleados.
Este año el número de empleados ha aumentado en un 10%.
¿Cuántos empleados hay ahora?

(a) 9 (b) 81 (c) 91 (d) 99 (e) 100

El 62% de los chavales de octavo grado contestan mal a esta pregunta del National Assessment of Educational Progress (NAEP). Los límites a la capacidad lógico-matemática se traducen en límites sobre cuántas matemáticas puede aprender un gran número de niños en la escuela, sin que sea realmente importante lo que haga la escuela para evitarlo. La alfabetización no consiste solo en la habilidad para decodificar palabras aisladas, sino en la capacidad lógico-matemática de inferir, deducir e interpolar. “Una de las tendencias más irresponsables de la educación moderna ha sido la reducción de la evaluación sistemática y rigurosa de las capacidades de los estudiantes. Exigirles a los estudiantes que se ajusten a un estándar establecido sin considerar su capacidad académica, es erróneo y cruel para quien es incapaz de satisfacer tal estándar (…) incluso aunque no aplicásemos ningún test, el 50% de los niños se situarían por debajo de la media, el 33% en el tercio inferior y el 10% en el decil inferior. No hay que darle más vueltas” (p. 47).

Murray revisa, entre otros, el famoso “Coleman Report” en el que se consideraron 645.000 estudiantes a escala nacional (en los Estados Unidos). Esa ambiciosa investigación se diseñó para confirmar el relevante efecto de las escuelas, valorando decenas de variables presuntamente predictivas del aprendizaje educativo, vinculadas al historial escolar de los estudiantes, sus vecindarios, el nivel socioeconómica de sus familias, los currícula, las instalaciones de las escuelas o las cualificaciones de los profesores. Sin embargo, para sorpresa de los investigadores, se encontró que la calidad de las escuelas no se relacionaba con el logro académico.

El capítulo 2 se cierra con las siguientes palabras: “ha llegado el momento de reconocer que incluso las mejores escuelas con las mejores condiciones no pueden superar los límites al aprendizaje que imponen los límites de la capacidad académica. Esto no implica dejar de ayudar a los niños, sino dejar de hacerles daño” (p. 66).

En el capítulo 3 se justifica la declaración de que hay demasiada gente en la universidad. Comienza con el dato de que, durante mucho tiempo, el nivel de CI mínimo exigido para ingresar en la universidad fue de 115, lo que corresponde al 16% de la parte alta de la distribución. Y, a continuación, recuerda las siguientes palabras de John Stuart Mill: “las universidades no están para enseñar el conocimiento necesario para preparar a las personas para encontrar un determinado modo de ganarse la vida. Su objetivo no es preparar hábiles abogados, médicos o ingenieros, sino seres humanos capaces y cultivados”. Esto da una idea de hacía dónde se dirige el autor.

En opinión de Murray, una gran parte de los universitarios acuden para lograr su entrada preferente en la vida adulta. Piensan que para vivir mejor, es necesaria esa entrada, aún cuando eso suponga “sufrir” en el proceso. El resultado perverso es que la excesiva llegada de estudiantes a la universidad está obligando a rebajar el estándar de excelencia, ya que son los estudiantes quienes valoran la labor del profesorado. Cada vez es menos relevante enseñar lo que se debe aprender y más acuciante evitar problemas con el estudiantado. Es el profesor quien debe adaptarse a las preferencias del estudiante y no al revés. Si el estudiante piensa que hay demasiada exigencia, entonces se debe rebajar la carga para no perder puntos en la evaluación de su calidad docente.

En cuanto a la educación de los estudiantes con talento, escribe el autor: “necesitamos líderes con más integridad, más prudencia, más autodisciplina y más coraje moral, no líderes mas listos. Necesitamos más sentido común en la vida pública, no un puñado de intelectuales pasados de vueltas diciéndonos lo que debemos hacer” (p. 107).

A efectos prácticos, los países occidentales están gobernados por una élite que los ciudadanos no eligen. Esa élite es inteligente, pero, además, debería ser sabia. Sostiene Murray que precisamente la universidad debería contribuir a ese objetivo. Para explicarse, el autor se despacha con la siguiente declaración sobre quienes dirigen los medios de comunicación,: “Todos nosotros confiamos en la calidad de la información emitida por los medios –y, sin embargo, a día de hoy, esa calidad es terrible. La próxima vez que escuches o leas alguna noticia relacionada con el calentamiento global, el incremento de las desigualdades económicas, los efectos del tabaco sobre los fumadores pasivos o la efectividad de las intervenciones en preescolar, presta especial atención al material técnico de la historia” (p. 118).

El capítulo final lleva por titulo “Dejemos que se produzca el cambio” y se estructura en los siguientes epígrafes: el embudo; establezcamos los límites de lo posible; averigüemos cuáles son las capacidades de cada niño; démosle una clase ordenada y segura a los estudiantes que tratan de aprender; enseñemos conocimientos esenciales a todos los estudiantes; dejemos que los niños con talento vayan tan rápido como deseen; enseñemos cómo ganarse la vida a la mitad de los “chavales olvidados” (es decir, quienes están orientados al trabajo en lugar de a la universidad); aumentemos las posibilidades de elección; usemos certificados (de cualificación laboral) para reducir el atractivo del título universitario; adoptemos una educación (realmente) liberal; y, finalmente, aceptemos la responsabilidad.

Esos títulos (casi) hablan por si solos. El embudo representa, en la parte estrecha, las posibilidades educativas de los niños de baja capacidad académica. Ese embudo se ensancha conforme aumenta la capacidad. El uso de certificados de cualificación laboral reduciría sustancialmente el número de jóvenes que desean entrar en la universidad. Quienes quieran ingresar en el mercado laboral deberían ser sometidos a pruebas de cualificación que valoren lo que saben y lo que son capaces de hacer, no dónde lo aprendieron o cuánto tiempo les supuso hacerlo. Estos certificados lesionarían únicamente a un grupo de jóvenes: aquellos que se han matriculado en prestigiosas universidades para beneficiarse del efecto halo asociado a los títulos de esa institución, pero que, realmente, puntuarían bajo en las pruebas de cualificación. En cuanto a la educación liberal, el autor recupera, soslayadamente, sus argumentos de otra de sus obras –magnífica, a mi juicio—Human Accomplishment. Escribe: “el atractivo por la excelencia no constituye una expresión piadosa de lo que un niño superdotado debería sentir, sino una realidad sobre lo que sentirían la mayor parte de esos niños si el ambiente que les rodease no se lo impidiera” (p. 166).

Antes de pasar a las interesantes notas técnicas, cuya lectura es realmente recomendable, Murray concluye su obra así: “La meta de la educación es conducir al niño hacia la vida adulta habiendo descubierto las cosas que le gusta hacer y hacerlas al más alto nivel que le permita su potencial. Esta meta se aplica a todos los niños, independientemente de su capacidad académica. No hay caminos de primera y de segunda clase para disfrutar poniendo en práctica nuestras capacidades. Es una satisfacción humana esencial y su carácter universal puede conectarnos a todos nosotros. Abrir la puerta a esta satisfacción es lo que hace la educación real” (p. 168).

En el mes de octubre de 2008, Charles Murray fue invitado a impartir una conferencia sobre educación en Brasil. Por una carambola del destino, tuve acceso al texto de esa conferencia. Las tres preguntas que se propuso responder fueron: (1) ¿Por qué Brasil logra magras puntuaciones en PISA?, (2) ¿Son estas puntuaciones importantes en el mundo real?, y (3) ¿Cuál es la reacción educativa más eficiente ante estos pobres resultados educativos?

Centrándonos en la tercera pregunta, Murray revisa, y descarta, el efecto de los programas de intervención temprana o de las reformas escolares en el periodo de enseñanza obligatoria.

Les invita a hacer algo que, en su país, carece por completo de eco: prestar atención a los estudiantes con talento académico. Sostiene que (1) Brasil posee un abundante talento académico –de hecho, muy pocos países en el mundo poseen un número mayor de estudiantes con talento; (2) el futuro económico de Brasil depende mucho más del número de estudiantes con talento que de la capacidad promedio de la población del país –la creación de riqueza nacional depende de una materia prima que no sabemos manufacturar, a saber, la alta capacidad intelectual, y de ella dependen no solamente los descubrimientos científicos y la sofisticación tecnológica, sino también la creatividad y la imaginación que promueve los negocios de éxito; (3) sabemos cómo mejorar el aprovechamiento económico de los estudiantes dotados –dejándoles ir tan rápido como deseen y facilitándoles el acceso a cursos con profesores exigentes que les supongan un reto. En los Estados Unidos se considera políticamente incorrecto proponer una educación mejor para los estudiantes dotados, por lo que esa preciada materia prima se desaprovecha.

Murray no pudo llegar a impartir esta conferencia en Brasil.

sábado, 7 de junio de 2008

Charles Murray ---Wall Street Journal, Enero de 2007---

Los siguientes son unos extractos de tres artículos publicados por el sociólogo Charles Murray en relación a la educación en los Estados Unidos.

Son excelentes piezas para reflexionar en este periodo de cambio de sistema educativo en el que nos encontramos aquí en España (y en Europa).

Ni que decir tiene que las implicaciones de las palabras de este científico están siendo ignoradas a conciencia en ese proceso de cambio por los responsables de su diseño.

A lo mejor los españoles estamos todavía a tiempo de recapacitar y servir de modelo al resto de los países europeos, señalando lo despistados que están (estamos) y, caso de seguir en esa línea, denunciando que fracasaremos estrepitosamente por dejarnos guiar por mentes bienintencionadas pero atenazadas por el imperio de lo políticamente correcto instaurado por las oscuras fuerzas del mal.

Nadie está dispuesto a admitirlo, pero el papel de la educación en la creación o solución de los problemas sociales no se puede valorar sin considerar la capacidad intelectual de la gente a la que se está educando.

El 50% de los niños posee una capacidad intelectual por debajo de la media de la población.

Nos guste o no, la capacidad intelectual es real, existe, está arraigada en el cerebro y es la materia base del rendimiento en la escuela. Si no se posee una gran cantidad de capacidad intelectual al entrar en la guardería, nunca se tendrá. Ningún cambio en el sistema educativo modificará este hecho incuestionable.

Si se combina a quienes no están cualificados con quienes lo están pero carecen de interés, hallaremos que una gran parte de los estudiantes universitarios –probablemente la mayoría—buscan algo para lo que no está pensada la universidad.

La universidad es apropiada para una pequeña minoría de jóvenes –quizá incluso para una minoría entre quienes poseen la capacidad intelectual suficiente para obtener un aprovechamiento. La gente que va a la universidad no es ni mejor ni peor que los demás; sencillamente son diferentes en ciertos intereses y determinadas capacidades. Así es como debería verse la universidad y hay razones para pensar que terminará siendo así.

El 10% más inteligente de la población es el que produce la mayor parte de los libros y de los artículos periodísticos que leemos regularmente, así como de los programas de televisión y de las películas que vemos. Son la gente que está en los laboratorios que inventa nuevos productos farmacéuticos, equipos y programas informáticos, y cualquier otra tecnología avanzada.

Nuestro futuro depende de modo crucial de cómo eduquemos a la siguiente generación de gente superdotada intelectualmente.

El problema de la educación de los superdotados no reside en su entrenamiento profesional, sino en su entrenamiento como ciudadanos.


Aceptemos que algunos niños se quedarán rezagados debido a sus limitaciones intelectuales, y pensemos en modos de educarles para que puedan llevar una vida plena a pesar de eso. Dejemos de decirles a los niños que necesitan ir a la universidad para tener éxito y beneficiémonos de los demás modos que existen para que la gente pueda desarrollar sus talentos. Reconozcamos la existencia y la importancia de la alta capacidad intelectual, y pensemos en el mejor modo de criar a los niños que la poseen.