El ruido neuronal limita la memoria operativa (Spikes, not Slots)

Paul M Bays publica un artículo de opinión en ‘Trends in Cognitive Sciences’ sobre la causa de que nuestra memoria operativa (working memory) (MO) presente serias limitaciones.

La pregunta esencial es:

¿Con qué nivel de precisión se puede mantener representaciones mentales (internas) estables de los estímulos externos?

El autor apoya la perspectiva del ‘recurso continuo’ (continuous resource) frente a la concepción basada en los huecos (slots). Tuvimos oportunidad de discutir estas posturas anteriormente en este blog.

Bays sostiene que los ítems procesados en la memoria operativa (MO) comparten una determinada cantidad de actividad neural. Las limitaciones en la cantidad de recursos condicionan el nivel de complejidad de las operaciones mentales. Frente a la versión determinista de la teoría de los slots, la perspectiva del recurso continuo considera que la limitación es estocástica: las representaciones de la memoria aumentan su variabilidad con el incremento del número de ítems, hasta que no pueden distinguirse del ruido aleatorio. Los ítems en los que se invierten más recursos logran, por tanto, conservarse con un menor nivel de ruido.

El nivel de precisión con el que se puede recordar los ítems a medida que aumenta su número es inconsistente con la teoría de los slots, puesto que no existe un salto cualitativo sino un flujo continuo. Los modelos matemáticos de la Psicología y de la neurociencia asumen la presencia de ruido continuo en las variables internas. Las desviaciones de la normalidad se suelen interpretar, desde esta perspectiva, como signo de adivinación o variabilidad en el nivel de precisión de las representaciones mentales.


Los recursos neurales se orientan hacia los estímulos prioritarios, y, por tanto, los efectos se dejan sentir en los estímulos secundarios. Las relaciones coste-beneficio de los estímulos prioritarios y secundarios encajan con la evidencia observada al estudiar la MO. Los disparos neurales son probabilistas, y, por tanto, la información codificada por las neuronas se recupera de modo imperfecto. El cálculo de promedios a partir de grupos (poblaciones) de neuronas contribuye a reducir la incertidumbre.

Los modelos deterministas fracasan al reproducir las desviaciones características de la normalidad observadas al estudiar los errores al resolver tareas de MO. El hecho es que la variabilidad aumenta con el incremento del número de ítems que deben ser gestionados en la MO. Las respuestas de neuronas individuales se dividen por la suma de la actividad de una población de neuronas (the normalisation pool).

Se ha observado una reducción en el disparo de las neuronas LIP (Lateral Intra-Parietal) con el aumento del número de targets, incluso aunque se distancien esos targets. Es decir, la información que proporciona la actividad neural sobre los estímulos declina con el aumento de la carga de memoria. La relación señal-ruido neural se reduce como consecuencia del proceso de normalización. El paso del tiempo también posee un efecto consistente con este proceso: la variabilidad del recuerdo aumenta con el paso del tiempo.

Lo observado con los procesos de pegado (binding) también encaja con la perspectiva del recurso continuo: los errores de pegado se incrementan al aumentar el número de ítems. Esos errores son probabilistas y son consecuencia del aumento del ruido cuando se disparan las neuronas.

En resumen, la evidencia experimental sobre el rendimiento mostrado por los individuos en las tareas de MO (nivel de precisión en el recuerdo, tiempo de recuperación, grado de desvanecimiento, y fidelidad en el pegado) apoya la idea de que se produce una degradación suave y continua con el aumento de la carga de memoria. El intento de evitar que algunos ítems se degraden solo puede tener éxito a costa de desviar recursos de otros ítems, es decir, siguiendo las pautas de lo que predice la perspectiva del recurso continuo. Se produce una asignación flexible de los recursos disponibles. La reducción de las señales neurales aumenta el ruido de las representaciones, y, por tanto, se degrada la fidelidad del funcionamiento de la MO.

La actividad neural posee un demostrado carácter estocástico, hecho que contradice las perspectivas deterministas sobre la MO, como sucede con la teoría de los slots. Los mecanismos de la degradación progresiva que apoya Bays se cimentan en reconocidos principios neurofisiológicos: codificación poblacional, normalización, difusión y acumulación.


La perspectiva del recurso continuo concuerda con la idea mantenida por mi equipo de investigación sobre la respuesta a la pregunta por las causas de la relación de la MO con la capacidad intelectual. En lugar de recurrir a una serie de procesos discretos, es decir, en lugar de ‘deconstruir la MO’, nosotros sostenemos que las diferencias individuales observadas en la MO y en la inteligencia, se pueden explicar parsimoniosamente recurriendo a la fiabilidad con la que se pueden conservar, a corto plazo, la información necesaria para satisfacer eficientemente las demandas de las tareas con las que se miden ambos constructos.

Pero algunos científicos, como Nash Unsworth (quien colabora actualmente con los defensores de la perspectiva de los slots) siguen empeñados en demostrar el carácter multimodal de la MO y en conectar sus supuestos distintos componentes a las diferencias de inteligencia.


El tiempo, pero sobre todo más investigación, nos conducirá a la respuesta más probable.

O eso cabe esperar.

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IBEROS: Isabel I de Castilla

En Noviembre de 2007 fui invitado al Schelling Symposium. Tuvo lugar en la Universidad de Maryland y participaron, además de este mortal, James Flynn, Linda Gottfredson, Richard Nisbett, Clancy Blair, Douglas Detterman, Han van der Maas, William Dickens, Eric Turkheimer, Jelte Wicherts, John Loehlin y David Grissmer.

Puede que algún día les cuente cómo fue ese encuentro, pero lo que hoy me ocupa es otra historia. En mi tiempo libre por la Tierra de María, me escapé a la vecina Washington DC para dar un paseo por The Mall y alrededores. Vagué sin rumbo y di con mis huesos en el edificio de la Organización de Estados Americanos. Me quedé de una pieza (no sin habla, porque iba solo, y, por tanto, callado) al percatarme de que presidía la entrada una estatua de Isabel I (Reina de Castilla, de Aragón, de las Islas y Tierra Firme del Mar Océano). ‘Qué raritos son los norteamericanos’, me dije utilizando un sutil lenguaje subvocal.


Pero no, no es que los norteamericanos sean especialitos, es que Isabel es una figura histórica de primerísima división. Después de dudar sobre la elección adecuada para ahondar en el personaje, elegí el excelente ensayo de Luis Suárez, Premio Nacional de Historia.

Isabel nació hace ahora 565 años (es decir, en 1451) en Madrigal de las Altas Torres (Ávila) y fue, desde bien temprano, una niña despierta. Gran aficionada a la lectura, coleccionó libros que alimentaron una frondosa biblioteca. A los dieciséis años se presentaba como una curiosa, inteligente y bella rubia de ojos azules y mediana estatura. Se ha subrayado su graciosa presencia y agradable trato, su mirada franca y su expresión serena. Modesta en la vestimenta, rechazaba los juegos de azar y los espectáculos crueles. Presentaba una extraordinaria capacidad resolutiva y la virtud que admiraba por encima de las demás era la lealtad (odiaba la traición).

Tuvo conciencia de que podía llegar a reinar porque, en Castilla, las mujeres tenían ese derecho. Esa posibilidad aumentó cuando su hermano permitió su nombramiento como Princesa de Asturias. Ella quiso demostrar que las mujeres eran tan capaces de gobernar como los hombres. Y, por Tutatis, logró sobradamente su objetivo.

En su accidentada carrera hacia el poder, Isabel decide contraer matrimonio con Fernando de Aragón. Vizcaya y Guipúzcoa, además de Asturias, apoyaron con entusiasmo a los príncipes en ese trayecto ascendente (“antes morir que abandonar su obediencia”). Isabel tuvo que competir con la hija de su hermanastro, el por entonces Rey Enrique IV, la famosa Juana La Beltraneja. Y ganó, después de sortear multitud de escollos.

El Rey Enrique IV fallece en 1474 sin haber hecho testamento. Fernando no estaba en Castilla, así que Isabel decidió actuar con rapidez. Tenía 23 años. En Castilla, como recuerda Suárez, no era necesario coronar o consagrar a los reyes (como sucedía en lugares como Francia) sino que bastaba con proclamarles.

Los nuevos reyes se tomaron muy en serio su papel de “señores de la justicia” para asegurar que se cumpliesen las leyes, fueros, cartas, privilegios, así como los buenos usos y costumbres:

Las leyes hispanas son herencia del ius romano. Entre monarca y comunidad política existe un pacto que somete a ambas partes a deberes regidos por leyes”.

Isabel eligió como emblema el haz de flechas para representar la unión de los reinos.

En contra de las interesadas leyendas que a menudo se propagan, la religiosidad de la reina distaba de ser ingenua. Ramón Lull influyó en su confianza en la capacidad de razonar de los humanos y tuvo claro que todos los seres humanos habían sido dotados por Dios de una misma naturaleza, independientemente de su nacimiento y origen. Todos los humanos tiene derechos y deberes. Ella y Fernando “establecieron en sus reinos el principio de la libertad personal para todos sus súbditos, anulando las reliquias de la vieja servidumbre y suprimiendo los malos usos que sujetaban aún a [por ejemplo] los remensas en Cataluña [la región enferma de Iberia en aquella época]”.

Suárez subraya que es incorrecta la declaración de que Isabel y Fernando fundaron la unidad política española. Hispania existía anteriormente, y en ella se integraban Portugal y Navarra. Lo que si construyeron es una Unión de Reinos (una comunidad de súbditos cristianos reconocidos como personas libres) en una Monarquía única que gobernó sobre siete millones de personas: “Fernando e Isabel no se titularon nunca Reyes de España”. Los Reyes tenían el deber de gobernar por mandato divino y era al Divino Creador al que debían rendir cuentas sobre su correcto ejercicio del poder. Isabel se tomó muy en serio este deber.

Es realmente interesante el uso que hizo Isabel de sus hijos para asegurar las alianzas, y, por tanto, la paz. Su primogénita, Isabel (nacida en 1470), se casaría en Portugal. Juan (nacido en 1478) y Juana (nacida en 1479) casarían con miembros de la Casa de Habsburgo. Juana viviría una tormentosa vida en Flandes. Catalina (nacida en 1482) viajaría a Inglaterra y sería muy querida por el pueblo inglés. La pequeña María (nacida en 1485) se casó con Manuel de Portugal. La hija de Manuel y María es Isabel de Portugal, que se convertiría en su momento en la esposa del emperador Carlos V, y, por tanto, en madre de Felipe II.

La historia de la expulsión de los judíos en la época de los Reyes Católicos se ha narrado burdamente con repetitiva alevosía. Antes que en España se promovió su éxodo en Inglaterra (1290), Francia (1306), Alemania (1338) o Austria (1421). Los alemanes se autodenominaban, en aquella época, ‘matadores de judíos’ (siglos después volvieron a empeñarse en esa tarea y tuvieron bastante éxito). Isabel y Fernando perseguían la erradicación del judaísmo, pero no la salida de los judíos. Sin embargo, los sefardíes (cuyo significado es ‘españoles’) optaron mayoritariamente por el exilio. Los sabios universitarios parisinos escribieron una felicitación a los monarcas españoles por adoptar, finalmente, la decisión que sus propios reyes tomaron un siglo antes. Los enciclopedistas ilustrados hicieron un pésimo (e interesado) trabajo de documentación, ¿verdad?

Isabel apreciaba la educación, resaltó el papel de los libros y de la música y tuvo tendencia a rodearse de universitarios. El arzobispo Talavera, estrecho colaborador (y confesor) de Isabel, aprendió el árabe para enseñar a los granadinos, después de la reconquista, en su propia lengua. Los musulmanes le conocían como el ‘alfaqui santo’.


El espíritu humanista de Isabel se expresa en sus leyes de protección a los indígenas una vez consumada la conquista de América. La curiosidad natural de la reina pudo ser decisiva para el apoyo a la empresa del famoso almirante de origen incierto, quien “mostraría siempre agradecimiento y confianza en Isabel (…) proclamó siempre que Isabel era su magnánima protectora (…) fundó en Hispaniola la primera ciudad a la que llamó Isabel”.

El declive de Isabel comienza cuando, poco después de contraer matrimonio con Margarita de Habsburgo (quien tendría un destacado papel durante el reinado de su sobrino Carlos, hijo de su cuñada Juana), fallece su hijo Juan. Al año siguiente muere su hija Isabel durante un parto. La reina tenía 47 años, enfermó y tuvo que guardar cama.

Los últimos cuatro años de vida de Isabel fueron tan dramáticos como trepidantes, especialmente por los movimientos sucesorios en los que Felipe, el marido de Juana, tuvo un destacado y perverso papel. Y Juana, a quien Felipe podía seducir, pero no dominar, también jugó sus cartas. Estaba loca, pero no era tonta, como nos recuerda un par de veces Suárez.

Isabel firma su testamento el 12 de octubre de 1504, doce años después de que la expedición de Cristóbal avistara Tierra al otro lado del Atlántico. Ese testamento debería leerse con detenimiento porque es un resumen exquisito del carácter de la admirable soberana.


Isabel y Fernando 'vigilan' la espalda del Presidente de las Cortes y miran a los ojos de los parlamentarios españoles

La serie de RTVE sobre Isabel es un excelente homenaje a su genio y figura. Tuvo un considerable éxito de audiencia porque los personajes y los sucesos narrados poseen un intrínseco poder de atracción, pero también por su calidad, merecedora de varios premios.

El guión estuvo adecuadamente construido y fue bastante fiel a lo que se sabe. Pero se apreciaba el uso de la tijera. Eran tantas las cosas que podían contarse que desbordaban la pantalla. Desde la carrera hacia el poder, pasando por la reconquista de Granada y la llegada al nuevo mundo, pasando por el episodio de los sefardíes o la instauración de la inquisición, asistimos a un espectáculo que merece ser contado desde distintos ángulos.

La serie sale airosa del reto. Si no tuvieron oportunidad de verla, me permito recomendársela. Isabel merece su tiempo.



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El papel de la neurociencia en la Psicología

El ‘American Psychologist’ publica un artículo editorial sobre el peligro que corre la Psicología de ser barrida por el ciclón de la neurociencia:

Schwartz, S. J., Lilienfeld, S. O., Meca, A., Sauvigné, K. C., 2016. The role of neuroscience within psychology: A call for inclusiveness over exclusiveness.


Se comienza subrayando la naturaleza interdisciplinar de la Psicología, hecho que, dicho sea de paso, ha promovido crisis regulares sobre su identidad (más en algunos campos que en otros, se podría añadir). En tiempos recientes, la tentación reduccionista de la neurociencia se ha hecho omnipresente, despertando numerosas alarmas en algunos psicólogos.

Tres son las cuestiones fundamentales que se discuten en este artículo: el contrato de docentes en las universidades, el rigor metodológico propio de la Psicología y la educación de las futuras generaciones.

El péndulo ha pasado de la vertiente social (brainless) a la biológica (mindless). Una de las consecuencias es que los departamentos de Psicología prefieren contratar personal que tenga una sólida formación biológica y que pretenda estudiar los procesos psicológicos desde la neurociencia. De hecho, esos departamentos están incluso cambiando sus nombres para incluir esa etiqueta identificativa (Department of Psychology and Neuroscience, por ejemplo).

El NIH (National Institute of Health) también presenta una visible tendencia a financiar investigación que posea un sesgo hacia la neurociencia, huyendo de la versión más social. A esa monstruosa (por enorme, no se confundan) agencia, le interesa financiar el estudio de la base biológica de las conductas complejas: ¿cuáles son las moléculas, células y circuitos neuronales asociados a la conducta? ¿cuál es el conectoma de los trastornos mentales? Se asume que el nivel psicológico de análisis será menos informativo que el biológico. El proyecto BRAIN, promovido por el Presidente Obama, así como el Human Brain Project (HBP) de los europeos, contribuye a subrayar esa tendencia.

Naturalmente, en el artículo que comentamos se huye de esa tendencia reduccionista y se propone establecer puentes entre la neurociencia y la psicología. Desde esa perspectiva, las propiedades emergentes del funcionamiento del sistema nervioso resultan cruciales para descartar el reduccionismo. Los rasgos de personalidad y las emociones no podrán comprenderse realmente ciñéndonos al sistema nervioso.

La terapia psicológica dirigida a mujeres bajo tratamiento farmacológico contra el cáncer de mama, logra reducir sus niveles de ansiedad y contribuye a mantener un adecuado funcionamiento de su sistema inmunológico.

El cerebro contribuye a la conducta, pero la conducta también tiene voz y voto con respecto a lo que sucede en el cerebro.

Resolver un problema del test de Matrices Progresivas de Raven requiere usar el cerebro, pero el esfuerzo y el deseo de hacerlo puede exigir ir más allá de la conexión entre neuronas.


Los autores de este artículo recurren a conceptos como neuro-esencialismo, neuro-realismo, neuro-redundancia, o neuro-seducción para denunciar la tendencia a prescindir del nivel de análisis propiamente psicológico. El cerebro se encuentra obviamente implicado en cualquier variable psicológica, pero eso no significa que la conducta que revela un determinado estado o propiedad psicológica haya sido ‘causada’ por el cerebro. La etiología de una propiedad psicológica resultará, probablemente, de una interacción entre factores personales y ambientales, se dice.

Se enfatiza que el rigor metodológico es una seña distintiva de la Psicología y se pregunta si la invasión de la neurociencia podría atentar contra esa faceta. No en vano los estudios en neurociencia que consideran variables psicológicas suelen carecer del adecuado poder estadístico. Además, los niveles de fiabilidad de las medida funcionales en neurociencia (rxx = 0.5) serían inaceptables en psicología. Sobre las medidas estructurales se mantiene silencio.

Desde luego no se rechaza la relevancia de la neurociencia para la Psicología pero se pregunta:

¿Qué otras cosas son importantes en Psicología?

Se considera que la neurociencia debe combinarse con el lado social de la Psicología para responder a problemas como de qué manera influye en los individuos el desempleo, el carácter monoparental de la familia o la inmigración. Obsérvese la naturaleza de los ejemplos elegidos.

La Psicología es una ciencia natural, pero también social. No debería centrarse la atención solamente en alguno de esos polos. La Psicología es una ciencia básica, pero también una disciplinada aplicada orientada al servicio a la comunidad. La neurociencia es necesaria, pero dista de ser suficiente.

Entonces, ¿cuál es el futuro de la Psicología?

Una estrategia esencial para sobrevivir como disciplina exige protegerse de la avalancha ‘neuro’. No se puede dar la espalda a los avances en neurociencia, naturalmente, pero debe mantenerse un píe firmemente asentado en el terreno de lo ‘social’. Hay que evitar la trampa de la unificación, de la que es difícil sustraerse en los tiempos que corren porque los jóvenes y la sociedad viven fascinadas por cualquier cosa que empiece por ‘neuro’.

La neurociencia complementa, pero no sustituye. Subrayar esta idea requiere tener cuidado con los profesores que se contratan y con la investigación que se financia. La contratación y la financiación no debe excluir el estudio de los procesos psicológicos para favorecer unilateralmente el de los procesos neurológicos. El carácter inclusivo de la Psicología debe verse reflejado en esa filosofía.

En resumen, los psicólogos están asustados. Es comprensible, pero no es nuevo. Cuando se abarca demasiado puede suceder que los brazos no sean lo suficientemente largos.


A mi recuerda el caso de la Psicología diferencial. Las diferencias individuales se estudian a distintos niveles. Nos interesamos por la estructura de los rasgos de la personalidad humana, por los procesos psicológicos que subyacen a las diferencias de (por ejemplo) inteligencia fluida, por las propiedades biológicas que covarían con (por ejemplo) las diferencias de impulsividad, y, por si eso no fuese suficiente, nos preguntamos por la influencia de los factores genéticos y no-genéticos sobre las diferencias fenotípicas que medimos.

Es casi inevitable una crisis de identidad.

Ser inclusivo enriquece sobre el papel y puede facilitar la comprensión de fenómenos complejos. Pero si exploras las facetas de los extravertidos neuróticos, los psicólogos de la personalidad te preguntarán qué haces escarbando en su parcela. Si llevas al laboratorio a quienes participan en tu estudio sobre las diferencias de capacidad de la memoria operativa, los de Psicología básica te preguntarán si te has equivocado de sala. Si metes en un Magnetom Prisma a personas que varían por su nivel de introversión para averiguar si presentan hiperactivación en la corteza dorsolateral prefrontal, los de biología te mirarán con los ojos desorbitados. Y así sucesivamente.

A veces, quien mucho abarca poco aprieta.

A veces.


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FIRMA INVITADA: ¿Existe Dios? –por Francisco J. Abad

¿Existe Dios?

Según una encuesta de religiosidad del CIS (CIS, 2008), el 38% de los españolessabía que Dios existía verdaderamentey no tenía ninguna duda al respecto. Más modestamente, el 17% “sentía que creía”. En un 9% la creencia iba y venía, mientras que un 14%no creía en un Dios personal, pero sí en un poder superior. Aproximadamente un 15%no creía en ningún Diosy a un 6% “le daba igual”. El ateísmo era algo mayor en hombres, jóvenes y/o universitarios. Y en la gente de izquierdas. Por tanto, el ateísmo en España no es mayoritario, pero si usted es ateo no es un caso aislado.

¿Es Dios un asunto de la razón?

Creer en Dios es una cuestión de fe. No hay más. Pero ¿Hay alguna razón lógica para creer en Dios? ¿Y para no creer?

Si preguntáramos a un científico religioso su razón para creer, probablemente diría que la probabilidad de estar aquí (lo que significa el ser frente a la nada, la organización del universo, la aparición de la vida, la conciencia, etc.) es tan escandalosamente baja que tuvo que haber un Dios “sincronizando” las constantes de la naturaleza para que fuera posible.

En el otro lado está la perspectiva del ateo, para el que la existencia de Dios responde sospechosamente a muchas necesidades humanas. Si preguntáramos a un ateo científico su razón para no creer, diría que Dios aclara muy poquito de los misterios del Universo. Si Él existiera, habría que explicar su existencia. Para los ateos, el truco terminológico de adjetivar una causa como “incausada” (argumento cosmológico de Tomás de Aquino) no cuela.


¿Vivimos en un Universo improbablemente ajustado para que existiéramos?

En primer lugar, el concepto de probabilidad es difícil de aplicar en el caso del Universo (n = 1). Por otro lado, es un ejercicio de vanidad científica pensar que vivimos en el único mundo posible: podría haber habido otra física, otras leyes con otros parámetros que dieran lugar a otros mundos distintos. Si uno tira una moneda 1000 veces y echa la vista atrás, siempre parecerá improbable que la sucesión de caras y cruces haya sido exactamente la obtenida. Pero quizás, simplemente, las cosas podrían haber ocurrido de maneras muy distintas. En cualquier caso, siguiendo el principio antrópico, la probabilidad condicional de que el Universo con sus “constantes adecuadas” exista, dado que usted se está haciendo la pregunta, es de 1.

Por último, el argumento del Diseño, que alude a nuestra improbable complejidad, resulta cada vez menos plausible desde que Darwin propuso su Teoría de la Selección Natural.

Así pues, Dios no parece necesario. Pero…

¿Es razonable creer en Dios?

Para decidir si merece la pena albergar una creencia, uno debería responder secuencialmente a dos preguntas:

¿Cuán verosímil es la creencia en función de lo que observamos?
¿Cuáles son las consecuencias de actuar en base a esa creencia, tanto si es falsa como si es verdadera?

Como decía Carl Sagan, lo primero para valorar la hipótesis de Dios es delimitar a qué nos referimos cuando hablamos de Dios.

Por ejemplo, si alguien creyera en un Dios a imagen y semejanza del pato Donald, sería fácil concluir que su Dios es poco verosímil. Asimismo, debemos reflexionar sobre las consecuencias de la creencia. Si alguien cree en un Dios que justifica matar en su nombre (prostitutas, brujas, homosexuales, cristianos, etc.), diríamos que ese Dios no es inocuo y deberíamos tener una evidencia fuerte para seguirle.

El objetivo de este post es reflexionar en qué grado la fe en la Ciencia restringe cómo pueda ser el Dios de la fe. Mi opinión es que la ciencia tiene mucho que decir sobre Dios, pero primero hay que delimitar en qué Dios cree la gente.


(La verosimilitud de Dios)

¿En qué Dios cree la gente?

Los creyentes constituyen un grupo muy heterogéneo. Me atrevo a describir algunas dimensiones que resumen los “tipos de Dios”:

1) “Dios interviniente”/”Dios no interviniente”

Existió un tiempo en el que Dios guiaba las hipótesis de los científicos, ya que parecía tener preferencias sobre si la tierra giraba alrededor del sol o viceversa. La religión, inteligentemente, ha ido alejando a Dios de los asuntos mundanos en los que más pronto que tarde parece haber un modelo científico más compatible con los datos empíricos. En el mundo occidental, el poder de intervención de Dios, se ha ido relegando a su posición de causa última, que implica el prototipo de Dios no interviniente.

Actualmente, salvo casos aislados, nadie daría un duro por la verdad revelada si se contradijera con la evidencia de los hechos. A pesar de ello, sigue siendo cierto que la religión no hace ascos a las creencias en “pequeñas intervenciones” divinas (Dios interviniente). La Virgen sigue apareciéndose de vez en cuando, los fieles acuden a las procesiones a rogar a sus Santos y existen tribunales cualificados para decidir sobre la promoción a Santo. Hasta hace poco aún se daban cursos de exorcismo.


(¿Interviene Dios?)

Es en la “dimensión no interviniente” donde Dios es más compatible con la ciencia: solo un Dios que haya dado un largo rodeo para crear al hombre y se haya olvidado de él por un tiempo, dejando paso a las leyes de la naturaleza, es compatible con la Ciencia.

2) “Dios abstracto”/”Dios personal”

Dios puede ser un ente abstracto (p.ej., una “energía”) o personal, poseyendo atributos psicológicos (amor, bondad, rencor, venganza, intenciones, etc.). Según la mencionada encuesta del CIS, un 39% de los españoles considera que “Dios se preocupa por cada humano personalmente”. En el Cristianismo, Dios se preocupaba tanto de sus criaturas que descendió a la Tierra en la forma de su Hijo humano.

La mayor parte de la gente cree en un Dios personal pero ¿es plausible un Dios con atributos psicológicos? Actualmente, avanzamos en la comprensión de los procesos cerebrales por los que se producen los atributos psicológicos del hombre y de otras especies. Acabaremos por entender su razón adaptativa o el camino evolutivo a través del cual se desarrollaron. Por tanto, creer que explicar  nuestra mente requiere una aproximación científica, se contradice con asumir que esas características no requieran explicación cuando se dan en Dios.

Si nuestra mente ha surgido como solución evolutiva a ciertos problemas del entorno, parece extraño imaginar que una mente haya podido surgir de alguna otra manera. Pensar que Dios tiene intenciones es como pensar que Dios tiene barba blanca.


(¿Quién crea a quién?)

3) Con intermediarios/sin intermediarios.

Están los que consideran que Dios ha revelado su mensaje a unos pocos elegidos, que ejercen de intermediarios. Dios ha podido dictar a través de sus profetas, aunque también puede haber aparecido en forma de zarza ardiente, o incluso en forma de ser humano.

Todo Dios con intermediarios nos ha dejado un Reglamento de Dios para el hombre.  Las prescripciones, detalladas, pueden variar. Las hay fáciles de asumir, pues se derivarían igualmente de una moral racional (p.ej., no matarás); otras son positivas, aunque su carácter necesario sea dudoso (p.ej., no hace falta amarse tanto, basta respetarse); están también las prescripciones contrarias a la razón, por su carácter trivial o arbitrario (p.ej., el calendario para no comer pescado o para no comer en absoluto, la obsesión con el sexo) o discriminatorio (p.ej., el reparto de roles por sexo dentro de la Iglesia). Finalmente, están las claramente dañinas atendiendo a la moral racional o a asuntos de salud pública (p.ej., cuando se condena la homosexualidad o el uso del preservativo).

La especificidad de los preceptos morales es una de las dimensiones que más desafía al pensamiento crítico. Sabemos que dicha especificidad va asociada al lugar en el que hemos nacido, a nuestra adscripción a una comunidad concreta y a sus ritos.

¿No es fácil observar que lo que es pecado aquí y ahora, no lo fue allí, no lo fue en algún entonces y no lo será en algún futuro próximo?

Evidencia para ello es que la Iglesia adapta sus normas a los nuevos tiempos. Cada vez más los textos sagrados se interpretan de forma más flexible. A pesar de ello, la adaptación es lenta y ocurre sólo en la medida en que la Iglesia no puede imponer sus posturas. Solo si cambian sus fieles, cambia la Iglesia.

En cualquier caso, la iglesia es una institución compuesta por personas de todo tipo, como cualquier institución, y el balance positivo/negativo de la iglesia no es objeto de este post.

Debiera imponerse la prudencia necesaria y aceptar que si hubiéramos nacido en otro lugar tendríamos otro Dios, otra religión y otros preceptos. Un Dios específico en los detalles no es compatible con un espíritu crítico. Antes reflexionábamos sobre la improbabilidad de un Universo tan complejo, pero ¿cuál es la probabilidad de que uno haya nacido, casualmente, en el lugar en el que se venera al Dios verdadero?

Aceptémoslo, la mayoría de los que creen lo hacen porque lo hicieron sus padres.


(las Tablets de la ley)

4) Sin/con plus de trascendencia.

¿Hay vida después de la muerte?

Según la encuesta del CIS, un porcentaje importante de los españoles cree en el concepto de pecado (45%), consideran que hay vida después de la muerte (43%) y/o que hay un cielo o un paraíso (40%). El infierno tiene menos seguidores (un nada desdeñable 29%).

Parece que la vida después de la muerte da sentido a esta vida (trascendencia). Eso sí, se debe cumplir el “Reglamento de Dios para el hombre”.

Sin valorar que para dar sentido a esta vida haya que pensar en otra, cabe reflexionar sobre lo que esperan los creyentes en el otro lado.

La presencia de vida después de la muerte y la ascensión a un “Cielo” plantean ciertos interrogantes.

En primer lugar, la separación de cuerpo y alma se contrapone a los efectos que sufre el alma (mente) tras una lesión cerebral. La variabilidad de las almas (autistas, superdotados, ciegos, esquizofrénicos, psicóticos, etc.) se liga a la pasmosa individualidad de los cerebros, lo que plantea un cierto desafío al dualismo.

Para evitar este problema, supongamos que no hay dualismo y que el alma se resucita en algún soporte material. En ese caso,

¿Seremos nosotros mismos en el cielo o nos cercenaran nuestra parte pecadora?
Lo digo porque nuestro potencial para el pecado no es como un tumor que se quita y ya está. La identidad de cada uno está ligada a sus defectos.

El que tuvo una tara en esta vida,

¿Mantendrá esa tara en el cielo?
¿Con que edad despertaremos en el cielo?
¿Seré yo a los 15 o a los 40?

Si Woody Allen sigue siendo él, con su neuroticismo, será difícil que el Cielo le satisfaga. Si a Woody Allen le quitan el neuroticismo, dejaría de ser él ¿Por qué querría Woody Allen estar en ese Cielo en el que no va a ser él?

El Cielo en sí es otro constructo complicado.

¿Es un lugar abstracto y apacible, que se asocia a la felicidad, la concordia y el amor?

Sabiendo que el amor es una emoción humana perecedera, me resulta difícil entender lo que el Cielo pueda ser.

Tampoco se ha considerado la dimensión social del Cielo. Como escribe el “ateo innombrable”, si el Cielo para alguien que se inmola son 72 vírgenes voluptuosas esperándole

¿Es eso un Cielo para esas 72 vírgenes voluptuosas?
¿Y las feas a dónde van?
¿Hace Dios una clasificación por sexo y edad?

Otro ejemplo: si fuimos creyentes buenos, pero vivimos rodeados de amigos ateos a los que quisimos mucho ¿nos los encontraremos en el Cielo o estarán en el Infierno? 

Si Dios quiere nuestro bien, el Infierno no puede existir.


(una imagen de la red: al infierno se sube por las faltas de ortografía)

Quizás la religión pierda adeptos cuando “el Cielo” se entienda mejor y la identidad se pueda digitalizar. En ese caso, los informáticos podrían programar “el Cielo virtual” y a la carta. Quizás la vida eterna (virtual) pueda llegar a ser posible. Quizás el Cielo no sea tener todo lo que deseamos. Lo cierto es que habría mucho trabajo para los psicólogos a la hora de definir “el Cielo” a la carta.

Por último, cabe preguntarse qué ocurrirá con las almas no nacidas, cercenadas por la propia acción del hombre. Esto incluye a los fetos abortados, a los que pudieron haber nacido y a los que no llegarán a nacer después de que hayamos destruido nuestro preciado planeta.

***

Estas dimensiones, y otras que puedan añadirse, dan para el desarrollo de un cuestionario más completo, un Cuestionario de Imagen de Dios en España (llamémoslo CIDE). Este tipo de cuestionarios ya existen. Es de interés público saber qué esconden las mentes sobre el concepto de Dios. Al separar los creyentes en subgrupos, descubriríamos que los ateos son el grupo mayoritario.

Puesto que la existencia de Dios no se puede investigar, animo a nuestros psicólogos diferenciales a investigar sobre Su imagen, sus consecuencias individuales y sociales.

Terminando ya, este es mi Credo:

Creo en la búsqueda de la “verdad” a través de la ciencia.
Creo que la Ciencia solo permite aceptar un Dios abstracto, que no se inmiscuye en los asuntos de los hombres, un Dios sin personalidad, sin intenciones y sin rol en la naturaleza.
Un Dios no dualista, que no nos ha guardado un reservado y que, menos aún, separa a los virtuosos de los pecadores.
Desafortunadamente, el Dios que permite la ciencia es un Dios abstracto y frio, sin intencionalidad, que no escucha, que no ama y que no puede dar sentido a la vida.

Incluso si existiera un Dios personal, sería difícil apostar por el verdadero y seguir sus prescripciones (¿Cuáles de todas?). Podría ser que el infierno fuera para los pecadores y los creyentes de la religión equivocada (Sí, a veces Dios ha sido vengativo y egocéntrico).

Algunos dirán que la religión se asienta profundamente en la naturaleza humana, que satisface sus deseos básicos y le es útil. La vida pierde sentido sin Dios. Sin Él, la sociedad podría sumirse en el Caos.

Esto es una gran estupidez. Los creyentes no tienen el monopolio ni del sentido de la vida, ni de la moralidad. 

Otras veces el debate sobre Dios suele virar hacia asuntos no relacionados. Para tomar la decisión sobre si Dios existe, es irrelevante si la religión (o la ciencia) es buena o mala, si hubo ateos tontos o creyentes listos. También lo es si la Teoría de Darwin o los modelos actuales de la ciencia tienen fallas.

¿Por qué ir contra Dios?

Un “ateo innombrabledecía:

Me parece fundamentalmente deshonesto y dañino para la integridad intelectual creer en algo sólo porque te beneficia y no porque pienses que es verdad.

Es preferible saber que esta vida es lo que tenemos.

Al morir no sabremos que no estamos, luego es absurdo preocuparse por la muerte. Sólo veo una única razón pragmática para creer: cuando perdemos a la gente que queremos. Quizás este es el origen sencillo y verdadero de la religión. En ese punto, es innegable que la creencia en Dios proporciona un alivio mayor que el que proporciona el ateísmo. Ellos, los que murieron, no sufren. Sufrimos los que nos quedamos.

Ante esto no puedo decir nada más que:

A pesar de los infortunios que nos encontremos, disfrutemos de esta vida, que es la que tenemos. Es una experiencia limitada.

Las existencias se agotan.


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