domingo, 24 de enero de 2010

Cómplices


Tanto la película como el libro son cómplices de los cómplices. ‘Gomorra’ es un relato sobre la Camorra, la asociación mafiosa de Nápoles con ramificaciones en el mundo entero. Desde la alta costura, hasta el tráfico de cocaína, pasando por la ocultación de los residuos de las empresas y el uso del puerto de esa ciudad del sur de Italia para introducir productos asiáticos en Europa capaces de hundir a las empresas autóctonas.

Roberto Saviano dice conocer la Camorra, aunque no explica por qué, ni cómo ha llegado a, presuntamente, saber tantas cosas sobre sus mecanismos internos. La asociación mafiosa corrompe a los líderes políticos para sacar beneficio, es decir, para enriquecerse a corto plazo, sin pensar en las consecuencias a medio plazo que eso tiene necesariamente (un tiro en la nuca o una cadena perpetua) a pesar de que no pocos de los líderes (boss) son personas relativamente cultas.

La lectura del libro de Saviano deja un sabor amargo y raro. Es un tratado sobre la violación de las reglas de convivencia, mediante el uso de los más variados mecanismos, incluyendo el poder político establecido. El carácter amargo proviene de la toma de conciencia de que la gente sin escrúpulos es mayor en número de lo que se piensa, gente que pone muy por encima el beneficio personal a la articulación de unas reglas morales básicas. Ni piensan que todos somos iguales ante los ojos de Dios, ni que poner la otra mejilla es un acto de valentía.

El libro de Saviano es raro porque el lector no puede sustraerse a la sensación de que la existencia de la Camorra no tendría ningún sentido si el comprador se negase a admitir productos que resultan de la más mísera explotación, si el empresario tuviera conciencia de que sus residuos no pueden simplemente ocultarse debajo de los chalets adosados de pensionistas con escasísimo poder adquisitivo, si los políticos asumiesen su cargo para servir al pueblo que les eligió, si no mirásemos hacia otro lado, si fuésemos humanos que no requieren estar rodeados de lujos estúpidos para sentirse vivos.

Viendo la excelente serie televisiva, producida por Tom Hanks, sobre el proyecto Apolo (‘From the Earth to the Moon’) se me quedó grabada una escena en la que la esposa de uno de los astronautas, preocupada por su seguridad, le pregunta por qué no deja de poner en riesgo su vida, a lo que él responde: ‘hay cosas más importantes que vivir’.

Hay cosas más importantes que la enorme cantidad de estupideces que acumulamos en nuestros hogares (y fuera de ellos). Acaparamos objetos que, realmente, no sirven absolutamente para nada. Comemos de modo pantagruélico y luego nos castigamos con dietas delirantes o con tablas de gimnasia pensadas para los gladiadores de la antigua Roma.

Nuestra moderación impediría que asociaciones como la Camorra tuvieran sentido. Pero queremos cosas, muchas cosas, más cosas, y cuanto más baratas mejor. Eso exige reducir los costes de producción y hay quienes están dispuestos a hacer lo que sea para que lo consigamos. Cada vez son más quienes solamente son capaces de vivir cuando la cocaína discurre por su torrente sanguíneo. La ilegalidad de las drogas es la esencia de su éxito y de las asociaciones mafiosas.

Las autoridades combaten a la Camorra, pero, por razones desconocidas, nunca logran acabar con ella. Hay redadas, detenciones, procesamientos. Sin embargo, alguien toma el testigo y sigue la cadena delictiva en un camino sin retorno. Hay delito porque los delincuentes tienen cómplices. Quienes sacan beneficio del delito aprietan al delincuente, pero no le ahogan. ¿Será que poseen un sentimiento humanitario extraordinario?

No estoy hablando de ninguna teoría conspiratoria. Estoy hablando, simple y llanamente, de cantidades ingentes de personas aturdidas por una estupidez galopante. Queremos más, pero no mejor, porque es imposible. Si alguien nos lo puede dar (y puede) ¿para qué preocuparse de nada más?

Desconfío de lo que Saviano narra en ‘Gomorra’ porque también él, como yo o como tú, es cómplice. ¿De qué puede servir lo que cuenta en su obra? ¿Para qué el largometraje inspirado en ella? Nunca viviremos en paz si no paramos de querer más y más. Y es igual que hablemos de dinero o de recursos. La austeridad y la generosidad, no Kyoto, puede ayudarnos a vivir, dignamente, en este bello planeta.

2 comentarios:

  1. Los malos son los malos y estan por todas partes. Los buenos también, pero no se atreven a abrir la boca, por temor a que se la cierren para siempre de un tiro o un navajazo. Además, no nos importa de dómde vienen los productos. El futuro es de China porque somos, aqui en Europa, idiotas.

    ResponderEliminar
  2. Dudo de que el futuro sea de China. Son diligentes e inteligentes, pero, en general, les falta chispa. Además, carecen del entrenamiento occidental que fomenta el brutal individualismo que está detrás de los grandes logros.

    ResponderEliminar