FIRMA INVITADA: No se puede poner puertas al campo –por Félix García-Moriyón

Dos noticias ocupan importante espacio en los medios de comunicación: personas muy vulnerables se lanzan al mar en condiciones muy duras con la esperanza de alcanzar algo mejor, unas al Mar Mediterráneo, para ir desde Libia hasta Sicilia, y otras al mar de Andamán, desde Myanmar hasta Tailandia o Malasia.

Separadas casi 9.000 km., son situaciones diferentes, pero también comparten rasgos que permiten hacer una reflexión común sobre ambas.

En las aguas próximas a Sicilia, miles de personas procedentes de África y Medio Oriente intentan acceder a la rica Unión Europea, con la esperanza de encontrar asilo o simplemente un puesto de trabajo en la economía sumergida. En el mar de Andamán, personas que sufren una dura exclusión e incluso persecución en Birmania (Myanmar), intentan llegar a Tailandia, Malasia o Indonesia, en este caso casi exclusivamente para poder sobrevivir.

Son problemas de enorme calado, que obedecen a causas variadas y complejas, por lo que no existen soluciones fáciles. Es compleja la situación en los países de origen que da lugar al éxodo; es igualmente complejo el proceso de tránsito, el viaje, que les lleva a su destino. Y es compleja la acogida en los países de destino. Esa complejidad exige abordarlo desde perspectivas diferentes. Voy a centrarme en una consideración previa y sobre todo en dos aspectos del problema.

La complejidad no debe nunca olvidar el drama central y prioritario: estamos hablando de seres humanos concretos, con rostro, con una historia personal única, que están en situación de extrema vulnerabilidad, en muchas ocasiones de peligro inminente de muerte en su viaje hacia un mundo mejor.

Las grandes cifras nos permiten captar la magnitud del problema y logran que la noticia aparezca en primera página. Pero también difuminan el dolor personal, ese que mueve a los seres humanos a ser compasivos y prestar ayuda. Por muy complejo que sea el tema, hay algo que está claro: los países hacia los que se dirigen tienen la obligación ineludible de socorrerles, sin otra limitación que las estrictamente técnicas. Y conociendo el problema, deben desplegar medios suficientes para hacer frente a las tareas de salvamento. Mirar para otro lado o decir que ese no es su problema es profundamente inmoral.

Si nos fijamos en los países hacia los que se dirigen esas personas, llama mi atención las diferencias en la manera de abordar el problema en las dos áreas.

Por un lado, el nivel de desarrollo tecnológico y riqueza de los países de acogida es muy distinto: los medios de los que dispone la Unión Europea para afrontar el problema son muy superiores, por lo que su responsabilidad es también mayor.

Por otra parte, Europa goza de una profunda y larga tradición en la defensa de los derechos humanos, que en su actual formulación nacieron precisamente en el ámbito de la cultura Europea u Occidental. Eso ha provocado una reacción muy fuerte de la sociedad civil que ha actuado, a través de diferentes organizaciones, para presionar a sus propios gobiernos exigiendo que presten ayuda a esos inmigrantes.

Quizá por eso, pero también porque esa tradición de derechos humanos ha dejado su huella en las instituciones políticas y jurídicas europeas, la respuesta parece estar mejorando, sin poder solucionar del todo el drama, con miles de muertos en el mar. La conciencia moral europea es más sensible, más todavía porque persiste una mala conciencia procedente de la valoración de la etapa imperialista de Europa.

La respuesta en los países del Mar de Andamán no está siendo tan intensa ni eficaz. En parte porque su nivel de desarrollo tecnológico no les permite hacer mucho, pero también en parte porque allí esa conciencia moral no se halla en la misma situación, sobre todo en lo que hace referencia a los derechos individuales, aspecto que no ha impregnado con suficiente fuerza el funcionamiento habitual de las diferentes instituciones, incluidas la policía, el ejército y los gobiernos. Y tampoco tiene una red tan tupida y fuerte de organizaciones defensoras de los derechos humanos.

No se sigue de esta apreciación ninguna superioridad moral de Europa sobre esos países asiáticos, sino tan solo una posible explicación de la diferente manera de actuar en este caso.

Visto el problema desde los países de origen, se aprecia, claro está, una situación de condiciones extremas de vida que empujan a esas personas a afrontar un viaje sumamente arriesgado: sobre todo el hambre y la miseria, la persecución por causas políticas, religiosas o étnicas, pero también, en muchos casos, el simple deseo de mejorar sus condiciones de vida, tanto materiales como sociales o culturales, el suyo propio y el de su familia más próxima. No se resignan a su suerte y lo ponen todo en juego para poder cambiarla.

Esta última observación me lleva a una última reflexión.

El mundo actual asiste a un profundo y vasto, muy vasto, proceso de migraciones, en el que, gracias a las mejores condiciones de desplazamiento, millones de personas se lanzan a otros territorios buscando una vida mejor. Algunas emprenden el viaje forzadas por duras causas; a otras les mueve el deseo de mejora. Y no debemos olvidar el papel que desempeña un deseo muy propio del ser humano: el deseo de explorar, de emprender aventuras marcadas por la dificultad y el azar, de avanzar hacia territorios parcial o totalmente desconocidos.

Visto desde este punto de vista, estamos ante la manifestación actual de algo que ha ocurrido siempre: los seres humanos han arrostrado grandes peligros en su deseo de explorar nuevos espacios y mejorar sus condiciones de vida.

Lo hicieron posiblemente nuestros primeros congéneres, al salir de África hace ya casi 100.000, pero también lo hicieron los habitantes de Polinesia, los vikingos, los pueblos de las estepas asiáticas, pobladores que descendieron desde Alaska hasta Tierra del Fuego, o los europeos.


Y es posible que lo tengan que hacer en masa nuestros sucesores si en un futuro las condiciones de vida del planeta llegan a sus límites, una tesis bellamente expuesta por una reciente película, Interestelar.

Esta es también la tesis que inicia una espléndida exposición sobre Hernán Cortes, un caso emblemático de todo lo bueno y lo malo que puede suceder en esos procesos migratorios de los seres humanos a lo largo de su historia.

No pretendo con esta reflexión final minimizar la gravedad del problema que ha dado pie a este escrito. Tengo claro que la obligación inmediata de todos es buscar soluciones para ese problema concreto, extremadamente grave, y procurar evitar el sufrimiento al máximo número de personas, en especial a las más débiles. Solo pretendo situarlo en un marco más amplio para evitar discursos apocalípticos y críticas que sobre todo nos flagelan a nosotros mismos, empeñados en resaltar siempre el lado oscuro de nuestra conducta.


Pretendo también recordar que el proceso migratorio es connatural al ser humano, con una enorme dimensión positiva para las personas y para la propia especie, por lo que nunca será una solución frenarlo o bloquearlo. Debemos gestionarlo lo mejor posible, pero en ningún caso, como bien afirma un popular proverbio, es posible poner puertas al campo.

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Race differences in intelligence. An evolutionary analysis

Probablemente no hay tema más candente en las ciencias sociales que el de las supuestas diferencias raciales de inteligencia. Y no es precisamente porque se carezca de evidencias empíricas, sino debido a que los científicos sufren graves dificultades para considerarlas neutralmente:

En Europa, la mayor parte de los antropólogos acepta la validez del concepto de raza
(…) es en los Estados Unidos donde se ha negado la existencia de la raza por parte de bastantes antropólogos, así como por algunos biólogos y científicos sociales que han sacrificado su integridad científica a la corrección política” (Lynn, 2006, pp. 15-16).

En 1996, la task force de la American Psychological Association, coordinada por Ulric Neisser, revisó el problema dentro de los Estados Unidos, concluyendo que

El diferencial entre las puntuaciones medias en los tests de inteligencia de afro-americanos y euro-americanos no deriva de un sesgo obvio en la construcción o aplicación de los tests y tampoco es un simple reflejo de las diferencias de estatus socioeconómico.
Las explicaciones basadas en los factores de casta y de cultura pueden ser adecuadas, pero tienen poco apoyo empírico.
Ciertamente, la interpretación genética tampoco tiene apoyo empírico.
En el momento actual, nadie sabe qué causa este diferencial

El libro de Dr. Richard Lynn, Profesor Emérito de la Universidad del Ulster, que comentaremos aquí, es novedoso por cuatro razones.

Primero, plantea el problema a escala mundial.

Segundo, usando como referencia el estudio con marcadores genéticos de Cavalli-Sforza et al, (en la foto de la izquierda) revisa datos de diez razas: europeos, subsaharianos, habitantes del Kalahari, asiáticos del sur y norteafricanos, asiáticos del sudeste, aborígenes de Australia, habitantes de las islas del pacífico, asiáticos del este, habitantes del Ártico y nativos americanos.

Tercero, discute las causas ambientales y genéticas de las diferencias raciales de inteligencia.

Finalmente, propone una teoría sobre el origen de esas diferencias.

Del capítulo 3 al 12 se revisa las evidencias empíricas sobre las puntuaciones de CI de las diez razas señaladas, presentando un resumen en el capítulo 13. La revisión considera 507 muestras de 128 países y produce la siguiente clasificación según CI (de menor a mayor):

Habitantes del Kalahari (54).
Aborígenes de Australia (62).
Subsaharianos (67).
Asiáticos del sur y norteafricanos (85).
Habitantes de las islas del pacífico (85).
Nativos americanos (86).
Asiáticos del sudeste (87).
Habitantes del Ártico (91).
Europeos (99).
Asiáticos del este (105).

Lynn se pregunta aquí si esta clasificación es fiable y válida, calculando una fiabilidad de .94 e informando de relaciones significativas con factores tales como el nivel educativo o los índices de riqueza de una serie de países con distintas composiciones raciales.

En los capítulos empíricos, el lector hallará algunas inferencias discutibles, inconsistencias e incluso determinados errores. Veamos algunos ejemplos.


Primero, los afroamericanos presentan un rendimiento en tests de amplitud de memoria y velocidad de procesamiento equivalentes a un CI de 94 y 102, respectivamente. Actualmente sabemos que el factor g y la amplitud de memoria se encuentran intensamente relacionados (aprox. .90) y también se ha descubierto que la velocidad mental subyace al factor g. Por tanto, ¿cómo explicar la diferencia de casi 20 puntos entre amplitud de memoria, velocidad mental y el CI estimado en la revisión del autor?

Segundo, el CI de los asiáticos del sur y del norte de África es de 85, casi 15 puntos por debajo de los europeos, pero la civilización árabe ha sido las más avanzada del planeta durante varios siglos y, de hecho, sirvió de modelo a la revolución europea del Renacimiento.

Tercero, a pesar de residir en un entorno favorecedor, el CI de los asiáticos del este es menor en los Estados Unidos que en su nicho de origen (101 frente a 105).

Cuarto, los habitantes del Ártico presentan un sustancial mayor tamaño cerebral que los europeos (76 centímetros cúbicos) pero su CI medio es 91.

Finalmente, en la página 28 se hace referencia al famoso estudio de Chorney et al  sobre el IGF2R para demostrar que existen “genes de la inteligencia”. Pero desde 2002 sabemos que la asociación de ese marcador genético con la inteligencia no se ha podido replicar. Con todo, el autor señala al comienzo de su revisión que

No deberíamos tratar de encontrarle sentido a las variaciones de estimación de estudio a estudio, puesto que en su mayor parte resultan del error de muestreo.
Lo realmente importante es centrarse en el patrón general” (p. 18).

Discutible, pero es su postura.

Lynn considera el CI estimado para cada raza, tanto en su nicho de origen como en otros lugares del planeta, para averiguar si hay consistencia o no. Las evidencias son verdaderamente interesantes. Sucede, por ejemplo, que en los europeos existe esa consistencia, pero está ausente en los subsaharianos (cuyo CI medio en África es 67, según informa el autor, pero 85 en los Estados Unidos, 86 en Inglaterra y 85 en Holanda –una diferencia de casi 20 puntos). El dato europeo apoyaría una hipótesis genética, mientras que el de los sub-saharianos sería proclive a la hipótesis ambiental sobre las diferencias raciales. ¿Sugiere esto que 99 es el techo de los europeos, mientras que los sub-saharianos tienen aún margen de incremento? ¿O es 85 el techo de los sub-saharianos? No lo sabemos, pero ¿sería interesante averiguarlo?

En el capítulo 14, el autor se decanta por una explicación de las diferencias raciales basada en factores genéticos y ambientales. Sugiere, por ejemplo, que

Una deficiente nutrición [en los países en vías de desarrollo] puede reducir el CI en 15 puntos” (p. 185)

por lo que ¿se podría deducir que el CI de los nativos americanos del sur en los países menos desarrollados podría llegar a superar la media europea?

Varias páginas están destinadas a discutir cuáles son los factores nutricionales que influyen sobre la inteligencia. La desnutrición prenatal y durante el primer año de vida daña el desarrollo del cerebro y reduce el número de células cerebrales. Las deficiencias de hierro reducen el número de receptores de la dopamina influyendo en los procesos de neurotransmisión, y, por tanto, el aprendizaje y el funcionamiento cerebral adulto. Los ácidos grasos son esenciales para el desarrollo cerebral; casi la mitad de estos ácidos se adquieren en el útero y la otra mitad durante los doce primeros meses a través de la leche materna (pero no de las leches artificiales). También se revisa el posible efecto de la educación, pero el autor no confía demasiado en que tenga un verdadero efecto.

Sostiene Lynn que

aunque los factores ambientales indudablemente contribuyen a las diferencias raciales de inteligencia, existe una serie de factores que sugieren que también hay influencias genéticas” (p. 189):

(1) es difícil asumir que la inteligencia es la excepción a una serie de características en las que se diferencian genéticamente las razas, tales como la forma corporal, el color de la piel, pelo y ojos, la pre-valencia de determinadas enfermedades o los grupos sanguíneos.
(2) los escasos cambios de CI de los grupos raciales que residen en sus nichos de origen y en otros ambientes (eso si, con excepciones dramáticas como los subsaharianos).
(3) las diferencias de CI entre razas que viven en el mismo país.
(4) la adopción de niños de razas de menor CI por parte de familias de razas de mayor CI no mejora su CI.
(5) los niños de matrimonios inter-raciales presentan un CI situado en la resultante de calcular la media de ambas razas.
(6) el CI de las razas es consistente con la transición de la caza a la agricultura durante el neolítico.
(7) el CI de las razas es consistente con el desarrollo de civilizaciones a lo largo de la historia de la humanidad.
(8) la heredabilidad del CI dentro de cada grupo humano hace probable un efecto genético entre grupos.
(9) hay diferencias de tamaño craneal coherentes con las diferencias de CI.
(10) “la teoría de que las diferencias raciales de inteligencia son parcialmente debidas a la genética se ajusta a los criterios de Karl Popper de una teoría sólida. Quienes sostienen que no hay evidencia revelan una carencia de comprensión de la lógica de la investigación científica” (p. 192).


Los tres últimos capítulos son una exposición sucinta, pero bastante directa, de la teoría del autor. El capítulo 15 considera dos principios evolucionistas para comparar mamíferos, pájaros, primates y homínidos:

(1) ocasionalmente, las especies ocupan nuevos nichos que imponen mayores exigencias cognitivas y
(2) los carnívoros y los herbívoros participan en una carrera en la que ambos deben hacerse más inteligentes, los primeros para cazar y los segundos para evitar ser cazado.

A partir de aquí calcula coeficientes de encefalización (CE) para estimar la capacidad del cerebro para procesar información. Así, por ejemplo, el Homo Sapiens presenta un CE de 7.50, mientras que el promedio de los mamíferos o de los pájaros es de 1.00. Los cálculos y esos dos principios permiten mantener que las exigencias del ambiente poseen el efecto de estimular el desarrollo del cerebro, y, por tanto, de la inteligencia.

En los capítulos 16 y 17 se explora las relaciones entre clima, raza, tamaño cerebral e inteligencia:

La crucial presión selectiva responsable de la evolución de las diferencias raciales en inteligencia corresponde a la temperatura y los ambientes fríos del hemisferio norte, que imponen mayores demandas cognitivas para garantizar la supervivencia.
Los asiáticos del sur y norte-africanos, los europeos, los asiáticos del este, los habitantes del Ártico y los nativos americanos, se adaptaron a estas demandas cognitivas desarrollando un mayor tamaño cerebral y una mayor inteligencia” (p. 205).

Hace aproximadamente 100.000 años, grupos de Homo Sapiens comenzaron a salir de África para colonizar el resto del planeta, proceso que culminó hace 30.000 años. Esta emigración masiva aisló a comunidades de Homo Sapiens en diferentes partes del globo, por lo pudieron comenzarse a aplicar procesos evolucionistas tales como la deriva genética, la mutación y la adaptación a los distintos ambientes. Cuanto más fríos eran los inviernos, mayores eran las demandas cognitivas para sobrevivir.

En contraste, África no resultó un ambiente exigente cognitivamente, puesto que era relativamente sencillo encontrar plantas, insectos y huevos durante todo el año. Sus habitantes no debían cazar animales para comer, no necesitaban desarrollar la inteligencia, las habilidades, los instrumentos, las herramientas y las armas necesarias para cazar grandes mamíferos, algo crucial en el hemisferio norte.

Los emigrantes tuvieron que enfrentarse al problema de los largos inviernos, encontrando fuentes alternativas de alimentación, lo que exigió agudizar el ingenio. La conclusión general del autor es:

El CI de las razas se puede comprender por los diferentes ambientes en los que han evolucionado, y, en concreto, por las glaciaciones del hemisferio norte que han ejercido una poderosa presión para desarrollar una inteligencia que permitiese sobrevivir durante los fríos inviernos; también han sido relevantes las mutaciones favorecedoras de una alta inteligencia que han aparecido en razas con poblaciones grandes y con un gran estrés climático.
Las diferencias de CI que separan a las razas explican las diferencias en logros como la transición del neolítico, la construcción de las primeras civilizaciones y el desarrollo de civilizaciones avanzadas durante los últimos 2000 años.
La posición de los ambientalistas de que, durante los últimos 100.000 años, los grupos humanos han estado separados por barreras geográficas en diferentes partes del planeta que han producido marcadas diferencias genéticas en morfología, grupos sanguíneos e incidencia de trastornos genéticos, pero que han dejado intacto el genotipo de la inteligencia, es tan improbable que la única explicación es que ignoran por completo los principios de la biología evolucionista o siguen una agenda política destinada a negar la importancia de la raza.
O ambas cosas” (pp. 243-44).

Por consiguiente, se podría deducir que el origen de las diferencias raciales de inteligencia reside esencialmente en el ambiente, remoto, pero ambiente en resumidas cuentas. Pudieron existir exigencias en las zonas más frías del planeta que estimularon el incremento de la capacidad del cerebro humano para procesar la información de modos cada vez más eficientes.

Sin embargo, las comparaciones contemporáneas señalan claramente que las culturas recientes pueden ejercer un efecto sustancial sobre la inteligencia. Es el caso de los subsaharianos en los Estados Unidos, Inglaterra u Holanda. El nivel de integración de esta población en esos países dista de ser equiparable a la población mayoritariamente europea, especialmente en los Estados Unidos, donde existe un claro historial de discriminación racial. El hecho de que, aún así, se haya producido un incremento de 20 puntos de CI, es consistente con la declaración de que las diferencias remotas pueden ser superadas en la actualidad.


Si es esa la política social que se desea aplicar, entonces se pueden sugerir algunas cosas.

Primero, que se replique la revisión de Lynn para averiguar si las evidencias son o no son sólidas.

Segundo, encontrar inconsistencias, semejantes al caso comentado de los subsaharianos, que puedan ayudar a detectar dónde residen las claves para mejorar la inteligencia de las poblaciones.

Tercero, proponer la aplicación de políticas nutricionales a escala mundial que estimulen el desarrollo de las nuevas generaciones de los países en vías de desarrollo.

Finalmente, que los científicos de los países desarrollados colaboren estrechamente con los de los países en vías de desarrollo para diseñar estudios a gran escala que permitan un diagnóstico fiable de la situación, superando las ideologías que propenden a negar la evidencia de que los mayores índices de desarrollo están estrechamente relacionados con el capital intelectual humano.

Una sociedad ilustrada es una sociedad mejor. Y una sociedad así debe facilitar que las ideas sean discutidas en un ambiente tolerante y respetuoso. La historia de la humanidad prueba que los avances se han producido dentro de sociedades abiertas que han respetado y debatido la diversidad de visiones sobre la naturaleza de las cosas.

La teoría de Lynn puede ser correcta o incorrecta, pero constituye una excusa para que los científicos dejen de actuar bajo determinados prejuicios (o de las presiones de los medios de comunicación y de los políticos) y se hagan la gran pregunta siguiendo el método más poderoso para conocer la naturaleza (incluyendo la naturaleza humana) con el que se cuenta en la actualidad, es decir, el método científico.

Bajo ningún concepto debería ocurrir que sólo los científicos jubilados (como es el caso de Lynn) puedan permitirse decir lo que piensan, mientras que los científicos en activo puedan hacer declaraciones solamente cuando encajan con lo que al periodista o al político le parece más apropiado. La neutralidad es un ingrediente básico del cóctel de la ciencia.

En suma, con el problema de las diferencias raciales de inteligencia debería aplicarse el mismo sistema de actuación que el Dr. Crichton propone para superar las extraordinarias inconsistencias de las teorías sobre el cambio climático en el planeta tierra.

Desde mi punto de vista, la Organización de Naciones Unidas podría contribuir a resolver el problema mediante la promoción de investigaciones a escala mundial dirigidas por al menos tres equipos independientes que trabajasen simultáneamente.

Usando las diez razas reseñadas más arriba, se podría hacer un muestreo representativo de cada una y medir su inteligencia mediante los instrumentos estandarizados más apropiados. Quienes seleccionan los tests de inteligencia, quienes los aplican, quienes corrigen los resultados y quiénes los analizan estadísticamente no deberían ni conocerse.

Los equipos de integración deberían disponer de acceso ilimitado a los datos considerados por cada uno de ellos y los informes resultantes de la investigación deberían publicarse simultáneamente con comentarios sobre los hallazgos de los demás.

El sistema que se propone permitiría averiguar, con relativa rapidez, si las evidencias discutidas por Lynn son sólidas y se replican (o no).

La verificación independiente es la esencia de la empresa científica.

El problema de las diferencias raciales posee tal envergadura y una penetración social de tamaña magnitud, que esta propuesta debería convertirse en una obligación para los próximos años.

La especulación es fascinante, pero la verdad lo es todavía más.


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El impacto de ver la televisión sobre la estructura cerebral

Se publica en la revista ‘Cerebral Cortexun informe del grupo de Hiraku Takeuchi, de la Universidad de Tohoku (Japón), en el que se observa una asociación entre las diferencias en el tiempo invertido en ver la televisión y la variaciones de estructura cerebral (tanto materia gris como materia blanca). Se analizan datos transversales y longitudinales observándose efectos positivos en una serie de regiones, principalmente áreas prefrontales medial y frontopolar, corteza visual, hipotálamo y regiones sensomotrices.


Los autores se interesan por esos efectos debido a que la investigación conductual previa parece concluir que ver la televisión durante la infancia produce un efecto negativo sobre el desarrollo de las capacidades intelectuales.

Pero nada se sabe sobre su efecto en el cerebro.

Este hecho debió interesar a los editores de ‘Cerebral Cortex’ porque, la verdad, esta investigación posee un carácter bastante especulativo. La discusión está plagada de argumentos probables montados sobre una débil evidencia empírica.

Este grupo de científicos considera una muestra original de 290 individuos de edades comprendidas entre los 6 y los 18 años. En el seguimiento longitudinal (parece que tres años después) se tuvo acceso a 216 individuos. Para medir la capacidad intelectual se usaron las escalas Wechsler (WISC-III y WAIS-III). Los hábitos de ver la televisión se registraron con un cuestionario. También se valoró el nivel de ingresos y el nivel educativo de los padres.

El primer resultado de interés es que la cantidad de horas dedicadas a ver la televisión posee una relación negativa con la inteligencia verbal, pero no con la inteligencia no-verbal (aunque los valores son bastante reducidos). Las variables familiares, la edad o el sexo no cambian esta conclusión.


En segundo lugar, la cantidad de tiempo invertida en ver la televisión se relaciona positivamente con el volumen de materia gris en la región frontopolar. Es decir, cuanto más se ve la televisión mayor es el volumen en esa región del cerebro. Pero el volumen en esa región se asocia negativamente a la inteligencia verbal, hecho que, según la investigación, no es extraño. Los autores aprovechan la coyuntura para subrayar que la evidencia sobre el sustrato neuroanatómico de las capacidades intelectuales sigue sin estar demasiado clara.

Sobre el resto de las regiones enumeradas más arriba prefiero no comentar porque es todo demasiado laxo.

Los autores giran y giran alrededor de los resultados que observan porque, se mire por donde se mire, el informe concluye que cuanto más se ve la televisión mayor es el volumen cerebral. Esa relación positiva podría interpretarse, lógicamente, de un modo positivo:

Dejen ver la televisión a sus chavales sin reparo porque su cerebro engordará.

Sin embargo, la relación positiva se aprecia únicamente en los datos transversales. La evidencia longitudinal es inconsistente: el tiempo invertido en ver la televisión al comienzo del estudio no se relaciona con la presencia de una mayor volumen cerebral años después.

¿Por qué?

las razones no están claras (…) quizá no hay margen para el incremento (…) después de ver la televisión durante un largo periodo de tiempo, los programas que vemos se convierten en algo poco estimulante”.

En conclusión, como escribió Bill Shakespeare:

Much ado about nothing”.

O como hubiera escrito Cervantes:

Mucho ruido y pocas nueces”.


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