miércoles, 29 de junio de 2011

¿Es ahora el momento de la madurez?


No se ustedes, pero yo estoy hasta las cejas de las declaraciones cruzadas de algunos políticos y determinados periodistas.

Apenas nos dejan respirar, se nos intenta privar del tiempo necesario para disfrutar del olor del café por la mañana --como me recordaba recientemente mi colega canadiense SK—antes de deglutirlo apresuradamente y comenzar la carrera hacia ninguna parte.

Desde que Bildu tuvo mucho mayor éxito electoral del que algunos supusieron –aunque algo se temían, habida cuenta de la atención mediática que se le prestó al asunto de su legitima presencia o deseable ausencia en las listas—parece que los comentaristas de distinta ralea andan perdidos sobre las implicaciones de los resultados.

Me pregunto: ¿cabe la posibilidad de que un segmento del pueblo vasco haya apostado por introducir normalidad en su modo de gobernarse?

Darle la confianza a Bildu puede ser una manera de demostrarnos al resto de los iberos, que desean un mayor autogobierno sin el recurso a la violencia. Confío bastante mas en el pueblo que en los representantes, y si el primero habló en ese tono propendo a pensar que será por un motivo serio.

Si, como es natural, preocupa el terror promovido por la banda terrorista ETA, ¿por qué no darle un voto de confianza a quienes pretenden usar medios políticos para alcanzar sus objetivos de una legítima mayor autonomía?

Una parte significativa de los ciudadanos vascos le ha otorgado su voto a Bildu, queramos o no queramos, nos parezca mejor o peor. Tengo serias dudas sobre nuestra capacidad para ponderar adecuadamente los resultados de allí desde aquí.

Desde Madrid, por ejemplo, nuestras opiniones se encuentran extraordinariamente mediatizadas por la información –si se le puede llamar así-- que se nos hace llegar. Realmente opino que elevar una valoración seria insensato, imprudente, descarado.

Ahora el alcalde de Donostia quiere bajar de la pared del ayuntamiento el cuadro del Rey. También se pide una reducción del exceso de presencia policial y militar en Euskadi. Exceso con respecto a otras comunidades que se puede entender por el problema etarra, pero que quizá conviene revisitar para ayudar al proceso de normalización que intuyo se persigue en el País Vasco.

No soy particularmente iconoclasta y las imágenes de autoridad nunca han sido de mi agrado. Que tenga que existir una imagen del rey –o de cualquier otra autoridad-- en las escuelas o en los ayuntamientos me parece improcedente en la sociedad del siglo XXI. Seguir con una excesiva presencia policial o militar en una determinada región aviva las sensaciones de opresión vividas por determinados pueblos.

Desde aquí parece existir una obsesión con lo de allí. Dudo que esta estrategia ayude en algo a mejorar las relaciones entre ellos y nosotros.

Siento un profundo lazo de unión con los vascos y me resultaría particularmente doloroso que, por dudosos motivos políticos, esa conexión se perdiese.

Instrumentalizar los sentimientos es algo maquiavélico practicado tanto por los de aquí como por los de allí. Quizá sea hora de que los ciudadanos exijamos que ambos escuchen lo que tenemos que decirles.

Los pueblos de una región pueden sentirse unidos desde la diferencia, pero ese objetivo será mas difícil de alcanzar si esa diferencia se ve con suspicacia en lugar de resaltarse como signo de riqueza mutua.

Eliminar los componentes de una relación que llevan a sensaciones de incomodidad constituye una de las claves de su duración. Esto sucede en las relaciones personales y carezco de pruebas en contra que me lleven a pensar que este hecho natural no se aplica a los grupos humanos.

Pulir una relación requiere mimo y dedicación, exige ceder por ambas partes.

Y eso solamente puede lograrse con buena voluntad.

Nunca se alcanzara la meta envenenando el ambiente para vender mas ejemplares o para ganar votos.

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