Honradez

Unos cuantos meses atrás, el ayuntamiento de la localidad en la que resido desde hace dos décadas, me envió un comunicado en el que se consignaba el mensaje de que los impuestos municipales se reducirían con carácter inmediato.

Me pregunté cómo era posible teniendo en cuenta que el anterior alcalde –en busca y captura por malversación de fondos—había dejado las arcas del municipio con un déficit escandaloso. La deuda era sencillamente astronómica.

En julio del año en curso, durante la semana de las fiestas locales, se dio la circunstancia de que coincidí con el actual alcalde tomando una cerveza y un suculento bocata de panceta después de los encierros del día. Aproveché la oportunidad para, ante el grupo de gente que pululaba por los alrededores, felicitarle por la gestión durante los escasos dos años que llevaba en el poder.

Este lunes me entero por la prensa de que ha sido detenido en la ya tristemente famosa Operación Púnica. También se hacen eco los medios de que ha sido expulsado automáticamente del partido, sin contemplaciones, con mano firme.


En resumen, el juez decreta el ingreso en prisión de alrededor de 50 personalidades públicas dedicadas a la política (entre otros el alcalde de mi localidad), e, inmediatamente, los ciudadanos de a píe, y sus compañeros, damos por demostrado que son culpables.

Me aterra.

¿En qué mundo vivimos?

Unos pisoteamos un derecho fundamental, como es la presunción de inocencia, porque estamos híper-sensibilizados ante la corrupción que, se supone, nos rodea por todas partes. Otros, sus compañeros de partido, muestran un gesto autoritario no vaya a ser que evitar actuar con la determinación que los ciudadanos exigimos pueda restarle votos.

Los medios de comunicación nos han llevado a un punto de crispación tal que ha anulado nuestra capacidad de raciocinio. Ya no reparamos en que, en nuestra sociedad, los ciudadanos deben ser tratados igual ante la ley. De ahí al linchamiento solo hay un pequeño paso.

Aunque, en realidad, ese linchamiento ya se produce. Es por ahora psicológico, pero si no reculamos a la mayor brevedad terminará siendo, también, físico.

En un estado de derecho esta situación debe ser considerada inadmisible. Al día siguiente a destaparse el asunto, un tertuliano tuvo la osadía de recordarlo y sus compañeros de mesa se lanzaron a devorarle jaleados, eso si, por el numeroso público asistente al acto, que se celebraba en directo.

No sería la primera vez, ni, desde luego, sería la última, en la que el correspondiente juicio demostrase la inocencia del presunto culpable. Aún así, independientemente de cuál pueda ser el resultado final, de este y otros procesos, lo que me resulta escalofriante es la impulsividad con la que enjuiciamos taxativamente a personas como nosotros a partir de la parcialísima información que transmiten los medios.

La culpabilidad demostrada debe castigarse de modo ejemplar. No tengo reservas sobre este hecho. Pero llegar a esa conclusión exige tiempo y, durante el periodo que media entre la acusación y el veredicto, el respeto escrupuloso a las preceptivas garantías legales para con el acusado, que es inocente hasta que se demuestra lo contrario.


La honradez debe presuponerse. También en los cargos políticos. No actuar de ese modo está haciendo un enorme daño al país en el que vivimos. Soltar nuestros instintos, olvidar las más elementales normas legales, alimenta gravemente la sensación de que vivimos gobernados por seres inmundos que solo piensan en su provecho personal.

Nuestro vecinos del norte se frotan las manos al comprobar que los del sur nos sobramos y nos bastamos para cubrirnos de porquería. Ahora, más que nunca, se echan de menos voces que pongan los puntos sobre la íes.

La honradez se distribuye igual que otras facetas humanas. Muy pocos son quienes no caen en corrupción alguna, como también son muy pocos aquellos que necesitan la mínima excusa para caer en la tentación. El problema no está en la mayor parte de los representantes políticos, sino en esos pocos que ensucian el nombre de los demás.

Es, desde luego, un problema social de importancia. Y un problema que debe corregirse en la medida de lo posible. Pero la presentación masiva y repetitiva de esos casos nos está llevando a un estado que nubla la razón. Cuando la emoción toma las riendas, esa razón salta por la ventana y ya no se sabe lo que cabe esperar.

Peligroso.

Muy peligroso.


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The Fellowship of the Ring: A propósito del ‘Brain Training’

Científicos del ‘Stanford Center on Longevity’ y del ‘Berlin Max Planck Institute for Human Development’ han congregado a un grupo de investigadores alrededor de una declaración en la que se denuncia, sin nombrarlas, a las compañías que, usando la perspectiva comercial del conocido como ‘Brain Training’, prometen, según ellos, lo que no pueden cumplir.

La declaración se centra en la población de personas mayores que, dice esa comunidad de más de 70 científicos, juega para intentar prevenir el inevitable declive cognitivo que se produce con la edad, con el paso de los años. Según ellos no existe ninguna prueba sólida para apoyar esa perspectiva. Se ignora cuáles son los efectos reales de jugar. Punto.

Admiten que los juegos pueden contribuir a desarrollar determinadas habilidades (skills) específicas, pero de ahí a confirmar la mejora en una capacidad (ability) relativamente general hay un largo trecho, según ellos desértico. Sorprende que, a menudo, se cuestione la relevancia de la capacidad (tal y como ha sido estudiada durante 100 años por los psicólogos diferenciales), pero que, en otras ocasiones, sea muy importante distinguirla de las habilidades.


Va más allá ese grupo al sugerir que esas compañías manipulan la ansiedad de las personas mayores (en concreto de los baby boomers que ahora tienen más o menos 50 años) para que sigan su juego. En una palabra, para que introduzcan el número de su tarjeta de crédito en su web (o donde sea) para acceder, seguidamente, a un maravilloso mundo virtual repleto de actividades lúdicas destinadas a evitar el declive de sus capacidades.

El grupo que suscribe la declaración sostiene que quien piense en apuntarse al carro de los juegos mágicos debe ponderar el tiempo que le sustraerá a realizar actos que, siempre según ellos, son valiosos para prevenir el declive, como el ejercicio físico o las relaciones sociales. Caminar una hora al día a paso ligero o irse de viaje con los colegas a Benidorm, sería útil para prevenir el declive (ver la televisión no), mientras que ignoramos, subrayan, si es rentable someterse regularmente a retos cognitivos de diversa naturaleza. Mejor dicho, a retos cognitivos que supongan jugar.

Concuerdo con el grupo, naturalmente, en que los científicos seguimos sin demostrar que resolver situaciones intelectualmente estimulantes puede influir positivamente en una capacidad de alto nivel como la inteligencia fluida, es decir, nuestra capacidad para resolver problemas ante la imposibilidad de recurrir a nuestra base de datos, es decir, problemas de carácter novedoso.

Sin embargo, como reiteradamente ha subrayado el profesor Earl B Hunt, entre otros, eso no significa que contribuir a desarrollar determinadas habilidades (skills) se convierta en una empresa irrelevante para el funcionamiento cotidiano. Podemos no saber cómo mejorar la inteligencia fluida, pero eso no supone menospreciar el esfuerzo de los maestros por enseñar matemáticas o astronomía.

El mismo argumento se aplica al celebrado efecto Flynn. Durante el siglo XX se han producido ganancias generacionales de inteligencia documentadas en países distribuidos por todo el planeta. Sin embargo, las mejoras no han sido homogéneas en todas las medidas de inteligencia y tampoco se han relacionado generalmente con lo que cabría esperar si el incremento se hubiese producido en el núcleo de esa capacidad general. Sin embargo, como ha explicado detalladamente James Flynn, eso no significa que la mejora en determinadas habilidades asociadas al intelecto humano no posea repercusión en el mundo real.


Mutatis mutandis, cuando una persona de cierta edad juega y observa mejoras en su memoria a corto plazo, probablemente no está modificando su memoria en general. Tampoco su inteligencia fluida. Sin embargo, eso no significa que tales mejoras sean irrelevantes para esa persona a diversos niveles, no solamente cognitivos. El simple hecho de apreciar esas mejoras, de observar una gráfica en la que visualiza cómo ha aumentado su rendimiento durante los seis meses que lleva jugando, puede estimular la sensación de que no está condenado a resignarse a no memorizar el número de teléfono de una estimulante cita en un Hotel de Benidorm.

El juego es un medio regio a través del que los chavales aprenden muchas de las cosas que usarán en su vida cotidiana cuando, tristemente, dejan de jugar. Nadie sensato declararía que se ha demostrado fehacientemente que esos juegos de niños impactan en el desarrollo de su inteligencia fluida. Sin embargo, tampoco se diría que, por tanto, tales juegos deben abandonarse en tanto no se disponga de pruebas rotundas.

Esta clase de declaraciones conjuntas de científicos preocupadísimos por el futuro de la humanidad ‘aged’ me llevan a preguntarme por su verdadero sentido. La ciencia no es materia de consenso, sino de resultados comprobados, de evidencias que superan el escrutinio.

Compañías como Lumosity (que, por cierto, cuentan entre sus asesores con científicos de Stanford) están ganando dinero con sus web-juegos gracias a sus más de 50 millones de usuarios. Ahora parece que comienza a preocupar a ese grupo de científicos que tales juegos no permitan mejorar las ‘capacidades’ de los usuarios. Aparentemente hasta ahora no mostraron inquietud alguna. Quizá si la plataforma hubiera sido diseñada por científicos de Stanford o del Max Planck (o, mejor todavía, de ambos centros unidos por un convenio internacional) las reservas serían, digámoslo así, menores. Quizá.

La coyuntura me recuerda a lo sucedido el año pasado con la compañía 23andMe, en la que Google invirtió un sustancioso capital, dedicada a ofrecer resultados genéticos basados en la investigación disponible. Tuvo que deponer su actividad empresarial, de carácter internacional, porque la FDA sospechaba que no se estaba controlando adecuadamente el uso potencial de los datos de los clientes. Comenzaron las negociaciones para limar asperezas, con el resultado de que ahora pueden ofrecer un servicio limitado (nada de probables trastornos futuros) únicamente dentro de los Estados Unidos.

Y me trae a la mente, también, la discusión sobre si Google Scholar merece crédito frente a la todopoderosa Thomson Reuters (TR), sobre si los científicos deberían fiarse de la información que proporciona Google, gratuitamente, sobre la productividad de sus colegas, en lugar de pagar el absurdo precio que supone acceder a unas críptica bases de datos que, además, alimentan quienes se ven obligados a pagar.


Sirva este post como excusa para pensar sosegadamente en el significado de esta clase de acciones. Compartir en Twitter y FaceBook la declaración de los científicos organizados por Stanford y el Max Planck es interesante. Pero puede serlo más todavía comentar y discutir abiertamente cuáles son sus implicaciones, así como compartir impresiones con transparencia (y asertividad).

Lumosity y 23andMe están (o estaban) recopilando datos sobre el rendimiento cognitivo o el genoma de cientos de miles de personas. Los estudios controlados de laboratorio no pueden ni siquiera soñar con aproximarse a esas cifras. Además, como demostró en los años noventa  Martin Seligman con respecto al efecto de las distintas clases de psicoterapia, lo que se observa en situaciones de control experimental puede diferir sustancialmente de lo que ocurre en las situaciones cotidianas en las que los clientes optan por una determinada terapia.

Parámetros que en el laboratorio ocultan su relevancia, pueden ser reveladoras fuera de ese contexto controlado. Recopilar y analizar datos de millones de personas puede proporcionar una valiosa información que incluso pueda llegar a ser iluminadora para quienes trabajan entre las cuatro paredes de sus laboratorios. Un ejemplo de lo que intento decir se puede encontrar en una reciente publicación derivada del análisis de una base de datos de la compañía 23andMe.

Quizá merezca la pena recordar que la ciencia y sus aplicaciones a menudo responden a las supuestamente insensatas acciones de algunos heterodoxos. Nunca se sabe dónde está la evidencia que nos permite dar un paso hacia adelante. Eso es así.

Actuar con cautela es importante, prometer el paraíso aquí en la Tierra es ridículo, pero sin valentía para caminar por el filo de la navaja podemos seguir dando vueltas sobre la misma farola, o la misma calle, durante demasiado tiempo.

Adam Gazzaley, firmante de la declaración comentada en este post, es el protagonista de un artículo del New York Times donde dice:

Una de mis preocupaciones al redactar el documento fue que declaraciones excesivamente negativas asustarían a las compañías que pueden financiar la investigación.
¿Realmente queremos sabotear los futuros proyectos?
¿Realmente pensamos que no hay nada valioso?
(…) soy un optimista cauteloso.
Si no pensase que hay algo no trabajaría en el campo.
No deseo echar a perder mi carrera”.


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FIRMA INVITADA: El Hombre Que Pesó El Mundo –por Andreu Vigil

Nevil Maskelyne (1732-1811) fue astrónomo real del observatorio de Greenwich y, seguramente, fue el mayor villano para quienes en algún momento investigamos en el marco de la cronometría mental.

En el invierno del 1796, Maskelyne despidió a su ayudante David Kinnebrook, pues sus observaciones sobre el paso de una estrella diferían en 800 milisegundos de las realizadas por el propio Maskelyne. Creyó, erróneamente, que Kinnebrook le engañaba o era un incompetente.

Este hecho llevó posteriormente al astrónomo alemán Friedrich Wilhelm Bessel  a comparar las observaciones de distintos astrónomos en el observatorio de Köningsberg y verificar que había diferencias de más de un segundo entre algunos de ellos. Le hizo pensar que el problema no estaba en los cálculos, sino en las diferencias individuales en tiempo de reacción. A partir de ahí acuñó el concepto de ecuación personal para corregir las discrepancias entre observadores debidas a esas diferencias individuales. Se inició así una de  las primeras aproximaciones experimentales a la Psicología.

Es por ello que me sorprendió enterarme hace unos meses que Nevil Maskelyne fue uno de los primeros hombres en ¡¡¡¡PESAR EL MUNDO!!!!

Ello me llevó inmediatamente a preguntarme:

¿Cómo demonios se pesa un planeta con la tecnología del siglo XVIII?

Pues bien, la receta es inicialmente relativamente simple.

Se precisa:

-. Una plomada.
-. Una superficie de tierra sin prácticamente ninguna elevación destacable con la excepción de...
-. Una montaña de masa conocida situada en la superficie de tierra descrita anteriormente (si hubieran más masas cerca se complicarían mucho los cálculos).

Como ven, el problema se ha simplificado ya que hemos pasado de pesar un planeta a, simplemente, pesar una montaña.

Se estarán preguntando para qué sirve todo esto.

Pues bien, bienvenidos a una nueva entrega de experimentos ingeniosos.

De una forma muy sencilla, el experimento llevado a cabo por Maskelyne se basó en la ley de la gravedad de Newton. Cualquier cuerpo de una masa conocida sufre una atracción por parte de un segundo cuerpo en función de la distancia que hay entre ellos y de su masa. De este modo, una plomada sufre una atracción por parte de la tierra que hace que la misma apunte directamente hacia el centro de la tierra. Ahora bien, si existe una segunda masa que atraiga a dicho cuerpo (por ejemplo una montaña), en función de su masa y de la masa de la tierra, la plomada presentará una cierta desviación respecto de la vertical.

De este modo, si conocemos la masa de la montaña (estimada estudiando su densidad y su volumen) y la desviación respecto de la vertical de la plomada, se puede estimar la masa de la tierra (cuanto mayor sea dicha masa, menor será la desviación de la vertical).
De hecho, esta idea ya fue expuesta por el propio Newton en sus Principia Mathematica en 1687, pero fue descartada pues, según sus palabras:

Toda una montaña no sería suficiente para producir un efecto apreciable. Una montaña de [...] tres millas de alto y seis de ancho desviaría el péndulo apenas dos minutos de arco con respecto a la vertical; solamente se podría apreciar este efecto en los planetas.

Los primeros en intentarlo fueron  Pierre Bouguer y Charles Marie de La Condamine en el monte Chimborazo en el año 1738, pero ellos mismos consideraron que las condiciones en las que realizaron el experimento no fueron las ideales.

En 1722, Maskelyne propuso a la Royal Society la realización de dicho experimento, superando las limitaciones encontradas por los franceses. Se formó una comisión que debía elegir el emplazamiento ideal para llevarlo a cabo. En dicha comisión participó, por cierto, un tal Benjamin Franklin que pasaba por allí, y se decidió encargar la búsqueda de la montaña al astrónomo Charles Mason que eligió la montaña Schiehallion en Pertshire (Escocia) dado su aislamiento y sus abruptas laderas Norte y Sur que permitían estudiar con mayor facilidad el efecto de la misma sobre el péndulo.

Debido al bajo sueldo que se concedió a Mason para realizar el experimento este renunció a llevarlo a cabo y Maskelyne tuvo que hacerse cargo, llegando a la conclusión que la densidad de la Tierra (que de hecho era el objetivo real de este experimento y que permite calcular fácilmente su masa) era 4,5 veces la del agua (en la actualidad se acepta una valor aproximado de 5,5 veces) demostrando, al mismo tiempo, la veracidad de algunas de las propuestas de Isaac Newton y, lo que era más importante, que la tierra no era una esfera hueca, sino que era sólida y bastante más densa de lo que se creía.

De este modo, para mi Maskelyne abandonó su condición de villano, más aún cuando descubrí que le supo mal despedir a Kinnebrook, a quién consideraba un buen ayudante.

En sus propias palabras:

“As he had unfortunately continued a considerable time in this error before I noticed it, and did not seem to me likely ever to get over it and return to a right method of observing, therefore, though with reluctance, as he was a diligent and useful assistant to me in other respects, I parted with him .... I cannot persuade myself that my late assistant continued in the use of this [Bradley's] excellent method of observing, but rather suppose that he fell into some irregular and confused method of his own, as I do not see how he could have otherwise committed such gross errors.”.

Maskelyne, N. Astronomical Observations Made at the Royal Observatory at Greenwich from M.DCC.LXXMI1to M.LXC.XCVII1 (Royal Society, London, 1799)

De hecho, Maskelyne volvió a emplearle en el período 1801-1802 en el mismo observatorio para llevar a cabo labores de cálculo.


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