miércoles, 12 de mayo de 2010

IBEROS: NUMANCIA

En esta ciudad residían los arévacos, considerados como una de las tribus celtas más fieras. Nunca pactaron con los romanos.

Los arévacos de Numancia lograron varias hazañas.

Mantuvieron contra Roma una guerra que duró 10 años, entre el 143 y el 133 a. d. C. dirigida por los caudillos Retógenes, Avaro y Teógenes.

El cónsul romano Quinto Cecilio Metelo fue el primero en atacar Numancia, pero fracasó. Posteriormente, Pompeyo sitió la ciudad e intentó tomarla al asalto con un ejército de 30.000 soldados, pero tampoco tuvo éxito. También falló Popilio Lenas. Pero el mayor desastre lo sufrió Roma con la masacre del ejército dirigido por Mancino, compuesto por 20.000 legionarios.

Los sucesores de Mancino no se atrevieron a atacar Numancia.

Roma se propuso seriamente acabar con la resistencia numantina sirviéndose del mejor de sus generales, Escipión Emiliano. Arribó a Numancia en el 134 a. d. C. con 60.000 soldados y un elevado número de elefantes capitaneados por el Príncipe Yugurta.

El general mandó construir una empalizada que rodeara la ciudad, situando siete puestos de combate en lugares estratégicos por los que los numantinos podían intentar avituallarse. Polibio, el historiador, que era, además, consejero de Escipión, diseñó un sistema de señales para dar la alarma con eficacia. Su plan era, por tanto, aislarles para que muriesen por falta de víveres (o se rindiesen). Un ataque directo se consideraba abocado al fracaso, dada la bravura de esos iberos insensatos.

Pero los arévacos lograban, una y otra vez, burlar la vigilancia. En una de sus escapadas nocturnas para hacerse con vituallas, capturaron al Príncipe Yugurta y a su elefante, con el que se dieron un festín en la ciudad. Este fue el primer elefante que se comieron (respetaron a Yugurta) guiados, para su captura, por soldados que habían servido bajo las órdenes de Aníbal durante la Segunda Guerra Púnica.

Sabiendo que, en el combate cuerpo a cuerpo, los arévacos eran terriblemente superiores a los legionarios, Escipión construyo maquinas de guerra, cegando las fuentes de los ríos para provocar la sed de la población.

Seis meses después la situación se hizo desesperada: se comían a los viejos que se morían y los guerreros que se encontraban débiles se suicidaban para servir de alimento a quienes todavía podían combatir. Las mujeres eran privilegiadas por su capacidad para parir hijos, a través de los que perdurarían los sentimientos de libertad del pueblo arévaco.

Hastiado por el largo asedio, el general romano decidió pactar la rendición, pidiéndoles a los numantinos que entregasen las armas. Esta fue su respuesta: "nunca entregaremos las armas. Eso sería como hacernos esclavos. Antes preferimos la muerte".

Entre la disyuntiva de la inanición o la lucha, los numantinos optaban por combatir contra los legionarios para encontrar una muerte honrosa. Así fueron muriendo, poco a poco, los habitantes de la ciudad.

Cuando, finalmente, Escipión pudo entrar en Numancia, no encontró a una sola persona con vida: se habían matado unos a otros para dejar este mundo con honor y evitar ser esclavizados.

Furioso, el general mandó quemar la ciudad y condenar a la muerte a quien intentara reconstruirla.

P. D. Según algunas fuentes, seguramente apócrifas, los restos de Viriato fueron trasladados a la Ciudad Encantada de Cuenca. Sus cenizas se mezclaron con las de su esposa, Ada, y se dispersaron por el monte.

No hay comentarios:

Publicar un comentario