FIRMA INVITADA: Quiscalus Mexicanus --por José Ignacio Ascacibar


El Quiscalus Mexicanus, conocido como Zanate en México y con diferentes nombres en otras regiones, es un ave del tamaño de una urraca, originaria del Golfo de México y que se encuentra extendida desde Estados Unidos hasta la costa de Perú. Dicen los libros y la wikipedia, que existen variedades con diferente plumaje, pero en la que se encuentra normalmente en el centro de México, los machos son negros y las hembras marrones y un poco más pequeñas. 

No es un pájaro que llame la atención por su tamaño, colores ni canto, pero la primera vez que lo vi quedé extrañado por la forma en que volaba: caído de cola y con dificultad para maniobrar y cambiar de dirección. Luego noté que, a diferencia de otras aves, la cola del Zanate es vertical, algo que no conocía en ningún otro pájaro, y pensé que eso debía ser la causa de su extraño vuelo.

A diferencia de los aviones, que tienen una cola vertical y otra horizontal, las aves sólo tienen la horizontal. De hecho, ni siquiera la necesitan para volar, ya que los músculos y plumas de las alas les permiten cambiar la geometría con precisión para controlar el movimiento sin necesidad de otras superficies de vuelo. Así vemos cómo muchos pájaros que han perdido las plumas de la cola no tienen problemas en alzar el vuelo y evolucionar en el aire, o cómo los murciélagos vuelan sin cola y exhibiendo una gran maniobrabilidad [A lo largo del tiempo, cuatro ramas de la evolución consiguieron alzar el vuelo: los pterodáctilos ya extinguidos, las aves, murciélagos e insectos. Poco sabemos de los primeros, pero del resto todos baten las alas para elevarse].

Aunque parezca lo contrario, ha sido poco lo que hemos aprovechado de las aves en nuestra aventura de volar. Han servido de inspiración, frustración al intentar imitarlas y objeto de envidia, pero técnicamente los aviones no utilizan las mismas soluciones aerodinámicas por un problema de escala y capacidad de control. Debido a la diferencia de tamaño y peso, los aviones deben volar más rápido para poder mantenerse en el aire. A mayor velocidad, la fuerza sobre las alas es mayor y estas deben ser más rígidas y pesadas, por lo que la posibilidad de cambiar de forma dinámicamente para conseguir sustentación (para elevarse) y empuje (para avanzar) batiendo las alas ya no es una solución eficiente porque necesitaría mucha energía. Lo vemos en las aves más grandes, que, como los aviones, vuelan la mayor parte de su vida planeando e incluso carecen de fuerza para elevarse cuando quedan en tierra sin una corriente de aire o un desnivel del terreno al que lanzarse para ganar velocidad.


La segunda diferencia entre pájaros y aviones ha sido el control. Las alas de un pájaro tienen una capacidad casi infinita para adaptarse al vuelo, cambiando de forma y superficie, e incluso controlando individualmente la orientación de cada pluma para conseguir cualquier movimiento en las 3 dimensiones del espacio. A lo largo de los millones de años de evolución, los pájaros se han adaptado para aumentar su maniobrabilidad, unos para perseguir mejor a sus presas y los otros para escapar de sus perseguidores. En esta evolución el cerebro se desarrolló para mantenerse instintivamente en vuelo y maniobrar utilizando todo el potencial de las alas. En esta evolución la cola, que inicialmente servía como un elemento estabilizador, dejó de tener importancia. Así vemos cómo algunos animales voladores carecen de cola, y la mayoría de los pájaros la recogen cuando vuelan y sólo la despliegan al aterrizar o como una ayuda en el vuelo a baja velocidad.

La evolución del diseño de los aviones por el contrario, ha estado enfocada a conseguir mayor estabilidad. Desde los tiempos en que los primeros aeronautas se lanzaban al aire con alas batientes construidas con plumas o trozos de tela, que terminaron invariablemente en desastre, el diseño de los aviones se ha ido separando de la forma de los pájaros para conseguir las máquinas que hoy utilizamos para desplazarnos por el aire. El primer avión de los hermanos Wright todavía imitaba a los pájaros al utilizar el cambio de la curvatura de las alas como mando de alabeo para girar, pero carecía de cola horizontal y era inestable, por lo que requería de continuas correcciones para volar en línea recta.

Esa configuración fue posteriormente abandonada en busca de aviones más seguros, que pudieran volar en línea recta sin intervención del piloto y sólo cambien dirección cuando se accionan los mandos. Las alas se reforzaron y se hicieron rígidas para aguantar los esfuerzos causados por los pesos y velocidades crecientes a las que empezaron a volar los nuevos modelos, y el mando de alabeo se confió a unas pequeñas superficies móviles en el borde de salida llamadas alerones. Los timones horizontal y  vertical se desplazaron a la parte posterior del avión, lo que redujo la maniobrabilidad, pero permitió un vuelo más estable y seguro. Durante 100 años, los aviones han seguido el modelo establecido por el Blériot XI, aumentando de tamaño, peso y prestaciones, pero manteniendo la misma configuración de alas rígidas, superficies de cola traseras que ayuden a mantener la dirección de vuelo, y un motor independiente que proporcione el empuje necesario para avanzar. A pesar de algunos intentos innovadores y normalmente poco exitosos, todos los aviones actuales utilizan este esquema.


En los últimos años, sin embargo, los avances en electrónica y la generalización de los mandos eléctricos en los controles de los aviones, han permitido controlar la estabilidad de forma automática y diseñar aparatos con mayor maniobrabilidad, que serían imposibles de manejar por un piloto humano. Es el caso de los modernos aviones de caza, o el bombardero Northrop B2 Spirit, en el que los ordenadores a bordo hacen el mismo trabajo que millones de años de evolución concentraron en el cerebro de las aves. Deshacemos así el camino recorrido en los últimos 100 años por la aviación para acercarnos un poco a la forma de volar de los pájaros, al tiempo que el Zanate hace el camino inverso y cambia la orientación de su cola para conseguir un vuelo más estable a costa de perder agilidad.



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The Life of Brian

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¿Liberalizar la Sanidad Pública?


Los profesionales de la asistencia sanitaria andan revueltos por la tendencia (o la amenaza, según se mire) a liberalizar sus servicios. La pregunta que nos hacemos los ciudadanos es ¿nos beneficiará que se liberalice la gestión de los centros de salud/hospitales?

Hace unos días me dirigía a la estación de autobuses de Avenida de América y me encontré un grupo de personas pidiendo firmas al numeroso público para elevar un documento de rechazo a esa tendencia liberalizadora. Me pregunté qué elementos de juicio tenemos los ciudadanos para decidir apoyar o no esa iniciativa.

Una colega (y amiga) me envía ahora un interesantísimo artículo escrito por el Director General de Phunciona Gestión Hospitalaria, Ángel González, en el que se revisa el modelo de prestación sanitaria de la Comunidad de Madrid. Sus contenidos me han ayudado a responder la pregunta anterior.

Ángel González. Tribuna Sanitaria. Global News. Boletín Informativo. Número 7. Mayo de 2013. Páginas 19-21.

Comenta González que la Consejería de Sanidad persigue que nos ahorremos más de 140 millones de euros en presupuesto sanitario mejorando la eficiencia.


Pero ¿cómo se piensa lograrlo?

Liberando (a) la contratación de trabajadores, (b) la contabilidad y (c) los modelos de compra. Quieren así, entre otras cosas, dejar de lado las negociaciones con las fuerzas sindicales.

Los pacientes podrán elegir dónde ser atendidos, aunque la Consejería supervisará ese proceso, llevándose, como explica González, una especie de 'comisión' cuando un ciudadano, asignado según su lugar habitual de residencia a un determinado centro, decide cambiarse a otro. Los centros competirán para conservar sus clientes y para captar los de los demás centros.

En ese proceso competitivo, los centros de salud buscarán la satisfacción máxima de sus clientes, quienes deberán aumentar su participación activa en el cuidado de su propia salud. Ese cambio supondrá un interesante campo de trabajo para los psicólogos, por cierto.

Aunque quizá el autor del artículo comentado no es totalmente asertivo en este sentido, en ese proceso competitivo es bastante probable que el pez grande se coma al pequeño. La tecnología es cada vez más importante y los productos del mercado no son precisamente baratos. Además, será importante contar con los mejores profesionales.

¿Quién pagará eso?

Puede llegar a suceder que el gasto sanitario se dispare, en lugar de reducirse "por necesidad competitiva". Aquí González es claro subrayando que la "necesidad de los agentes de dotarse de recursos de alto coste necesariamente han de repercutir al usuario que es el que, en definitiva, acaba pagando la factura". Ninguna novedad.


Esta situación carecía de sentido en el 'modelo clásico' de la administración pública basado en una jerarquía de hospitales (a) locales, (b) comarcales, (c) regionales, (d) nacionales y (e) monográficos.  En ese marco de referencia, la gravedad y complejidad del problema iba derivando hacia arriba, de modo que la tecnología más costosa no se encontraba a todos los niveles. El hospital pequeño (con menos recursos) podía servirse del grande (con más recursos) sin coste adicional.

Suena eficiente, ¿verdad?

Considerando los elementos de juicio que González pone a nuestra disposición, confieso que me inclino por firmar apoyando el rechazo a esa liberalización.

El sistema clásico me gusta y debe ser eficiente. Su lógica es aplastante y si está suponiendo un coste mayor del esperado, muy probablemente las causas sean diferentes a las manejadas por los representantes para promover el proceso de liberalización.

El fallo no está donde dicen.

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Malos tiempos para la lírica


En contra de lo que algunos pensaban, el diagnóstico psicológico no es un arte y debe basarse en una cuantificación formal. De no ser así, las cosas pueden ir de mal en peor.

Recientemente nos desayunamos con la noticia de que el norteamericano NIH (National Institute of Health) rechaza el nivel de precisión que permite alcanzar el famoso DSM (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders) usado como referencia por algunos profesionales de la Psicología para orientarse en sus labores diagnósticas.

Según los responsables del NIH, el DSM no posee la validez exigida, y, por tanto, no financiará las investigaciones que se basen en ese sistema.


El anuncio casi se solapa con la publicación de la quinta revisión del DSM, patrocinada por la Asociación Americana de Psiquiatría. El NIH propugna un regreso a las 'categorías diagnósticas tradicionales' y abomina de la agrupación de síntomas basada en el 'consenso' de los expertos en la que se cimenta el DSM.

Cuando preparé, allá por 1998, un manual sobre el enfoque de las diferencias individuales en Psicología (algo que, por cierto, nunca volveré a hacer -- un titánico trabajo para un escaso retorno) decidí dedicar una parte a las denominadas 'diferencias individuales anormales'. Nunca pude usar ese material al impartir la asignatura porque los planes de estudio son los que son.

Pero el análisis que hice sobre, entre otras cosas, los trastornos psicopatológicos, me llevó a la conclusión de que el DSM estaba siendo contestado seriamente por su falta de rigor metodológico, por su baja fiabilidad y su cuestionable validez.

Uno de los mayores problemas del DSM es que es infrecuente que distintos pacientes tengan exactamente los mismos síntomas. Además, el solapamiento de síntomas difumina la distinción entre síndromes o trastornos, lo que reduce notoriamente su validez.

Puesto que los pacientes incluidos en una misma categoría son muy diferentes, la aplicación de la misma terapia no suele ser útil. La heterogeneidad de los componentes de las categorías diagnósticas del DSM es demasiado grande. Además, los rasgos de personalidad (bastante ignorados por los clínicos) son importantes porque interactúan con esos trastornos.

Mi principal conclusión, a partir de la evidencia revisada, fue (y sigue siendo) que los modelos dimensionales, basados en el enfoque factorial, resultan más adecuados (y científicamente válidos) para el diagnóstico de los trastornos mentales que los modelos categoriales usados por el DSM.

El NIH propone ahora el Research Domain Criteria (RDoC) dirigido a integrar conocimientos de las ciencias cognitivas, los estudios de neuroimagen, las investigaciones fisiológicas y la genética.

Algunos se han puesto nerviosos, no obstante, al percibir una relativa ausencia de "factores decisivos de tipo ambiental, conductual y social" en el RDoC, pero parece que la Asociación Americana de Psicología y el Consejo General de Psicología de España están encantadas con la noticia.

¿Significa eso que están dispuestas esas asociaciones a darle mayor protagonismo al enfoque de las diferencias individuales en Psicología?

Miren que lo dudo...

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El lóbulo frontal del sapiens


Robert Barton y Chris Venditti han publicado un estudio en PNAS en el que cuestionan la clásica conclusión de que el homo sapiens disfruta de un frontal demasiado grande para lo que cabe esperar según el resto del cerebro.

Barton & Venditti (2013). Human frontal lobes are not relatively large. www.pnas.org/cgi/doi/10.1073/pnas.1215723110

Por el contrario, sostienen que el tamaño de los lóbulos frontales de los humanos, así como de las distintas regiones de esos lóbulos (como la famosa corteza dorsolateral prefrontal, DLPFC) es el esperado cuando se tienen en consideración las demás regiones: "los humanos no se desvían de las expectativas alométricas".

El análisis de estos autores sobre los estudios publicados con anterioridad les lleva a proponer que se debe abandonar la 'obsesión' por el frontal y comenzar a pensar seriamente en redes neuronales distribuidas para averiguar qué nos hacen humanos.

En lugar de subrayar la relevancia del volumen cerebral, habría que explorar variables presuntamente más vinculadas a nuestra capacidad para procesar información, como, por ejemplo, el número de neuronas y sus conexiones (sinapsis).

La siguiente figura demuestra que el tamaño de los lóbulos frontales es el que cabe esperar según el tamaño del resto de las regiones. Este resultado se obtiene de modo consistente al re-analizar las bases de datos disponibles: "la corteza frontal no evolucionó especialmente rápido con respecto a otras regiones del cerebro cuando se separaron los linajes de chimpancés y humanos".


Los autores se lanzan a especular sobre qué es, entonces, lo que puede diferenciar a los humanos, en qué reside nuestra especialización cognitiva. En su carrera se decantan por un aumento coordinado de áreas conectadas estructural y funcionalmente, incluyendo regiones, tanto de la corteza como subcorticales.

De hecho, nos dicen que la expansión selectiva de los sistema de conexión entre la corteza y el cerebelo es una característica general de la evolución del cerebro de los primates. El lóbulo frontal debe entenderse dentro de un sistema más extenso: "sugerimos que la selección natural alargó selectivamente las redes distribuidas en las que se apoya la especialización cognitiva de los humanos".

Me gusta esta perspectiva.

Pero, por lo que sabemos, un mayor volumen supone más neuronas y más conexiones sinápticas, y, por tanto, en principio, una mayor capacidad para procesar información.

El tamaño importa, aunque no absolutamente.

Concluir que es irrelevante no suena demasiado verosímil. A su análisis le puede suceder algo similar a la situación que los autores denuncian con respecto a errores de cálculo y adecuación de muestras.

Sea como fuere, estos resultados no parecen buenas noticias para quienes conceden protagonismo a una determinada región del cerebro para explicar lo que nos hizo humanos. El frontal es solamente un ejemplo.


Mi colega del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana de Burgos, el Dr. Emiliano Bruner, piensa, con buenas razones, que el lóbulo parietal resulta particularmente relevante en este sentido.

Recientemente ha propuesto una fascinante hipótesis sobre hasta qué punto la vulnerabilidad del parietal puede ayudar a comprender los procesos degenerativos en humanos modernos: "los cambios en las exigencias de energía asociados a las variaciones de forma y tamaño de las áreas parietales puede apoyar la hipótesis del trastorno de Alzheimer como un síndrome metabólico".

Pero de esto nos ocuparemos en otra ocasión.

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