La Parada de los Monstruos –por Óscar Herrero Mejías

Recientemente tuve la oportunidad de ver de un tirón la vieja película La Parada de los Monstruos (Freaks), dirigida por Tod Browning en 1932. Guardo un recuerdo difuso de mi infancia acerca de esta película, probablemente imágenes del anuncio de su emisión de madrugada en algún oscuro espacio de La 2.

Harry Earles, un amigo alemán del director que sufría un trastorno del desarrollo por el que tenía una eterna apariencia infantil (¿le conocería Gunter Grass?) le sugirió la posibilidad de adaptar el cuento La espuela al cine. El resultado sería Freaks.

La historia transcurre en un circo ambulante que incluye entre sus artistas a numerosas personas con graves discapacidades que sirven como atracción para un  público cruel. Uno de ellos es Hans (interpretado por el propio Earles), que está a punto de casarse con su prometida Frieda (su hermana en la realidad).

Pero Hans es seducido por la pérfida Cleopatra, una trapecista manipuladora que finge amarle para sacarle el dinero, con la ayuda del forzudo Hércules. Cuando descubren que Hans ha recibido una sustanciosa herencia, deciden que Cleopatra ha de casarse con Hans y posteriormente asesinarle.

En el banquete de boda, la comunidad de artistas discapacitados ofrece a Cleopatra ser “uno de ellos” bebiendo champán de una gran copa, a modo de rito iniciático. Ella explota, se ríe de todos los presentes, les humilla.

Tras la boda comienzan un envenenamiento progresivo que es finalmente descubierto por Hans y sus amigos.

Una noche de tormenta, mientras que los carromatos se trasladan a otro pueblo, la familia circense lleva a cabo su venganza. Lo que hasta ese momento era una fábula plagada de personajes con interpretaciones afectadas, se convierte durante sus últimos minutos en una película de terror.

La comunidad de rarezas emerge de la oscuridad, arrastrándose en el lodo con cuchillos en la boca, dispuestos a convertir a Cleopatra en una de ellos pero esta vez de forma definitiva. La trapecista corre hacia el bosque, pero pequeñas figuras le siguen veloces.

El reparto está compuesto por artistas de circo reales, como los hermanos Earles (que formaban el grupo The Doll Family), el guayano Prince Randian que carecía de brazos y piernas, John Eck (conocido como Half Boy), o Schlietzie (que sufría una grave microcefalia y que es una de las imágenes icónicas de la película).

La película fue un fracaso de crítica y taquilla. Sus imágenes perturbadoras desagradaron al público de la época. De hecho durante mucho tiempo estuvo prohibida en Inglaterra.
  
No es una película fácil de ver, pese a que dura apenas una hora.

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The Mommy Brain (el cerebro de mamá)

Los medios de comunicación se han hecho eco de un estudio publicado en ‘Nature Neuroscience’ concebido por tres científicas –Susanna Carmona, Erika Barba y Elseline Hoekzema.

Susanna expuso los entresijos del estudio en un completo post de ‘madri+d’ que les recomiendo.

La investigación es elegante y los resultados sorprendentes.

Es elegante porque compara los cerebros de un grupo de 25 mujeres antes de quedarse embarazadas, después de haber sido madres y dos años más tarde. Esos cambios son evaluados con respecto a un grupo control de 20 mujeres y a los padres de los bebés.


Observan una robusta reducción del volumen de materia gris en el cerebro de las mamás, ausente en los otros dos grupos, tanto después del parto como en el seguimiento hecho 24 meses después. Las madres pierden materia gris y, al menos en el periodo considerado, no vuelven a recuperarla.

Cuando leí esta información en la prensa me sorprendió que se interpretase esa pérdida de volumen cerebral como algo positivo, así que me fui al artículo original para estudiarme los detalles. El número de regiones en las que se apreciaba la pérdida, tanto de volumen como de superficie y de grosor cortical, era sustancial. Además, esas regiones son conocidas por apoyar funciones cognitivas de alto nivel: a) medial frontal and prefrontal cortex, b) anterior and posterior cingulate, c) precuneus, d) superior, medial and lateral temporal.

Ante este panorama cabe preguntarse cómo se puede interpretar positivamente el hecho de que las madres dispongan de menos potencia de procesamiento, tanto después del parto como dos años después. Pero si hay algo que nos caracteriza a los científicos es nuestra habilidad para encontrar respuestas. En eso consiste el avance del conocimiento.

Los autores comparan el bien conocido proceso de poda sináptica que se produce en la adolescencia, necesario para afinar nuestras conexiones cerebrales, con el efecto de reducción que ellos observan. A efectos prácticos, el cerebro de las mamás se comportaría como el de los adolescentes. Esa reducción de la materia gris permitiría sintonizar, de alguna manera, el cerebro de las madres para desempeñar con mayor eficacia lo que la evolución dictamina.

Usan una poderosa comparación con las regiones que se han identificado como responsables de la llamada ‘Teoría de la Mente’, es decir, la capacidad de los humanos para ponerse en el lugar (de hecho, en la mente) de sus semejantes. Esas regiones se corresponden razonablemente bien con las que reducen su volumen en el estudio que estamos comentando.

Pero los autores van más allá, explorando los niveles de activación ante escenas de los bebés de las madres y de bebés no relacionados con ellas. La respuesta funcional más acusada se aprecia en las regiones en las se observó la pérdida de materia gris. Niquelado.


Finalmente, se intenta averiguar si se pueden distinguir inequívocamente los cerebros de las mamás de los individuos de control. Aplicando un análisis de clasificación multivariado relativamente complejo, se observa que esos cerebros se puede discriminar con una eficacia perfecta (100%).

¿Demasiado bonito para ser verdad?

El tiempo lo dirá. En ciencia ese tiempo se traduce en estudios de replicación, naturalmente.

Los cambios hormonales que se producen durante el embarazo están bien establecidos. Y las hormonas influyen en el cerebro. Pero la comparativa con la adolescencia para explicar el carácter positivo de esa potencia de procesamiento me resulta atrevida. Si regiones cerebrales que se encuentran involucradas en procesos cognitivos de alto nivel experimentan una pérdida de materia gris, es razonable esperar un efecto negativo en determinadas funciones mentales, aunque pueda ser positivo para el mundo emocional.

¿Se pierde ‘razón’ para ganar ‘co-razón’?

Carmona explica que la poda sináptica elimina las conexiones débiles y subraya las importantes para mejorar la comunicación en el cerebro. Y se pregunta si durante el embarazo se produce el mismo fenómeno. Responde que, a su juicio, así es: “creemos que estas reducciones reflejan un mecanismo parecido a la poda sináptica que ocurre durante la adolescencia y que esta poda, al igual que en la adolescencia, está inducida por el efecto de hormonas esteroideas en el cerebro”. 

Ignoro por qué no se estudió la conectividad del cerebro de las mamás, tanto a nivel estructural como funcional, algo que hubiera permitido confirmar esa sospecha. Se hubiera podido comprobar, por ejemplo, si mejora la integridad de la materia blanca que conecta las regiones identificadas como susceptibles de reducción volumétrica. Pero no se informa al respecto en este artículo.

Hace algunos años hicimos un estudio en mi equipo de investigación para intentar averiguar si el rendimiento en los test estandarizados de inteligencia fluctuaba según la etapa del ciclo menstrual en el que se encontraban las mujeres. Los niveles de estradiol y progesterona cambian durante el ciclo, pero la investigación previa había producido resultados inconsistentes: mejor capacidad de razonamiento abstracto cuando el nivel de progesterona es bajo, mejor capacidad verbal cuando el estradiol está alto, o mayor capacidad visuoespacial cuando el estradiol está bajo.

Para aumentar el interés del estudio –o eso pensábamos—comparamos a las mujeres con un grupo de varones. Observamos que no existía una diferencia de sexo significativa en nivel intelectual cuando los niveles de progesterona y estradiol estaban en su punto más alto.

Usamos las fases del ciclo menstrual usualmente identificadas: 1) menstrual (días 1 a 5), folicular (días 6 a 12), ovulatoria (días 13 a 17), midluteal (días 18 a 24) y premenstrual (días 25 a 28). El nivel de estradiol alcanza el valor más alto durante la fase folicular, mientras los niveles más elevados de progesterona y estradiol se alcanzan en la midluteal.


No les voy a aburrir con los numerosos detalles de este estudio, pero observamos que la diferencia promedio en rendimiento intelectual (IQ) cambiaba sustancialmente según la fase del ciclo: era máxima en la fase menstrual y mínima en la midluteal. Por tanto, el rendimiento intelectual de las mujeres era sustantivamente mejor cuando los niveles de progesterona y estradiol eran elevados.

Por cierto, como se recuerda en el artículo que estamos comentando en este post, los altos niveles de estradiol en chicas adolescentes predicen una mayor pérdida de materia gris en bastantes de las regiones que aparecen también en la comparativa de las mamás con los individuos de control.

¿Por qué recupero ese viejo estudio?

Porque es consistente con la tesis de los autores con respecto a la influencia de las variaciones hormonales sobre el cerebro, y, más en concreto, sobre uno de sus productos, es decir, el rendimiento cognitivo.

Sin embargo, ellos no observan ningún cambio en las (escasas) medidas cognitivas que consideran (memoria verbal y memoria operativa). Por tanto, las mamás experimentan una pérdida de materia gris, pero eso no se refleja en su rendimiento cognitivo, tal y como se valora aquí.

Me resulta sorprendente, pero los datos son los datos.

Espero ansioso una réplica de este estudio, aunque no será fácil. Los integrantes de este equipo han trabajado mucho y bien, con paciencia y tesón, características difíciles de encontrar en nuestro competitivo mundo. La predominante hiperactividad actual casa mal con virtudes como la paciencia –quizá porque no se encuentra entre las cardinales.

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Para ver comentarios sobre el artículo original:


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By The People (y el 15M)

En 2015 Charles Murray publicó este ensayo destinado a promover una revolución pacífica de la población en los Estados Unidos de América.

¿Contra qué o contra quiénes?

Contra un sistema que ha perdido el Norte (¿de América?) porque en lugar de promover lo que debe se dedica a hacerle la puñeta a los ciudadanos.

Este intelectual puede llegar a resultar cansino en su defensa libertaria, es decir, en su reiterado mensaje sobre la necesidad de minimizar la presencia del Estado en los asuntos privados de los ciudadanos (“the less government the better”).

En ‘By The People’ vuelve a la carga autodenominándose, esta vez, ‘Madisonian’.

En su entusiasmo reformador llega a proponer la creación de una institución (‘Pro Bono’) que ayude a los ciudadanos a defenderse del acoso del estado (Madison Fund). La rebelión no debe ser individual, sino colectiva. Los habitantes de USA que lleguen a la conclusión de que la actual coyuntura es ridícula y que se sientan literalmente amenazados por el Estado, deben poder recurrir a una organización privada que apoye y secunde sus legítimas reivindicaciones.

David debe defenderse de Goliat usando sus propios medios.

Atribuye el crecimiento exponencial de las regulaciones que gobiernan los más minúsculos detalles de la vida de la gente al ansia recaudatoria del Estado. Los representantes de los representantes (burócratas) han producido una sistema que no se distingue en lo esencial de los países más corruptos del planeta. Los Estados Unidos de América se han convertido, a efectos prácticos, en “una república bananera”. Se debe sobornar a los funcionarios y asesores legales para obtener los permisos necesarios para, por ejemplo, montar una pequeña o mediana empresa. Además, las miles de páginas de regulaciones permiten que sea siempre posible encontrar algún defecto que conlleve alguna clase de sanción económica.

El Estado se comporta como una cleptocracia, roba en beneficio de los gobernantes –en un sentido extenso, claro. Siempre existe algún motivo. Se negocia con las grandes compañías a las que se pilla en algún renuncio –realmente sencillo—para obligarlas a abonar una multimillonaria multa si desean evitar ir a los tribunales y exponerse a los usualmente carroñeros medios de comunicación.

Las arcas del Estado se van llenando para luego despilfarrar los dineros en absurdas políticas sociales, según Murray.

Además de su tendencia al saqueo más rastrero, el Estado se esclerotiza porque la sangre deja de circular por sus venas, peligrosamente obstruidas por las miles de normativas reguladoras.

El ensayo se divide en tres partes: dónde estamos, abriendo un nuevo frente y un momento propicio (para el cambio). En la primera parte se diagnostica el problema, en la segunda se sugiere qué se podría hacer según lo que ya se hizo y se clausura explicando por qué nos encontramos en un momento idóneo para que se obre el milagro y la sangre vuelva a fluir por el sistema.

Como es habitual en este intelectual, invita a recuperar la ilusión de la primera época de los USA (The American Project), eso que hizo de su país un lugar realmente especial del planeta:

Se puede liberar a los seres humanos como individuos, como familias y como comunidades para que vivan sus vidas como consideren oportuno, siempre que permitan el mismo margen de libertad a los demás, mientras el gobierno se limita a salvaguardar las reglas generales que ayudan a alcanzar ese objetivo”.

Y, por encima de todo, los ciudadanos norteamericanos deben alejarse del modelo europeo socialdemócrata.

Naturalmente, la complejidad del sistema desborda a los representantes legítimamente elegidos por los ciudadanos, y, por tanto, deben rodearse de cientos de asesores que, por supuesto, deben justificar su puesto (y sus elevados salarios). Una vez dentro del sistema es realmente difícil librarse de ellos porque actúa la famosa ‘puerta giratoria’. ¿Les suena de algo?

Esos asesores y burócratas complican el panorama porque esa estrategia les hace imprescindibles. Sin ellos, los políticos no saben qué hacer. Con ellos, los ciudadanos están perdidos. Las regulaciones son tan complejas que es imposible seguir el ritmo sin contratar a alguien que vele por los intereses de cada uno de los ciudadanos:

Los oficiales del gobierno federal no celebran que los ciudadanos vivamos honradamente y nos preocupemos de nuestros negocios. Al contrario, nos hacen saber que somos egoístas, avaros, racistas u homófobos, aunque no tengamos la más remota idea de por qué”.

¿Cuáles serían reglas sociales razonables?

1. Las reglas deberían limitarse a principios fácilmente comprensibles.
2. Las reglas deberían ser mínimas, sucintas y estar redactadas en ‘cristiano’.
3. Las reglas deberían prohibir actos intrínsecamente malos que perjudican a los humanos desde el principio de los tiempos: asesinato, homicidio imprudente, violación, asalto, robo, atraco, fraude, incendio provocado, destrucción de la propiedad privada y secuestro.
4. Las reglas debe ser descritas objetivamente y los castigos debe estar definidos con claridad.
5. Las agencias regulatorias deben limitarse a los casos que persiguen y a los cargos que imputan.
6. El sistema legal debe operar de un modo eficiente.
7. La desobediencia civil será inaceptable porque el sistema es sólido y actúa en beneficio de los ciudadanos.

Murray se muestra encantado con una analogía deportiva: “no harm, no foul”. Es decir, si se viola alguna regla, pero las consecuencias son invisibles, se debe hacer la vista gorda. Esa sería una estrategia para combatir la estupidez del estado regulador. Se debe permitir que los ciudadanos puedan jugar.

La Madison Fund que el autor propone tendría 3 funciones:

1. Defender a la gente inocente de los cargos que se le imputan.
2. Defender a la gente que es técnicamente culpable de violar alguna regla que no debería existir.
3. Generar tanta publicidad como sea posible para que los ciudadanos tomen conciencia de que comparten el acoso del estado (“el Estado se ha convertido en una amenaza natural similar a los incendios o a las inundaciones”).

Hacia el final de este estimulante ensayo, Murray sostiene que su país es muy heterogéneo desde sus orígenes, desde la llegada de los primeros ‘peregrinos’ (la semilla de Albión, es decir, Yankees, Quakers, Cavaliers y Scots-Irish). Sus primeras diferencias eran tan profundas como las que separan en la actualidad a los grupos étnicos que pueblan Norteamérica.

Reconoce que su sociedad se encuentra segregada y hay poco que hacer para fomentar la integración:

(Esa segregación) fue dirigida por la aparición de una nueva clase que surgió en los 80. Se le ha dado distintos nombres. Robert Reich les denominó ‘trabajadores simbólicos’; Richard Herrnstein y yo les llamamos ‘élite cognitiva’”.

La meta del autor es modelar el futuro, no recuperar el pasado.

Una vía regia para alcanzar esa meta es la tecnología. Discute cómo Amazon, Airbnb, Uber, y, por supuesto, las redes sociales, permiten liberar a la gente. Los modelos clásicos de negocio se están convirtiendo en tan escleróticos como el sistema regulador de los estados.

Por otro lado, le repugna la demagogia relacionada con los políticos y activistas sociales que proclaman que los ricos deben sostener a los pobres. Los ciudadanos situados en el cuartil superior de ingresos son quienes soportan casi el 90% de la carga del presupuesto del estado, pero distan de ser ricos. Son ciudadanos que, gracias a su esfuerzo, viven de un modo acomodado. Merecen una recompensa, no un castigo sistemático. El estado actúa de un modo mafioso con estos ciudadanos y eso es injusto.

Recuerda la posibilidad que desarrolló en una de sus anteriores obras (In Our Hands) para encontrar soluciones presupuestarias en una sociedad en la que se premia a las élites cognitivas (quienes manipulan símbolos) y en la que los trabajadores manuales cada vez lo pasan peor para encontrar una ocupación que les permita llevar una vida digna. Subraya lo ridículo que resulta que haya gente que no pueda vivir decentemente en un país tan rico como el suyo.

Por otro lado, y desgraciadamente, aunque los extremistas son una minoría se comportan como los protagonistas del panorama político. Considera Murray que la mayoría de los políticos –y de los ciudadanos—son centrados, pero se ven arrastrados a inclinarse hacia uno u otro lado para satisfacer las ansias de polarización. Debería evitarse ese destructivo error. Obviamente, lo que Murray denuncia para su país, vale para los europeos también, ¿verdad? Si deseamos huir de los extremos, debe notarse de alguna manera evidente. En lugar de inhibirnos, deberíamos exponernos.

En suma, concluye el autor de este ensayo:

Algunas de nuestras características no son valoradas por todos, pero yo las adoro todas. Nuestra apertura. Nuestra pasión por ir en cabeza. Nuestra pasión por averiguar qué hay detrás de la siguiente colina. Nuestro igualitarismo. Nuestro patriotismo. Nuestra buena vecindad. Nuestra energía. Nuestro orgullo. Nuestra generosidad. Y todo ello arropado por nuestro individualismo
(…) el gobierno federal se creó para cumplir una misión esencial: permitirnos vivir libremente y a nuestro aire, siempre que diésemos el mismo margen de libertad a los demás. Pero ha traicionado esa misión
(…) no me asusta un futuro en el que se haya perdido la grandeza de América. Me asusta lo cerca que estamos de perder nuestra alma”.

Bastante poético y evocador, no voy a negarlo.

Quiero finalizar esta reseña señalando que, como español y como europeo, me incomodan algunos de los clichés que usa Murray. Puedo vivir con ello, por supuesto, pero me satura, por ejemplo, que hable constantemente de ‘América’ al referirse a su país. Es posible que le convenga recordar que América es un continente que incluye muchos países. El suyo es uno de ellos, pero eso es todo. Perú, Argentina y Méjico son tan americanos como los USA, diantre.

En ese mismo sentido, es desazonador su uso del término ‘Latino’. Admite el crecimiento exponencial del número de ciudadanos provenientes de los países de Centroamérica y de Sudamérica, pero se niega a encajar que ese hecho puede modificar la intocable y excelsa cultura de los pioneros (la semilla de –la Pérfida—Albión). Celebra la diversidad de su país, pero mete en el mismo saco a esos ciudadanos. Son Latinos y no se hable más. Sobretodo no se mencione, aunque sea de pasada, que antes que los pálidos rostros de los pioneros estuvieron por aquellas tierras los mestizos del sur, a quienes se expolió de un modo impropio.

Por lo demás, lean, si pueden, este ensayo. Estoy seguro de que les resultará refrescante. Su llamada a que los ciudadanos recuperen el protagonismo que nunca debieron perder me recuerda a nuestro 15-M. Es una lástima que su luz se esté apagando por la oscuridad narcisista de quienes, sin pedir permiso, se han apropiado de su alma.

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