martes, 6 de septiembre de 2011

Internet

Las autoridades competentes --sean estas las que sean-- se preocupan por más y más cosas a cada día que pasa.

Ahora ha llegado el turno de hacerlo, seriamente, con el uso de la red por parte de los jóvenes.

¿Se han enganchado los chavales?
¿Abandonan sus hábitos saludables de vida para navegar?
¿Ignoran las redes sociales en directo para favorecer las virtuales?
¿Dejan de ir al parque, hacer footing o nadar?
¿Reciben información poco fiable?
¿Es esa información importante para guiar su futuro comportamiento?
¿Deberíamos controlarles, nosotros, los adultos?

Una encuesta revelaba recientemente que un 95% de los padres han comprobado que sus retoños (con una media de edad de 11 años) han intentado acceder a portales de internet con contenido para adultos --es decir, porno del duro, sin paños calientes.

La muestra de padres estuvo compuesta por 1.570 participantes de España, EE.UU., Reino Unido, Francia y Alemania.

Los chavales acceden a pesar de que los padres dicen usar los llamados controles parentales, pero los peques los craquean y listo.

La Unión Europea (UE) también ha hecho una encuesta, pero esta vez a veinticinco mil chicos de entre 9 y 16 años de edad distribuidos en 25 países.

Esos chavales comienzan su navegación alrededor de los 9 años de edad.

Casi seis de cada diez usan internet diariamente y ocho de cada diez navegan en casa --la mitad de los cuales golpea el teclado en su propia habitación.

El uso de las llamadas redes sociales se da en 9 de cada 10 chavales de entre 15 y 16 años de edad. Facebook, tuenti y twitter echan humo adolescente.

¿Se están convirtiendo, por tanto, en adictos nuestros chicos?

No parece.

Solamente un 15% se encuentra insatisfecho con el uso excesivo de la red y es un 4% el que declina ante la necesidad de dormir (o de comer cuando corresponde) por seguir navegando.

El informe que presenta los resultados de esa encuesta dice que los padres no se enteran de nada. ¡Qué raro!

Siete de cada diez chavales dicen que les dan mil vueltas a sus progenitores en eso de bucear por la red y pelearse con el ordenador.

Conviene asimilar que admitir o rechazar algo no conlleva que ello sea cierto. Pueden ser pocos los que admiten estar enganchados, pero puede ser muchos más. ¿Quién sabe?

¿Cuántos adultos están enganchados a la cerveza o al vino?

Depende cómo se mire, ¿verdad?

El uso y el abuso de algo está separado por una delgada línea --roja o no.

Definir esos términos en abstracto es francamente complejo.

Posiblemente tengamos que encajar algo similar a lo que ocurre en el campo de las psicopatologías moderadas: si el posible paciente no admite su conducta desadaptativa, poco o nada se puede hacer.

¿Estaríamos dispuestos a establecer enormes programas sociales destinados a prevenir que la gente pueda negar que presenta una leve depresión o episodios ocasionales de ansiedad?

Si respondemos que si, entonces quizá terminemos admitiendo que se debe controlar socialmente la tarea de vivir que corresponde a los ciudadanos, a cada uno de nosotros.

Somos tan inmaduros...

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