Hace más o menos un mes, mi colega y amigo Antonio
Andrés-Pueyo me recordaba el fascinante caso de Eng y Chang Bunker, los famosos
individuos que dieron nombre a los ‘hermanos siameses’.
Nacieron unidos por el pecho en el antiguo reino de Siam (actual
Tailandia). En su región de origen se les consideró una maldición y, de hecho,
fueron condenados a muerte por el Rey de Siam.
Para sacarles del país y evitarles problemas, su madre les cedió
a un empresario sin escrúpulos (el británico Robert Hunter) que les paseó como
animales de feria por medio mundo, obteniendo pingües beneficios.
Chang y Eng aprendieron a correr, saltar y nadar en una
armonía casi perfecta. Chang era el hermano dominante, más inteligente y con
una mayor agresividad, mientras que Eng era más tranquilo y con un considerable
espectro de intereses culturales.
Murieron con más de sesenta años de edad (en 1874) en
Carolina del Norte (cuatro años antes, Chang había sufrido un ataque que le
paralizó parte del cuerpo y bebía mucho, mientras que Eng mantuvo una salud de
hierro hasta el final) después de una intensa (y unida) vida que incluyó el
eficaz gobierno de una granja en la zona sur de los Estados Unidos, el
matrimonio y una descendencia de 21 hijos.
Psicológicamente el caso es realmente aleccionador. Los
científicos se han preguntado reiteradamente hasta qué punto el contacto entre
iguales produce similitudes y diferencias. Eng y Chang estuvieron en permanente
contacto durante más de seis décadas y compartieron absolutamente todas sus
experiencias.
Sin embargo, de ninguna manera se puede concluir que ese
intensísimo contacto les convirtió en individuos más similares que dos hermanos
cualesquiera.
Eng fue una persona tranquila fascinada por las partidas de póker
hasta altas horas de la madrugada. A Chang le encantaba beber y tenía malas
pulgas.
Se casaron con Adelaide y Sarah. Cuando se enamoraron, los
hermanos pensaron seriamente en separarse, pero sus prometidas (que también
eran hermanas) intercedieron para evitar el riesgo que suponía la operación.
Los cuatro, y sus numerosos retoños, vivieron juntos durante
catorce años, pero pasado ese tiempo la armonía familiar se desmoronó.
Dividieron sus propiedades y acordaron vivir en cada una de ellas durante tres
días.
El caso de Eng y Chang debería recordarse y discutirse ante
las ingenuas ideas de la relevancia del contacto para comprender nuestras
características de personalidad.
No son las experiencias que compartimos lo que produce que
seamos más o menos parecidos. Es la interacción entre lo que somos
genéticamente y las situaciones con las que nos encontramos y que buscamos
activamente.
No somos entes pasivos o pizarras en blanco dispuestas a que
nos escriban caprichosamente encima.
Cierto. Comparto el enfoque. Eso sí, por el momento, lo que está más cerca de nuestras posibilidades es incidir en el entorno en el que vivimos. Con el tiempo quizá, logremos también incidir en lo que somos genéticamento, algo que, por otra parte, se ha hecho siempre aunque de manera artesanal e intuitiva.
ResponderEliminarEl problema, Félix, es que eso de 'incidir' en el entorno puede ser peligroso al no saber con claridad cómo puede 'incidir' lo que se haga sobre genotipos distintos. No sé si me explico...
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