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lunes, 9 de enero de 2012

Lectura

El mundo cambia. No se sabe muy bien por qué, pero sucede. Se especula mucho, pero se conoce poco. Reconocerlo es incómodo para muchos, pero no para todos.


En un reciente estudio se comparó a grupos de personas que leyeron y trataron de comprender textos de distinta complejidad usando un Kindle (el famoso libro electrónico de Amazon), un iPad (la tableta diseñada por Apple) o un libro estándar.

Se exploraron los procesos neuronales durante la lectura, se analizaron los movimientos oculares, el nivel de comprensión y el aprendizaje.

No se observaron diferencias según el formato usado, a pesar de que los participantes mostraron una preferencia subjetiva por el libro de toda la vida.

De hecho, el cerebro parece más cómodo al recoger información de una tableta, especialmente cuando se trata del cerebro de personas mayores.

En un frente distinto, pero asociado, el secretario de política educativa de la Generalitat, Lluís Font, considera que "la alfabetización digital puede contribuir a democratizar la educación y a alimentar la inteligencia colectiva (...) el modelo deseable es el que combina el libro tradicional con recursos digitales. Leer sigue siendo la base de la adquisición de conocimiento".

Los políticos a lo suyo: hablar sin mojarse.

Se debate sobre las virtudes y defectos de leer en papel o hacerlo usando una pantalla.

Los médicos declaran que usar una pantalla no influye en nuestro sistema visual. Pegarse a una pantalla de ordenador o de televisión no es lo relevante, sino que hay otra clase de factores que pueden producir la fatiga que resulta perjudicial.

El papel no es necesariamente menos dañino para nuestros ojos. Hay muchos tipos de papel. No produce una fatiga equivalente leer un libro en un excelente papel que hacerlo sobre un paupérrimo libro de bolsillo --el gran negocio de las editoriales.

En cuanto a los libros electrónicos, hay distintas versiones, fundamentalmente divisibles en las pantallas en blanco y negro y las que incluyen colores.

Los más centrados se decantan por concluir que el formato más adecuado depende de lo que se busque o de dónde se lea. El Kindle puede ser magnífico para leer en la playa, pero no en una habitación escasamente iluminada. El iPad puede ser una mala apuesta cuando la luz se refleja en la pantalla.

Reducir la fatiga de nuestro sistema visual está más relacionado con el descanso que con el tipo de formato usado para leer.

Lo que produce efectos negativos es un periodo prolongado de lectura, la ausencia de descansos cada poco tiempo. Ahora ya no es verdaderamente importante mirar pixels o papel.

Nuestros ojos se mueven 10.000 veces por hora. Dejarles descansar es verdaderamente importante.

El grado de refresco de las pantallas actuales contribuye a reducir el cansancio de nuestros ojos durante la lectura. Ahora las pantallas se actualizan cada 8 milisegundos, mientras que el ojo humano se mueve con una rapidez de entre 10 y 30 milisegundos.

En suma, deje de obsesionarse por lo que los 'expertos' digan. Probablemente le estarán vendiendo el producto.

Obsérvese a sí mismo y, si puede ser, sea versátil en lugar de rígido.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Tecnología y cerebro


Científicos del University College (Londres) han observado que en 125 estudiantes usuarios de Facebook se aprecia más materia gris en determinadas regiones del cerebro como, por ejemplo, la amígdala. También en otras áreas vinculadas a las emociones y las relaciones sociales en general. Concluyen que estas relaciones influyen físicamente en el cerebro. Ser usuario de las redes sociales también.

Las áreas cerebrales activas ante situaciones presenciales que producen placer o malestar, también se activan en situaciones vicarias como las relacionadas con esas redes sociales.

Se ha estudiado cómo influye en la memoria el hecho de disponer de acceso casi ilimitado a extraordinarias dosis de información, mediante, por ejemplo, Google. Esa interacción parece moldear nuestra memoria.

Los expertos hablan demasiado. Algunos dicen que Google influye negativamente sobre nuestra memoria operativa, otros que facilita los procesos de enseñanza y la memoria visual. Se preguntan si Google modifica la estructura de nuestro cerebro.

Mi colega Juan Álvarez-Linera mantiene que así es, que la interacción con la tecnología altera las conexiones neuronales, promoviendo la pérdida de memoria y mejorando los procesos de planificación.

Internet está sustituyendo al viejo hábito de sentarse en el sillón a leer un libro. Gutenberg ha muerto. Viva Google.

Algunos pensamos que este cambio democratiza la cultura, destrona a la aristocracia intelectual cimentada en los libros. Quienes se sienten atacados recurren a la diferencia entre información y conocimiento, atribuyendo el primero a la red y el segundo a los libros.

Se admite que ahora los jóvenes leen más, pero se matiza que lo hacen peor. Se distingue entre aprender activa y pasivamente. Por razones desconocidas asignan a los libros el ingrediente activo.

Se dice que la antigua forma de leer es "buena, experimentada y sabia".

César Antonio Molina se pregunta: "¿Por qué Internet tiene que obligarnos a dejar de leer, a dejar de escribir, a dejar de pensar?"

Se huele el miedo.

Francamente, no comprendo ese rechazo.

Tampoco las gratuitas atribuciones sobre la superficialidad a la que supuestamente nos aboca el uso de la tecnología y el abandono del imperio del libro.

Leer es claramente antinatural. Nuestro cerebro no está preparado. Solamente tras un extraordinario esfuerzo somos capaces de manejarnos con los textos escritos.

¿Por qué no usar medios más naturales para ese fascinante órgano alojado en el cráneo?

Estamos preparados para aprender viendo y escuchando, pero no leyendo.

Mal que les pese a algunos.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Guerrilleros Pro Ciencia

Un equipo de científicos del “Centro Vasco para el estudio de la cognición, el cerebro y el lenguaje [Basque Center on Cognition, Brain, and Laguage]”, coordinado por Manuel Carreiras, publicó recientemente un apasionante estudio en la revista ‘Nature’.

Averiguaron cómo cambia la estructura del cerebro cuando se aprende a leer, comparando dos grupos de ex miembros analfabetos de la guerrilla colombiana.

Mediante resonancia magnética se obtuvieron imágenes del cerebro de 20 guerrilleros que habían terminado su curso de lectura, comparándolas con otros 20 que todavía no habían iniciado ese curso. El primer grupo presentó más materia gris que el segundo en 5 regiones envueltas en el procesamiento visual y fonológico. También se observaron diferencias en el cuerpo calloso, el tracto de materia blanca que conecta los dos hemisferios cerebrales.

El giro angular (ANG, angular gyri) se revela como una estructura fundamental para la lectura. Su función es la de permitir que se pueda ‘predecir’ la palabra que vendrá seguidamente cuando se lee, lo que explica que podamos leer rápidamente. Por tanto, el cerebro pone bastante de su parte para agilizar el proceso de lectura, y, posiblemente, para la comprensión del mundo que nos rodea.

Esta perspectiva recuerda el magnífico tratado de dos científicos Latinoamericanos, Humberto Maturana y Francisco Varela, titulado ‘El árbol del conocimiento’. Es una obra fascinante en el que la principal tesis es que no vemos el espacio del mundo, sino que vivimos nuestro campo visual, no vemos los colores del mundo, sino que vivimos nuestro espacio cromático. Si sacamos una naranja del interior de una casa a un patio al aire libre, la naranja no cambia de color, a pesar de que el interior de la casa esté iluminado por luz fluorescente (que tiene una gran cantidad de onda azul) y en el patio predominen las longitudes de onda rojas (propias de la luz solar). El cerebro construye el mundo que conocemos.

En cuanto a las eventuales aplicaciones prácticas de la investigación con los guerrilleros, los autores especulan sobre el caso de las personas con dislexia. Cuando se estudia su cerebro, se aprecia que poseen menos materia gris y menos materia blanca en las mismas estructuras cerebrales identificadas en los guerrilleros. ¿Tienen problemas de lectura esas personas porque sus cerebros son menores en esas regiones clave?

Carreiras y sus colegas piensan que el menor tamaño de esas estructuras cerebrales en las personas con dislexia es ‘consecuencia’ de que no han aprendido a leer, no su ‘causa’.

Sin embargo, no se debe olvidar que existen genes asociados a la dislexia, y que, por tanto, esos genes podrían estar influyendo sobre esas estructuras cerebrales. Desde 2001 poseemos pruebas de que la estructura cerebral está influida por los genes.

En consecuencia, los genes contribuirían a construir la arquitectura cerebral, y, en el mejor de los casos, la conducta colaboraría en ese proceso.

Mi consejo para el equipo del Centro Vasco es que, en su próximo estudio, usen un diseño genéticamente informativo (genotipar los marcadores relevantes para la dislexia es tan viable como barato). En cualquier caso, mi enhorabuena por su excelente trabajo, que sirve de modelo para los demás investigadores del país.