Ben-Hur

¿Quién no ha visto un número casi infinito de veces la película dirigida por William Wyler, especialmente en esas fechas en las que se aproxima la Semana Santa? Conocemos la historia, pero ¿cuántos leímos la novela de Lewis Wallace, ‘Ben-Hur, una historia de los tiempos de Cristo’ publicada en 1880?

El largometraje de la MGM, protagonizado por Charlton Heston, se estrenó hace más de medio siglo, en 1959, y fue un éxito rotundo. Pero no hablaremos de que el rodaje superó todos los records de presupuesto destinado a una película hasta entonces, ni que los decorados fueron faraónicos, ni de que Gore Vidal participó en el guión.

Mientras que en la película la presencia de Jesucristo es sutil, es evidente y frecuente en la novela. Por lo demás, la secuencia de sucesos es similar. Una familia acomodada de Judea cae en desgracia por un accidente que se interpreta como atentado en el que se encuentra implicado el gobernador romano (Grato) recién llegado a Jerusalén. El joven Judá Ben-Hur es enviado a galeras, donde se supone que encontrará una muerte segura, mientras que su madre y su hermana son encerradas en una lúgubre prisión donde contraen la lepra.

Judá soporta la vida en el sótano de un barco romano durante tres años. En una de las expediciones bélicas en las que participa, se produce un accidente y él logra poner a salvo al comandante de la misión (Quinto Arrio). Agradecido, Arrio adopta al joven, que se convierte así en ciudadano romano. Mientras vive con el militar aprende técnicas de guerra romana y desarrolla un enorme abanico de habilidades que posteriormente le serán de utilidad para vengarse del malvado Messala (un amigo de la infancia allá en la lejana Judea que, al hacerse mayor, se ha convertido en un individuo prepotente y tirano seducido por el esplendor del imperio de la ciudad de las siete colinas).

Cuando muere Quinto Arrio, Ben-Hur decide regresar a Judea para intentar encontrar a su familia, para averiguar cuál fue su destino. Antes de lograrlo se producen los sucesos en los que Ilderim, un famoso jeque árabe, le acoge y le permite conducir su cuadriga en una competición en la que se consuma la venganza de Judá sobre Messala.

Al regresar a su ciudad de origen, Ben-Hur queda atrapado en las redes del Mesías, poniendo a disposición de sus seguidores, tanto sus habilidades militares como su enorme fortuna. Le cuesta comprender el verdadero mensaje de Jesucristo porque, al igual que muchos otros, considera que es el Rey que vendrá a poner en su sitio al pueblo elegido (“el prototipo físico de la raza ha ido siempre el mismo. Sin embargo, ha habido también algunas variaciones individuales (…) la preferencia de Dios constituye nuestro timbre especial de gloria”) y a acabar con su sometimiento a la tiranía romana. Solo al final abre los ojos.

Los reyes magos, particularmente Baltasar (el egipcio que vincula a los judíos con el famoso éxodo liderado por Moisés), posee un relevante papel en la historia. Su bella hija, Iras, que acaba siendo una traidora, también cumple un cometido en la historia. Es particularmente relevante la figura de un antiguo esclavo del padre de Judá, Simónides, que ha amasado una enorme fortuna usando un capital que escapó a la voracidad del gobernador y de Messala, pero cuyo ocultamiento le costó convertirse en tullido de por vida. La hija de este, Esther, también es una personalidad de relieve. De hecho, termina convirtiéndose en esposa y madre de los hijos de Ben-Hur.

El libro I narra el viaje de los magos a la cueva en la que nace Jesucristo.

El libro II se centra en el encuentro de Ben-Hur y Messala (“mi Messala, cuando se marchó, no tenía veneno en el cuerpo, y por nada del mundo habría herido los sentimientos de un amigo”), el accidente de Grato, y la condena a galeras (en cuyo viaje se encuentra con Jesús: “aquellas benditas manos le habían acariciado y dado de beber cuando él estaba pereciendo de sed; guardaba en su alma el recuerdo de aquel dulce rostro”).

El libro III narra las desventuras en galeras (“para sobresalir en su empleo se necesitaba cierta dosis de inteligencia, además de la fuerza propiamente dicha”) y el episodio de Quinto Arrio (“el imperativo de mi conciencia me ordena que muera contigo antes que ser tu asesino”).

El libro IV desvela los sucesos del regreso de Ben-Hur a Judea, pasando por Antioquia. En esta parte de la novela se produce el encuentro con Simónides (y su hija Esther). Y, por supuesto, con el jeque Ilderim. Baltasar (“reducir al hombre a vasallo constituye la ambición de un rey; ocuparse del alma del hombre para salvarla es el deseo de un Dios (…) la inteligencia de Dios no se mueve jamás sin ningún motivo”) media entre el encuentro del jeque y Ben-Hur (“yo competiré en esta carrera para humillar a mi enemigo. La venganza está permitida por la ley (…) humillaré a mi enemigo en el lugar más público”).

El libro V detalla la carrera de cuadrigas en la que Judá obtiene su venganza en el Circo (“ser veloz vale menos que ser cuerdo”). Messala queda inútil para el resto de su vida y arruinado por su insensata apuesta. Aquí también se producen inquietantes encuentros entre Iras, la bellísima y enigmática hija de Baltasar, y el joven judío, y también se narra el atentado del que se libra.

El libro VI comienza con la sustitución de Graco por Poncio Pilatos como gobernador de Judea, y con la liberación de la madre y la hermana de Ben-Hur de la tenebrosa Torre Antonia (“los sufrimientos que se nos infligen son más o menos intensos según la sensibilidad de cada uno”). Judá regresa finalmente a Jerusalén y a su vacío hogar. Comienza a buscar a su familia, pero la criada, que sigue en secreto a cargo de la casa Hur, le oculta que están vivas para alejarle de la lepra y evitarle el sufrimiento.

El autor explica en este libro VI que la superioridad bélica de los romanos proviene de tres causas: “sumisión ciega a la disciplina, táctica de la legión y manejo hábil de la espada corta y ancha que habían adoptado de los españoles”.

El libro VII es una transición hacia la conclusión de la narración, centrándose en el Mesías, desde su llegada triunfal a Jerusalén el domingo de ramos.

En el libro VIII, Judá descubre la traición de Iras (“un hombre que se ahoga puede salvarse, pero es muy difícil para un hombre enamorado (…) si te he fingido simpatía y tanto tiempo he soportado tu odiosa presencia, ha sido sólo para servir a Messala”) y encuentra el amor de Esther. También se produce el milagro a través del que el mesías (“creía su poder tan inconmensurable como para refundir el mundo entero y convertirlo en una sola familia feliz”) cura de su enfermedad a la madre y la hermana de Ben-Hur (“mujer, tu fe es grande; cúmplase tu deseo”).


Se narra el apresamiento de Jesucristo (“¿por qué habéis venido a prenderme con palos y espadas como a un ladrón? Estuve entre vosotros todo el día en el templo y no levantasteis la mano contra mí”) y el desprecio del pueblo judío hacia el hijo de Dios (“El Nazareno nunca hizo mal a nadie; al contrario, había amado al pueblo; la mayor parte lo veía ahora por primera vez y, sin embargo, ¡qué contradicción!, lo llenaba de insultos y de improperios, y sentía piedad en cambio por los ladrones (…) Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”).

Así termina Wallace su novela:

Si, en Roma, alguno de mis lectores visita las catacumbas de San Calixto, que son anteriores a las de San Sebastián, verá para qué utilizó Ben-Hur sus bienes, y le quedará agradecido. De aquella vastísima tumba surgió el cristianismo, que acabo imponiéndose a los mismos cesares”.

La investigación que hizo Wallace para escribir su voluminosa novela le llevó a concluir que Jesús de Nazaret fue un personaje que existió realmente. Concuerda, así, con la tesis de Robert Graves, entre otros.


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Práctica y capacidad

El rango de reacción es un fenómeno conocido desde hace mucho tiempo en genética. En esencia, la idea es que especímenes con distintos genotipos presentan diferentes márgenes de cambio en respuesta a las condiciones del entorno. Y eso subyace a la naturaleza más elástica que plástica del cambio.


Si una goma se estira demasiado, se rompe.

Cuando deja de estirarse recupera su longitud en estado de reposo.

Pensamos que los grandes tenistas o los maestros del ajedrez alcanzan sus envidiables registros a través de una extensísima práctica. Quienes trabajan más intensamente llegan más lejos que aquellos menos implicados en el entrenamiento, que los que se esfuerzan menos por superarse.

Algo similar suponemos que sucede en la educación o en el mundo del trabajo. Los chavales que se esfuerzan más obtienen las mejores calificaciones. Los trabajadores más entregados obtienen mejores dividendos y son, por tanto, mejor valorados por sus jefes.

El reverso tenebroso de ese supuesto es la (a veces macabra) idea de que quien no llega más lejos es porque no se esfuerza lo suficiente. Con la debida inversión, con la suficiente entrega por su parte, podría alcanzar cualquier logro imaginable.

Científicos como K. A. Ericsson han propuesto que las diferencias entre expertos y novicios pueden explicarse completamente por el esfuerzo, sin necesidad de recurrir a algún supuesto talento innato. Los medios de comunicación, y algunos de sus representantes, han abrazado esta idea.

Es el caso del libro de Malcolm Gladwell, ‘Outliers’, donde propone la Regla de las 10.000 horas.

Sin embargo, la investigación es incongruente con tesis como la de Gladwell. La práctica deliberada y el esfuerzo son indudablemente importantes, pero hasta cierto punto. Ni siquiera tiene por qué ser el factor que explique la mayor parte de las diferencias que separan a quienes alcanzan mayores y menores logros.

En el caso del ajedrez, por ejemplo, algunos necesitan algo más de 700 horas para alcanzar el grado de maestro, mientras que otros requieren más de 16.000 horas.

Un reciente meta-análisis de casi 90 estudios, publicado en Psychological Science, reveló que las diferencias en el tiempo invertido en practicar se asocia a los logros: quienes practican más, llegan más lejos. Pero la proporción de varianza nunca supera el 30%. Por tanto, otros factores deben contribuir a explicar las diferencias en los logros.

Las diferencias genéticas son unas prometedoras candidatas. De hecho, existe alguna investigación en la que se concluye que las diferencias en el tiempo invertido en practicar habilidades musicales no contribuye al nivel de pericia alcanzado por gemelos idénticos.

Existen diferencias de partida que cuentan a la hora de comprender la distancia que nos separa cuando competimos por alcanzar determinados logros valorados socialmente.

No somos tabulas rasas.

Negar la contribución de las diferencias genéticas a nuestras diferencias de capacidad para alcanzar determinados logros es ridículo y contradice lo que la ciencia conoce al respecto. Al menos por ahora.

Actuar como si todos fuésemos creados iguales en nuestras capacidades puede ser mucho más pernicioso que admitir esas diferencias. Alimentar desmesuradas esperanzas en un chaval, tales como que con el debido esfuerzo llegará a emular a Albert Einstein o a Leo Messi, puede producir un daño irreparable en su desarrollo.

El mito de que todos somos creados con idéntico potencial puede llevar al borde del colapso vital. La gente puede encontrar su lugar en el mundo, sin necesidad de meterse en el cuerpo el veneno del éxito. No es necesario vender el mensaje de que si no llegas a golpear el balón como el astro argentino debes considerarte un desgraciado, debes castigarte por no haberte esforzado lo suficiente.

Esa visión mítica hace daño.

Poner límites a la baja es tan negativo como hacerlo al alza.

Cada cual debe encontrar hasta donde le permite llegar su rango de reacción sin estirar demasiado la goma de su capacidad.


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El efecto Flynn y la memoria operativa

El efecto Flynn consiste en un aumento generacional en el nivel promedio de inteligencia observado durante el siglo XX en varios países (España incluida, no se sorprendan tanto). El aumento se ha promediado a 3 puntos de CI por década, aunque haya oscilaciones de estudio a estudio.


Por otro lado, la investigación sobre las relaciones de la capacidad intelectual con la memoria operativa (working memory) –es decir, la capacidad para manipular, on-line y simultáneamente, un variado número de elementos—sugiere que estos son factores psicológicos fuertemente vinculados, al menos a nivel latente. La altísima correlación sugiere que se encuentran condicionados por las mismas limitaciones de capacidad.

Se publica ahora un provocador trabajo en el que se consideran los cambios generacionales en un periodo de 85 años en dos de los subtests de las escalas Wechsler que valoran la memoria a corto plazo (MCP) y la memoria operativa (MO). Concretamente, el test de dígitos, tanto en su versión directa como inversa. La primera versión valora la MCP y la segunda la MO. El test de dígitos supone, sencillamente, repetir una secuencia de números tal y como han sido dichos, o en su orden inverso. La primera es menos compleja cognitivamente que la segunda.

La idea en la que se basa el estudio es que si la ganancia generacional de inteligencia es genuina, o real, entonces debería observarse un incremento en las pruebas de dígitos similar a la encontrada para la capacidad intelectual en general. No puede ser de otro modo, según el autor, G. E. Gignac, si la inteligencia y la memoria operativa comparten limitaciones de capacidad que se van superando a través de las generaciones.

Los datos considerados en este estudio corresponden a distintas versiones de las escalas Wechsler para adultos desde 1923 hasta 2008. Los resultados señalan que las puntuaciones en las versiones de la escala de dígitos a través de los años apenas experimentan cambios: entre 6.3 y 6.7 para la versión directa (SD = 2.4), y entre 4.8 y 5.1 para la versión inversa (SD = 2.6).


Personalmente, el efecto Flynn me fascina. La investigación sigue sin respuestas a la pregunta de por qué se produce y la ciencia persiste en su búsqueda. Este informe es un intento más de encontrar alguna luz. Pero puede que el resultado no sea particularmente iluminador.

Por un lado, la distinción entre memoria a corto plazo y memoria operativa es altamente discutible. La evidencia actual rechaza la distinción. Nat Unsworth y Randall Engle publicaron en 2007 un artículo aceptando lo que mi equipo llevaba tiempo defendiendo: ambos tipos de memoria se encuentran limitados por los mismos recursos cognitivos.

Por otro lado, la casi perfecta relación entre inteligencia y memoria operativa se produce a nivel latente, es decir, en lo que hay de común a diversas medidas de ambos factores. Este es un hecho que Gignac reconoce en su informe. Los cambios en las medidas concretas pueden no apresar lo que resulta relevante.

Finalmente, Flynn ha argumentado de modo convincente que lo que sucede dentro de una generación puede comportarse de modo sustancialmente distinto a lo que sucede a través de las generaciones. Es decir, el factor general de inteligencia (g) es un robusto factor psicológico, inescapable para comprender las relaciones entre las medidas de inteligencia dentro de una generación. Sin embargo, los cambios a través de las generaciones en las medidas de inteligencia pueden desobedecer las reglas del juego intra-generacional.

Permítanme explicar brevemente qué quiere decir Jim Flynn usando datos de España que nunca publiqué, pero que están entre mis archivos. Usé los datos de la baremación de la escala Wechsler de 1970 y 1992. Calculé un análisis factorial para los 11 tests de la escala en ambos momentos y obtuve los pesos en el factor general de inteligencia (g). La siguiente tabla presentan los resultados.

Test del Wechsler
Peso en g (1970)
Peso en g (1992)
INFORMACION
,76
,54
COMPRENSION
,60
,54
ARITMETICA
,70
,60
SEMEJANZAS
,71
,61
DIGITOS
,56
,31
VOCABULARIO
,80
,64
CLAVES
,77
,41
FIGURAS INCOMPLETAS
,78
,54
CUBOS
,77
,57
HISTORIETAS
,71
,62
ROMPECABEZAS
,70
,41
% de varianza
51%
29%

Obsérvese que los pesos se reducen en 1992. La última fila es un resumen de esa reducción, equivalente a más de un 20%. Psicológicamente, el cambio supone que en 1992 los mismos tests son cognitivamente menos complejos que en 1970. El resultado sería congruente con, aunque no demuestre, la idea de que la inteligencia aumentó en ese periodo de tiempo. Los individuos evaluados son más inteligentes en 1992 y resuelven con mayor eficacia esos tests.

Sin embargo, y aquí viene la clave del argumento que pretendo compartir, si calculamos las ganancias en las puntuaciones obtenidas por los individuos en 1970 y 1992 para cada uno de los tests, llegamos a la siguiente tabla.

Test del Wechsler
Cambios en las puntuaciones (d)
INFORMACION
1,13
COMPRENSION
,35
ARITMETICA
,56
SEMEJANZAS
1,44
DIGITOS
,83
VOCABULARIO
,84
CLAVES
,87
FIGURAS INCOMPLETAS
,74
CUBOS
,33
HISTORIETAS
,71
ROMPECABEZAS
,53

Existe una correlación nula entre los pesos en g y el cambio de puntuaciones entre ambos momentos temporales. Fíjense, por ejemplo, que el peso en g de ‘información’ y ‘comprensión’ es idéntico en 1992, pero el cambio en las puntuaciones difiere extraordinariamente. El peso en g de ‘dígitos’ e ‘historietas’ es muy diferente, y, sin embargo, el cambio en las puntuaciones es similar.

Por cierto, no les habrá pasado desapercibido el hecho de que el peso en g de ‘dígitos’ se reduce ostensiblemente entre 1970 y 1992. Las variaciones en esos pesos son mucho más relevantes para responder a la pregunta de qué sucede a nivel latente, puesto que se basa en las inter-correlaciones de ese tests con el resto.

Gignac ignora esta clase de evidencia, y, por tanto, sus resultados poseen bastante menos valor de lo que él supone para responder a la pregunta verdaderamente relevante.


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