Estaba relativamente desconectado de este mundo cuando, accidentalmente y de temprana mañana, me enteré de que Bin Laden había sido abatido en una aldea remota de Oriente.
Pude saber que unos asesinos 007 entrenados de los Estados Unidos, los denominados SEALS, habían disparado contra el presunto inspirador de una serie de actos terroristas que hicieron temblar los cimientos de las sociedades democráticas occidentales.
Una vez muerto, los soldados practicaron un análisis de ADN para confirmar su identidad, y, una vez hecha la comprobación, se deshicieron del cadáver arrojándolo al mar.
Inicialmente pensé que la secuencia sonaba extrañísima. ¿Por qué no mostrar al mundo la evidencia visual de la eficacia de esos asesinos a sueldo que lograron materializar lo que tantos deseaban desde hacía una década? La violencia real televisada está a la orden del día, así que ¿por qué hacer una excepción ahora?
Confieso que eso dejó de preocuparme para cobrar protagonismo algo que me resultó particularmente grave, y que todavía me lo parece.
¿Cómo puede ser que el mundo civilizado aplauda una ejecución en regla, incluyendo los países y ciudadanos que se oponen, de manera vehemente, a la pena capital?
Luego supe que si Bin Laden hubiera sido juzgado en los Estados Unidos, habría obtenido la absolución por falta de pruebas. Así que las autoridades, incluyendo el máximo representante --Barack Obama-- aprobaron su exterminio ante los aplausos del resto de ciudadanos.
Pero si solamente existían pruebas circunstanciales sobre la responsabilidad material del aristócrata árabe en los trágicos atentados de todos conocidos, ¿cómo puede aceptarse ese asesinato, esa ejecución sumarísima? ¿cómo podemos alegrarnos de algo así quienes estamos convencidos de la importancia de la necesidad de que exista, realmente, una sociedad de derecho que garantice la presunción de inocencia?
No estoy diciendo que Laden fuese inocente. Digo que no lo sabíamos a ciencia cierta, y, por tanto, que no era culpable hasta que se demostrase en un juicio regulado y con las garantías que solemos proclamar como envidiable seña de identidad de las democracias occidentales.
Ante esta coyuntura, aplaudir masivamente, sin tapujos, con alegría, una ejecución de ese calibre, me resulta, cuando menos, moralmente discutible. Ese acto de regocijo colectivo dice cosas, que preferiría ignorar, sobre la sociedad en la que vivo.
