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jueves, 2 de diciembre de 2010

Rosa Aguilar y el ecologismo

La ministra de medio ambiente se ha reunido con una serie de asociaciones ecologistas con presencia en España: Amigos de la Tierra, Ecologistas en Acción, Greenpeace, SEO/BirdLife y WWF.

Aguilar recogió las reivindicaciones de estas asociaciones y prometió dar respuesta a la mayor brevedad.

Estos son algunos ejemplos de lo exigido por las asociaciones:

-. Reducción incondicional de emisiones en un 30%.
-. Materializar los compromisos de la Ley de Patrimonio Natural y Biodiversidad.
-. Reducción de la cuota de pesca del atún rojo hasta las seis mil toneladas.
-. Prohibición del maíz modificado genéticamente MON810 y de la patata Amflora.
-. Declaración de Impacto Ambiental negativa al proyecto de Refinería Balboa (Badajoz).
- Derribo del hotel Algarrobico (Almería) ordenado por sentencia judicial.
- Combatir la construcción del puerto de Granadilla (Tenerife).

Estas podrían haber sido las respuestas de la ministra:
-. Gaia deglute las emisiones humanas.
-. La biodiversidad no nos necesita.
-. El atún rojo no es tan interesante como pensamos.
-. Los alimentos modificados son necesarios para alimentar a una población creciente.
-. La industria también es necesaria.
-. Los hoteles generan prosperidad.
-. Los puertos también.

Y, para terminar, podría haberles dicho que su ministerio piensa promover la construcción urgente de veinte centrales nucleares en el territorio nacional para abastecer al país de energía abundante, barata y segura.

Eso es lo que habría ocurrido si Aguilar, y el gobierno al que representa, estuviesen realmente preocupados por su país, por sus representados, y no por satisfacer los requerimientos de una serie de asociaciones con un claro ánimo de lucro.

lunes, 8 de noviembre de 2010

La Venganza de Gaia (Parte 1)

James Lovelock se decanta ahora por predecir un futuro terrible para la civilización. Según sus cálculos, Gaia nos expulsará de su seno, durante el siglo en curso, por haberla agredido sin criterio. Su meta de preservar las condiciones óptimas para la vida entra en contradicción con los objetivos del sapiens dirigidos al desarrollo económico sin freno.

Nuestra única posibilidad de sobrevivir como civilización a la inevitable venganza de Gaia, es olvidarnos de los ingenuos objetivos verdes y procurarnos una poderosa fuente de energía para cuando nos vengan mal dadas. No le tiembla el pulso al defender la energía atómica. Los países que se resistan a crear, urgentemente, centrales nucleares, serán los primeros en ser exterminados por la ira terrestre.

Lo que personalmente me atrae de Lovelock es que no muestra reservas al expresar lo que piensa según los datos que maneja. Algunos ejemplos. Que seamos listos es una ventaja en general, pero un inconveniente para interactuar con Gaia: “nuestra inteligencia y nuestra creatividad nos ha metido en este atolladero”. Admite que puede estar equivocado: “existe una mínima posibilidad de que los escépticos del cambio climático tengan razón”. Le parece ridículo el afán por vivir más tiempo: “en este mundo se emplea tiempo y dinero a espuertas para tratar de curar el cáncer e intentar ampliar la esperanza de vida, pero no me conmueve el esfuerzo por tratar de vivir tanto (…) casi un tercio de nosotros moriremos de cáncer porque todos respiramos aire, que está lleno del carcinógeno más peligroso: el oxígeno (…) los cancerígenos naturales generados por la vida vegetal están presentes en concentraciones miles de veces superiores a las de los producidos por la industria química”.

Arremete contra los medios de comunicación y contra los políticos: “vivimos una época en que las emociones y los sentimientos cuentan más que la verdad, y existe una enorme ignorancia científica (…) sospecho que los únicos científicos a los que conocemos bien son aquellos capaces de escribir libros interesantes. Los que de verdad contribuyen al avance del conocimiento quedan en el anonimato. Los científicos más jóvenes no pueden expresar libremente sus opiniones sin perjudicar sus posibilidades de conseguir becas o publicar artículos. No están limitados por tiranías políticas o teológicas, sino por las omnipresentes hordas de funcionarios que forman la gran tribu de cualificados pero obstrusivos cargos intermedios”.

Expresa también extraordinarias reservas sobre las llamadas energías renovables en las que quiere sustentarse el llamado desarrollo sostenible: “el crecimiento económico crea la misma adicción entre los políticos que la heroína en los toxicómanos (…) la extravagante e intrusiva construcción de plantas eólicas debe cesar de inmediato (…) las granjas de viento alteran la verticalidad de la atmósfera e influyen negativamente en el clima de la región en la que se instalan (…) necesitamos la superficie de varios planetas como la Tierra sólo para cultivar biocombustibles (…) Europa ha perjudicado gravemente su agricultura y su competitividad en el mundo mediante una compleja mezcla de subsidios, créditos y mercadeo que se conoce como política agraria comunitaria. Ahora la UE está decidida a impulsar una política energética todavía más insensata (…) la responsabilidad de haber aconsejado mal a los gobiernos recae en bienintencionados urbanitas víctimas del sueño romántico e imposible de las energías renovables y de un temor equivocado a la energía nuclear (…) la naturaleza daría la bienvenida a los residuos nucleares”.

También dice cosas que pueden resultar sorprendentes, pero que él explica con un convincente detalle: “una gran biodiversidad no es necesariamente algo deseable y que deba ser protegido a toda costa”. O, también, “cuando un accidente en el mar vierte grandes cantidades de petróleo lo vemos como un desastre medioambiental, y hasta hace poco tratábamos de limpiarlo con detergentes. Ahora, con mayor sentido común, dejamos que se encarguen de la limpieza los organismos naturales para los que el vertido es comida”.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Gaia (Parte 1)

La idea de Gaia, la Madre Tierra, está relacionada con las concepciones panteístas que a menudo han suscrito los filósofos de la antigüedad. Baruch Spizona es un ejemplo destacado.

Gaia supone que, desde sus comienzos, el planeta azul, nuestro hogar –pero no solamente nuestro—se ha auto-regulado para propiciar las condiciones necesarias para la vida.

En la obra de James Lovelock (Gaia. Una nueva visión de la vida sobre la Tierra) se discute la hipótesis de que “la biosfera es una entidad autorregulada con capacidad para mantener la salud de nuestro planeta mediante el control del entorno químico y físico”.

Se trata de un texto publicado hace más de 30 años, pero en el que ya se dice que las discusiones sobre el medio ambiente se encuentran tan politizadas que hasta los científicos parecen encontrarse en un tribunal de justicia en el que algunos hacen de abogados defensores y otros de fiscales. Sin embargo, no es esta “la mejor forma de descubrir las verdades científicas”.

La hipótesis de Gaia proviene del encargo que se hizo a algunos científicos de concretar cuáles era los factores que debían buscarse en la exploración de otros planetas para comprobar la existencia de vida. Por ese camino se descubrió que una atmosfera tan improbable como la de la Tierra solo era posible manipulándola desde la superficie mediante la vida misma: “la atmósfera era una extensión de la biosfera”.

Las consecuencias de esta hipótesis son extraordinarias. Gaia es “una entidad compleja que comprende el suelo, los océanos, la atmósfera y la biosfera terrestre. El conjunto constituye un sistema cibernético auto-ajustado por retroalimentación encargado de mantener en el planeta un entorno física y químicamente óptimo para la vida”.

Si la hipótesis es correcta, entonces el intento actual por parte del Homo Sapiens de regular y controlar a Gaia resulta bastante estúpido y hasta puede llegar a ser contra-producente.

Un ejemplo sobre cómo funciona la mente lineal y simplista del Sapiens cuando se compara con Gaia corresponde a la denostada contaminación: “el efecto de lanzar grandes cantidades de productos derivados de la combustión de combustibles fósiles a un atmósfera controlada por la biosfera puede ser muy distinto del efecto que estos gases tendrían sobre una atmosfera inorgánica y pasiva”.

lunes, 12 de abril de 2010

Fraude ecologista

Una breve nota de prensa añade leña al fuego del ecologismo interesado, del ecologismo mal entendido, que es la mayoría, a mi juicio.

Algunas empresas mienten descaradamente para lograr fondos estatales. Esas empresas engañan para demostrar que la energía solar es rentable. Se ha descubierto ahora que, sorprendentemente, las plantas solares de Castilla-La Mancha, Canarias y Andalucía, producen energía por la noche, inflando así los indicadores globales.

Concretamente, entre noviembre y enero, en pleno invierno, el sistema eléctrico recibió 4.500 megavatios/hora producidos por plantas solares entre la medianoche y las siete de la mañana, más otros 1.500 entre las 19.00 y las 23.00 horas.

¿Cómo es posible?

Fácil: mediante gasoil. Se usan combustibles fósiles para producir una electricidad que presuntamente se obtiene del sol.

Las empresas buscan las primas por producción: 436 euros por megavatio.

Hay mucho dinero suelto en juego con este negocio del ecologismo.

Y, cómo decíamos cuando éramos tiernos infantes, ‘el último puchi’.

viernes, 23 de octubre de 2009

Cuanto nos divertimos con el ecologismo coñazo

Después de meses de residir fuera de España, hoy no pude demorar más la desagradable acción de coger el coche para hacer la compra y abastecer mi despensa. O eso creía yo.

Así que entro, con la mejor de las actitudes, en el Carrefour, con la tarjeta de crédito entre los dientes y dispuesto a someterme a los dictados del € (la vida está carísima en Europa).

Con el rabillo del ojo diviso sospechosas bolsas con reclamos ecologistas por las paredes del establecimiento comercial, pero hago como si la cosa no fuera conmigo (algo en mi interior me dice que debo temerme lo peor).

Voy, poco a poco, llenando el carro de la compra, pasillo tras pasillo, con voluminosos recipientes de zumo de naranja, leche con la mayor grasa posible, botellas de aceite de oliva y el largo etcétera que cualquiera que tenga responsabilidades domésticas puede fácilmente visualizar.

Hago cola durante veinte largos minutos para poder acceder a una encantadora cajera que luce un pronunciado acento de los Balcanes. Nos sonreímos, pero, a la vez, me doy cuenta de que no para de inspeccionar, casi compulsivamente, mi carro. ¿Habré cogido algún fruto prohibido, me preguntó para mis adentros sin dejar de sonreír?

Menos risueña ahora, la profesional de los códigos de barras va lanzando los productos hacia el otro lado del diabólico dispositivo, del que salen haces de luces, con auténtica saña. Yo también me paso a ese lado y busco desesperadamente bolsas en las que ir metiendo los productos. En medio de ese auténtico frenesí lector, me atrevo a preguntarle, desesperado: “¿me puedes pasar bolsas, por favor?

Creo que lo hice con educación, pero su respuesta me deja helado:

Pero, cómo, ¿es que no tiene bolsas?

Mis ojos se agrandan bastante, de hecho diría que mucho.

Mantengo la cabeza fría: “no, ¿deberia tenerlas? He rastreado concienzudamente (se que no entenderá esta palabra, así que la pronuncio con mi mejor español) toda la zona, pero no encontré ninguna bolsa, de verdad”.

Menea su cabeza queriendo decir (no sé si en el idioma que se hable en los Balcanes o ya en español) “vaya tela”, pero diciéndome (en español): “vale, yo le doy bolsas, pero se las tengo que cobrar”.

Coño, qué novedad”, pienso, pero, por supuesto, no digo.

Nada, qué se le va a hacer, pues cóbrame las bolsas”, ahora si que digo en voz alta, para que me oiga, claro.

Me da 36 bolsas de plástico y me añade a la cuenta dos euros. Puedo afrontar el gasto. Por esta vez no me arruinaré.

A medida que me las va tirando encima del berenjenal que hay montado en la repisa añade: “pero tenga en cuenta que son biodegradables y aguantan poco”.

Me asusto. Realmente, percibo el miedo, no es broma.

Voy metiendo los productos en las bolsas biodegradables y ella, muy amablemente, me va diciendo si pasará el peso de la prueba o no.

Vuelvo a meter las 36 bolsas en el carro y me dirijo, bastante mosqueado con la humanidad, hacia mi vehículo.

Y es precisamente ahí cuando se produce el desastre. Voy tratando de introducir las bolsas en el maletero, pero el zumo, la leche y los demás productos que antes visualizamos conjuntamente, comienzan a desperdigarse por el parking, para (a) el ostensible cachondeo de quienes tuvieron la precaución de traerse de casa sacos terreros (vacíos) para meter sus recientes adquisiciones y (b) arruinar mi inversión económica en intendencia doméstica.

Tan biodegradables son las bolsas que compré que no esperan ni diez minutos para autodestruirse…

Que Dios nos pille confesados con el coñazo del ecologismo.