viernes 7 de marzo de 2008

LA LEYENDA NEGRA

El Profesor de la Universidad de California, Philip W. Powell, publicó “The Tree of Hate” en 1971. Recientemente se ha editado en español (Enero de 2008). Su lectura es una sorpresa mayúscula, y, desde luego, obligatoria para quien tenga curiosidad por su verdadero pasado.

Powell demuestra en su obra que Italia, Holanda, Alemania, Francia e Inglaterra comenzaron una campaña de difamación contra España y los españoles en la época de su auge imperial, que comenzó con el descubrimiento de América en 1492. El éxito de esa campaña fue arrollador y llegó a repercutir incluso en pensadores de la península ibérica y de Latinoamérica. Su efecto ha sido devastador y aún se pueden encontrar ecos en la actualidad.

El largo proceso de difamación dio lugar a la llamada “leyenda negra”, basada en los siguientes puntos:

1.- El terror, envidia y odio de los que chocaron con el poder español: político, militar, económico o religioso en Europa, durante casi cuatro siglos después del siglo XIV, y que fueron, principalmente, italianos, ingleses, holandeses, alemanes, franceses, judíos y portugueses.

2.- Antagonismos similares de aquellos pueblos y naciones que quisieron disputar a España su dominio sobre el Nuevo Mundo: Holanda, Inglaterra, Francia y Portugal.

3.- La intencionada difamación de determinados personajes españoles de mayor relieve, como Torquemada y Felipe II, o de ciertas instituciones y actuaciones españolas, como la inquisición, la conquista y colonización del Nuevo Mundo y su política de exclusivismo.

4.- La fusión de los puntos previos en una campaña de descrédito más intelectualizada, presentando a España como el horrible ejemplo de todo lo que la Ilustración hubo de atacar, tal como las iniquidades de la iglesia estatal, intolerancia, tradicionalismo y oscurantismo, en forma más racionalizada y dogmatizada, en los siglos XVIII y XIX.

5.- Indiscriminada aceptación popular e intelectual de las patrañas antiespañolas, particularmente en aquellas naciones y pueblos que amoldaron el pensamiento occidental después de que España perdiese su hegemonía en Europa.

Powell desmonta las extraordinarias mentiras en las que se basa esa leyenda negra, con tal eficacia que cuesta no preguntarse dónde están y han estado los pensadores españoles que debían haber hecho algo similar. Se siente un poderoso vacío, o algo peor, al tomar conciencia de esta ausencia.

La palabrería sobre la actuación española en la conquista y colonización del Nuevo Mundo se desató a raíz de los patéticos panfletos publicados por el Padre Bartolomé de Las Casas, que, naturalmente, se tradujeron rápidamente a otros idiomas para alimento de la leyenda.

Sin embargo, como escribe Powell “más de un libro podría escribirse sobre la diplomacia española entre las razas nativas, que incluyó presentes, honores y distinciones, protección y privilegios, educación y una serie de acciones que hoy en día serían automáticamente calificadas de prácticas humanitarias.

Ninguna nación europea se responsabilizó de su deber cristiano hacia los pueblos nativos tan seriamente como lo hizo España. Los españoles se cuentan entre las gentes menos materialistas de la Europa occidental. La corona española no escatimó esfuerzo alguno para evitar que los criminales y otros elementos socialmente indeseables emigraran a América, en tanto que, a veces, la política británica llevó a efecto la deportación de la población criminal a sus colonias de Australia y América.

La Corona española no intentó imponer en América algo extraño o inferior a lo que regía en la península ibérica. Los impuestos, ordenanzas municipales, estatutos universitarios, legislación criminal y civil, justicia, fomento de las artes, sociedades benéficas, prácticas comerciales, etc., eran muy semejantes al uso español y a las normas de los estados europeos.

Las acciones de los españoles demostraron una consideración muy avanzada para su época. Lima, en los días coloniales, tenía más hospitales que iglesias, y, por término medio, una cama por cada ciento un habitantes, índice considerablemente superior al que tiene hoy en día la ciudad de Los Ángeles, en Estados Unidos”.

También dice la leyenda negra que la Inquisición se usó indiscriminadamente en el Nuevo Mundo. Sin embargo “fueron ejecutados en Hispanoamérica poco más de un centenar de personas como resultado de los procesos de la Inquisición, durante unos 250 años de existencia formal. En contraste, el cálculo de muertes de los acusados de brujería en los estados alemanes durante los siglos XVI y XVII alcanza sobradamente a varios millares.

El Santo Oficio, tanto en España como en América, estaba subordinado a la Corona. Salvo pequeñas excepciones, no tenía jurisdicción sobre los indios americanos. Aun varios reconocidos enemigos de la Inquisición admiten que dicha institución trató el problema de la brujería con tino esclarecido, mientras en ciertas regiones de Europa se desencadenó una saña homicida en contra de la hechicería”.

Mantiene Powell que los esfuerzos españoles para purificar y reformar su iglesia, mantener la unidad de la cristiandad, contener a Francia y conservar o engrandecer herencias dinásticas, colocaron a España en la cúspide de Europa.

Estas acciones habían creado, en lugares peligrosos y estratégicos, miedos, envidias y odios vengativos, es decir, que ya existían europeos de sobra hispanofóbicos encantados de explotar los panfletos del Padre de Las Casas.

Sin embargo, la defensa española de la cristiandad no fue solamente de heroicas proporciones, sino una de las mayores contribuciones de España a la civilización europea. Algo de lo que Europa se olvidó rápidamente.

Los españoles de aquellos tiempos disfrutaban de una verdadera edad de oro en cuanto a su desarrollo intelectual y poderío. Ésta era la España que por haber renovado y reformado su iglesia mucho antes que Lutero, no sentía la necesidad de una revolución protestante o de una división sectaria a base de espada y guerra civil. Y adelantándose al resto de Europa, había creado un vigoroso, sistematizado y moderno idioma que a la par con una iglesia revitalizada llegaron a ser pilares gemelos de un magnifico logro intelectual e imperial.

La península ibérica, con su novela de caballería, fue quien democratizó, por primera vez, la literatura. Y de las plumas castellanas salió a la luz la novela realista, y, en general, la novela misma. Estos fueron la tierra y el pueblo creadores de conceptos y personajes literarios de universal conocimiento y fama ilimitada, Don Quijote, Sancho Panza, Don Juan, La Vida es Sueño de Calderón, y las más exaltadas expresiones literarias del concepto del honor. Sus soberbios poetas y dramaturgos crearon un arte dramático nacional que fue la maravilla del continente y que dio la pauta para el posterior teatro de Corneille y Moliere.

Los nombres de Lope de Vega, Tirso de Molina, Juan Ruiz de Alarcón y Calderón, los cuatro colosos del drama durante la Edad de Oro, cuando se suman a los de Cervantes y otros poetas como Luis de Góngora y Francisco de Quevedo, constituyen un panteón de genios literarios de los que cualquier pueblo, en cualquier época, podría sentirse justamente orgulloso.

La península ibérica, en esa época, era también líder de Europa en los avances sobre jurisprudencia, sentando los fundamentos básicos de las normas y leyes internacionales y produciendo renombrados juristas en diversas especialidades.

Desde 1650 hasta bien entrado el siglo XIX, España imperdonablemente continuó siendo un gran imperio e, imperdonablemente también, siguió en su papel de colosal paladín del catolicismo romano.

Algunos españoles, influidos no solamente por una sincera preocupación sobre las debilidades institucionales de su propio país, sino también por las corrientes intelectuales extranjeras, llegaron asimismo a convertirse en críticos, de acuerdo con la tradición española de autodesprecio. Muchos españoles, siempre críticos supremos de sus propias instituciones a la manera de Las Casas, empezaron, bajo la influencia de críticas extranjeras, a aceptar actitudes foráneas sobre su propio país [la característica española de estar siempre dispuestos a elogiar lo extranjero y denigrar lo propio].

Powell concluye asi su obra: “la voz milenaria del pueblo español podría indicarnos el destino de aquellos que alcanzan dominio mundial y que no hacen caso a las propagandas que pueden solidificarse en forma de historia

Quizá el comienzo del siglo XXI sea el momento para que podamos sentirnos orgullosos de lo que realmente hicimos, para dejar de castigarnos por lo que dicen que hicimos, pero que en absoluto hicimos, y para pensar seriamente que por delante de nosotros hay un futuro excepcionalmente rico en posibilidades que nuestros vecinos ni siquiera sospechan. Nuestra capacidad creativa puede colocarnos, una vez más, en el lugar que nunca debimos abandonar. Enterremos la leyenda pero sin olvidar que siempre estará al acecho. Estemos alerta.

1 comentarios:

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