viernes 20 de noviembre de 2009

Capacidad intelectual y vida política


En un estudio longitudinal hecho en Reino Unido, se midió la capacidad intelectual de más de 17.000 niños, nacidos en 1970, cuando tenían 5 años de edad. En 2004, es decir, cuando llegaron a los 34 años de edad, se hizo una evaluación sobre sus tendencias y actuaciones de carácter político.

Las preguntas se dirigían a averiguar si habían votado en las elecciones generales en el Reino Unido celebradas en 2001, a qué partido habían votado, a cuál votarían en 2004, cuál era su interés por los temas políticos, si, durante el último año, habían asistido a algún mitin político o si habían firmado algún impreso de carácter político.

Los resultados indicaron que la gente con mayor capacidad intelectual en su infancia tenía una mayor probabilidad de haber votado en 2001 (un aumento del 38% en la prevalencia por cada 15 puntos de CI de más) y haberlo hecho a los verdes y a los demócratas liberales (un aumento del 50% en la prevalencia por cada 15 puntos de CI de más). Su intención de voto también se dirigía a esos dos partidos políticos.

Además, la gente con mayor capacidad intelectual en su infancia se mostró más implicada en actividades políticas (un aumento de entre el 40 y el 65% en la prevalencia por cada 15 puntos de CI de más).

El demócrata liberal es un partido fundado en 1988 en Reino Unido, pero cuyo origen se remonta al siglo XIX. Es un partido de centro, preocupado por el estado de bienestar y por el apoyo social a las personas desfavorecidas. El verde es un partido de centro-izquierda.

Ha existido un cierto debate sobre si la capacidad intelectual posee algún papel en la implicación de la gente en la vida política de sus países. Algunos han negado esa posibilidad. Otros han mantenido que pudiera tener algún papel, porque una mayor capacidad intelectual se relaciona con un mayor nivel educativo, y esta mayor educación promueve el interés por la política.

Sin embargo, el estudio que estamos comentando valora la capacidad intelectual a los 5 años de edad, momento en el que todavía no existe una escolarización reseñable, y las diferencias de capacidad intelectual a esa edad tan temprana predicen la futura implicación política.

Por consiguiente, de modo genuino, la capacidad intelectual parece poseer un relevante papel, tanto en las actitudes como en las acciones políticas. Se relaciona con actitudes sociales más liberales y con la decisión de votar. Por cierto, las diferencias socioeconómicas entre las personas que participaron en el estudio, no influyeron en la relación observada, lo que incrementa el carácter auténtico de la asociación.

En resumen, la participación en las actividades democráticas se asocia a la capacidad intelectual. Una mayor capacidad en la infancia predice cómo y cuánto se implica la gente en el proceso democrático, apoyando ideologías políticas basadas en la conservación del planeta y en el liberalismo social.

Los sociólogos tienen difícil librarse de este importante factor psicológico para comprender fenómenos de claro interés social como la implicación política. Ocultar la evidencia podría ser considerado un síntoma de corrupción científica.

CRISTOBAL COLOM


Si se pasea por la rambla de Barcelona hacia la costa, el caminante se encontrará de lleno con la estatua y el Paseo de Colom. El castellano, el andaluz o el madrileño se sorprenderá, quizá, ante esta ’catalanización’ del nombre del descubridor de América. Ahora sabemos que el navegante no se apellidó ni Colón, ni Columbus, ni nada por el estilo, sino que su apellido original fue Colom.


Esta conclusión no es resultado de una investigación italiana (nos ganan en casi todo lo que tiene que ver con promoción comercial a nivel mundial, pero aquí han perdido), ni francesa (los vecinos también quería apropiarse de él), ni española (que somos tímidos hasta la nausea cuando se trata de reclamar lo que es nuestro).

Igual que la famosa ‘leyenda negra’ tuvo que ser destruida por pensadores americanos (véase el post en este mismo blog titulado ‘La Leyenda Negra’) darles a los españoles lo que siempre fue suyo respecto al origen del descubrimiento de América también.

Nadie pudo negar que la conquista de América fue una empresa española, pero nuestros enemigos europeos (y uso el término ‘enemigo’ en sentido literal) triunfaron, hasta recientemente, al quitarnos la nacionalidad de la ‘cabeza pensante’ de la empresa. Aceptaron que fue España quien conquistó América, faltaría más, pero rechazaron, con los más variados y estúpidos, pero efectivos, juegos pirotécnicos, que fuéramos capaces de concebir ese ambicioso proyecto. A lo más que llegamos, dicen, fue a poner el dinero y a someter al almirante a un rancio debate en la Universidad de Salamanca, que, por supuesto, también se usó para confirmar lo ignorantes que eran los oscuros académicos de la península, negándose a aceptar lo que Cristóbal les decía.

Pero no. La historia no es así.

Investigadores de la Universidad de Georgetown (Washington, DC) han estudiado, concienzudamente, los escritos del almirante (registros oficiales y cartas) y han publicado una obra en la que alcanzan una conclusión sólida: el gran navegante era originario del Reino de Aragón y su lengua nativa era el catalán.

El estudio de la universidad americana ha sido dirigido por la investigadora Estelle Irizarry y los resultados se han vertido en una obra titulada "The DNA of the writings of Columbus". Visto lo visto, debería titularse "The DNA of the writings of Colom".

Entre otros argumentos derivados del estudio, se señala que “su español era incorrecto, pero también eficiente, poético y elocuente”.

Va siendo hora de pasar página, ofrecer nuestra ayuda, incluso psicológica, a quienes han perdido el prolongado debate, sentirnos orgullosos de lo que hicimos, por méritos propios, y regodearnos en el triunfo.

jueves 19 de noviembre de 2009

Pensar

Hace más de dos años, concretamente el 2 de Mayo de 2007, 523 científicos españoles se unieron a un texto escrito por Juan Manuel García Ruiz y Fernando Hiraldo, profesores de investigación del CSIC, titulado ‘Pensar’ y publicado en el diario El País.

El artículo comienza con una anécdota de un científico de Pensilvania, que era sistemáticamente supervisado por un gerente que le preguntaba que hacía con las piernas encima de la mesa y mirando el techo de su despacho. Su respuesta, también sistemática, era: ‘Estoy pensando’.

El científico requiere una concentración continuada. El desarrollo de ideas exige una exclusiva dedicación mental. Sin embargo, la administración española se ha especializado, con una saña sin par, en evitar que los científicos nos dediquemos a lo único que sabemos y deseamos hacer: pensar.

Dirigir y materializar un proyecto de investigación en España es una auténtica pesadilla. En los países punteros, las estructuras científicas son piramidales, es decir, existe una amplia base de personal de apoyo a la investigación y un selecto grupo de cabezas pensantes (es decir, los científicos) en la cima.

Sin embargo, en España no es así. Según el Instituto Nacional de Estadística, en 2004 contábamos con más de 250.000 personas dedicadas a I+D, de los que solamente 95.000 eran personal de apoyo. Suena a pirámide invertida. En 2005, 2006 y 2007 no había cambiado esta extraña situación. Hoy sigue igual.

Escriben los profesores del CSIC: “esta tenacidad en el error ha conseguido construir una de las herramientas más eficientes que imaginarse puedan para impedir que los científicos españoles piensen, descubran e innoven. Deberíamos sorprendernos y admirarnos por la existencia de un buen número de científicos excelentes en España. Eso sí, cansados, agobiados y bastante hartos de un sistema que no les deja hacer aquello para lo que se han formado: pensar”.

El sistema debería estar montado para funcionar por y para quienes hacen ciencia, es decir, para los científicos: quienes están en el laboratorio, quienes imaginan proyectos, quienes disfrutan descubriendo, quienes se deleitan leyendo el artículo de un colega de Nueva Zelanda o de Osaka, quienes exploran la naturaleza, quienes miden, quienes, en una palabra, se dedican a pensar.

Hoy, intentamos recuperar la dignidad de una profesión maldita en España. Ya es hora de poner este país a pensar”.

lunes 16 de noviembre de 2009

El lenguaje del lenguaje

La mutación del gen FoxP2 elimina la capacidad de hablar en los humanos. Es la gran excepción a la regla sobre el carácter poligenético de las capacidad humanas.

Para descubrir el FoxP2 se usó un diseño familiar, comparando a miembros de distintas generaciones, pero de la misma familia. Quienes poseían la versión mutada carecían de capacidad para la gramática, pero sin que eso repercutiera en las demás funciones intelectuales.

Naturalmente, esto demuestra que puede haber inteligencia sin lenguaje. El lenguaje es una herramienta más de nuestra inteligencia. Importante, claro que si, pero una herramienta.

Resulta chocante que el FoxP2 (a) se encuentre en todos los vertebrados y (b) sea prácticamente idéntico en el humano y en el chimpancé. No obstante, la minúscula diferencia entre los monos y nosotros tiene un poderoso efecto. Esta es una prueba más del carácter tendencioso del publicitado mensaje de que levísimas diferencias genéticas pueden ignorarse a efectos prácticos. Nada de eso.

La proteína FoxP2 contiene 715 aminoácidos. La diferencia entre el ratón y el humano se observa en tres de esos aminoácidos. El chimpancé se distingue de nosotros solamente en dos de esos aminoácidos.

FoxP2 interactúa con otros genes. Hay, en concreto, 65 genes que responden al FoxP2 en distintas especies. Pero hay 61 genes que responden más intensamente en humanos que en monos, así como otros 55 genes que responden con menos fuerza.

En resumen, nuestra nimia diferencia en el FoxP2 expresa un poderoso efecto sobre el cerebro humano y en uno de sus productos: la capacidad de hablar.

domingo 15 de noviembre de 2009

Mitos médicos

Rachel Vreeman y Aaron Carroll publicaron en el BMJ una nota revelando algunos de los mitos que los propios médicos siguen aceptando como hechos. Declaran que “solamente la investigación, la discusión y el debate pueden revelar la existencia de mitos y hacer avanzar el campo de la medicina”.

Algunos ejemplos.

1.- El azúcar provoca hiperactividad en los niños.

Al menos una docena de experimentos, que usaron un diseño de doble ciego, han examinado las reacciones de los niños a dietas con distintos niveles de azúcar. Ninguno ha detectado algún efecto de las diferentes dosis, incluyendo dulces, chocolate o productos naturales.

Lo que si se ha observado es que cuando los padres creen que sus hijos han ingerido una bebida azucarada (incluso cuando es falso) tienden a decir que su conducta es más hiperactiva. En realidad, la diferencia solo existe en la mente de los padres.

2.- Los suicidios aumentan en vacaciones.

Es falso. Los estudios epidemiológicos rechazan este mito.

En países como Japón, el nivel de suicidios es menor justo antes de los periodos vacacionales, y se eleva algo días después de las vacaciones. En los Estados Unidos, la visita a psicólogos y psiquiatras se reduce antes de Navidad.

También se dice que los oscuros días del invierno promueven el suicidio. Sin embargo, los suicidios son más frecuentes en los días cálidos que en los días fríos. Y eso sucede en distintos lugares del planeta.

3.- La mayor parte del calor corporal se pierde por la cabeza.

Este mito proviene de un estudio hecho por militares, en el que se valoró la pérdida de calor bajo temperaturas extremas. Se usaron trajes de supervivencia que no cubrían la cabeza. Puesto que era la única parte del cuerpo desprotegida, el resultado de que por la testa se perdía más calor era inevitable.

Sin embargo, la cabeza no tiene nada de especial (por lo que a la pérdida de calor se refiere). Cualquier parte del cuerpo desprotegida pierde calor. Los jerseys deberían competir con los gorros para hacer una valoración adecuada.

4.- Comer por la noche engorda.

El mito dice que un modo eficiente para evitar coger peso es saltarse la cena. Un número elevadísimo de personas (incluso los médicos dietistas) admite este mito.

Es cierto que existe una relación entre ingerir más comida por las noches y la obesidad, pero eso no significa que lo primero provoque lo segundo.

El hecho es que la gente engorda cuando ingiere más calorías de las que consume.

Los obesos no solamente ingieren más calorías de las que consumen por las noches, sino a lo largo del día.

El momento en el que se come no cambia el ritmo circadiano vinculado al patrón de consumo de energía. En un estudio con 2.500 pacientes no se observó un aumento de peso por el hecho de que se comiera por la noche, pero si tuvo efecto en el sobrepeso o en la obesidad el hecho de comer más de tres veces al día.

Quienes se saltan el desayuno suelen comer más durante el resto del día. Los registros de consumo de calorías señalan que quienes desayunan conservan un peso saludable porque ingresan calorías de modo más distribuido a lo largo del día. Comer tres veces al día cantidades razonables ayuda a impedir ‘pasarse de rosca’ en algún momento del día.

5.- La resaca tiene solución.

Si te emborrachas, entonces tendrás, primero, bastante alcohol en sangre, y luego, una resaca de campeonato. Nada puede curar eso, salvo el paso del tiempo.

El mejor modo de evitar una resaca es no emborracharse.

sábado 14 de noviembre de 2009

La Roja

Si, así es, la selección de futbol nos esta mostrando el camino. Somos un país que puede y debe unirse para hacer grandes cosas. Sucedió en el pasado, y, por tanto, volverá a pasar en cuanto nos demos la oportunidad. De hecho, ya esta ocurriendo. Si se ha de comenzar con el futbol, sea.

Es un gustazo ver a futbolistas de las distintas regiones del país trabajando juntos y disfrutando para someter a cinco selecciones que han sido, en el pasado, campeonas del mundo. El próximo mundial de futbol es crucial. Ganamos la Eurocopa y eso fue un poderoso aviso. El país se unió (todos lo recordamos) y los ciudadanos nos dimos cuenta de que no tiene ningún sentido que cada uno tire para su lado. Si todos empujamos en la misma dirección, pocas cosas se nos resistirán. No tengo ninguna duda.

El futbol es el principio. Y pronto vendrá todo lo demás.

Va siendo hora de que la gente de este país, ubicado al sur de Europa, se sienta orgullosa de las cosas que hacemos, como ocurre en los demás países en los que existe una diversidad tan grande como la nuestra (Alemania o los Estados Unidos son ejemplos a considerar expresamente). Si adoptamos esa actitud de colaboración, y lo hacemos ya, sin volver a dudar, con determinación, el futuro, como esta de moda aceptar ahora, no será de los chinos, sino nuestro.

Hay que extirpar actitudes como las que viví ayer en una sala de cine en la que se proyectaba ‘2012’, la catastrófica película de Roland Emerich. En el largometraje se menciona a España en un momento clave, y, a mi alrededor, algunos jóvenes comenzaron a soltar comentarios jocosos, y de bastante mal gusto, sobre nuestro Presidente.

Esta clase de actitudes es absurda, ridícula, tonta, estupida. Seguro que hoy, cuando se ha derrotado a la orgullosa Argentina, esos mismos jóvenes han disfrutado a lo grande y han sacado pecho. Como debe ser. Hay que pensar que podemos porque pudimos, que se puede volver a llegar e ir todavía más allá.

España debería dejar de pensar que es diferente a los demás países. Debería desterrar la antiguar estupidez que nos ha atenazado durante demasiado tiempo. Podemos y debemos caminar juntos. La selección de futbol nos demuestra que cuando se hace, se puede llegar. No deberíamos preferir ser cabeza de ratón a cola de león, sencillamente porque solamente desde su cola se puede llegar hasta la cabeza del rey de la selva.

Nos hemos excluido desde hace demasiado tiempo de esa cabeza. Pero es un lugar que nos corresponde ocupar. No tardemos en tomar posiciones.

Sobre la Ciencia en España (Nature)

La revista ‘Nature’ acaba de publicar un artículo editorial titulado ‘No hay vuelta atrás’ en el que se critica el recorte de presupuesto destinado a investigación por parte del gobierno español.

En el editorial se dice que "España ha pasado de ser un cero a la izquierda en investigación científica a un respetado jugador internacional". Una gran parte de ese progreso ha tenido lugar desde 2004, es decir, cuando el PP perdió el poder.

El hecho es que, desde ese año, se ha duplicado el presupuesto destinado a investigación (pasando del 1.1% al 1.8% del PIB) por lo que sería ahora poco inteligente usar el paraguas de la crisis para reducir drásticamente la inversión en ciencia (concretamente un 45% para investigación básica). Garmendia no sale bien parada en el artículo de ‘Nature’.

España sigue sin sacar adelante la reforma de la Ley de la Ciencia, que permitiría incrementar la flexibilidad (rapidez y facilidad) para contratar científicos. Tampoco se juega con el salario para captar capital humano o con el dinero requerido para llevar a cabo una investigación. Esa Ley de la Ciencia “debería crear una agencia independiente para reformar el inflexible sistema de reclutamiento académico vigente en el país, en el que los profesores universitarios y los científicos asalariados del Gobierno, son funcionarios con derecho a empleo hasta la jubilación (hagan lo que hagan)”.

El modelo alemán sería magnífico para España. A pesar de su galopante crisis económica, los teutones recortarán en muchos sectores, pero aumentarán el presupuesto en investigación y desarrollo.

El editorial de ‘Nature’ termina así: " España vivió un periodo intelectual brillante a principios del siglo XIX, conocido como su Edad de Plata. Hasta hace poco, los científicos españoles se mostraban optimistas y pensaban que se dirigían hacia una segunda Edad de Plata. Ahora bromean con que España se dirige hacia una Edad de Bronce. Pero no se ríen".

martes 10 de noviembre de 2009

Epigenetica

No es necesario que haya una mutación genética para que los mismos genes se expresen de un modo diferente a cómo deben, a cómo está escrito en ellos.

Pueden producirse cambios en la lectura de nuestro código genético sin que el propio código se vea afectado. El nombre de esos cambios se conoce como epigenoma. Comprender cómo funciona podría revelar claves sobre la interacción que existe entre el genoma y los factores del entorno, incluyendo la conducta humana.

Los cambios epigenéticos se basan en dos mecanismos. Primero, la modificación de unas proteínas (histonas) alrededor de las que se compacta, plegándose, el ADN. Segundo, la metilación, es decir, grupos metilo que se pegan a segmentos del genoma y anulan la capacidad de expresión de los genes.

Comienza a sospecharse que algunas diferencias en el fenotipo, es decir, en las características visibles que se suponen promovidas por los genes, puede deberse, en realidad, a diferencias en el epigenoma en lugar de en el propio código genético.

Se presume que esta clase de modificaciones epigenéticas participan en el modo en el que se expresan los genes. De ello depende el comportamiento de las células y cómo se ven afectadas por el entorno. Por tanto, pudiera estar vinculado al desarrollo de determinados trastornos.

El cientifico aleman Jorn Walter hace una interesante analogia: el disco duro de un ordenador es como el ADN, mientras que el software equivale al epigenoma. Se puede acceder a alguna información del disco duro mediante el software. Hay areas desprotegidas y otras estan protegidas por contraseñas. Ignoramos las razones de esta diferencia.

El cientifico austriaco Thomas Jenuwein sostiene que la diferencia entre genética y epigenética puede compararse a la diferencia que existe entre escribir y leer un libro. Una vez que el libro se ha escrito, el texto será el mismo en todas las copias que se distribuyan entre los lectores. Sin embargo, cada lector podría interpretar la historia del libro de una forma ligeramente diferente. La epigenética permitiría diferentes interpretaciones de un molde fijo y resultaría en diferentes lecturas, dependiendo de las condiciones en las que se interprete ese molde.

lunes 9 de noviembre de 2009

El mito de las centrales nucleares

El Centro Nacional de Epidemiología acaba de publicar un informe en el que se concluye que las radiaciones de los reactores nucleares del país no poseen efectos sobre la salud de los ciudadanos.

Ninguna novedad.

Estos mismos resultados ya se encontraron hace una década: no hay mayor riesgo de mortalidad por cáncer en las zonas próximas a las centrales, que en las zonas lejanas de las centrales que se toman como referencia para poder hacer la evaluación.

Miembros de Greenpeace o de Ecologistas en Acción aceptan las conclusiones del informe, pero piden que se incluya el matiz de que el factor de radiación considerado es un promedio para toda la gente que vive alrededor de la central. Sin embargo, sería realmente interesante contemplar el valor de radicación que recibe cada ciudadano. Es decir, debería personalizarse la radiación. Una segunda crítica, dicen que constructiva, es que la población que vive alrededor de una central nuclear, suelen estar compuesta por quienes trabajan en ella. En el proceso de selección de trabajadores para una central se exige un nivel de salud excelente, lo que convierte a esa población en una élite.

Greenpeace no es lo que era. Una pena. Antes era un grupo de ciudadanos genuinamente preocupados por el medio ambiente. Ahora buscan entrar en el círculo de confianza de la política y vivir de los demás viajando por el mundo con los gastos pagados.

Para satisfacer esa necesidad primaria, algunos de los miembros capitales de la asociación (seguro que no sus bases) se ven ‘obligados’ a saltarse párrafos del informe que se está comentando. Extractos en los que expresamente se confiesa que “las radiaciones artificiales de los reactores nucleares son muchísimo menores que la radiación natural que proviene de las partículas cósmicas que llegan a la Tierra”.

Usemos el sentido común. Es nuestra única salvación ante las patrañas.

sábado 7 de noviembre de 2009

Guerrilleros Pro Ciencia

Un equipo de científicos del “Centro Vasco para el estudio de la cognición, el cerebro y el lenguaje [Basque Center on Cognition, Brain, and Laguage]”, coordinado por Manuel Carreiras, publicó recientemente un apasionante estudio en la revista ‘Nature’.

Averiguaron cómo cambia la estructura del cerebro cuando se aprende a leer, comparando dos grupos de ex miembros analfabetos de la guerrilla colombiana.

Mediante resonancia magnética se obtuvieron imágenes del cerebro de 20 guerrilleros que habían terminado su curso de lectura, comparándolas con otros 20 que todavía no habían iniciado ese curso. El primer grupo presentó más materia gris que el segundo en 5 regiones envueltas en el procesamiento visual y fonológico. También se observaron diferencias en el cuerpo calloso, el tracto de materia blanca que conecta los dos hemisferios cerebrales.

El giro angular (ANG, angular gyri) se revela como una estructura fundamental para la lectura. Su función es la de permitir que se pueda ‘predecir’ la palabra que vendrá seguidamente cuando se lee, lo que explica que podamos leer rápidamente. Por tanto, el cerebro pone bastante de su parte para agilizar el proceso de lectura, y, posiblemente, para la comprensión del mundo que nos rodea.

Esta perspectiva recuerda el magnífico tratado de dos científicos Latinoamericanos, Humberto Maturana y Francisco Varela, titulado ‘El árbol del conocimiento’. Es una obra fascinante en el que la principal tesis es que no vemos el espacio del mundo, sino que vivimos nuestro campo visual, no vemos los colores del mundo, sino que vivimos nuestro espacio cromático. Si sacamos una naranja del interior de una casa a un patio al aire libre, la naranja no cambia de color, a pesar de que el interior de la casa esté iluminado por luz fluorescente (que tiene una gran cantidad de onda azul) y en el patio predominen las longitudes de onda rojas (propias de la luz solar). El cerebro construye el mundo que conocemos.

En cuanto a las eventuales aplicaciones prácticas de la investigación con los guerrilleros, los autores especulan sobre el caso de las personas con dislexia. Cuando se estudia su cerebro, se aprecia que poseen menos materia gris y menos materia blanca en las mismas estructuras cerebrales identificadas en los guerrilleros. ¿Tienen problemas de lectura esas personas porque sus cerebros son menores en esas regiones clave?

Carreiras y sus colegas piensan que el menor tamaño de esas estructuras cerebrales en las personas con dislexia es ‘consecuencia’ de que no han aprendido a leer, no su ‘causa’.

Sin embargo, no se debe olvidar que existen genes asociados a la dislexia, y que, por tanto, esos genes podrían estar influyendo sobre esas estructuras cerebrales. Desde 2001 poseemos pruebas de que la estructura cerebral está influida por los genes.

En consecuencia, los genes contribuirían a construir la arquitectura cerebral, y, en el mejor de los casos, la conducta colaboraría en ese proceso.

Mi consejo para el equipo del Centro Vasco es que, en su próximo estudio, usen un diseño genéticamente informativo (genotipar los marcadores relevantes para la dislexia es tan viable como barato). En cualquier caso, mi enhorabuena por su excelente trabajo, que sirve de modelo para los demás investigadores del país.

Universidad e Investigación

Recientemente se ha publicando un informe en el que se analiza las investigaciones de los dos mil mejores centros de investigación del planeta, considerando el periodo 2003-2007. La mayoría de los centros, salvo 500, corresponden a universidades.

De las 1.500 universidades estudiadas, 50 son españolas.

El principal indicador para comparar la excelencia investigadora de las universidades ha sido las veces que son citados, por sus colegas de todo el mundo, los artículos publicados por sus científicos en nómina.

El impacto más alto en España (una media de 9 citas) corresponde a la Universidad Pompeu Fabra, seguida por la Universidad de Barcelona (UB), la Universidad de Girona, la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), la Universidad Rovira i Virgili y la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB).

Cataluña supera al resto del país, aunque, en general, la universidad española se sitúa en la zona media de Europa. No hay en España universidades de las llamadas de excelencia. Además, no hay relevantes diferencias entre nuestras universidades. La peor y la mejor son, realmente, bastante similares, cuando se comparan dentro del panorama general mundial.

El informe sostiene que el fichaje de talentos es clave para incrementar el impacto medio de las universidades. En Cataluña se han creado centros de investigación identificando científicos de élite mundial, captándolos y dejándoles definir un objetivo científico. El resultado es claro.

En la medida en que no estemos dispuestos a premiar la excelencia de los científicos, y me refiero a personas de carne y hueso, poco se podrá hacer, por mucha inversión macro-económica que se pueda aprobar en el Congreso. Sabemos lo que se debe hacer. Entonces, ¿a qué esperamos?

http://www.psicothema.com/psicothema.asp?ID=3652

viernes 6 de noviembre de 2009

El auto-aprendizaje puede tener consecuencias sobre el sistema educativo

En su última obra (Real Education) el sociólogo Charles Murray hablaba de la relevancia de que los jóvenes del siglo XXI aprendieran por su cuenta. Subrayaba que la necesidad de pasar por la universidad para obtener un título y refugiarse en él para exigir un trabajo sirviéndose del llamado ‘efecto halo’ (“yo estudié en la UB, y, por tanto, merezco ese trabajo") debía darse por superada.

El autor proponía una alternativa: usar exámenes de cualificación para el trabajo en cuestión, basado en lo que el candidato sabe, no en dónde lo aprendió. Eso acabaría con la matriculación compulsiva de los jóvenes en la educación superior.

http://www.youtube.com/education?b=400

Recientemente, la plataforma YouTube ha puesto en marcha ‘YouTube EDU’. En ella, una serie de universidades vuelcan conferencias de sus profesores más prestigiosos para que cualquiera pueda formarse, pueda aprender. Se trata de promover el auto-aprendizaje.

¿Es posible que un alumno matriculado en la Universidad Politécnica de Madrid pueda ‘saber’ menos que alguien que aprende escuchando a Fernando Sáez Ridruejo en YouTube EDU?

Yo creo que si, y pienso, además, que esa realidad puede llegar a tener importantes consecuencias sobre el actual sistema educativo. Revelará que es más importante el ‘quién’ que el ‘dónde’ y el 'cómo'.

La Medicina supera a la Psicología en sentido común

Mientras los psicólogos siguen discutiendo sobre la relevancia para su ciencia de un fenómeno natural indiscutible, los médicos se han atado los machos y se han puesto a trabajar en serio. Tal fenómeno es el de la individualidad, el hecho de que no hay dos personas iguales y de que, por tanto, comprender la conducta humana (o la enfermedad) debe partir de ahí, se debe comenzar desde ese punto.

Los médicos se han percatado de que luchar contra el cáncer debe hacerse de forma personalizada. Quieren identificar el perfil genético, el DNI genético del paciente, para elegir el tratamiento adecuado para cada una de las personas. La quimioterapia destinada al cáncer de mama se construirá según los llamados bio-marcadores.

El oncogén HER-2 responde las terapias, pero no todas las pacientes responden igual. El cáncer de mama no es una enfermedad, sino muchas. Ahora se busca encontrar los predictores de respuesta a la quimioterapia.

La firma genética permitirá adaptar el tratamiento al paciente.

Los psicólogos deberían adoptar, de manera unánime, una perspectiva similar para mejorar su comprensión de la conducta humana. Pero parecen estar demasiado ocupados discutiendo sobre cuántos ángeles pueden bailar sobre la cabeza de un alfiler. Será porque la sociedad se lo permite...

lunes 2 de noviembre de 2009

Una breve reflexión sobre la plasticidad del cerebro

Ayer por la noche (1 de noviembre de 2009) pudimos ver en TVE-2 (al menos quienes pensamos que la ciencia es algo más relevante para la humanidad que las venturas y desventuras del Real Madrid) el interesante programa de divulgación científica que gobierna Eduard Punset (Redes).

Comenzó el reportaje, sobre la plasticidad del cerebro, con un viaje en taxi al centro de Londres desde el aeropuerto de Heathrow. El presentador aprovechó la situación para recordar un fascinante estudio, publicado hace nueve años en el PNAS (Proceedings of the National Academy of Sciences) en el que, presuntamente, se demostró que los taxistas de Londres tenían un hipocampo más grande que el resto de la población. Se sabe que esta estructura cerebral da soporte a la capacidad para orientarse en el espacio. Por tanto, ¡bingo!, los taxistas, que deben orientarse cada día en una ciudad tan compleja como la capital del Reino Unido para transportar a sus clientes, experimentan un crecimiento desmesurado de sus hipocampos. Prueba irrefutable de que el cerebro es plástico y reacciona adaptándose a la estimulación del entorno.

Es absurdo negar que el cerebro reaccione al entorno. Pero eso no es lo mismo que aceptar que ese entorno puede hacer lo que quiera con nuestro cerebro.

Por un lado, sabemos que nuestras diferencias genéticas influyen sobre las correspondientes diferencias de estructura cerebral. En un estudio publicado en 2001 en la revista ‘Nature Neuroscience’ y dirigido por el Dr. Paul M. Thompson, se comparó a personas según su grado de parentesco (gemelos, hermanos y personas sin parentesco). Dos resultados de esa investigación son especialmente relevantes: (a) los gemelos presentaban una estructura cerebral mucho más parecida que los hermanos, mientras que en las personas sin parentesco la similitud en la micro-estructura cerebral apenas era relevante, y (b) la estructura cerebral presentó una fuerte influencia genética, especialmente en los lóbulos frontales y temporales (por cierto, en el lóbulo temporal se encuentra el hipocampo).

Por otro lado, uno de los estudios más famosos sobre los cambios en la estructura cerebral a consecuencia de la práctica, dirigido por el Dr. Bodgan Draganski y publicado en la revista ‘Nature’ en 2004, usando un diseño de investigación aceptable, demuestra que el cerebro cambia con la práctica intensiva. En concreto, determinadas regiones del cerebro, relacionadas con la mejora en la actividad entrenada, se hacen más grandes. Sin embargo, ese estudio también revela que los cambios remiten cuando se abandona la práctica, de modo que esas regiones recuperan su tamaño original.

Volviendo al programa ‘Redes’, reconozco que me quedé con la mosca detrás de la oreja y recapacité sobre cómo Punset había enfocado el asunto de la plasticidad del cerebro sirviéndose del estudio de los taxistas. Así que releí el artículo original y quiero compartir ahora con los lectores de este post lo que recordé:

1.- Se consideró a 16 taxistas, con un rango de edad de entre 32 y 62 años, así como una experiencia como taxistas que oscilaba entre el año y medio y los 42 años. Es decir, muy pocos taxistas y demasiado distintos, tanto en edad como en experiencia. Una mala combinación.
2.- El grupo de no taxistas estuvo formado por 50 personas. Más de tres veces más numeroso que el de taxistas.
3.- El tamaño total del hipocampo NO resultó distinto en los taxistas y en los no-taxistas. Repito: NO FUE DISTINTO en ambos grupos.
4.- El anterior resultado llevó a los científicos a adoptar una técnica que no suele fallar, al menos desde época de los romanos: divide y vencerás. Así que separaron el hipocampo en partes.
5.- Pero se encontraron con una sorpresa: la parte anterior del hipocampo fue mayor en los no-taxistas, mientras que la parte posterior fue mayor en los taxistas. Mal asunto, pero a los científicos no les tembló el pulso.
6.- Ni cortos ni perezosos, se centraron en los taxistas y calcularon la relación entre el tiempo que llevaban ejerciendo su profesión y el tamaño de sus hipocampos. Concretamente, hallaron ‘únicamente’ una relación significativa en la parte posterior del hipocampo derecho. Nada de nada en la parte anterior de ese hipocampo derecho, ni, por supuesto, en ninguna de las regiones del hipocampo izquierdo.

Hay más detalles inquietantes en este famoso e influyente estudio, pero me detendré aquí. No merece la pena hacer demasiada sangre.

Hay que elogiar a Punset por divulgar ciencia. Pero divulgar no es vulgarizar y distorsionar.

viernes 30 de octubre de 2009

El discreto encanto de la inteligencia humana

La gente se huele que eso de ser más o menos listo, o inteligente, es importante. Y está dispuesto a pagar por alguna clase de píldora de viagra para la mente. El problema es que, por ahora, no disponemos de esa clase de pastillas, así que echamos mano de otros métodos.

Algunos, como Daniel Goleman, intentan despistarnos diciéndonos que ser más o menos listo no es tan importante, que lo relevante es manejar nuestras emociones de un modo inteligente. Ya sabemos que miente.

Otros proclaman que escuchando la música de Mozart aumentaremos nuestra capacidad intelectual. Estos también ocultan la verdad.

Walt Disney se introdujo en el mercado con el producto conocido como ‘Baby Einstein’, un presunto programa televisivo de estimulación para niños de 0 a 3 años de edad. En los Estados Unidos más de un tercio de las familias con bebés poseen DVDs de Baby Einstein. En Europa no nos quedamos atrás. Suena a negocio lucrativo.

Recientemente, Walt Disney ha sido condenada a devolver el dinero de los DVDs a las familias, gracias a los esfuerzos de una asociación americana (Campaign for a Comercial Free Childhood) que ha logrado demostrar que las promesas del programa televisivo no se podían cumplir. La educadora que estaba detrás de la idea (Julie Ainger-Clark) había ignorado la evidencia científica para enriquecerse usando la mentira.

La condena a Disney por publicidad engañosa puede sentar precedente. Una compañía puede ignorar a la ciencia para vender sus productos, pero ampararse en una versión corrupta de la ciencia para incrementar las ventas constituye una práctica que debería perseguirse.

Hace un lustro, Alejandra Vallejo-Nágera y quien esto escribe, publicamos un libro titulado ‘Tú inteligencia. Cómo entenderla y mejorarla’. Durante casi 700 páginas explicamos qué es eso de la inteligencia humana y propusimos, basándonos en la ciencia, modos de estimularla. El error que cometimos fue ser honrados con los lectores, diciéndoles, desde el comienzo, que lo de estimular la inteligencia es similar a ir al gimnasio: o eres sistemático o volverás al mundo de los michelines. La consecuencia de actuar honestamente fueron unas discretas ventas de la obra que tanto esfuerzo nos supuso preparar.

Es posible que llegue el momento en el que podamos hacernos una liposucción en el cerebro, que se invente un casco para mover las neuronas pasivamente o que demos con la píldora que actúe sobre los centros clave de la inteligencia. Pero, por ahora, solamente hay un modo de mantenernos en forma, intelectualmente hablando: sudando el sombrero.

No se dejen engañar por las soluciones fáciles. O si, pero entonces sean consecuentes.

domingo 25 de octubre de 2009

Vicios inteligentes

Paracelso es el autor de la célebre frase “no hay venenos, sino dosis”. Una gran lección, un auténtico clásico, para quien sea ahora Ministro de Sanidad (¿o es ministra?) y sus asesores, que, francamente, harían bien dedicarse a sus labores, como se decía antes (no sé si también en época de Paracelso).

Mejor dicho, esos asesores deberían ser sometidos a un tribunal regular de justicia por imprudencia temeraria.

Me pongo terriblemente nervioso al ver las noticias y desconecto el aparato a los 3 minutos y quince segundos de haber usado el mando a distancia. Valoro muchísimo mi salud mental (y también la corporal, por descontado).

Alguien debería decirles a los asesores de Trinidad Jiménez (lo de antes era broma, en realidad estoy al cabo de la calle, no soy tan inculto) del efecto que tuvieron las campañas de prensa sobre los habitantes de Chernobyl.

En Chernobyl murieron 56 personas a causa de la explosión.

Sin embargo, los informes publicados originalmente en 1986 declaraban que se habían producido 2.000 bajas y se predecía un número indeterminado de futuras muertes, así como del nacimiento de futuros niños mutantes. No solo en el área del accidente, sino desde Suecia hasta el Mar Muerto.

Las cifras crecieron con el paso de los años. En el año 2000, tanto la BBC como el New York Times hablaban de entre 15.000 y 30.000 muertes.

La diferencia entre 30.000 y 56 constituye un margen de error bastante amplio…

Se puede pensar que, en realidad, esa abultada cifra es consecuencia de los efectos de la radiación.

Pero los medios de comunicación estiman que, en este caso, la cifra asciende a 3.5 millones de personas afectadas y a 500.000 muertes, cuando, en realidad, el número de fallecimientos por esas causas es, en el peor de los casos, de 4.000. Una vez más, una gran diferencia.

Según el informe de Naciones Unidas publicado en 2005, lo más perturbador el accidente de la tristemente famosa central nuclear es “el extraordinario problema de salud creado por el desastroso impacto psicológico derivado de una lamentable información, que ha tenido como consecuencia la negativa valoración sobre la propia salud, la extendida creencia de que la expectativa de vida se reduciría muy notablemente, la falta de iniciativa, y la dependencia estatal”.

O lo que es lo mismo, el mayor daño que se hizo a la gente de Chernobyl no provino de la explosión, ni de la radiación, sino de una malísima información. La gente se aterrorizó, literalmente, a consecuencia de la información (falsa) publicada por los medios de comunicación (y arropada por los políticos).

Por supuesto que la radiación es un problema. Naturalmente que Chernobyl fue un lamentable suceso. Pero el caso es que se convirtió en inválidos a miles de ucranianos a consecuencia del miedo, del pánico creado por los medios de comunicación. Se insistió para que tuvieran miedo. Se les dijo que morirían, cuando no había razones objetivas para ello. Se les dijo que no debían tener niños, cuando podían. Se les predijo un futuro de cáncer, deformidades, dolor y decadencia física. No es raro que respondiesen del modo en el que lo hicieron. Desde que el mundo es mundo se sabe que decirle a la gente que va a morir, tiene consecuencias fatales.

¿Qué tiene que ver el suceso de Chernobyl con el título de este post?

Bastante.

El Ministerio de Sanidad, así como los suplementos de salud de los medios de comunicación (escritos y visuales) insisten en que rechacemos el colesterol, en que no fumemos, en que no bebamos (a esto también se apunta el Ministerio del Interior), en que, en una palabra, y para resumir, dejemos los vicios para la otra vida.

Sin embargo, ¿se puede comer, fumar y beber inteligentemente?

Según las autoridades no, no se puede.

Pero se puede. Claro que se puede.

¿Alguien les ha hablado de la hormesis?

Es bastante probable que no.

Pues la hormesis constituye la prueba científica moderna de la antigua declaración de Paracelso: lo que es perjudicial a gran escala, no solamente no es negativo a pequeña escala, sino que incluso es positivo.

En resumen, comer de todo un poco (incluso un par de suculentos huevos fritos), fumarse unos cigarrillos –de ser posible en circunstancias sociales propicias—y beberse un par de cervezas o un buen vino, nos hace más bien que mal.

Sin embargo, las autoridades ‘competentes’ nos dicen que si comemos carne roja, estaremos abocados a que las arterias se nos obstruyan, y eventualmente, a una muerte lenta y dolorosa (esto también se aplica a la nicotina). Quieren exterminar a los fumadores de la faz de la tierra. Y parecen desear que no podamos relajarnos tranquilamente deleitándonos con unas cervecitas tirados a la bartola en la terraza de nuestro bar favorito.

La ciencia ha avanzado una barbaridad, pero (a) los asesores se han perdido los últimos diez años, más ocupados en ‘asesorar’ que en estudiar y (b) los periodistas están ocupados contando el dinero que atesoran publicando mentiras que aterrorizan a la población.

Voy a usar el ejemplo menos evidente, para abreviar: el colesterol.

Nada puede ser más erróneo que equiparar colesterol con veneno.

Los científicos han descubierto un gen en el cromosoma 10, el CYP17, que fabrica una enzima que permite al cuerpo convertir el colesterol en cortisol, testosterona y estradiol.

El cortisol se usa virtualmente en todos los sistemas corporales. Es una hormona que, literalmente, integra cuerpo y mente mediante la modificación de la configuración del cerebro.

Por otro lado, se ha descubierto que quienes cometen crímenes violentos e impulsivos, o quienes se suicidan, suelen ser quienes poseen un menor nivel de serotonina. Mayores niveles de serotonina promueven el bienestar.

Resulta que el tratamiento contra el colesterol reduce en un 14% el riesgo de ataque al corazón, pero aumenta la probabilidad de muertes violentas en un 78%. Es decir, tratar el colesterol tiene sus peligros: la gente depresiva, antisocial e impulsiva presenta niveles más bajos de colesterol que la media de la población: tener bajos niveles de colesterol o reducir demasiado el nivel de colesterol, es muy peligroso para una pequeña minoría, del mismo modo que tener un alto nivel de colesterol y tener una dieta alta en colesterol es peligroso para un pequeña minoría.

Es decir, asesores, tomen nota (si pueden): los consejos para reducir el nivel de colesterol deberían ser dirigidos a quienes, genéticamente, producen espontáneamente demasiado colesterol, no a la población en general.

Una y otra vez, el genoma nos habla de nuestra individualidad. La diversidad de la humanidad es su mensaje principal. Y puede no estar lejano el día en el que vayamos a la consulta del doctor con un chip en el que esté escrito nuestro genoma individual, de modo que pueda adaptar el tratamiento a nuestro caso particular.

viernes 23 de octubre de 2009

Cuanto nos divertimos con el ecologismo coñazo

Después de meses de residir fuera de España, hoy no pude demorar más la desagradable acción de coger el coche para hacer la compra y abastecer mi despensa. O eso creía yo.

Así que entro, con la mejor de las actitudes, en el Carrefour, con la tarjeta de crédito entre los dientes y dispuesto a someterme a los dictados del € (la vida está carísima en Europa).

Con el rabillo del ojo diviso sospechosas bolsas con reclamos ecologistas por las paredes del establecimiento comercial, pero hago como si la cosa no fuera conmigo (algo en mi interior me dice que debo temerme lo peor).

Voy, poco a poco, llenando el carro de la compra, pasillo tras pasillo, con voluminosos recipientes de zumo de naranja, leche con la mayor grasa posible, botellas de aceite de oliva y el largo etcétera que cualquiera que tenga responsabilidades domésticas puede fácilmente visualizar.

Hago cola durante veinte largos minutos para poder acceder a una encantadora cajera que luce un pronunciado acento de los Balcanes. Nos sonreímos, pero, a la vez, me doy cuenta de que no para de inspeccionar, casi compulsivamente, mi carro. ¿Habré cogido algún fruto prohibido, me preguntó para mis adentros sin dejar de sonreír?

Menos risueña ahora, la profesional de los códigos de barras va lanzando los productos hacia el otro lado del diabólico dispositivo, del que salen haces de luces, con auténtica saña. Yo también me paso a ese lado y busco desesperadamente bolsas en las que ir metiendo los productos. En medio de ese auténtico frenesí lector, me atrevo a preguntarle, desesperado: “¿me puedes pasar bolsas, por favor?

Creo que lo hice con educación, pero su respuesta me deja helado:

Pero, cómo, ¿es que no tiene bolsas?

Mis ojos se agrandan bastante, de hecho diría que mucho.

Mantengo la cabeza fría: “no, ¿deberia tenerlas? He rastreado concienzudamente (se que no entenderá esta palabra, así que la pronuncio con mi mejor español) toda la zona, pero no encontré ninguna bolsa, de verdad”.

Menea su cabeza queriendo decir (no sé si en el idioma que se hable en los Balcanes o ya en español) “vaya tela”, pero diciéndome (en español): “vale, yo le doy bolsas, pero se las tengo que cobrar”.

Coño, qué novedad”, pienso, pero, por supuesto, no digo.

Nada, qué se le va a hacer, pues cóbrame las bolsas”, ahora si que digo en voz alta, para que me oiga, claro.

Me da 36 bolsas de plástico y me añade a la cuenta dos euros. Puedo afrontar el gasto. Por esta vez no me arruinaré.

A medida que me las va tirando encima del berenjenal que hay montado en la repisa añade: “pero tenga en cuenta que son biodegradables y aguantan poco”.

Me asusto. Realmente, percibo el miedo, no es broma.

Voy metiendo los productos en las bolsas biodegradables y ella, muy amablemente, me va diciendo si pasará el peso de la prueba o no.

Vuelvo a meter las 36 bolsas en el carro y me dirijo, bastante mosqueado con la humanidad, hacia mi vehículo.

Y es precisamente ahí cuando se produce el desastre. Voy tratando de introducir las bolsas en el maletero, pero el zumo, la leche y los demás productos que antes visualizamos conjuntamente, comienzan a desperdigarse por el parking, para (a) el ostensible cachondeo de quienes tuvieron la precaución de traerse de casa sacos terreros (vacíos) para meter sus recientes adquisiciones y (b) arruinar mi inversión económica en intendencia doméstica.

Tan biodegradables son las bolsas que compré que no esperan ni diez minutos para autodestruirse…

Que Dios nos pille confesados con el coñazo del ecologismo.

miércoles 7 de octubre de 2009

LAS DECISIONES DEL CEREBRO

Acertar al tomar una decisión es algo que parece estar relacionado con una estructura cerebral denominada ‘hipocampo’, situada en el lóbulo temporal. Es una novedad interesante porque, hasta ahora, la evidencia parecía señalar a la zona pre-frontal del cerebro como principal protagonista en esta clase de actividad mental.

Ahora empieza a pensarse que el hipocampo se relaciona con la corteza pre-frontal en el proceso de aprender a tomar decisiones. Esta es una prueba más de que el cerebro humano es altamente complejo e interactivo. Empeñarse en encontrar la ‘glándula pineal’ de la que habó Descartes no parece tener demasiado sentido.

El hipocampo se encuentra implicado en una actividad mental sobre la que cualquiera puede ponderar su relevancia: retiene temporalmente la información que nos rodea. Por ejemplo, los coches que tenemos alrededor cuando debemos tomar la salida de una autopista. No podemos verlos todos a la vez, pero imaginamos dónde están los que vimos segundos antes cuando miramos a otros vehículos.

Al tomar la decisión de salir de la autopista deben considerarse varias cosas simultáneamente: la mecánica que está detrás de la acción (frenar suavemente, pisar el embrague, reducir la marcha, etc.), los coches que se encuentran próximos, la velocidad a la que viajamos y la que debemos alcanzar para tomar una curva cerrada o hacia dónde deseamos dirigirnos exactamente una vez nos ubicamos en el carril de deceleración. Estamos tan acostumbrados que lo hacemos casi automáticamente, pero el proceso es verdaderamente complicado.

En un estudio publicado recientemente por la revista ‘Neuron’ se consideró un grupo de casi treinta personas. Se les pedía predecir el tiempo que haría un día determinado teniendo en cuenta el estado del cielo el día anterior. El hipocampo presentó una significativa mayor actividad cuando la predicción resultaba ser correcta. Como siempre, el resultado se debe verificar por algún equipo independiente de investigación, pero el dato es interesante. Aunque debe recordarse, y no solo temporalmente, que no solo del hipocampo vive el hombre…

viernes 2 de octubre de 2009

Respuesta a la Pregunta 50

¿Puede la Psicología contribuir a mejorar nuestra sociedad?

Psi, claro que Psi puede contribuir a mejorar nuestra sociedad. Al menos eso es lo que honestamente creo.

De hecho, puede facilitar un cambio de perspectiva sobre lo que significa ‘mejorar la sociedad’. Aunque suponga pecar de una cierta simplicidad, pienso que, desde finales del siglo diecinueve, los movimientos intelectuales que han debatido sobre el cambio y la mejora social han presentado una inclinación peculiar, un sesgo de carácter sociológico.

Se supone que es una verdad evidente, un hecho que no requiere ninguna demostración. Si queremos mejorar la sociedad, confiemos en la sociología, y, estirándonos un poco, en la Psicología social. Por descontado, la política también es una indiscutible protagonista, invitada o no, de los anhelados cambios sociales. Pero no hablaré aquí de ella (sacia que, campaña tras campaña, los partidos prometan un cambio y que ya no sorprenda que nadie hable de conservar determinadas tradiciones, de las cosas que sabemos que son buenas, bellas y verdaderas).

A mi juicio, el error fundamental de la visión sociológica es su olvido de que el cambio que preconiza implica a millones de ‘objetos con mente –así denominó al homo sapiens el gran psicólogo español Ángel Rivière. Resulta que la psicología hace tiempo que descubrió que no hay dos mentes iguales. Cierto, algunas pueden parecerse muchísimo, pero ninguna es idéntica a las demás. Por tanto, suponer que una consigna sociológica ejercerá similar efecto en distintos objetos con mente es, siendo bien pensado, ingenuo. Si fuésemos mal pensados, algo que no deseamos, diríamos que esa visión huele a totalitarismo, sea de derechas o de izquierdas.

La reciente historia del siglo XX es consistente con lo que se acaba de decir. Es igual que discutamos sobre Hitler, Mussolini, Lenin o Mao. El factor es común. Y ese factor está vinculado al supuesto de que no hay una naturaleza humana, o de que, si existe, se puede ignorar. Por fortuna, esa misma historia se ha encargado de demostrar, por los hechos, que ese factor común es menos común de lo que se piensa. De ahí la necesidad de promover cambios y más cambios, a ver si esta vez se tiene más éxito.

El totalitarismo es demasiado tentador para algunos, de ahí que sea revisado, una y otra vez, con una persistencia obsesiva. Pero esa perspectiva exige aplastar, literalmente, la identidad individual, de la que se encarga, precisamente, la psicología. Si la historia nos enseña que ese intento está abocado al fracaso, puede merecer la pena que ahora nos abramos a otras posibilidades. La psicología, al menos alguna de sus perspectivas, puede ayudar en este proceso.

Si aceptamos realmente, en lugar de asentir simplemente con un movimiento de cabeza, que las personas poseen una identidad irrepetible, entonces el sistema social en el que se pueda pensar debe considerar ese hecho como punto de partida. Nadie debería intentar aplastar mi identidad, basada en el hecho de que puedo sentirme catalán, varón y socialista. Nadie debería ignorar que puedo tener un talento especial para las matemáticas. Nadie debería tratar de que me sintiese atraído por aquello que me repugna moralmente.

La tentación irresistible que sienten los sistemas totalitarios (y sus sociedades asociadas, como cierto periodismo y determinados sistemas propagandísticos) por dictar lo que está bien y lo que está mal, o lo que se puede y no se puede pensar, es aberrante para una visión psicológica de la sociedad.

La psicología puede ayudarnos a que comprendamos que hay personas buenas y malas, que la moralidad no está igualmente distribuida en la población, que detrás de alguien que dice que está preocupadísimo por el bienestar común hay un egoísta consumado, que un individuo puede usar un micrófono para recabar fondos para los niños del tercer mundo e irse seguidamente a gastar 500 euros en una opípara cena para celebrarlo, o que un líder político busca satisfacer a sus presuntos votantes para preservarse en el poder en lugar de actuar como sabe que debería.

La gente quiere un cambio. Y lo seguirá deseando hasta que, como sociedad, no seamos capaces de aceptar que esa gente existe realmente, que son de carne y hueso, y que son, literalmente, ‘individuos’. La sociedad está compuesta por grupos humanos, pero, a fin de cuentas, los grupos están formados por individuos. Suponer que esos grupos y la sociedad poseen su propia dinámica, sus propias reglas, puede ser suponer demasiado. Ir a la raíz de la sociedad para promover un cambio cabal conlleva, necesariamente, mirarle a los ojos a los individuos. Ahí reside nuestra humanidad. Ellos son el reflejo del alma. Un alma que quizá no poseamos, pero imaginar que mora en nosotros puede contribuir a revestirnos de una moralidad que la sociedad actual parece haber perdido.

jueves 1 de octubre de 2009

Respuesta a la Pregunta 49

¿Por qué no se enseña Psicología en las escuelas?

No lo sé, la verdad. Se enseñan muchas cosas, pero no Psicología.

Los chavales aprenden a usar su idioma, correctamente, en la asignatura de lengua española, y un segundo idioma –ahora inglés—en lengua extranjera. Razonan a través del lenguaje universal de las matemáticas. Conocen su medio en materias como ciencias naturales. Hacen deporte en gimnasia. No sé muy bien qué se enseña en ciencias sociales y no es desidia por mi parte.

Los responsables del Ministerio de Educación trabajan en los llamados diseños curriculares, y, personalmente, me consta que hacen un verdadero esfuerzo para que el resultado sea coherente y relevante para la formación de nuestros chicos. Eso si, se olvidan, a menudo, de que el mejor de los guiones puede naufragar por unos actores que no están a la altura o por un director que está pensando en otra cosa en pleno rodaje.

El caso es que, salvo como asignatura optativa en enseñanza secundaria, y solamente en algunos centros, no existe una materia de Psicología en las escuelas. Los responsables del diseño educativo se olvidaron de la declaración de Jorge Luis Borges, sabia para algunos de sus lectores, sobre un planeta imaginario:

No es exagerado afirmar que la cultura clásica de Tlön comprende una sola disciplina: la Psicología.
Las otras están subordinadas a ella.
He dicho que los hombres de este planeta conciben el universo como una serie de procesos mentales, que no se desenvuelven en el espacio, si no de modo sucesivo en el tiempo


Es difícil encontrar una respuesta satisfactoria a la pregunta de por qué se enseña a hablar o calcular, la estructura de la célula, los planetas del sistema solar, los ríos del continente americano o la diferencia entre la ilustración y el renacimiento, pero se ignora la conducta y la mente humanas.

Hablamos, calculamos y podemos comprender lo que los demás han descubierto sobre el cuerpo humano o el cosmos precisamente porque, para bien o para mal, poseemos una mente. Sería lógico suponer que un loable y necesario objetivo de la educación pasaría por explicarles a los chavales qué sabe en la actualidad la psicología sobre la conducta de los seres humanos. Todavía más importante, constituiría una empresa fascinante ayudar a los alumnos a entender cómo se puede llegar a conocer algo sólido sobre por qué hacemos las cosas que hacemos.

En el mundo actual, recién estrenado el siglo XXI, sería conveniente aceptar que el homo sapiens se ha acostumbrado a ver el mundo a través del cristal de la ciencia. Mi colega y amigo, James Flynn (el científico que hizo popular el descubrimiento de que las nuevas generaciones son más inteligentes que las anteriores) usa un ejemplo que ahora adaptaré. Si le preguntásemos a un ciudadano, elegido al azar, qué diría sobre un león y una cebra, la respuesta sería sustancialmente diferente si lo hiciésemos mediado el siglo XX o en la actualidad. Hace 60 años seguramente nos diría que el primero caza a la segunda, pero ahora la respuesta sería que ambos son mamíferos.

Comprender que está detrás de este cambio apoya, todavía más si cabe, la relevancia de que los alumnos, que aprenden muchas cosas en el colegio, también puedan dedicar tiempo a ponderar y valorar su instrumento más preciado, su mente. Ahora están preparados para ello.

Saber, por ejemplo, que la gente posee una personalidad, y que, por tanto, no hay dos personas iguales, ayudaría a los chavales a entender por qué hay gente generosa, egoísta, agresiva, nerviosa o sosegada. Conocer cómo memorizamos o cómo usamos lo que sabemos, podría contribuir a orientar su propio proceso de adquisición de conocimientos. Darse cuenta de que hay personas más capaces que otras, por motivos puramente naturales, le ayudaría a sopesar sus propias aspiraciones. Ahora se valora mucho el pensamiento crítico, pero es difícil debatir si no se razona.

Personalmente no invertiría demasiado esfuerzo en convencer a las autoridades educativas de la relevancia de enseñar Psicología en el colegio. Pero opino que debería implantarse a petición popular. Seguramente sea la única estrategia que tenga algún viso de éxito a medio plazo.

miércoles 30 de septiembre de 2009

Respuesta a la Pregunta 48 (Segunda Parte)

¿Se puede mejorar el modo de relacionarse con los demás? (Segunda Parte)

¿Qué significa relacionarse con los demás? No es igual hacerlo con personas familiares para nosotros que con desconocidos. Dejaremos a un lado la segunda posibilidad para centrarnos en la primera.

En nuestra vida cotidiana interactuamos con nuestros padres, los amigos o los compañeros, sea de estudios o en el trabajo. Ninguna de las tres posibilidades conlleva desconocimiento.

En el caso de los progenitores es evidente que nuestra relación es eterna. Nos dieron la vida, vieron cómo llegamos a este mundo y contribuyeron, muy significativamente, a nuestro desarrollo como personas. Son, de hecho, un pedazo relevante de nuestra identidad, queramos o no.

A diferencia de nuestros padres y hermanos, somos nosotros quienes elegimos a los amigos. Solemos hacerlo a partir de los compañeros del colegio o de los colegas en el trabajo. Este proceso de elección resulta fascinante, y, a día de hoy, sigue existiendo un acalorado debate entre los científicos sobre los criterios que operan en tales circunstancias. También esa clase de relaciones contribuye a darnos una identidad.

Hay distintas oportunidades de elección de amigos. Algunos de los candidatos a ser nominados en nuestro particular concurso, nos atraen, aunque no sepamos concretar las razones. Otros no. Se podría suponer que ese proceso se encuentra gobernado por su parecido con nosotros. Pero a menudo se observa lo contrario: elegimos a quien nos complementa. Si somos más bien reservados, elegimos a alguien expansivo. Si somos agresivos, optamos por quien es sosegado y puede contribuir a aplacarnos.

No parece existir un criterio claro a partir del que se produce esa clase de elecciones. Igual que seleccionamos determinados restaurantes para cenar y evitamos otros, nos acercamos a algunas personas y nos alejamos de otras. Esa aproximación puede o no fructificar en una amistad, pero parece claro que una u otra acción debe obedecer a alguna clase de regularidad.

Se podría pensar que buscamos personas con las que podamos disfrutar de unas satisfactorias relaciones, sea lo que sea eso. Y así suele ser, al menos al principio. Pero puede darse el caso de que esa interacción se degrade con el paso del tiempo, que empeore. De ahí nuestro interés por mejorarla.

Sin embargo, igual que sucede al comienzo de una relación potencial, que puede o no prosperar, nuestro empeño por mejorar una amistad de varios años de duración puede chocar con un muro. El individuo objeto de nuestro esfuerzo ha podido añadir otro ladrillo a ese muro, como cantaba Roger Waters, convirtiéndole en infranqueable. Igual que es complicado que haya una pelea si uno de los contendientes no lo desea, una relación no puede continuar si una de las partes decide no colaborar.

Aún sabiendo esto, hay quienes buscan, desesperadamente, una explicación al cambio. No se explican cómo se ha podido llegar a esa situación. Rumian y rumian sin lograr hincarle el diente a nada sólido. Hasta pueden llegar a pensar que es por culpa suya que algo que era maravilloso se ha ido al traste.

Cuando esto sucede, tenemos un problema susceptible de ser consultado con un psicólogo. Ese profesional, posiblemente, nos ayudará a ver que las cosas empiezan y terminan. La relaciones también. Nos dirá que lo que fue, puede carecer de continuidad. Aprenderemos que hay que encajar las situaciones, y que, cuando algo se tuerce, es posible que no pueda volver a enderezarse.

Una relación fallida se puede llegar a convertir en algo tormentoso para determinadas personas. No merece la pena. En lugar de empeñarnos en derribar el muro, sería más saludable salir en busca de otras puertas. Quién sabe, la vida es una caja de sorpresas. Coger otro bombón de la caja (gracias Forrest) o incluso arriesgarse a abrir otra, puede depararnos una satisfactoria y novedosa explosión en la boca.

Mejorar una relación no depende solo de nosotros. Pensar lo contrario no es saludable. Desde luego se puede y se debe intentar. Pero obsesionarse se aproxima a una patología que se puede prevenir si se desvía la mirada.

martes 29 de septiembre de 2009

ROBOTICA ‘Made in Spain’ & ‘Sold out of Spain’

Hace unos años, no demasiados, Chrichton publicó ‘Presa’, una interesante novela basada en la nanotecnología. Ahora se presenta ‘i_Swarm’ un robot de 3 mm cúbicos de volumen. En este proyecto han participado investigadores españoles de un grupo de I+D de los muchos que hay en el país. Excelentes noticias.

La parte triste es que, aunque la investigación en robótica que se hace dentro de la piel de toro es simplemente excelente, la transferencia de los resultados al campo aplicado, comercial, es pobre, francamente deplorable.

Los inversores no hacen lo que deben, es decir, invertir, en explotar lo que hacen en España los más de 60 grupos de I+D actualmente en activo. Son buenos, muy buenos, pero nadie confía en ellos para la aplicación comercial. Esos ‘nadie’ son, naturalmente, domésticos. Más allá de nuestras fronteras afilan su nariz para acaparar un mercado emergente. Nosotros invertimos en formación, quienes resultan formados desarrollan el producto y otros lo explotan. Una magnífica inversión para los otros. Patética para nosotros.

En Barcelona se ha desarrollado una especie de androide capaz de caminar, reconocer rostros y manipular, literalmente, objetos. ¿De dónde proviene el capital para explotar este ente? De Emiratos Árabes. ¿Pueden creerlo?

El desarrollo de robots se encuentra vinculado a los avances en neurociencia. Comprender cómo funciona el cerebro humano contribuirá a acelerar el progreso en robótica.

Quienes están implicados en esta clase de desarrollo tecnológico emiten un veredicto unánime: el capital español no se arriesga a adentrarse en el fascinante mundo de la robótica. Y si no lo hacemos nosotros, otros lo harán.

Desgraciadamente es una historia familiar en la península.

Pero hay esperanza. Quizá esta vez nos demos cuenta a tiempo…

domingo 27 de septiembre de 2009

PSICOLOGÍA Y CAMBIO CLIMÁTICO

La APA (Asociación Americana de Psicología) ha preparado un informe, de más de 200 páginas, destinado a glosar la inestimable contribución que puede hacer la Psicología al presunto problema del cambio climático.

Los lectores de este blog saben ya que mi propio análisis de la evidencia disponible sobre ese cambio, me lleva a concluir que la mano del ser humano NO está detrás de las fluctuaciones climáticas (véase “20 puntos sobre la ‘doctrina’ del cambio climático”).

Para no repetirme, los datos indican que el responsable de las oscilaciones en el clima de la Tierra es el Sol, no el Homo Sapiens. ¿Quiere la APA incidir en la conducta del sol? (puedo suponer que esa asociación no le atribuye una mente al astro rey).

El Colegio de Psicólogos de España (COP) se hace eco, y parece abrazar, las líneas maestras defendidas por la asociación norteamericana (la mano de Gore es larga y gelatinosa). El marco común de tales líneas tiende a asustarme, como ciudadano, y a incrementar mi ira, como psicólogo y como científico.

Por ejemplo, se dice que puede constituir un problema psicológico la “tendencia a minimizar la probabilidad de ocurrencia de adversidades futuras” consecuencia del calentamiento global. También parecen desear que luchemos contra el crecimiento poblacional. Habla de cosas como las “barreras psicológicas que limitan la acción individual o colectiva en la promoción de medidas contra el cambio climático”.

La APA quiere promover en los ciudadanos “conductas ecológicas”. El COP dice que el informe de la APA “ha sido valorado positivamente por expertos en el área”, añadiendo que “la psicología aplicada puede ayudar a las personas, organizaciones y gobiernos a modificar algunas de las conductas que afectan negativamente al medio ambiente y que influyen directamente en el calentamiento global”.

Me encantaría concretar el listado de ‘expertos’ o el significado preciso del término ‘ayudar’.

Si la mano del hombre no está detrás de las oscilaciones climáticas, ¿qué pinta en este tinglado la APA o el COP? Si la Psicología es una ciencia, quizá debería usar la evidencia ‘científica’, en lugar de las percepciones políticas, para elevar sus recomendaciones. Si es que, para empezar, le corresponde preparar alguna clase de kit de buena conducta…

sábado 26 de septiembre de 2009

Respuesta a la Pregunta 47

¿Es cierto que solo usamos una parte de nuestro cerebro? ¿Cómo sabemos qué parte del cerebro se encarga de las distintas cosas?

No, no es cierto que usemos solamente una parte de nuestro cerebro. Nos servimos todo el pastel para realizar la más trivial de las acciones.

Los neurocientíficos han comprobado este hecho en repetidas ocasiones. Imagine que le reclutan para un experimento. Llega usted al laboratorio y le sientan cómodamente en una silla. Le colocan una especie de casco futurista en su cabeza y le informan de que ese dispositivo –para usted casi diabólico—permitirá recoger la actividad de su cerebro mientras hace lo que seguidamente se le explicará.

Al frente hay una pantalla de ordenador y a su lado, encima de la mesa, un aparato con dos teclas, A y B. Lo que se le pedirá es que presione, tan rápido como pueda, la tecla A si en la pantalla aparece una luz verde. Por el contrario, debe presionar la tecla B si la luz que se presenta es roja.

¿A qué parece una tarea fácil? Y realmente lo es. No se preocupe, no hay truco.

Pues bien, aunque esa decisión tan sencilla se puede tomar en cuestión de milisegundos, es decir, tardará menos de un segundo en apretar el botón A o el B, su cerebro se irá iluminando por partes, desde las zonas posteriores a las anteriores: ve la luz y se iluminan las regiones posteriores del cerebro. Luego evalúa si es verde o roja y recuerda qué debía hacer en ambos casos. Ahora se iluminan las zonas temporales y parietales. Finalmente, decide pulsar el botón A o el B, momento en el que se iluminan las zonas más frontales de su cerebro.

Por tanto, para hacer algo tan elemental como decidir si una luz es roja o verde, el cerebro al completo se pone alerta y reacciona, algo que se puede registrar mediante un escáner similar a los que se usan regularmente en los hospitales de todo el mundo para hacer algo ahora tan conocido como una resonancia. Por tanto, si esas regiones occipitales, temporales, parietales y frontales se activan cuando debemos decidir entre apretar un botón A o un botón B, ¿no será todavía más ‘dramática’ la situación cuando nos enfrentemos a decisiones sustancialmente más complejas? De hecho, la vida es algo más que decidir si una luz es verde o roja.

La vieja idea de que solamente usamos un minúscula parte de nuestro cerebro y de que, por tanto, es como un continente sin explorar a la espera de que aprendamos a extraerle un increíble potencial, es simplemente absurda. No, nuestro cerebro es un órgano maravilloso, al que todavía no comprendemos bien, pero eso no significa que no se use al completo.

En la actualidad hay un esfuerzo intenso, por parte de muchos equipos de investigación, a lo largo y ancho del planeta, destinado a conocer cómo funciona ese órgano. Aunque los científicos debamos reconocer que el camino es todavía largo, se van dando pequeños pasos para el hombre, pero grandes para la humanidad.

Hasta no hace demasiado tiempo debíamos confiar en evidencias indirectas derivadas de los estudios de los psicólogos, o en el análisis del cerebro de personas que habían fallecido y que, generosamente, donaron sus cerebros para promover el avance de la ciencia.

Ahora no es necesario. En la actualidad, y desde algunos años, los científicos somos capaces de explorar el cerebro de las personas cuando llevan a cabo las más variadas actividades. No solamente pulsar uno de dos botones, sino muchas otras cosas que nos están permitiendo ir encontrando las pistas que, tarde o temprano, permitirán resolver el rompecabezas.

La exploración del cerebro es una empresa fascinante. Quizá mayor que la de conocer el cosmos. Puede que todavía más relevante que la búsqueda de nuestra identidad a través de la comprensión de nuestra herencia genética. En el cerebro confluye la influencia que ejercen nuestros genes, por supuesto, pero también la de las experiencias vitales por las que pasamos. El cerebro es el lugar natural de encuentro de ambos factores y donde se preparan las recetas que los humanos cocinamos en el mundo.

El esfuerzo dirigido a investigar el cerebro humano constituye un viaje alucinante en el que, realmente, llegaremos, como decía el viejo aforismo griego, a conocernos a nosotros mismos. Es este, a mi juicio, un viaje en el que no deberíamos reparar en gastos.

viernes 25 de septiembre de 2009

ENSEÑANZA DE LA CIENCIA

La Unión Europea está preocupada por la enseñanza de la ciencia. Buscan, desesperadamente, jóvenes que se interesen por ella. Ahora se intenta alcanzar la meta mediante el programa DYNALEARN.

Se supone que hay tres razones por las que los jóvenes no se interesan por la ciencia. Primero, la escasa variedad en cómo se enseña. Segundo, porque en las clases no se explican los conceptos en los que se apoyan los datos. Tercero, porque la ciencia es más compleja que otras materias.

Como antídoto, DYNALEARN se basa en el uso de ordenadores para adaptar la enseñanza al estudiante. Se persigue que aprendan como si estuvieran interactuando con un videojuego.

Por tanto, se trata de un sistema visual, destinado a estudiantes de secundaria y de universidad.

Diagnóstico: no funcionará.
Se pueden dar por perdidos los 2.5 millones de euros invertidos.

Hay una larga tradición ya en el uso de sistemas de instrucción asistida por ordenador –o tutores informáticos—y el resultado invariable de su aplicación ha sido que los chavales terminan aburriéndose como ovejas.

No me cabe duda de que la idea es atractiva, pero también tengo claro que las perspectivas de éxito son de pobres a tirando a nulas.

Las razones por las que los estudiantes se interesan cada vez menos por la ciencia no son las que están detrás de la creación de DYNALEARN. O, mejor dicho, solamente una de ellas es la responsable de su escaso interés: es compleja y abstracta.

Los científicos saben que la ciencia es absolutamente genial, una de las actividades más fascinantes a las que puede dedicarse un ser humano. Pero lo saben porque han logrado superar un largo y tedioso proceso de formación y un sin número de sinsabores, de fracasos, de caminos sin retorno y de errores, antes de llegar a algo que ha contribuido, de alguna manera, a cambiar el modo de vida de los habitantes del planeta o el prisma a través del que ven el cosmos.

Desgraciadamente eso no se puede enseñar, igual que no se puede enseñar a alguien a convertirse en Pasteur, Edison o Ramón y Cajal.

¿Hay alguna alternativa constructiva?
Si, yo creo que si, pero eso será objeto de un post posterior…

jueves 24 de septiembre de 2009

Respuesta a la Pregunta 46

¿Por qué hay homosexuales?

Si las mujeres son de Venus y los varones de Marte, entonces ¿por qué no plantearse que los homosexuales son los únicos terrícolas genuinos?

La respuesta a esta pregunta es: hay homosexuales porque hay heterosexuales. Quizá parezca salirse por la tangente, pero no. Prácticamente cualquier característica humana, incluyendo la sexualidad en general, y el deseo sexual en particular, no se expresa igual en distintas personas. Hay individuos con una sexualidad muy activa y otros que pueden pasar por prolongados periodos de abstinencia sin pensar necesariamente en el suicidio. Están aquellos que cada vez que vislumbran en lontananza una falda o un pantalón tiemblan de la emoción imaginando las cosas inenarrables que se podrían hacer si las circunstancias resultasen propicias. Otros no reparan en si lo que acaba de cruzarse en su camino es chico o chica.

Biológicamente no cabe duda de que un varón es un varón y una mujer es una mujer. Al menos según los signos externos al uso. Generalmente un pene pertenece a un varón y una vagina a una mujer. Sin embargo, los signos externos no siempre se corresponden con el interior. Un individuo puede tener un pene, ciertamente, pero sus sensaciones internas pueden no corresponderse con lo que cabe esperar de alguien que posee ese dispositivo. Tales sensaciones pueden orientar su deseo sexual –y también, por supuesto, los sentimientos afectivos asociados—hacia otros individuos que también poseen un pene. El mismo argumento se aplica, por pura lógica, al caso de la vagina.

Está claro que lo más frecuente es que los individuos con pene se sientan atraídos por aquellos que poseen una vagina, y estos últimos por los primeros. Pero que sea lo más frecuente no significa que sea la única opción sexual válida, o respetable, o natural, o lo que sea que se nos pueda ocurrir como calificativo. Algo menos frecuente es, simplemente, menos frecuente, no inválido o antinatural.

La demagogia está a la orden del día en estos menesteres, por lo que nuestra única defensa es usar la sesera, y, si se tercia, también la ciencia. Y, hablando de ciencia, no puedo resistirme a relatar, brevemente, el caso de David Reimer.

David perdió su pene por una circuncisión mal hecha. Se daba la circunstancia de que David tenía un hermano gemelo, que conservó su pene. Un doctor, cuyo nombre omitiré porque no merece que se le recuerde, se hizo cargo del caso para ganar fama demostrando al mundo que David podía ser educado –ignorando la genética y la biología—como una mujer, mientras su gemelo seguía su curso ‘natural’ como varón. El doctor pensaba demostrar que los roles sexuales son un producto social ajeno a la biología. Una vez más el mantra de que somos arcilla, y de que, por tanto, se nos puede moldear con facilidad mediante la ingeniería social apropiada.

David fue operado para transformarse en mujer. Los padres le criaron como una niña y nunca le contaron la verdad. El doctor se hizo escandalosamente famoso a nivel mundial, cerrando el caso de David con un veredicto aplastante favorable a su visión exclusivamente social sobre los roles sexuales.

Sin embargo, algunos años después alguien contacto con David, que en ese momento se llamaba Brenda. Tenía 14 años y vivía con su familia. Ese alguien pudo comprobar que Brenda era desgraciada, usaba un lenguaje corporal masculino y tenía una voz grave.

Bastantes años después, Mike Diamond, un científico, contactó con Brenda, que ahora volvía a llamarse David. En esta ocasión Diamond se encontró con un hombre felizmente casado y con hijos adoptados. Pudo conversar con alguien que había soportado una niñez confusa y desgraciada, a consecuencia de su constante enfrentamiento con quienes le obligaban a comportarse como una niña.

Ni que decir tiene que el doctor de ingrato recuerdo jamás se disculpó por su error.

Más a menudo de lo que pensamos la cultura no influye sobre la naturaleza humana, sino que la primera es un reflejo de la segunda. Los homosexuales han existido siempre. El hecho incuestionable de que se encuentre presente en los distintos momentos de la historia del homo sapiens sobre la faz de la tierra, y de que haya atravesado distantes fronteras, es consistente con la declaración de que es un fenómeno natural. Se habla de tolerancia o intolerancia hacia la homosexualidad, pero es una disyuntiva ridícula. ¿Tiene sentido plantearse si deberíamos tolerar la existencia de la belleza, del dolor o del firmamento?

miércoles 23 de septiembre de 2009

Surrealismo en la educación

Una vez más nos desayunamos con la noticia de que los chavales fracasan en el colegio por culpa de los padres (Diario El País, 22 de septiembre de 2009). Si no ingresaron en la universidad, sus hijos tampoco lo harán: siete de cada diez chavales de padres universitarios nacidos en la década de los 70, también han estudiado una carrera, pero solo han llegado hasta ese ‘paradisiaco’ lugar dos de cada diez padres no universitarios.

El director del estudio, patrocinado por Caixa Catalunya, que está detrás de esta noticia, declara que el colegio es bastante menos relevante que los padres para explicar por qué se produce este reprobable fenómeno sociológico.

El informe está repleto de una interesantísima información. Entre otras cosas se observa una clara división norte-sur: Extremadura, Castilla-La Mancha, Valencia, Murcia, Andalucía y Canarias se sitúan por detrás de las comunidades ubicadas, geográficamente, al norte de la capital.

El colega que me hizo llegar esta noticia, señalaba, sabiamente, que esta clase de estudios no permiten averiguar nada relevante sobre la pregunta de por qué algunos chavales no superan los escollos educativos, mientras que otros recuerdan a Usain Bolt en las Olimpiadas de Pekín.

¿Existe la posibilidad de que los chavales que van a la universidad y sus padres, universitarios, sean distintos a los que no lo hacen, en algún factor clave que se escapa a ese estudio?

Estudiar, como me recordaba otro colega, es duro. Requiere perseverancia, esfuerzo, tesón y una gama de actitudes positivas hacia un proceso largo, y a menudo tedioso, en el que se exige adquirir conocimientos altamente abstractos, o, lo que es lo mismo, alejados de realidad cotidiana. Pero estudiar exige, por encima de todo lo demás, razonar, resolver problemas y aprender a partir de un material que es sustancialmente distinto al mundo visual, de, por ejemplo, OT o Fama, un mundo que se puede devorar relajadamente repantigado en el sofá.

Oh sorpresa, precisamente la aptitud para razonar, resolver problemas y aprender se corresponde, punto por punto, con lo que los psicólogos concebimos como capacidad intelectual o CI.

La noticia que se está comentando va encabezada por el siguiente titular: “el saber se hereda”. Pero no, señor redactor, lo que se hereda es la capacidad intelectual o CI, es decir, la capacidad de hacerse con ese saber. Los chavales de los padres universitarios van a la universidad porque son más inteligentes que quienes no lo hacen. Y lo son por los genes que comparten, ni más, ni menos (con las interesantes excepciones que merece la pena considerar sosegadamente).

Sin embargo, la avalancha universitaria de los últimos años está produciendo un curioso fenómeno alimentado por un surrealismo educativo, o, siendo más generosos, promovido por un romanticismo educativo carente de contacto con la realidad. El pensamiento abstracto se está mandando al retrete porque se hace necesario ilustrar el conocimiento universitario como si fuera un programa televisivo de entretenimiento –está próximo el día en el que el profesor hará sonar una canción de Beyoncé como preludio a su entrada en el aula para capturar la atención de sus alumnos.

El docente se ve obligado a simplificar porque los chavales no son proclives a abstraer. ¿Por qué? Porque falta fuerza bruta. El nivel de pensamiento abstracto necesario para superar una carrera universitaria es realmente elevado, pero sobre el papel. En la realidad –especialmente ahora, gracias a Bolonia—basta hacer unos cuantos trabajos que serán supervisados, mediante algo llamado evaluación continua, por un profesor que morirá de asfixia aplastado por toneladas de papel. ¿Quién ha sido capaz de pensar en algo así? ¿Cuál es la mente perversa que ha diseñado un sistema surrealista? ¿Por qué lo han aceptado los docentes? ¿Habrá alguna clase de complicidad?

Estaría bien que el director del estudio promovido por Caixa Catalunya hubiera considerado la posibilidad de valorar la capacidad intelectual de los padres e hijos participantes. De haberlo hecho, este sería el resultado: una vez se descuenta la semejanza intelectual entre padres e hijos (algo que se puede valorar fácilmente con un test de inteligencia de 10 minutos de duración) el nivel de estudios de los primeros es irrelevante para comprender por qué algunos jóvenes alcanzan un mayor nivel educativo que otros. Por cierto, ¿adivinan en qué regiones geográficas de la península ibérica es menor el CI?

Sé que esta clase de argumento no es del gusto de algunas personas preocupadas, honestamente, por la educación. Pero yo también estoy preocupado, y, personalmente, prefiero conocer la verdad para encontrar remedios que puedan funcionar, antes que revolcarme en la ignorancia, a conciencia, para ahorrarme el acoso de los medios de comunicación y demás familia. Es esta la familia que es relevante y no la de los chavales. Los medios han logrado amordazarnos. Siempre, claro está, que no estemos dispuestos a colaborar con la causa que ellos consideran justa. En tal caso nos extienden la alfombra roja. Alguien debería pedirles responsabilidades a esos censores de la palabra y también del pensamiento. Pero esos ‘alguien’ están corrigiendo trabajos de clase.

martes 22 de septiembre de 2009

Respuesta a la Pregunta 45

¿Por qué se siente vergüenza?

Algunos no la sienten, ese es un hecho conocido (“eres un sinvergüenza” o “tienes más cara que espalda” son algunos ejemplos de declaraciones populares que lo reconocen) pero una buena parte de los habitantes del mundo civilizado experimentan, de vez en cuando, los síntomas calificados como ‘vergüenza’.

Imaginemos que estamos cenando con nuestra pareja, su padre y su abuelo, en un restaurante de la zona centro de la capital de España. Son personas con las que nos sentimos como en casa. Estamos distendidos y charlamos por los codos. Narramos, con detalle, las peripecias de nuestro reciente viaje a Tailandia. Pero, de repente, se nos acerca un camarero y nos susurra al oído que hemos ganado un bono para comer gratuitamente, una vez al mes, durante los próximos tres años, siempre que aceptemos una pequeña condición.

Resulta que el requisito para hacerse con el premio es leer, ante los presentes en el restaurante, un poema de Quevedo. Además, nuestra actuación estelar será grabada y retransmitida posteriormente por Telemadrid. Pedimos un poco de tiempo para decidir y se nos concede graciosamente.

La elocuencia que tuvimos hasta ese momento en presencia de los comensales, conocidos, decae peligrosamente. Nos hablan, pero no escuchamos. Nuestro corazón –si, ese dichoso órgano que parece tener vida propia—comienza palpitar dos tercios por encima de lo habitual y percibimos un intenso calor en las mejillas –preguntándonos por qué demonios habrán bajado el aire acondicionado. Buscamos el vaso para beber agua, o lo que se tercie, pero se nos resbala por el sudor que estamos produciendo con tal intensidad que llegamos a preguntarnos si reside en nuestro interior el mismísimo lago Victoria. Nuestro ánimo se encuentra profundamente turbado y presentamos los síntomas habituales. Nos asalta, despiadadamente, una vergüenza atroz. Nos vemos incapaces de ponernos delante de ese público cautivo a proclamar aquello de que “ayer se fue; mañana no ha llegado; hoy se está yendo sin parar un punto: soy un fue, y un será, y un es cansado”. Y eso a pesar de que la recompensa nos seduce muy, pero que muy poderosamente --glotón eres y en glotón te convertirás.

Por supuesto, esta es una clase de vergüenza, pero hay otras.

Podemos, también, sentir vergüenza por cosas que hicimos en el pasado. A menudo basta que nos recuerden situaciones embarazosas en las que estuvimos implicados, para que se puedan reproducir, incluso, los síntomas físicos que la acompañaron: “¿te acuerdas de cuando llamaste ‘mamá’ a Rodrigo?” Así dicho no parece especialmente relevante, claro, pero resulta que el tal Rodrigo era el cura que celebró la misa el día de tu boda. Cuando te preguntó “¿quieres a Rocío como tu legítima esposa?” tu respondiste “si, mamá”.

Como es bastante predecible, la iglesia se inundó con la carcajada unánime de los 250 invitados al evento, tu deseaste tele-trasportarte de modo inmediato a una galaxia muy, muy lejana, el párroco quería unirse a ti en tu viaje inter-estelar para poder reír a gusto y el maxilar inferior de tu futura esposa reposaba inerte en el suelo mientras las damas de compañía intentaban, en vano, devolverlo a su lugar habitual.

Es natural que haya algunas personas más vergonzosas que otras. Si hubieras tenido más ‘espíritu deportivo’, entonces seguramente te habrías unido a los presentes en la ceremonia, en lugar de reabsorberte como un caracol.

¿Por qué fuimos incapaces de lanzarnos al ruedo y leer el dichoso poema de Don Francisco, o para el caso, de reírnos de nuestra mala pata nada menos que el día más feliz de nuestras vidas –según dicen? Porque ‘somos’ vergonzosos, lo que significa que nuestro ánimo se turba, con facilidad, ante las inclemencias sociales. Esta clase de alteración se encuentra bastante relacionada con una característica de personalidad que compartimos con algunos miembros del reino animal. ¿Cuál? Los psicólogos solemos denominarla ‘neuroticismo’ o, en palabras menos malsonantes, ‘inestabilidad emocional”.

Por lo que sabemos hasta ahora, las diferencias que nos separan en esa inestabilidad emocional se encuentran fuertemente ancladas en nuestra biología. Nuestros sistemas nerviosos poseen características generales similares, pero el modo en el que se materializa en cada uno de nosotros varía. Y esas variaciones están detrás de que yo me ponga como un tomate cuando me encuentro en situaciones que considero perturbadoras, mientras que mi amigo Carrasco las considera un estimulante reto. Nada que una buena dosis de diazepam no pueda combatir, al menos temporalmente.

lunes 21 de septiembre de 2009

CASTRACIÓN (QUÍMICA)

Como es usual, mis compatriotas autonómicos son los primeros en proponer actuaciones novedosas para combatir la delincuencia.

En Cataluña se están planteando inhibir los impulsos sexuales de los violadores reincidentes mediante productos farmacológicos. Hay unos 40 candidatos que voluntariamente serían medicados, en caso de que prospere la medida.

La actuación se pretende aplicar también a pedófilos reincidentes y a sádicos en general, no solamente sexuales.

La cosa está que arde ya que se pretende crear un centro especializado en todo el territorio catalán, no solamente en la capital.

Ya se anuncia que someterse al tratamiento no supondrá beneficios penitenciarios, pero entonces ¿para qué se quiere aplicar entonces?

Leyendo con atención las noticias sobre esta cuestión, se puede averiguar que el tratamiento se iniciará poco antes de que el preso tenga que salir de la prisión. Por tanto, se da por hecho que el delincuente, una vez en libertad, seguirá tomando Prozac, y otros medicamentos, para evitar su irrefrenable impulso.

Es difícil hacer una valoración sobre esta medida. Hay precedentes, no obstante, que resultan por lo menos inquietantes. Existen casos clásicos en criminología de violadores que han usado dispositivos ajenos a su propio cuerpo para dar continuidad a sus fechorías, trágicas para un sector de la ciudadanía. Se supone que estos medicamentos inhiben los mecanismos cerebrales que están detrás de la conducta de estos delincuentes reincidentes y peligrosos, pero quizá pueda ser demasiado ingenuo aceptar que ingerirán las sustancias que deben cuando puedan no hacerlo. Son peligrosos, ¿no?

EL TEMPERAMENTO NO ES PLÁSTICO

En el último número (15 de septiembre de 2009) de la revista ‘Infocop-Online’, publicada por el Colegio Oficial de Psicólogos, se puede encontrar un artículo titulado ‘El temperamento infantil y la prevención”.

Confieso que cuando comencé a leer tuve una reconfortante sensación, pensando que, por fin, los psicólogos de mi país iban aceptando los hechos y se proponían, seriamente, trabajar a partir de ahí. Se decía que el niño “nace con un bagaje diferencial y característico” que, en su relación con el entorno, contribuye a configurar la personalidad adulta. Es más, se llegaba a declarar que las diferencias temperamentales valoradas en la infancia se relacionan con problemas de adaptación en la vida adulta. Hasta aquí todo en orden.

Sin embargo, la decepción no tardó en presentarse. La siguiente afirmación despertó mi perplejidad: “el hecho de que el temperamento sea modulable o plástico hace de él un constructo relevante para su consideración desde el ámbito de la prevención primaria y la intervención temprana”. ¿Qué significa esto? ¿Por qué parecemos estar obligados a decir lo que se quiere oir?

Se acabó la magia.

Sin embargo, un poco después se dice que “el adulto debe crear un clima familiar que reconozca el estilo temperamental del niño y fomente su adaptación”.

Vuelve la chispa.

De repente se afirma, sin tapujos, cosas como que un niño de temperamento complicado casa mal con un clima familiar inconsistente, o que unos padres estimulantes encajan con niños inhibidos pero desencajan con niños que espontáneamente buscan estímulos a su alrededor, es decir, que son buscadores de sensaciones.

Se acepta ahora que no hay recetas generales para criar a los niños del modo más apropiado posible, sino que la clave reside en encajar las piezas de las dos partes contratantes: los padres y sus retoños. Los segundos no son tan plásticos como se pensaba, así que si los primeros persiguen una serie de objetivos educativos, harán bien en sintonizar con la melodía al peque.

El temperamento no es plástico, conviene repetirlo, sino que es el que es. Sin embargo, es posible mover las piezas sobre el tablero familiar para maximizar los componentes positivos del temperamento del niño y reducir los negativos. En la medida de lo posible, claro. Los milagros son cosas del pasado.

Hay, en el artículo que se comenta, una jerga que sería deseable evitar en una publicación de esta naturaleza. En lugar de informar al lector, se le disuade de la tarea de comprender el mensaje principal.

Es una excelente noticia, en cualquier caso, que la Comunidad de Madrid se haya tomado en serio esta perspectiva diferencial y vaya inyectando recursos para que los psicólogos, informados adecuadamente, puedan hacer el trabajo que se espera de ellos. Los padres pueden ser enseñados a comprender el temperamento de sus niños y se les puede ayudar también a aprender a interactuar con ellos de un modo competente.

Es una vieja idea propuesta –y desarrollada formalmente—por el psicólogo David Lykken. Aunque ahora parece que otros (Rothbart, Thomas, Chess, etc.) se la apropian, quizá sin comprender muy bien su esencia.

sábado 19 de septiembre de 2009

Respuesta a la Pregunta 44

¿De qué depende la felicidad?

Hace unos meses leí un trabajo en el que se comparaba a un elevado número de países en una serie de factores socioeconómicos. Algunos países son más ricos que otros, la calidad educativa de la que disfrutan sus ciudadanos es mayor, su renta media es más alta, el acceso a los medios de comunicación es más flexible y así sucesivamente. Generalmente esta serie de indicadores suele resumirse en un número que denota el llamado ‘desarrollo humano’. Los países pueden ordenarse según este número.

Entre las naciones con mayor desarrollo humano se encuentran Noruega, Islandia, Australia, Irlanda, Suecia, Canadá, Japón, Estados Unidos, Suiza, Holanda, Finlandia, Luxemburgo, Bélgica, Austria, Dinamarca, Francia, Italia, Reino Unido y España.

Ahora bien, una pregunta relevante, que precisamente ahora viene al caso, es si ese desarrollo humano se asocia a una mayor felicidad en los ciudadanos de ese país con respecto a aquellas naciones en las que el desarrollo es menor. Por lo que yo sé la respuesta es negativa, es decir, no existe un patrón consistente según el cual a mayor desarrollo humano más alto el grado de felicidad.

Hasta cierto punto, la sabiduría popular, a menudo erróneamente menospreciada por determinados intelectuales, recoge este hecho mediante el dicho de que ‘el dinero no hace la felicidad’. De hecho, con más frecuencia de la que podemos pensar, el dinero convierte a algunos individuos en seres profundamente desgraciados e infelices. ¿En cuántas ocasiones nos han llegado noticias de familias rotas a consecuencia de las fricciones producidas por el reparto de una herencia?

En consecuencia, no sería difícil concluir que una cosa es el desarrollo humano y la serie de factores sociales que contribuyen a él, y otra, bastante diferente, la felicidad con la que pasamos por la vida. Entonces, ¿de qué depende esta felicidad perseguida por todos y cada uno de nosotros con un entusiasmo que raya en la obsesión?

Depende de una quimera. Se supone que seremos capaces de identificar las sensaciones que acompañan a la felicidad, pero ¿cómo es eso posible? A menudo se define la felicidad como una sensación interna de satisfacción y alegría. Si eso fuera cierto, entonces estaríamos hablando de algo transitorio, esporádico. Ocasionalmente podemos estar satisfechos con algo que hemos hecho o nos ha sucedido, y también podemos estar alegres por diversos motivos, más o menos trascendentales. Pero será algo necesariamente temporal. No somos felices, sino que estamos felices.

La felicidad es un estado, no una condición. No hay personas felices e infelices, sino individuos que puede experimentar sensaciones que serían calificadas, de modo subjetivo, es decir, de manera personal y posiblemente intransferible (como el bono bus) de ‘felicidad’.

Eso si, la felicidad, así entendida, no es algo que proviene únicamente de las circunstancias, más o menos azarosas, con las que nos vamos topando. Nada de eso. Existe, también, un componente constitucional, es decir, hay personas que son más proclives que otras a sentirse ‘felices’ ante similares coyunturas. Hay personas más positivas que otras, individuos que tienden a ser menos exigentes, a quienes les basta la mínima satisfacción en sus vidas para sentirse alegres, y, por tanto, felices. También minimizan, con facilidad, los sinsabores, superando, rápidamente, los estados de ánimo que luchan contra la satisfacción que precede a la alegría.

¿Existe alguna fórmula para aproximarse con mayor frecuencia al estado de felicidad? Es decir, ¿de qué depende la felicidad? Primero, depende de uno mismo. Si se es muy exigente, difícilmente se vivirán estados de felicidad, por la sencilla razón de que nunca estaremos satisfechos. Segundo, depende de la suerte. Desgraciadamente no podemos elegir todas las situaciones que tienen el poder de modificar nuestro estado de ánimo, aunque algo se puede hacer para despistar aquellas circunstancias que sospechamos pueden influirnos negativamente. Evitar es sabio. Y, tercero, aunque tampoco resulta fácil, deberíamos procurar alejarnos de las personas que ven la vida a través de un cristal oscuro. Convendría que tuviéramos presente que las emociones son como la gripe, es decir, se contagian. Rodearnos de personas que nunca están satisfechas con nada, nos hará un flaco favor.

La felicidad, en última instancia, depende de lo que cada uno considere que esa sensación debe producir en nosotros. Encontrar satisfacción, con frecuencia, es relativamente sencillo si no se es demasiado exigente. A fin de cuentas, la vida es una comedia.

viernes 18 de septiembre de 2009

Respuesta a la Pregunta 43

¿Existe la crisis de los 40?

Naturalmente que existe. Puede que no se produzca exactamente a los 40, pero tampoco la pubertad llama a la puerta exactamente a los 11 años de edad en los adolescentes. Existe un rango que puede oscilar algo arriba o abajo, dependiendo del propio proceso madurativo de cada persona, pero existir, existe.

La vida de las personas pasa por distintos ciclos, algo que es de sobra conocido. Nacemos, somos criados por nuestros padres, vamos al colegio, luego al instituto y quizá a la universidad. Durante este periodo ganamos independencia, con lo que a cada año que pasa se nos va exigiendo, en mayor grado, que tomemos nuestras propias decisiones. Es un proceso inexorable. Y también duro.

Mientras residimos en el seno familiar, otros, generalmente nuestro padres, adoptan muchas decisiones por nosotros. Pero al llegar la pubertad se produce en nuestro interior una revolución hormonal que genera cambios físicos, y también, por supuesto, psicológicos. La naturaleza nos apremia para que busquemos nuestra propia identidad, lo que suele acarrear conflictos, de variado calado, a nuestro alrededor.

Pasado ese periodo, el torrente se va calmando, aunque todavía percibimos una corriente de cierta fuerza. Seguimos formándonos, si vamos a la universidad, o buscamos un lugar en el que ganarnos el pan, un trabajo, vaya. En cualquiera de los dos casos, vamos encontrando nuestro espacio personal en este mundo.

Con el tiempo, quizá, formamos nuestra propia familia, o simplemente, un hogar, que puede ser unipersonal o no. Es un momento en el apenas pensamos en el inevitable final y seguimos viéndonos más próximos a la juventud que a la madurez. Tenemos la sensación de ser inmunes a muchas de las cosas que preocupan a los mayores. No van con nosotros.

Sin embargo, el reloj, lo miremos o no, marca las horas, los días, los meses y los años. Como por arte de magia alcanzamos lo que, en promedio, se podría considerar el ecuador de nuestras vidas. Ese momento, por pura cronología, se sitúa alrededor de los 40 años de edad. Desde ese pináculo podemos mirar hacia atrás, por supuesto, pero el comienzo de nuestra andadura se vislumbra de modo más difuso, mientras que la segunda parte se ve ahora mucho más clara que poco antes. Es como su hubiéramos escalado una montaña, ahora estuviéramos en la cima y supiéramos que solo nos resta descender por el otro lado.

Sentir un cierto pánico al darnos cuenta de que una vez comencemos el descenso ya no podremos ver el otro lado, es algo lógico y normal. Algunas personas aceptan sin más ese hecho natural. Otras se limitan a tolerarla con mayor o menor elegancia. Las demás lo llevan francamente mal y se muestran inconsolables, al menos durante un cierto tiempo. Esa es la crisis de los 40, precisamente.

Quienes se resisten a aceptar la realidad de que han comenzado a descender la montaña, por el otro lado, pueden llegar a tomar decisiones drásticas en sus vidas con el ánimo de engañarse, de no ver lo que resulta inevitable –omitiré los ejemplos que son mundialmente famosos, es decir, universales. Absolutamente todos tenemos que hacer el mismo camino, por muy personalizado que éste pueda ser. No hay más remedio y cuanto más tiempo se tarde en aceptarlo, menos disfrutaremos de esa nueva visión, de esa segunda parte de nuestras vidas, que puede seguir siendo deliciosa, aunque seguramente diferente.

Por debajo del hecho asociado al barniz psicológico de la crisis de los 40 se encuentran también, igual que en la pubertad, determinados cambios hormonales. En el caso de las mujeres se aproxima la menopausia y en el de los varones, a pesar de que durante tiempo se había creído que nada cambiaba en ellos con respecto a esta cuestión, también se producen alteraciones, a menudo sustanciales.

Todas las fases de nuestras vidas son preciosas, valen su peso en oro, al menos para cada uno de nosotros, por lo que sería sabio aprender a disfrutar de ellas, en lugar de atormentarse pensando que cualquier tiempo pasado fue mejor y que, lo que está por venir, nunca superará a eso que fue. No es verdad. Regodeémonos en esa ruta descendente porque las vistas son estupendas y, por pura gravedad, debemos esforzarnos menos al caminar.

miércoles 16 de septiembre de 2009

La autoridad de los profesores en el aula

Según parece, la gota que colma el vaso se ha materializado. Hace tiempo que los profesores protestan por su escasa libertad de movimientos para controlar los accesos de indisciplina de sus alumnos. Ahora, la Presidenta de la Comunidad de Madrid, parece decidida a actuar con mano resolutiva, a petición popular (no de su partido, sino de la gente de la calle, según se dice).

Como es usual, este cambio se hará a golpe de ley, la Ley de Autoridad del Profesor. A través de ella se le otorga al profesor la condición de autoridad pública. En otras palabras, se blinda antes las variadas coyunturas que se le puedan presentar.

Algunas de las consecuencias de esta ley son que su palabra será más confiable, por definición, que la de un alumno, y, además, un intento de agresión hacia él será considerado como un delito. En una palabra, el profesor gana autoridad dentro del aula. Los problemas que se produzcan en las clases podrán dirigirse al juzgado. En caso de ser condenado, el chaval –o chavala—podría terminar encerrado, de 1 a 4 años, en alguna clase de correccional.

Los padres de los alumnos deberán aceptar el cambio, firmando expresamente un escrito de consentimiento. Tal actuación les obligará a aceptar lo que pueda suceder en un futuro a partir de la aplicación de esta ley.

Mi opinión sobre este eventual cambio es desfavorable. Considero innecesaria esta ley, al igual que muchas otras, por descontado. El afán por regularlo todo terminará con nuestra libertad de movimientos. Consentir estas actuaciones políticas nos perjudicará, más temprano que tarde. Curiosamente lo aceptamos sin rechistar –preveo que los padres firmarán religiosamente, aunque no vayan a la iglesia, sin pensárselo dos veces.

¿No será mejor preguntarse por qué se produce ese supuesto desorden en las aulas?
¿Es el problema realmente tan acuciante como para que sea precisa una ley?
¿No sería bueno saber qué piensan los chavales de todo esto?
¿Alguien las ha escuchado?
¿Se han tomado siquiera la molestia de preguntarles?

Respuesta a la Pregunta 42

¿Por qué hago cosas que realmente no quiero hacer?

Hay muchas razones que pueden estar detrás, por lo que realmente serían necesarias varias respuestas para esta pregunta. Por otro lado, quizá haya que subrayar la palabra ‘realmente’ dada su relevancia en este contexto.

Puede parecer que algunas personas tienen las cosas meridianamente claras, apenas tienen dudas sobre lo que deben o desean hacer y lo que no. Esta clase de individuos se corresponden con quienes consideramos seguros de sí mismos o similar. Nos provocan admiración.

Sin embargo, a menudo la experiencia nos dicta que aquello que hacemos o dejamos de hacer suele resultar de un proceso de toma de decisiones en el casi nunca se han considerado todas las posibles variantes relevantes. Y esto vale también para quienes actúan como si lo hubieran hecho.

Puesto que hay factores que se han dejado a un lado al adoptar una determinada decisión antes de actuar, es natural que, poco después, dudemos sobre si habremos hecho lo correcto o no.

Para complicar todavía más la coyuntura, al proceso racional de llegar a una decisión debe añadírsele el ingrediente emocional. En un momento determinado de nuestras vidas podemos encontrarnos experimentando una sensación de ‘bajón’, como suele decirse coloquialmente. O, en palabras algo más técnicas, nuestro estado de ánimo se corresponde con la tristeza y la desesperanza.

Una misma situación bajo determinado estado de ánimo será interpretada, posiblemente, de modo distinto a si ese estado fuese otro. Un ejemplo bastante típico es la decisión de dejar una relación sentimental.

Una mujer decide expresarle a su pareja el deseo de abandonar la relación en la que llevan envueltos varios años. Tienen un encuentro en un terreno neutral –el restaurante en el que se conocieron, por ejemplo—y ella le explica, con lujo de detalles, las razones que están detrás de su decisión. Dolorosamente la pareja acepta la situación, aunque, racionalmente le cuesta comprender los motivos puestos encima de la mesa.

Sin embargo, pasado algún tiempo esa misma mujer decide telefonear a su expareja para, con la más peregrina de las excusas, encontrarse, una vez más, en aquel famoso restaurante, cuando menos en su propia historia personal. Durante la cena cede a la tentación de tantearle sobre su vida actual, si sigue en su trabajo, si le va bien, y, yendo al grano, si ha rehecho su vida sentimental.

Descubre que la respuesta a la pregunta que realmente le interesaba es positiva. Su expareja ha encontrado a otra mujer, con la que convive y con la que ha encontrado la felicidad que también vivió con ella.

¿Qué pasó? Es difícil de decir, pero, desde luego, es fácil concluir que se trata de un ejemplo clásico de arrepentimiento. Hizo algo que, realmente, no quería hacer. ¿Por qué llegó a colocarse en esa situación de riesgo? ¿Por qué no esperó un poco de tiempo antes de pedirle a su pareja que aceptase la ruptura de su relación? Desde luego no es seguro, pero, probablemente, darse un poco más de tiempo hubiera permitido valorar las cosas bajo diferentes estados de ánimo, y, por tanto, más objetivamente.

Las emociones nublan nuestro juicio, lo que viene a significar que impiden que adoptemos las decisiones menos perjudiciales para nuestras vidas. Cuantos más factores se encuentren implicados, peores compañeras de viaje son las emociones y los sentimientos. Y la causa detrás de este hecho es fácil de ver: las emociones obligan a simplificar, porque ese es su modo de actuar. La razón es compleja, y, además, bastante imperfecta.

En consecuencia, mi recomendación, como psicólogo, para quienes se encuentren ante la duda de qué hacer en una determinada situación que consideren importante en sus vidas, es darse tiempo. Una decisión más sabia solamente será posible cuando pasemos los elementos relevantes de la situación por el matiz de distintos estados emocionales. Si seguimos pensando y sintiendo lo mismo cuando estamos tristes y alegres, entonces seguramente la decisión que adoptemos será la correcta, al menos para nosotros.

lunes 14 de septiembre de 2009

Respuesta a la Pregunta 41

¿Se puede adivinar cómo eres a partir de la forma de tu escritura?

No, no se puede. Siento ser categórico, pero las pruebas son concluyentes.

Hace tiempo, posiblemente dos o tres años, iba conduciendo por una carretera tranquila, regresando a mi domicilio tras una dura jornada laboral, cuando, accidentalmente, conecté el aparato de radio de mi vehículo.

Sintonicé una de mis emisoras favoritas por dos razones: (1) no hay publicidad y (2) se basa en una información lo más cruda posible, sin adornos ni sesudas opiniones, generalmente tendenciosas. Pero, para mi sorpresa, a los pocos minutos, en una sección dedicada a la Psicología, pude escuchar una serie concatenada de declaraciones sobre la grafología y su relación con la mente y la conducta humana.

Generalmente la grafología se define como una técnica proyectiva destinada a analizar la escritura de un individuo. Su objetivo es describir su personalidad y su carácter, llegando incluso a referirse a su equilibrio mental y fisiológico, sus emociones, su inteligencia y su vocación profesional.

Vayamos por partes.

Es una técnica proyectiva porque se presupone que la forma en la que una persona escriba, ‘proyecta’ características esenciales sobre su mente. El profesional de la grafología se encuentra supuestamente preparado para extraer la información relevante de la forma de las palabras escritas por la persona, para poder establecer un diagnóstico sin ningún pudor, sin tan siquiera preguntarle absolutamente nada. Ese diagnóstico incluye nada menos que su personalidad o su inteligencia.

A la Psicología científica le ha costado bastante tiempo y mucho esfuerzo encontrar modos objetivos de evaluar la inteligencia de una persona y, con respecto a la personalidad, todavía no se ha logrado a completa satisfacción. Para medir la inteligencia de una persona se usan sofisticados dispositivos que requieren un entrenamiento bastante exhaustivo del profesional. La aplicación de tales instrumentos es compleja y el método para obtener las puntuaciones que luego se usarán para hacer una interpretación también requiere bastante pericia y entrenamiento.

¿Por qué decimos que se puede medir ‘objetivamente’ la inteligencia de una persona? Muy sencillo: porque dos o más profesionales llegarán a similares conclusiones cuando evalúen, independientemente, a la misma persona. En pocas palabras, podríamos fiarnos del resultado alcanzado en esa evaluación. En el caso de la personalidad sucede algo parecido, siempre que el profesional use un instrumento estandarizado.

Si la grafología fuese un instrumento de cuyos resultados pudiéramos ‘fiarnos’, entonces debería suceder algo similar a lo que acabamos de decir con respecto a la evaluación que se puede hacer con los instrumentos de medición con los que cuenta, en la actualidad, la Psicología científica para el caso de la inteligencia o la personalidad. ¿Es así?

No, no es así. Si presentamos una página repleta de letras escritas por una misma persona a tres grafólogos distintos, las conclusiones que extraiga cada uno de ellos sobre esa misma persona serán bastante diferentes. Por lo tanto, no parece sensato fiarse de lo que se pueda decir a partir de la forma en la que escribimos.

Esto, que no tendría porque dejar de ser una anécdota sin mayor trascendencia, puede poseer, sin embargo, importantes repercusiones sobre la vida de algunas personas. Y voy a poner solamente un ejemplo, en pos de la brevedad.

¿Les parecería razonable, o, mejor dicho, justo, que se decidiese qué candidato a un trabajo está mejor preparado a partir de la forma en la que escribe? Y no me refiero a si usa un lenguaje más o menos sofisticado, sino, literalmente, a la ‘forma en la que escribe’.

Pues bien, en el programa de radio al que me refería al principio, se despachaban a gusto glosando las excelencias de la grafología para algo tan serio para la vida de las personas como la selección de personal. Si alguien puede decidir, a partir de esa información tan arbitraria, quién será contratado y quién no, entonces es que la sociedad todavía no está madura y sigue ignorando, desgraciadamente, una de las contribuciones más importantes de la Psicología científica a la justicia y la imparcialidad en esa clase de procesos, dolorosos, pero especialmente cruciales para las personas implicadas.

sábado 12 de septiembre de 2009

Respuesta a la Pregunta 40

¿Se puede analizar los sueños?

Está es, casi con seguridad, una de las preguntas que más interesa a quienes carecen de conocimientos sobre la Psicología de la actualidad. Salvo dentro del círculo, generalmente no académico, del psicoanálisis, los psicólogos de hoy en día no están en absoluto interesados en el mundo de los llamados ‘sueños’.

El intelectual que hizo saltar a la fama, en el mundo entero, el problema de los sueños y su significado, fue el médico vienés Sigmund Freud. No es difícil que mucha gente sea capaz de recordar incluso su aspecto físico, puesto que ha sido motivo recurrente en varios frentes culturales. En nuestro país, por ejemplo, el genial Salvador Dalí se inspiró en sus ideas para crear una parte de su obra. Otro gran artista, Woody Allen, estuvo obsesionado, durante bastantes largometrajes de su dilatada trayectoria, con las malas pasadas que nos juega el inconsciente, del que Freud nos hizo tomar conciencia.

En resumidas cuentas, lo que el doctor austriaco propuso es que nuestra vida consciente se encarga de que el océano del inconsciente nos resulte desconocido, hasta el punto de ignorar su existencia. Queremos desear determinadas cosas, pero si, por ejemplo, son culturalmente reprobables, entonces activaremos mecanismos de represión que aplacarán el impulso, quedando ese deseo relegado en lo más profundo del inconsciente.

Pero la represión no posee la misma fuerza cuando dormimos. En ese estado, la conciencia no puede controlar la vertiginosa actividad que tiene lugar por debajo de la superficie. Los sueños son un medio a través del que se revela los contenidos de esa parte de nuestra mente, de lo que está más allá de lo evidente.

Deseamos acostarnos con la mujer de nuestro vecino –y que conste que es solamente un ejemplo—pero sabemos que eso no es legítimo, así que el deseo se reprime. No obstante, esa represión no vale para que dejemos de desear meternos en la cama con ella. Conscientemente hasta podemos llegar a convencernos, sin darnos cuenta, de que, en realidad, ni siquiera nos gusta. Pero cuando caemos presa de Morfeo, la cosa cambia y viajamos con ella a una cabaña sobre un mar azulado en Bora Bora. La situación es ideal para consumar un acto memorable, pero, sin saber muy bien por qué, nos despertamos repentinamente y a los pocos minutos hemos olvidado qué estábamos soñando. La conciencia ha vuelto a tomar las riendas de nuestra vida y las aguas –menos azules que en la Polinesia—vuelven a su cauce.

Al menos esta es la versión oficial de Freud y los psicoanalistas. Pero hace tiempo que los científicos discrepan de esta manera de ver a los sueños. No cabe duda de que soñamos. Algunos recuerdan mejor que otros su contenido, pero todos nosotros soñamos. Sin embargo, que lo que se sueña posea algún significado real y que, por tanto, se pueda interpretar, es algo francamente dudoso. Quizá, al cabo del tiempo, debamos darles la razón a los psicoanalistas, pero, hoy por hoy, la mayor parte de la comunidad científica se decanta por pensar que los sueños son, simplemente, imágenes y escenas, por muy elaboradas que estás puedan parecer, producidas espontáneamente por nuestro cerebro en ese periodo de descanso para el resto del organismo.

Pero ¿cómo es posible que la explicación de los sueños sea algo tan simple cuando, ante un jurado, llegaríamos a declarar, por lo más sagrado, que las cosas que soñamos son verdaderamente elaboradas? Si fuésemos francos deberíamos admitir que es complicado separar lo que realmente soñamos de lo que creemos haber soñado. Admitiremos que cuando soñamos no poseemos conciencia, y, por lo tanto, deberemos aceptar que, en el periodo de transición que hay entre que estamos dormidos y nos despertamos, podemos haber unido, estratégicamente, las piezas e imágenes dispersas que produjo nuestro cerebro, para encontrar coherencia donde, en realidad, no la hay. De ahí que a bastantes de nuestros sueños no le encontremos ni pies ni cabeza con relativa frecuencia.

Personalmente no soy partidario de darle más vueltas al asunto. Por muy fascinante que pueda resultar una conversación con alguien que dice ser capaz de interpretar nuestros sueños, e incluso que existan vínculos entre ciertos símbolos y un significado muy concreto (p.e. volar se asocia al sexo) me inclino hacia la ciencia establecida. Reconociendo que podamos estar en un error, las pruebas de que los sueños posean algún significado que se pueda interpretar no son concluyentes.

Hasta el gran Pedro Calderón de la Barca concuerda con esta valoración:

Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

Y él no fue científico…

viernes 11 de septiembre de 2009

Cerebro, palabras, espacio personal e hiperactividad

Los científicos no dejan de extraer información sobre el órgano de los órganos, es decir, el cerebro. Veamos tres interesantes ejemplos recientes.

1.- ¿Es igual la gestión que hace el cerebro humano de la palabras conocidas desde hace tiempo que el modo en el que trata las palabras que hemos conocido recientemente?

Así de entrada parece que la respuesta más probable es SI. ¿Por qué debería ser diferente?

Un estudio hecho por equipos de Finlandia, Canadá y China, usando magneto-encefalografía (MEG) revela que, en efecto, ambos tipos de palabras son tratadas por las mismas redes de neuronas, situadas, principalmente, en el lóbulo temporal izquierdo y en el lóbulo frontal.

2.- Científicos del CalTech –el equivalente al MIT, pero en la costa Oeste de los Estados Unidos—han propuesto, recientemente, que una estructura cerebral denominada amígdala (formada por dos regiones con forma de almendra y situadas en los lóbulos temporales) nos pone alerta cuando alguien, desconocido, se nos aproxima.

Si la amigdala está lesionada, como sucede en algunos pacientes, se ignoran las reglas, no escritas, del respeto del espacio personal.

En el proyecto del CalTech se estudió a 20 voluntarios y se tuvo en cuenta su edad, sexo, educación y origen cultural. Se les pidió que caminasen hacia uno de los científicos y que se detuviesen cuando se sintieran cómodos. Midieron las distancias elegidas por cada uno, observándose que la media estaba en 64 centímetros. Sin embargo, una paciente con la amígdala lesionada se paraba a los 34 centímetros.

En la segunda fase del estudio se valoró la activación de la amígdala en un grupo de personas sin lesiones cuando alguien superaba esa distancia de 64 centímetros, esa esfera virtual que delimita el espacio personal. Los niveles de activación de la amígdala se disparaban…

3.- En un ambicioso estudio se ha observado que los bajos niveles de dopamina (un neurotransmisor que contribuye a la activación) pudieran estar vinculados al trastorno de hiperactividad (si hay un nivel escaso, entonces el organismo experimenta un bajo tono vital que debe compensar conductualmente para alcanzar un perseguido y necesario estado de alerta; de ahí la conducta del individuo hiperactivo).

En este trabajo se usó una conocida técnica de neuroimagen, la tomografía por emisión de positrones o PET—para valorar algunos de los marcadores sinápticos de la dopamina --transmisores y receptores D2/D3-- en más de cincuenta personas adultas diagnosticadas con el trastorno y en más de 40 personas de control, es decir, sin el trastorno.

Los resultados indicaron que existe una menor disponibilidad de receptores D2/D3 y transmisores de dopamina en las personas con el trastorno en el accumbens (estructura cerebral asociada a las sensaciones de recompensa, así como a la risa, el placer, el miedo o las conductas adictivas) y el cerebro medio. Se supone que ambas zonas cerebrales se vinculan, en términos generales, a la motivación y las señales de recompensa.

Es interesante destacar que la presencia de este trastorno conlleva, entre otras cosas, que la persona prefiere pequeñas recompensas a corto plazo antes que mayores refuerzos a más largo plazo. Este mecanismo psicológico básico se ha vinculado a la delincuencia o al consumo de sustancias psicotrópicas.

El uso de medicamentos estimulantes, que promueven la producción y circulación de la dopamina, mejora el rendimiento cognitivo de los pacientes y reduce, en general, la sintomatología asociada al déficit de atención y la hiperactividad.

Y las investigaciones siguen y siguen esperando alguna clase de orden…

Ciencia en el aula, innovación y recortes en la investigación

Los científicos están preocupados por que la ciencia no les resulta atractiva a los jóvenes que asisten al instituto de secundaria. Excelente noticia.

Están atribulados por el descenso dramático en el número de jóvenes que decide matricularse en una carrera de ciencias.

En la UE se está preparando un programa para que los chavales aprendan a valorar el nivel de excitación y realización personal al que conduce la investigación científica. La manera de intentar lograrlo pasa por convertir la enseñanza de la ciencia en un proceso de investigación científica en el aula. Algo así como que los chicos se pongan manos a la obra.

Pero las perspectivas son limitadas, ya que no es igual un aula que un laboratorio. Ni lo es, ni puede serlo. Un problema añadido es que los profesores de secundaria no son científicos, ni, generalmente, han hecho ciencia jamás.

Veinte estados de la UE están detrás de este esfuerzo canalizado por una asociación. Una de sus principales metas es enseñar a los profesores a que usen ejemplos concretos en el aula para, se supone, cautivar a los chicos.

No suena demasiado bien. La ciencia posee un elevado componente de pensamiento abstracto, así que preveo difícil aunar este requisito con un uso florido de ejemplos concretos. Pero seamos positivos.

Una segunda estrategia consiste en llevar científicos a las aulas. Esta opción me parece bastante más prometedora. Si es que se logra captar a quienes realmente merecen la pena.

La UE también está preocupada por el mantenimiento de los esfuerzos en innovación científica y tecnológica. En un reciente informe se destaca que los países más innovadores de la unión comparten algunas señas de identidad: (a) invierten por encima de la media en educación, formación y aprendizaje a largo plazo, (b) poseen el porcentaje más elevado de inversión en I+D de su PIB y (c) disfrutan de apoyos explícitos para promover el uso de nuevas tecnologías en los sectores público y privado. Algunos de estos países también han establecido beneficios fiscales reales para las empresas privadas que inviertan en investigación y desarrollo.

En el momento presente existen algunas fuentes de financiación comunitaria para la investigación. Por ejemplo, el Septimo Programa Marco, con un presupuesto de 54.000 millones de euros, el Programa para la Innovación y la Competitividad o la Política de Cohesión.

El Espacio Europeo de Investigacion (EEI), las Iniciativas Tecnológicas Conjuntas (ITC) y el Instituto Europeo de Investigacion y Tecnologia (EIT) se supone que también están contribuyendo a mejorar los vínculos entre los investigadores de distintos países y las universidades, la empresa y la industria.

Sin embargo, una gran lacra es que quienes están interesados en este tipo de iniciativas vinculadas a los fondos comunitarios disponibles para apoyar actividades de investigación e innovación, desisten cuando se encuentran con la temida burocracia. No hay más remedio que simplificar y agilizar los procedimientos para que el sistema pueda funcionar como cabe esperar.

Finalmente, dicho lo anterior, no resulta demasiado alentadora la noticia de que se vislumbran relevantes recortes en la inversión en ciencia e innovación en España. Nuestro gobierno anuncia un recorte próximo al 40% del capital dirigido a financiar los programas de I+D+i. También afectará a las becas y los contratos de investigadores. Este preocupante dato encaja bastante mal con el objetivo de movernos hacia una deseable sociedad del conocimiento.

Si no reaccionamos a tiempo, nuestro país volverá a rezagarse, en una carrera en la que, poco a poco, nos vamos situando en mejores posiciones a cada día que pasa.

Espero y deseo que nuestro Presidente recapacite y que no le tiemble el pulso para mantener, e incluso incrementar, su confianza en el hecho de que los científicos de este país pueden hacer grandes cosas para mejorar nuestras vidas dentro de nuestras fronteras, pero también para estimular nuestra escalada en el mundo, tal y como, posiblemente, o al menos eso creo, nos corresponde. Tenemos mucho que decir, pero es preciso que se nos pueda oír.

lunes 7 de septiembre de 2009

¿Un paso adelante? Los genes y el Alzheimer

Once países (entre ellos España, con equipos del Hospital Marqués de Valdecilla de Santander y del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa de la Universidad Autónoma de Madrid) han colaborado en un enorme proyecto destinado a recoger muestras de ADN en treinta mil personas (los proyectos asociados han sido dirigidos por los franceses y los británicos).

Este elevado número de personas es necesario para detectar el reducido efecto de cada uno de los genes potencialmente implicados. Encontrar esos genes se parece a aquello de la aguja en el pajar. Por cuestiones de estadística elemental, detectar efectos reducidos exige considerar un extraordinariamente elevado número de personas.

De este colosal estudio se desprende que puede haber tres genes (CLU, CR1 y PICALM) asociados a –o detrás de—la enfermedad de Alzheimer (AD), además del ya confirmado hace tiempo, el famoso APOE (cuyo efecto es sustancialmente más poderoso).

Se supone que este hallazgo puede contribuir al diagnóstico y el tratamiento de la AD. Pero, como es usual en el campo de la genética molecular, no se sabe todavía de qué modo.

Se sospecha que CLU y CR1 están implicados en la formación de las placas generalmente asociadas a la AD. PICLAM, en cambio, parece estar envuelto en las sinapsis o conexiones neuronales.

Los datos recopilados permitirán analizar muestras de tejido en pacientes, pero también de personas normales que quieran conocer su riesgo. En ambos casos se buscarán medidas terapéuticas o preventivas, pero ¿cuáles?

Mi impresión personal es que la investigación en genética molecular confía demasiado en el poder de los genes para ayudarnos a comprender la AD. Pero, como muestra el estudio de las monjas, que se olvida con frecuencia –y que se encuentra reseñado en este mismo blogla biología es necesaria, pero no suficiente, desde luego, para comprender el efecto diferencial de la AD sobre distintos individuos.

No todo está en los genes.

domingo 6 de septiembre de 2009

Respuesta a la Pregunta 39

¿Por qué se nos olvidan las cosas? ¿Nos inventamos los recuerdos?

Quizá en 1900 no fuese preciso recordar demasiadas cosas. En pleno siglo XXI es absolutamente vital, para nuestra salud mental, saber olvidar y hacerlo sin contemplaciones. Se nos olvidan algunas cosas porque debe ser así.

No son pocas las personas que acuden al psicólogo –o que preguntan a algún amigo que, además, es psicólogo—alegando enormes e insalvables problemas de memoria. Dicen que, de un tiempo a esta parte, no recuerdan cosas que antes rescataban con facilidad de su almacén de memoria: dónde pusieron las llaves, dónde se situaba el Vaticano con respecto al Coliseo o si han leído la segunda parte del capítulo doce de la novela a la que se encuentran enganchados –tranquilos, no es de Dan Brown.

Esta clase de olvidos no revisten la menor importancia. Sin embargo, la población de personas mayores está creciendo rápidamente. La media de edad es cada vez más elevada, lo que produce una manifestación creciente de deterioros. Uno de los principales dramas de quienes comienzan a padecer, a edad avanzada, alguna clase de demencia, es la pérdida de sus recuerdos. En gran medida, uno es lo que recuerda que es. Cuando eso falla, la identidad se difumina produciendo un extraordinario dolor psicológico.

Es natural, por tanto, que a la gente le preocupe olvidarse de sus cosas. Es perfectamente consciente de que, sin los recuerdos, su mundo se vendría abajo. No poder recordar la primera vez que nos besaron, el saludable aspecto de nuestra hija al nacer o el día en el que recibimos el reconocimiento por nuestra trayectoria laboral, se convertiría en una auténtica pesadilla. Tendríamos la certeza de que nuestro paso por este mundo habría sido un sin sentido.

Es fácil caer en el error de pensar que recordar es algo que sucede o no sucede, es decir, podemos estar tentados a suponer, incorrectamente, que olvidar o recordar obedece a mecanismos en los que somos pasivos. Nada de eso. Recordar, y, por tanto, también olvidar, es un proceso activo. Nosotros contamos.

Antes dijimos que olvidar es necesario para no terminar inundados de información. No poder dejar de memorizar y recordar es, quizá, una pesadilla aún más intensa que la de olvidarse de determinadas cosas. Es apropiado, ahora, recordar un fragmento de un famoso relato del gran Jorge Luis Borges, ‘Funes el memorioso’: “más recuerdos tengo yo sólo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo. Mis sueños son como la vigilia de ustedes. Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras”.

Para que podamos ser eficientes, nuestros recuerdos deben estar organizados. Si intentamos encontrar un libro en una biblioteca desorganizada, tendremos muchos más problemas que si nos hemos tomado la molestia de buscar y encontrar alguna clase de orden que, llegado el momento, podamos usar para ir directos al grano. De hecho, en el primer caso puede darse la circunstancia de que (a) extraviemos el preciado texto o (b) pensemos que lo poseemos pero que, en realidad, nunca haya formado parte de nuestros fondos. Esta segunda posibilidad nos conecta con el fascinante mundo de la invención de los recuerdos.

Nuestro cerebro es un órgano especializado en encontrar sentido, sea como sea, a las más variadas situaciones y circunstancias. Por lo tanto, con tal de encajar las piezas, hará lo posible para convencernos de que algo que nunca existió realmente tuvo lugar. Si ese recuerdo inventado contribuye a darle sentido a una historia, el cerebro nos hará creer que fue real haciendo uso de las más sofisticadas artimañas.

La experiencia nos demuestra que olvidamos y que recordamos en falso. Ambos fenómenos están relacionados con el hecho de que el modo en el que está montado nuestro sistema de memoria es realmente peculiar. No es, desde luego, como una biblioteca. Nunca encontraremos un libro en nuestra biblioteca mental, sencillamente porque ese libro no existe. Cuando recordamos, construimos el texto que compone los volúmenes de nuestra vida pasada. A día de hoy no sabemos cómo se lleva a cabo exactamente este proceso, pero estamos casi seguros de que es así. De ahí que no sea difícil comprender por qué se pueden inventar determinados trazos de la historia.

La mejor estrategia para no olvidar y para recordar los hechos es practicar. Algunos piensan que recordar la filmografía de un director, los ingredientes de la comida tailandesa o los ríos de Canadá, por simple diversión, es estúpido. Háganme caso: no lo es. Por el contrario, es muy inteligente...

sábado 5 de septiembre de 2009

Un replicante del cerebro humano en 10 años

Algunos científicos se han animado, recientemente, a declarar que de aquí a 10 años sería posible disponer de una réplica del cerebro humano. El único problema es que no se posee, todavía, la financiación necesaria para llevar a cabo tan ambicioso proyecto.

El objetivo es complejo, ya que el cerebro contiene trillones de sinapsis, billones de neuronas, millones de proteínas y miles de genes. Pero, por muy elevados que sean, esos números son finitos. En la actualidad, los robots pueden rastrear un determinado entorno decenas de miles de veces más rápido que los humanos. Eso nos da una idea de lo que un ordenador puede hacer dirigido apropiadamente.

Un segundo escollo para alcanzar la meta es que, después de 100 años de investigación en neurociencia, se dispone de muchos datos, pero fragmentados. No existe un modelo al que atenerse, pero sería realmente interesante poder algún marco de referencia que guiase la investigación, aunque se demostrase al final que era impreciso o incluso incorrecto.

El mayor reto consiste en comprender cómo se transforman los patrones electro-químicos del cerebro en nuestra percepción de la realidad. Sabemos que no vemos con los ojos, sino con el cerebro. Por tanto, la clave reside en él.

Es preciso comprender cómo se comportan los circuitos del cerebro. Se han construido algunos modelos a pequeña escala y eso es precisamente lo que permite predecir que se pueda hacer a una escala mucho mayor.

Realmente el cerebro utiliza reglas relativamente sencillas para enfrentarse a situaciones complejas. Lejos de ser incomprensible, el diseño gracias al que se conectan billones de neuronas es simple.

Un superordenador sería capaz de albergar el diseño de un cerebro humano. Una vez alcanzado ese objetivo será posible comprender sus fallos. Los resultados de esta clase de simulación podrían ser mucho más relevantes e informativos que, por ejemplo, la investigación con animales.

viernes 4 de septiembre de 2009

Respuesta a la Pregunta 38

¿Cómo puedo mejorar en mis estudios?

¿Es esta una pregunta únicamente para escolares de primaria, secundaria y universidad? En gran medida así es, pero no reduciremos la respuesta a esa población. Nos referiremos a cualquier persona que, por la razón que sea, debe estudiar, debe adquirir una serie de conocimientos hincando los codos, como suele decirse. Y, actualmente, no solamente deben hacerlo los chavales jóvenes.

En el mundo de la empresa la gente debe formarse casi constantemente. Hace algunos años se aprendía a desarrollar una actividad y ahí terminaba la cosa. Ahora no es así. Actualmente hay que reciclarse con relativa frecuencia y eso requiere estudiar, de una u otra manera. ¿Les suenan los seminarios o cursos de formación? ¿O el aprendizaje de una segunda lengua para promocionarse?

Recuerdo una anécdota de un familiar de edad que solía contarme cómo fueron sus comienzos en la universidad. Hablaba, con admiración, de un profesor de matemáticas, cuyo nombre omitiré. El curso duraba nueve meses, pero dedicaron el primer trimestre al problema de cómo estudiar matemáticas. Eso les permitió disfrutar plenamente de los siguientes seis meses y nadie, absolutamente nadie, consideró que esa primera parte del curso fue una pérdida de tiempo.

Ahora se ha puesto de moda eso de ‘enseñar competencias’. Reconozco que dediqué algunos meses a intentar comprender cuál es la lógica que está detrás de esa, en principio, buena idea. Pero tras golpearme repetidamente con el mismo muro, destilé una negativa valoración. El concepto de competencia es demasiado ambiguo para que se pueda sacar algo claro de esa moda. Será pasajera.

También han irrumpido con fuerza en el mundo del estudio las llamadas nuevas tecnologías –que ya van dejando de ser tan nuevas. Recientemente se publicaban en la prensa los resultados de un estudio masivo en el que se decía haber probado que quienes estudian a distancia usando ese tipo de tecnologías y combinan esa actividad con alguna clase en directo, obtienen mejores resultados que quienes únicamente van a clases regulares. Desconozco los detalles, pero desconfío.

Para bien o para mal he tenido bastantes oportunidades para pensar en problemas relacionados con los estudios y mis conclusiones no son especialmente positivas. Es un fenómeno natural el hecho de que la mitad de la población se sitúa por debajo de la media en algo que podríamos llamar ‘aptitud educativa’, o, lo que es lo mismo, en capacidad para aprender estudiando. Por lo tanto, una de cada dos personas que tratan de estudiar lo tiene francamente difícil, se use el método que se use –incluso nuevas tecnologías—para obtener un beneficio persistente.

La otra mitad de la población posee una aptitud educativa que puede permitirle obtener un beneficio de lo que estudia, pero, dentro de ese rango, existe también una extraordinaria variabilidad. Algunos aprenden con facilidad, mientras que otros deben esforzarse, y mucho. Unos pueden aprender casi por su cuenta, mientras que otros requieren bastante apoyo, ayuda y supervisión.

No es demasiado conocido pero, durante años, se han buscado métodos educativos encaminados a enfrentarse a esta variabilidad, de modo que se pudiera obtener el mayor beneficio posible a pesar de todo. Es decir, algunos psicólogos, desencantados de lo que podríamos llamar ‘romanticismo educativo’—la idea de que todo el mundo puede aprender lo que desee si se esfuerza lo suficiente—han procurado averiguar cuál es el método de enseñanza que incrementa el beneficio que pueden sacar las personas de sus estudios.

Ese esfuerzo titánico ha producido algunos resultados interesantes, pero no revolucionarios. No se puede evitar el fenómeno natural antes señalado –del que, por cierto, nadie es culpable—pero se puede intentar reducir su impacto. Por ejemplo, se ha podido comprobar que quienes poseen una menor aptitud educativa obtienen un mayor beneficio de sus estudios cuando se les dirige atentamente en el proceso de adquirir conocimientos, de aprender. Por contrario, aquellos que disfrutan de una mayor aptitud educativa lo hacen mejor cuando se les permite tomar sus propias decisiones, ir más a su aire, por decirlo de alguna manera–lo que no supone negligencia, cuidado.

En consecuencia, la manera más efectiva de mejorar en los estudios, de promover el aprendizaje, es conocer nuestras propias limitaciones –y también nuestras virtudes, por supuesto—procurando rodearnos de un ambiente educativo que se acople, lo mejor posible, a ellas. La autonomía no es positiva para todo el mundo, como tampoco lo es una estrecha supervisión. Huyamos de las recetas educativas, siempre que sea posible. No funcionan.

jueves 3 de septiembre de 2009

Respuesta a la Pregunta 37

¿Por qué hay gente más inteligente que otra? ¿Se puede mejorar la inteligencia?

Hay gente más y menos inteligente no porque los primeros se esfuercen más que los segundos en el colegio o porque sus padres hayan puesto un mayor empeño en su educación. Tampoco porque estén acostumbrados a leer mucho, debido a que resuelven crucigramas o a causa de la enorme cantidad de horas que dedican a jugar con la Nintendo.

Es indiscutible que los chavales más inteligentes lo hacen mejor en el colegio, leen mucho o se enfrentan a complicados retos que resuelven con pasmosa elegancia. Sin embargo, eso no les hace más inteligentes, sino que ya lo son de entrada.

Un familiar y doloroso ejemplo, cuando menos para algunos padres, es el relacionado con los hábitos de lectura de sus retoños. Leer amplia el vocabulario de los niños y facilita, de este modo, su acceso al necesario conocimiento sobre el mundo. Sin embargo, los mismos padres practicando las mismas estrategias para incitar la lectura en sus dos vástagos, se encuentran con que uno de ellos acepta la invitación a las primeras de cambio mientras que el segundo prefiere jugar con mecanos y rechaza, incluso agresivamente, abrir un libro, por muy entretenido que pueda ser.

¿A qué se debe esta diferencia? Muy sencillo: los dos chavales son distintos de entrada, poseen diferentes inclinaciones y talentos. Si usamos la terminología más apropiada para esta pregunta, deberíamos decir que las capacidades intelectuales de los dos niños están desigualmente distribuidas. El primero siente una atracción prácticamente espontánea hacia la lectura, porque sus capacidades intelectuales relacionadas con el lenguaje le facilitan la tarea, la convierten en algo agradable. El segundo posee, en cambio, unas capacidades intelectuales vinculadas a la esfera viso-espacial, lo que le permite disfrutar de la manipulación de objetos. Los padres ni pueden, ni, a mi juicio, deberían luchar contra esas tendencias naturales. Muy al contrario, deberían esforzarse por conocerlas y procurar adaptarse a ellas para facilitar el desarrollo intelectual de sus niños. Se aprende más y mejor disfrutando que sufriendo.

Pero, cuidado, si alguien es bueno con el lenguaje y se centra en eso, entonces descuidará las demás esferas de la inteligencia. Vale que disfrute especialmente de ese campo, pero los demás no deberían caer en el más profundo de los olvidos. El desarrollo requiere disciplina. Igual que en el caso del ejercicio físico, podemos odiar las flexiones y adorar el deporte aeróbico, pero sabemos que la tabla debe estar equilibrada para alcanzar la meta, por lo que procuramos trabajar en ese sentido. Con la inteligencia sucede algo similar.

A menudo los científicos declaran que no sabemos cómo mejorar la inteligencia. Y, hasta cierto punto, tienen razón. Sin embargo, es posible que la estrategia de aproximación al problema de la mejora de la inteligencia no haya sido del todo apropiada. Cuando acudimos regularmente al gimnasio percibimos con claridad cómo mejora nuestro estado de forma. Sin embargo, cuando abandonamos ese saludable hábito, al poco tiempo notamos un declive que solamente recuperaremos al regresar a los viejos hábitos de un ejercicio regular.

Los programas que se han aplicado hasta ahora destinados a mejorar la inteligencia han sido temporales, a lo sumo dos años. Los efectos positivos son notorios, pero, como en el caso del gimnasio, poco después de dar por finalizado el programa se aprecia un declive que equipara al grupo al que se ha estimulado al que cabría esperar en un grupo de control en el que no se hizo nada. ¿Qué pasaría si la estimulación se prolongara en el tiempo? Mi predicción es que el efecto beneficioso perduraría. Por eso comienza a haber un número creciente de científicos que sostienen que, en su terminología, la educación debe prolongarse durante toda la vida. No basta con graduarse en el instituto y echarse a dormir.

Hay gente más inteligente que otra por la suerte que haya tenido. Si sus padres son muy inteligentes, entonces es bastante probable –y probable no es seguro—que él también lo sea, debido a que son parientes. Si sus padres son menos inteligentes, entonces será probable que él también se sitúe a un nivel parecido. Nosotros no elegimos a nuestros padres, y, por tanto, nuestra capacidad intelectual depende de la suerte que hayamos tenido, depende de un capricho del destino.

A partir de ahí, lo que suceda durante nuestras vidas moverá algo hacia abajo o hacia arriba nuestra capacidad intelectual, pero no cabe esperar cambios especialmente reseñables. Al menos por ahora. Por eso, hasta que podamos superar esa situación –y no me cabe duda de que lo lograremos—convendría que fuésemos realistas y actuásemos en consecuencia, sea en el colegio, en los hogares o en las ocupaciones, por poner solamente algunos ejemplos.

miércoles 2 de septiembre de 2009

Respuesta a la Pregunta 36

¿Por qué algunas personas nos caen mal nada mas conocerlas?

Para qué engañarnos, a todos nos ha pasado algo así. Nos presentan a alguien, o ni siquiera es preciso que se produzca ese suceso, y sentimos un rechazo inexplicable hacia él o ella. Se dice que no hay química, que algo falla en la conexión.

Incluso se ha podido dar el caso de que hayamos sido nosotros los receptores de tamaña mala cantidad de vibraciones –por tanto, no solamente es cuestión de química, sino también de física.

Hay gente que conecta nada más conocerse y personas que, hagan lo que hagan, no logran el perseguido y deseable vínculo.

Nada me gustaría más que poder ofrecer una respuesta clara y contundente a algo que claramente nos preocupa a muchos de nosotros. A nadie le gusta, digámoslo así, caer mal a los demás. Y, con frecuencia, también nos desagrada que determinadas personas nos den dentera. Es desagradable, para qué negarlo.

Lo interesante del fenómeno es que, cuando eso sucede, tratamos por todos los medios de encontrar una explicación. “Es un coñazo”, “Tiene una mirada torva”, “Le huele el aliento”, “Es de Sabadell”, “Dobla la rodilla de un modo inquietante”. El argumento es irrelevante. Lo importante es que siempre acabamos encontrando una explicación.

Pero ¿existe tal explicación? Es posible que le huela el aliento o que sea de Sabadell. Pero ¿es eso suficiente para explicar este fenómeno prácticamente universal? ¿Bastan ese tipo de factores para que nos caiga mal una persona nada más conocerla?

Me inclino a pensar, y reconozco que no tengo más remedio que especular y echar mano de mi sentido común psicológico ahora, que la explicación de por qué alguien nos cae mal nada más conocerle es la misma que la razón por la que nos cae bien.

Simple y llanamente, los humanos liberamos sustancias químicas constantemente. ¿Les suenan las famosas feromonas? Pues son solamente un ejemplo.

Secretamos feromonas “diseñadas” por la evolución para provocar una reacción en quienes nos rodean. Constituyen un medio de comunicación no consciente que se transmite por el aire, como las ondas de radio, por poner una analogía que comprendemos estupendamente.

Los mensajes que transmiten sustancias como las feromonas pueden generar una especie de campo de intersección entre las personas que se acaban de conocer. Los mamíferos marcan el límite de sus territorios con feromonas segregadas por determinadas glándulas. Los olores que se producen se detectan a gran distancia influyendo ostensiblemente en su conducta.

Estamos acostumbrados a ver el efecto de esta clase de olores en los perros. Miramos con condescendencia y nos creemos inmunes, pero estamos en un error. Bastante grave, por cierto. Nosotros también estamos dentro de ese círculo.

El mercado de feromonas es fascinante en el mundo sexual. Es fácil encontrar perfumes que juegan con esa clase de sustancias diabólicas para prometer paraísos eróticos a sus poseedores. Hay sustancias para ellas y para ellos. Y, según se dice, funcionan más o menos razonablemente.

El impulso sensorial de la feromona se dirige con prestancia y asertivamente hacia una estructura cerebral denominada hipotálamo, situada, por cierto, en nuestro cerebro primitivo. Nos presentan a una persona y nos gusta. Las feromonas están jugando con nosotros, sin que seamos conscientes.

Pero también puede disgustarnos, exactamente por el mismo tipo de factor. Por alguna razón, nuestras químicas no coinciden y sentimos alguna clase de amenaza que nos lleva a experimentar un profundo rechazo. Nuestro cerebro primitivo ha decidido que nos cae mal. Y ahora le llega el turno al cerebro más evolucionado, a la corteza cerebral, especializada en buscar y encontrar justificaciones para casi cualquier cosa. Elaboramos y elaboramos hasta que encontramos la paz espiritual tras haber dado con la razón que subyace a esa emoción. Así es el homo sapiens.

martes 1 de septiembre de 2009

Maltrato doméstico

Dos noticias recientes quizá para la reflexión.

La primera relata que una joven catalana ha sido condenada por acuchillar a su novio. La condena se refiere a un delito de lesiones y conlleva dos años de prisión (la pena mínima por esa clase de delito en España). Menos de lo estipulado debido a que ella se encontraba emocionalmente perturbada porque el compañero sentimental la llamó ‘gorda’ reiteradamente durante una cena.

La secuencia de sucesos pasa de la cena en un local público al domicilio particular. Una vez en el hogar, ella le pide explicaciones sobre sus comentarios y él declina yéndose a la cama. Ella se queda despierta, pero ingiere antidepresivos y alcohol. Repentinamente pierde el control, coge una navaja de la cocina y se dirige a la habitación para asestarle once puñaladas.

En el juicio se constató que la acusada presentaba depresión mayor y una escasa capacidad intelectual. Ambos factores promovieron un veredicto leve.

La segunda noticia se refiere a una chica de Miami que pagó 200 dólares para que unos amigos mataran a su novio, con quien no sabía cómo romper. Los amigos le pegaron dos tiros mientras ella iba de compras.

La joven dejó las llaves del apartamento en el que vivía con su novio escondidas en un parque, lugar al que acudieron los criminales para poder acceder al domicilio.

Tras la consumación del acto, la chica regresó al apartamento y llamó a la policía para denunciar el asesinato de su novio.

El maltrato doméstico es un fenómeno complejo que puede trascender las barreras del género. Si deseamos contribuir a su comprensión para su posterior erradicación, es posible que debamos modificar nuestra estrategia de afrontamiento.

Respuesta a la Pregunta 35

¿Nos influye mucho la sociedad? ¿En qué medida influye la educación sobre cómo eres? ¿Influye la TV en nuestra conducta?

¿Verdad que parece una pregunta complicadísima de responder? Pero, a lo mejor, no es para tanto…

Existen bastantes leyendas urbanas sobre la influencia de la sociedad en el individuo o sobre el hecho de que la educación nos convierte en lo que somos, y no digamos ya sobre el efecto que poseen los medios de comunicación y la televisión en particular.

Desde el niño que vio Superman se lanzó en picado desde un ático, hasta el adolescente que, después de visionar Kill Bill, sale a la calle con una espada samurai y la emprende a sablazos con quienes tuvieron la mala suerte de interponerse en su camino. En ambos casos, el diagnóstico es meridiano, al menos para algunos.

Sin embargo, puede que hallar la respuesta más verosímil requiera dar algún rodeo. Antes de aceptar lo que aparentemente es válido, podríamos preguntamos por qué absolutamente ninguna de las millones de las personas que vieron Superman decidió arrojarse desde un último piso cubierto con una capa roja. Si el efecto del largometraje fuera tan arrollador como se quiere dar a entender, no tendrían que llamarnos humanos sino lemmings.

Nadie sensato, o que no tenga interés en vender periódicos o hacerse con el ‘share’ de la parrilla televisiva, suscribiría la declaración de que Superman es el responsable de que el niño se suicidará de manera tan trágica o de que Quentin Tarantino promovió que el ‘teenager’ albaceteño cometiera asesinatos atroces.

La pregunta sobre si la sociedad nos influye mucho puede encontrar una respuesta rápida considerando en qué medida nos influyen las personas que se encuentran más cerca de nosotros, nuestros allegados. En una palabra, ¿en qué medida nos influye la convivencia con los miembros de nuestra familia? Por lo que sabemos, la respuesta es de poco a nada. Por lo tanto, si un intenso y prolongado contacto apenas influye en cómo somos a la larga o en las que cosas que hacemos o dejamos de hacer, ¿cómo es posible que nos influyan personas a las que no conocemos de nada o con las que jamás tuvimos ni tendremos ninguna relación personal?

Quizá se podría argumentar que determinadas estrellas del espectáculo ejercen una poderosa influencia en los jóvenes. De acuerdo. Pero solamente en algunos jóvenes y durante un cierto tiempo. Si esa influencia es únicamente sobre un cierto sector y, en la mayor parte de los casos, se disipa con el tiempo, entonces a lo mejor se trata, generalmente, de una influencia irrelevante a efectos prácticos.

Con la educación pasa algo parecido. Las autoridades no paran de ofrecer cursos, o producir panfletos informativos, destinados a que los chavales no fumen o conduzcan con prudencia y sobrios. Sin embargo, ya sabemos cuál es el destino de ambas acciones: algunos jóvenes son sensibles a esos mensajes, una buena mayoría atiende sin demasiado entusiasmo y los demás se toman como un reto hacer justo lo contrario.

Quizá sea una buena estrategia aceptar algo que determinados publicistas hace tiempo que usan discrecionalmente: el mundo es como una enorme cafetería en la que se ofrece un extraordinario abanico de opciones. Hay gente a la que le gusta el café con leche, pero algunos le ponen azúcar y otros no, sacarina sólida o líquida, poco o mucho café, leche fría o caliente. ¿De qué depende esta variedad de gustos? Quién sabe, pero el hecho es que existen –y eso limitándonos al café con leche.

Para complicar las cosas, durante una época puede gustarnos el café con leche, pero, de la noche a la mañana, abominamos del blanco elemento y nos damos al café solo. ¿Por qué? Enigma.

En resumen, la sociedad, la educación o la televisión influyen de modo diferente sobre cada uno de nosotros. Por tanto, se trata de una ‘influencia’ relativa. El término y su significado son inapropiados. Más bien podría decirse que la sociedad, la educación o la televisión ponen a nuestra disposición un menú. Y somos nosotros, según nuestras particulares inclinaciones, quiénes confeccionamos el banquete que deglutiremos durante un periodo de nuestra vida. Pero quizá no en el siguiente.

domingo 30 de agosto de 2009

JEAN LEON y HOLLYWOOD

No desvelaré exactamente cómo, pero hace algún tiempo me encontré con la figura de un personaje fascinante: Jean Leon. Su nombre auténtico, sin embargo, era Ceferino Carrión.

Originario de Santander, abandonó España para dirigirse a Paris al cumplir los 19 años tras vivir una serie de desgracias familiares. Desde ahí intentó embarcar como polizón en barcos con destino a los Estados Unidos. En su octavo intento logró llegar a Nueva York.

Aparece en Beverly Hills en 1950 y, después de veinte años, se encontró regentando el restaurante ‘La Scala’, asociado a una bodega productora de vinos de fama mundial.

Su periplo comienza siendo camarero en el restaurante de Frank Sinatra y Joe DiMaggio, Villa Capri, en Los Angeles.

La amistad de Leon con estas dos estrellas se fragua en un episodio turbio en el que estuvo implicada Marilyn Monroe, la esposa de la estrella del béisbol. Los dos italianos irrumpieron en un Hotel en el que, presuntamente, la actriz se estaba viendo con su amante. No la encontraron allí, pero hubo un violento intercambio de golpes con un hombre que sí estaba en la habitación. Jean les ofreció una coartada para evitar los problemas policiales asociados al suceso, declarando que habían pasado la velada en su restaurante. Desde ahí, la amistad de Sinatra con Leon floreció, facilitándole el acceso al mundo del glamour de Hollywood que tanto ansiaba el cántabro.

Hizo una excelente amistad con James Dean. De hecho, estuvieron hablando de abrir un restaurante, pero la muerte prematura de Dean impidió esta asociación (Dean iba a ser el padrino del hijo de Leon). Sin embargo, Leon sigue adelante con la idea y en abril de 1957 abre ‘La Scala’ en el corazón de Beverly Hills. En breve tiempo, alentado por el expansivo carácter de Jean Leon, el restaurante se convierte en centro de visitas de los actores más famosos de Hollywood.

Son asiduos del local Frank Sinatra, Dean Martin, Humphrey Bogart, Bette Davis, Natalie Wood, Billy Wilder, Paul Newman, Lana Turner o Grace Kelly, entre otros muchos. Leon se encargaba de proteger la intimidad de sus clientes mientras deleitaba sus paladares con una exquisita comida mediterránea.

Conoció y se relacionó con 5 presidentes: Lyndon B. Johnson, Richard Nixon, JFK, Gerald Ford y Ronald Regan. Con JFK solía departir sobre España.

Una interesante anécdota es que Leon se encargó de llevarle la cena a Marilyn Monroe a su casa de Brentwood la noche de la extraña muerte de la actriz. Por tanto, fue una de las últimas personas que la vio viva.

Con el restaurante en pleno apogeo, Leon recorre Europa para encontrar una bodega apropiada para crear un vino perfecto para su cocina. Localiza el lugar ideal en Torrelavit (en la comarca del Penedés, Cataluña). Lo primero que hace es arrancar todas las cepas del lugar y plantar cepas de viña francesa no cultivadas en la península (Cabernet Sauvignon, Chardonnay y Merlot). En 1969 nace el primer Cabernet Savignon elaborado en España. En 1993, la revista ‘Wines’ elige su Cabernet como uno de los 10 mejores vinos del mundo. El impulso definitivo a su vino se produce en 1981, cuando Ronald Reagan elige vinos Jean Leon para ser servidos en los festejos de su investidura como Presidente de los Estados Unidos.

Jean Leon, o lo que es lo mismo, Ceferino Carrión, murió de un cáncer de laringe en 1996. Encontró la muerte viajando con su barco por Tailandia.

jueves 20 de agosto de 2009

Respuesta a la Pregunta 34

¿Qué es un psicópata? ¿Somos malos por naturaleza?

Aquí tenemos dos preguntas, pero están relacionadas.

¿Recuerdan el largometraje ‘Asesinato en 8 mm’? El tema principal giraba alrededor de las lamentablemente famosas ‘snuff movies’, es decir, películas domésticas en las que, supuestamente, se graba la tortura o muerte real de una persona. Su precio únicamente puede ser costeado por millonarios y la principal razón por la que encargan su rodaje, primero, y las compran, después, es ‘porque pueden hacerlo’. Esa es una de las tesis principales de la película.

La segunda suele pasar desapercibida, pero nos ayudará a elaborar la respuesta a esta pregunta. Cuando el protagonista, Nicolas Cage, logra capturar a quien, físicamente, tortura y asesina a las chicas desaparecidas en extrañas circunstancias, para usarlas como involuntarias protagonistas de las salvajes películas domésticas, es el asesino mismo quien hace la pregunta esencial y aporta su respuesta: “mato porque me gusta”.

Un psicópata es un tipo de personalidad que se caracteriza por poseer un temperamento que le hace resistente a las sensaciones de miedo que los demás albergamos en determinadas circunstancias. Algo que a nosotros no asusta –en el supuesto caso de que no seamos psicópatas—a él no. De hecho incluso puede resultarle estimulante, atractivo.

Visto desde esta perspectiva, y suponiendo que olvidamos momentáneamente las innumerables producciones cinematográficas que se dedican a esta clase de personas, un psicópata no tiene por qué dedicarse a matar a nadie. Es más, incluso podría ser un héroe admirado durante siglos. Un gran guerrero es, muy posiblemente, un psicópata. El bombero que se mete, sin dudarlo, en un edificio en llamas a punto de derribarse para salvar a un grupo de personas que se han quedado atrapadas, es, también, un psicópata, alguien capaz de controlar las sensaciones de miedo que inevitablemente despiertan esa clase de situaciones en la mayor parte de nosotros.

El problema es que ese tipo de temperamento posee, digámoslo así, un reverso tenebroso. A menudo evitamos realizar acciones punibles por miedo a las consecuencias. El psicópata carece de ese temor. Las circunstancias pueden llevarle a convertirse en un asesino en serie. Pero ¿cuáles son esas circunstancias? Francamente, no lo sabemos, aunque una explicación verosímil puede pasar por una crianza negligente por parte de sus cuidadores. Aprende que, amenazando a sus compañeros, puede conseguir lo que desea. Los apetitos se incrementan con el paso del tiempo y si para lograr su objetivo se requiere hacer cosas que los demás apenas se plantean, ellos no dudan en ponerlas en práctica. Si el crimen le permite satisfacer esos deseos, entonces entrará en un círculo del que ya nunca saldrá.

Las pistas que poseemos son consistentes con la declaración de que esa clase de temperamento es innato, está en los genes. Se nace con las cualidades para convertirse en un psicópata, igual que se nace con la disposición a militar en asociaciones promotoras de la paz y la no violencia. Aceptamos lo segundo con relativa facilidad, pero nos resistimos a hacer lo propio con lo primero.

Sin embargo, igual que sucede con otros factores psicológicos, el hecho de que haya una poderosa influencia genética no significa que tenga que materializarse necesariamente. O, mejor dicho, no implica que el individuo vaya a convertirse en un torturador o un violador múltiple en un futuro.

Cuando eso sucede podemos estar seguros de que algo que los psicólogos denominamos ‘proceso de socialización’ ha fracasado. Quienes son responsables de educar apropiadamente a ese niño (o niña), de ayudar a que se convierta en un adulto socializado, han fallado.

Y lo peor es que lo habrán hecho sin saberlo, inconscientemente. Creyendo que lo mejor era dejar expresarse libremente al niño, realmente le han hecho un flaco favor, a él primero, y a los demás después. Evitando poner límites y dejando de ejercer la autoridad que les corresponde, los adultos encargados de educar a ese niño habrán propiciado la creación de una personalidad cruel.

Entonces, ¿serán esos adultos los últimos responsables de que tengamos que convivir con asesinos sanguinarios? ¿habría que encerrarles también a ellos como cómplices de los sucesos que sus retoños cometen en su vida adulta?

martes 18 de agosto de 2009

Respuesta a la Pregunta 33

¿Qué empuja a un hincha de fútbol a hacer animaladas?

Los equipos calientan motores ahora para el comienzo de la liga en breve. Quienes cuentan con mayor presupuesto incluso recorren mundo aprovechando la coyuntura. Algunos de sus fans viajan con ellos.

Tanto los logros como las desventuras de esos equipos de futbol son compartidos por sus seguidores. Generalmente en uno y otro caso no sucede nada socialmente reseñable, salvo que comparten grupalmente las alegrías y las penurias, dentro y fuera del campo.

En un estadio pueden congregarse decenas de miles de personas. El estado de ánimo es, a menudo, contagioso y en espectáculos como el que ofrece el fútbol extraordinariamente pegadizo. Sin embargo, las cosas se mantienen bajo control la mayor parte de las veces. Y no porque haya alguien que regule la situación, sino porque esa situación se regula a sí misma.

Sin embargo, de cuando en cuando se producen situaciones grotescas. Un grupo de personas prende fuego a una bandera, se arrojan objetos contundentes al árbitro o a alguno de los contendientes, o alguien sale desnudo en pos de la estrella de turno. La última situación no deja de ser algo anecdótico e incluso gracioso. Las dos primeras carecen de sentido en una situación deportiva. No en vano la competición deportiva constituye, supuestamente, un modo civilizado de canalizar una contienda entre grupos de personas. Mientras que antaño la tribu A acosaba a la tribu B con algún objetivo más o menos evidente, desde un tiempo a esta parte se ha optado porque el Barcelona juegue contra el Madrid, poniendo sobre el césped el orgullo territorial. En un encuentro como ese no está en juego el esférico, sino algo más, mucho más.

Al menos eso creen algunos individuos. Y son precisamente esos quienes promueven las situaciones que se califican de ‘animaladas’ en el título genérico de esta pregunta. Por supuesto que son perfectamente capaces de discriminar un evento deportivo de una contienda territorial, pero deciden no hacerlo. Es difuso cuál es el mecanismo que subyace a ese proceso de toma de decisiones, pero se pueden hacer suposiciones razonables.

¿Es el alcohol? Posiblemente sea uno de los factores en juego. Los hinchas beben para prepararse para lo que está por venir y eso facilita una perseguida desinhibición. Dependiendo de cómo transcurran los acontecimientos en el césped, se comenzará con palabras subidas de tono y se seguirá con palabras mayores.

No obstante, muchas otras personas presentes en el estadio también beben alcohol y no por ello emulan a la, digámoslo así, facción agresiva del grupo. Disfrutan y eso es todo. O sufren.

El culpable no puede ser el nivel de alcohol en sangre. Hay algo más. Debe haber algún ingrediente añadido al explosivo cóctel. Algunos profesionales de la conducta dirían, como es natural, que el espíritu de grupo se transforma en sentimiento tribal y saca lo peor que hay en cada uno de los miembros de ese grupo. Pero, ¿por qué no también en los demás que están presentes en el campo? Ellos también son un grupo, y, sin embargo, sufren, se divierten, o ambas cosas, en la misma tarde, sin mostrar conductas agresivas que produzcan alguna clase de perjuicio en los demás.

Quienes hacen esas ‘animaladas’, de todos conocidas, son personalidades predispuestas, principalmente por motivos naturales. Y por ‘motivos naturales’ quiero decir que son personas que ‘necesitan’ exteriorizar esa clase de conductas agresivas. Realmente que lo hagan en un estadio de futbol es algo coyuntural, una excusa como otra cualquiera para expresarse, para desgracia de los demás.

Ocasionalmente hemos podido leer en algún medio de comunicación que los responsables de los equipos de futbol promueven la presencia de estas personalidades en el campo. Lo dudo. ¿Por qué debería estar interesado Laporta en que un grupo de hinchas del Barcelona haga arder una bandera española? Si, el presidente del equipo culé es nacionalista, pero no idiota, y, a mi juicio, es, además, un individuo civilizado.

Como para algunas de las circunstancias que se han discutido en otras preguntas, soy escéptico respecto a la posibilidad real de terminar con esta clase de ‘animaladas’. Lo mejor que podemos hacer es identificar a esta clase de individuos e impedir su entrada al campo. Pero, cuidado, identificarlos por los hechos, no por presunciones más o menos razonables.

EL IMPERIO CONTRA-ATACA

Recientemente hemos sabido que Sanidad volverá a la carga cuando pase el verano, aprovechando que venimos relajados y tardaremos un rato en darnos cuenta de lo que se cuece. El caso es mantenernos entretenidos.

Argumenta la autoridad competente que la ley que se aprobó en 2006 no funciona. Por ejemplo, la venta de cigarrillos no se ha reducido (aunque, quién sabe, quizá las nuevas y abusivas tarifas lo hagan mejor).

En España se permite fumar en los restaurantes y bares de menos de 100 metros cuadrados. Pero Sanidad se resiste a aceptar esta práctica tan castiza y torera que promueve las buenas relaciones entre los ciudadanos. Le disgusta que nos llevemos bien, vaya.

A las autoridades les perturba que los ciudadanos nos arreglemos entre nosotros usando las más elementales normas de cortesía. No. Somos presuntos discapacitados a los que debe prohibirse la autogestión de la convivencia.

A veces me da por pensar que los no fumadores pueden protegerse a sí mismos, simplemente evitando los lugares en los que se fuma. ¿No es sencillo? ¿Me estoy perdiendo algo?

Los fumadores pueden también protegerse de los espacios libres de humo huyendo hacia paraísos en los que un delicioso smog es parte esencial del ambiente. Sanidad quiere expulsarles de esos paraísos también.

A Sanidad le inquieta que nos unamos para celebrar una fiesta privada y decidamos, por nuestra cuenta, fumar o no hacerlo. ¿Terminarán metiéndose en nuestros hogares para multarnos por fumarnos un estupendo cigarrillo en el salón que tanto trabajo –y tantos impuestos-- nos costó amueblar? ¿Por qué les molesta tanto nuestra privacidad?

¿No es fenomenal que sean los dueños de los locales quienes decidan si en su establecimiento se puede o no se puede fumar? El cliente puede optar por ir o no ir. Igual que si se proyectan la última película de Almodovar: hay gente que va y gente que prefiere dar un paseo por el campo. No se obliga a nadie a ir o no ir a sentarse durante 90 minutos delante de la pantalla (esto también vale para el paseo). ¿Se imaginan que Cultura obligara a los españoles a ir al cine cada vez que se estrena el nuevo largometraje de Pedro? ¿No sería un poco raro?

La Comisión Europea, igual que Sanidad, parece que debe justificar el tremendo gasto que nos supone a los ciudadanos esas instituciones. Así que, en lugar de dedicarse a los verdaderos problemas, nos da, una vez más, el coñazo con tonterías. Claro que puede tratarse de algo más.

Si la UE quiere construir una Europa sin humos ¿por qué no se larga a Urano?

Los ciudadanos tenemos la suficiente sabiduría para saber convivir por nuestra cuenta. Ruego nos den un voto de confianza, y que, sobre todo, nos dejen vivir tranquilos.