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miércoles, 21 de julio de 2010

Colin Patterson y la Teoría de la Evolución

Hay cosas que los científicos admitimos sin sólidas pruebas. Según el biólogo Colin Patterson (miembro del Museo Británico) la teoría de la evolución es un caso paradigmático.

En noviembre de 1981 impartió una conferencia en el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York. En esa intervención dice muchas de las cosas que posteriormente se han usado para ‘castigar’ a quien acepta sin pestañear lo que se supone que descubrió Charles Darwin.

Comenta, por ejemplo: “durante veinte años había creído que estaba trabajando acerca de la evolución en algún sentido. Una mañana me desperté y algo había sucedido durante la noche. Me vino repentinamente a la mente que había estado trabajando en este material durante veinte años, y que no había nada que supiese de ello. Esta fue una fuerte sacudida, darme cuenta de que alguien puede andar engañado durante tanto tiempo (…) me desperté y me di cuenta de que había pasado toda la vida embaucado y aceptando el evolucionismo de algún modo como una religión revelada”,

Confiesa Patterson que el nivel de conocimiento respecto a la evolución es notablemente superficial. Su poder explicativo es esencialmente ‘verbal’ y no comunica realmente ningún conocimiento. Los datos que se manejan son vacíos que tienen la función de conocimiento, pero que no comunican ninguno. Se recurre a argumentos como que ‘es evidente que la evolución ha sucedido’. Hay más fe que conocimiento verdaderamente científico.

Patterson se despacha con declaraciones que no dejan lugar a muchas dudas sobre las reservas que deberían albergarse sobre la evolución de las especies: “tiempo atrás, en 1974, Mayr apeló al genotipo como la clave del verdadero conocimiento. Y en aquel tiempo el genotipo seguía siendo un gran misterio. Ahora que tenemos muestras del genotipo procedentes de una amplia variedad de organismos, de modo que ya no es tan misterioso, se abandona, y se propone un nuevo misterio, el centro de Broca, y aquella larga lista de autapomorfías no especificadas del hombre. Parece que lo mismo que los creacionistas, los evolucionistas son proclives a apelar al misterio”.

Dice también que la duplicación genética se encuentra en algún punto en el pasado, y, por tanto, no hay forma de investigarla. Piensa que, a menudo, se invoca la duplicación genética sencillamente para arrinconar datos problemáticos.

Y respecto a las simulaciones, comenta que permiten maquillar los datos con la teoría evolucionista, presuponiendo que la evolución es cierta. Se le pide al ordenador que encuentre un árbol. Pero ¿que nos dice el árbol? ¿Nos está diciendo algo acerca de la naturaleza o sobre la teoría evolucionista?

El hecho es que, según él, los datos moleculares son incongruentes con la morfología. Y esto resulta inquietante para la doctrina evolucionista.

¿Alguien debería hablar con Richard Dawkins?

domingo, 11 de mayo de 2008

EL ESPEJISMO DE RICHARD DAWKINS

La editorial ESPASA ha publicado en 2007 el libro de Richard Dawkins, El espejismo de Dios (The God Delusion), que sería más apropiado traducir como El delirio de Dios, tanto por el término “delusion” (de connotaciones psiquiátricas) como por la intención del autor de considerar que los creyentes deliran.

Como científico debo concordar con su tesis principal de que recurrir a la figura de Dios para comprender los enigmas que rodean el origen de la vida y, para el caso, de la humanidad, es contrario a nuestra naturaleza de buscar una explicación basada en principios físicos (“sugerir que la primera causa, la gran desconocida que es responsable de que exista algo en vez de nada, es un ser capaz de diseñar el Universo y de hablar a millones de personas simultáneamente, es una abdicación total de la responsabilidad de encontrar una explicación”). Recurrir a Dios solo añade el enigma sobre cuál es, a su vez, su origen.

Sin embargo, discrepo de su enfoque de que la ciencia conoce la mayor parte de las respuestas que la religión considera materia de fe. A los científicos nos iría bien un baño de humildad de tanto en tanto. Reconocer que ignoramos muchas respuestas es positivo, igual que dejar a un lado la religión para tratar de encontrarlas usando el método al que estamos acostumbrados para resolver los problemas que la naturaleza nos plantea.

Pienso, en contra de Dawkins, que la humanidad está en su perfecto derecho de recurrir a Dios para satisfacer sus necesidades trascendentales y que determinados aspectos de la religión ayudan a la gente a seguir unas pautas morales que gobiernan su conducta. Tiene razón el autor al exponer los males que la religión ha desatado y causa en la actualidad, pero eso no descarta de un plumazo sus aspectos positivos, que también forman parte de nuestra historia, pero que Dawkins decide ignorar.

Los ateos no creemos en la existencia de Dios, pero eso no tiene por qué llevarnos al punto al que el autor quiere conducirnos. La selección natural deja sin explicar muchas cosas y sobre ellas se ceba, injustificadamente, el llamado creacionismo o diseño inteligente. Pero la prepotencia de quienes sostienen que la selección natural es el único mecanismo mediante el que se ha llegado a la variedad de especies que pueblan en la actualidad el planeta tierra (“la selección natural no solo explica toda la vida; también mejora nuestra conciencia sobre el poder que tiene la ciencia para explicar cómo puede emerger algo complejamente organizado a partir de comienzos simples sin ninguna guía deliberada”) es el factor que otorga credibilidad a los creacionistas entre determinadas audiencias. A los científicos que, además, somos ateos, nos iría muy bien aceptar esas lagunas, manteniendo nuestro determinante propósito de cubrirlas con el proceso de indagación propio de la ciencia. De hecho, la obra de Dawkins termina con una frase que suscribo plenamente: “estoy emocionado por estar vivo en un momento en el que la humanidad está luchando contra los límites del entendimiento”.

Tampoco somos capaces de ofrecer, en el momento presente, una explicación para el origen de la vida. Sostener que es fruto de una muy improbable casualidad es una alternativa (“los científicos invocan a la magia de los grandes números”). Declarar, como hacen los creacionistas, que en ese origen se encuentra la mano de Dios no lo es. ¿De dónde proviene esa mano?

Eso no significa que los científicos no debamos sorprendernos ante hechos como que si las leyes y constantes de la física hubieran sido ligeramente diferentes, el Universo se habría desarrollado de una forma tal que la vida hubiera sido imposible. “si la fuerza intensa fuera demasiado pequeña, digamos 0.006, en vez de 0.007, el Universo no contendría nada más que hidrógeno, y no resultaría ninguna química interesante. Si fuera demasiado grande, digamos 0.008, todo el hidrógeno se habría fusionado para formar elementos más pesados. Una química sin hidrógeno no podría originar vida tal como la conocemos”. Evitemos darles argumentos a los creacionistas negándonos a aceptar que la ciencia ignora muchas cosas. Pero mantengamos, con firmeza, nuestro propósito de averiguarlas, dejando que otros puedan pensar de modo alternativo, o, incluso, no pensar en absoluto.

Dawkins no necesita, para defender su argumento básico, caer en las descalificaciones que solo sirven para alimentar la beligerancia de los religiosos radicales: “vicio de la religión”, “los teólogos no tienen nada que aportar que merezca la pena”, “la única diferencia entre El código Da Vinci y los Evangelios es que estos son ficciones antiguas, mientras que el primero es una ficción moderna”, “aquellas personas que saltan directamente desde la ofuscación personal frente a un fenómeno natural hasta la apresurada invocación de lo sobrenatural, no son mejores que los tontos que ven a alguien haciendo conjuros para doblar una cuchara y llegan a la conclusión de que eso es paranormal”, “en este libro me he abstenido deliberadamente de detallar los horrores de las cruzadas, de los conquistadores y de la Inquisición española”.

En suma, la obra de Dawkins me resulta tan integrista como los religiosos radicales que justifican sus atrocidades recurriendo a sus sagradas escrituras. Los argumentos que salpican el libro oscilan entre la racionalidad, que suscribo, y la pelea callejera con un puñado de presuntas mentes religiosas que han hecho de su combate con la ciencia su sentido en nuestro planeta azul.