FIRMA INVITADA: El Arte de la Guerra –por Sergio Escorial Martín

Por mucho que duela admitirlo, hay algunas cuestiones que parecen inherentes a la naturaleza humana. Desde que el individuo se desarrolla en sociedad, la aparición del conflicto resulta inevitable. Ahora bien, varía cómo nos enfrentamos y gestionamos esos conflictos, puede marcar la diferencia entre el hombre inteligente y el necio, siendo posible encontrar todo un continuo entre ambos extremos.

Cuando yo tenía 20 años, buena parte de mis ilusiones y energías estaban puestos en el entrenamiento de Judo, deporte del que me consideraba competidor. Un día, después de un entrenamiento, escuché a los Maestros hablar sobre un libro (“El Arte de la Guerra”, de Sun Tzu), y ávido de conocimiento que me ayudase a ser un mejor luchador, me lancé a devorarlo. Así es como descubrí esta pequeña joya que, en mi opinión, representa uno de los legados más puros de la sabiduría oriental.

Es uno de los libros más antiguos que existen, se considera que su origen data del último tercio del siglo IV a.C., y su autoría recae en un general y filósofo de la antigua China. Si bien es cierto que los datos acerca del origen de la obra y su autor están sujetos a una gran controversia, lo que parece innegable es que se trata de una de las obras más influyentes de la Historia, pues sus principios y enseñanzas tienen la virtud de aplicarse a una variedad de contextos.

Tras volver a leerlo recientemente he de reconocer, ahora, con la perspectiva que dan los años, que la primera sensación al leerlo fue una profunda decepción. Yo me esperaba un tratado bélico, donde se ensalzara la crueldad del guerrero y mensajes del tipo el único enemigo bueno es el enemigo muerto”, y nada más alejado del tratado de Sun Tzu. En esencia, mantiene que --y da numerosos argumentos para justificar su tesis principal-- “la mejor victoria es la que se obtiene sin combatir”. Y aunque la obra es de lectura densa en algunas partes, trataré en este post de resaltar algunas ideas que me parecen especialmente interesantes.

En mi opinión, su propuesta se asienta en un pilar fundamental que cimenta de manera sólida su perspectiva: la inteligencia humana. Si, ese mismo atributo humano cuya relevancia ya nadie puede cuestionar cuando se examina la evidencia empírica.

Para el autor, es absolutamente fundamental que el buen General realice un estudio detallado del enemigo (y de los factores de tiempo y espacio):

Si conoces a los demás y te conoces a ti mismo, ni en cien batallas correrás peligro; si no conoces a los demás, pero te conoces a ti mismo, perderás una batalla y ganarás otra; si no conoces a los demás ni te conoces a ti mismo, correrás peligro en cada batalla”.

La planificación de una buena estrategia:

Si eres capaz de ver lo sutil y de darte cuenta de lo oculto, irrumpiendo antes del orden de batalla, la victoria así obtenida es un victoria fácil”.

Y, sobre todo, en la utilización inteligente del engaño:

El arte de la guerra se basa en el engaño. Por lo tanto, [el buen general] cuando es capaz de atacar, ha de aparentar incapacidad; cuando las tropas se mueven, aparentar inactividad. Si está cerca del enemigo, ha de hacerle creer que está lejos; si está lejos, aparentar que se está cerca. Poner cebos para atraer al enemigo”.

Pero manejar con inteligencia el engaño, supone no solamente realizar acciones para confundir al enemigo provocando de esta manera una ventaja para nosotros, sino también leer e interpretar en estos términos las acciones del enemigo:

Si los adversarios huyen de repente antes de agotar su energía, seguramente hay emboscadas esperándote para atacar a tus tropas” o “Si un adversario no conserva la posición que le es favorable por las condiciones del terreno y se sitúa en otro lugar conveniente, debe ser porque existe alguna ventaja táctica para obrar de esta manera” o “Si los emisarios del enemigo pronuncian palabras humildes mientras que éste incrementa sus preparativos de guerra, esto quiere decir que va a avanzar. Cuando se pronuncian palabras altisonantes y se avanza ostentosamente, es señal de que el enemigo se va a retirar”.


¿Acaso la capacidad para el análisis escrupuloso de todas las contingencias que rodean una situación de conflicto, la planificación cuidadosa de una adecuada estrategia de combate o la capacidad para engañar con nuestras acciones al enemigo y no dejarnos engañar por las suyas, no requieren de una elevada capacidad cognitiva?

Yo creo que la respuesta es obvia.

El engaño, esa práctica social que es casi tan frecuente socialmente como denostada, merece que hagamos un parón. El autor se recrea en varios pasajes de su obra. Incluso termina en el capítulo XIII (Sobre la concordia y la discordia) hablando de la utilización de los espías, y en especial del papel de los agentes dobles.  Razona aquí el autor que la Guerra supone un gran esfuerzo para cualquier pueblo, así que fallar en conocer la situación de los enemigos por ahorrar gastos para investigar y estudiar al adversario es extremadamente inhumano, y no sería típico de un buen general, ni del un buen gobernante. Por tanto, la utilización de los espías y del engaño mediante la información falsa proporcionada a través de los agentes dobles, es absolutamente fundamental.

Por cierto, espías cuya característica más destacable, según el general Tzu, deben ser la sagacidad y la inteligencia

¿Y dónde queda la ética y el honor?

Pues es sencillo para el autor: en la victoria, rápida y contundente, a ser posible sin necesidad de luchar, dado que lo más importante de una campaña militar es precisamente la victoria y no la persistencia. Las campañas prolongadas son muy costosas y requieren un gran esfuerzo para el pueblo. En las mismas, el ejército es como un fuego, que si no lo apagas pronto se termina consumiendo a sí mismo.

Todo lo anterior, con ser la piedra angular que soporta el concepto del buen General, no es lo único. En esta obra hay algunas nociones sobre cómo se deben gestionar las tropas, que siguen siendo aplicables si hablamos de Liderazgo en empresas, por ejemplo, y que fueron formuladas hace más de 2500 años. Así, nos dice Sun Tzu que:

“Corresponde al general ser tranquilo, reservado, justo y metódico”.

“Por lo tanto, dirígelos [a los soldados] mediante el arte civilizado y unifícalos mediante las artes marciales; esto significa una victoria continua.

Arte civilizado significa humanidad, y artes marciales significan reglamentos, disciplina. Mándalos con humanidad y benevolencia, unifícalos de manera estricta y firme. Cuando la benevolencia y la firmeza son evidentes, es posible estar seguro de la victoria”.

En esencia, en una situación de conflicto triunfan los que:

“- Saben cuándo luchar y cuándo no.
 - Saben discernir cuándo utilizar muchas o pocas tropas.
 - Tienen tropas cuyos rangos superiores e inferiores tienen el mismo objetivo.
 - Se enfrentan con preparativos a enemigos desprevenidos.
 - Tienen generales competentes y no limitados por sus gobiernos civiles”.

Los cuatro primeros puntos son fácilmente deducibles de todo lo comentado anteriormente. Sin embargo, ¿qué quiere decir Sun Tzu cuando en varias partes de su obra establece que los generales no deben estar limitados por los gobiernos civiles?.

Para el autor, deben ser los gobiernos los que deben convocar a los generales para iniciar la Guerra, pero una vez realizada esta convocatoria, ahí finaliza todo su cometido. Es decir, una vez iniciada la campaña es responsabilidad exclusiva del General tomar todas las decisiones que le sean más beneficiosas para sus intereses, sin tener que consultarlas o sometidas a la aprobación de los gobernantes:

Hablar de que el Príncipe sea el que da las órdenes en todo es como pedir al General  que le solicite permiso al Príncipe para poder apagar un fuego: para cuando sea autorizado, ya no quedan sino cenizas”.

He de reconocer que esta imagen choca con la escena cinematográfica de un general nervioso esperando a que un Presidente autorice la utilización de armamento nuclear

¿Será que, a fin de cuentas, algunas cosas sí que cambian con el paso de los siglos?


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¿Es mediocre la enseñanza superior en España?

El río anda revuelto.

Un miembro de mi comunidad universitaria envió ayer un mensaje colectivo que ha despertado mi interés por hacer un comentario aquí. Según ese miembro, el diario El País está publicando una serie de artículos dirigidos a sacarles los colores a los universitarios.

La gota que ha desbordado el río, y que, por lo que parece, ha estimulado el mensaje señalado, es la publicación de un artículo en el día de ayer. El miembro insinúa que, en realidad, a la campaña del famoso diario subyace la intención de atacar a los académicos que apoyan a ‘Podemos’.

Pero, ¿qué escribe Francesc Carreras, Profesor de Derecho Constitucional, en su artículo para lograr desatar la ira (verbal y educada, pero ira) de ese miembro de mi comunidad universitaria?


Sostiene Carreras que la educación en primaria y secundaria posee sustanciales carencias, tanto en cuanto a los contenidos como en lo relativo a las habilidades vinculadas al proceso de estudio. Y los estudiantes (y los profesores) son inocentes. El responsable es el ‘modelo pedagógico’ al que se ven sometidos, destinado a que los estudiantes sean felices y evitando activamente que se percaten de que aprender requiere esforzarse:

no sólo escriben muy defectuosamente, sino que el simple hecho de leer les supone un esfuerzo insuperable”.

Este Profesor de Derecho generaliza a la Universidad la problemática que denuncia en los periodos educativos anteriores. Pero ahora centra su mirada en el profesorado universitario. La universidad española es mediocre porque, entre otras cosas, la selección del profesorado es lamentable y porque, además, los responsables no rinden cuentas a la sociedad:

las Administraciones financian las universidades públicas, ya que las tasas de los estudiantes solo cubren el 15% de los gastos, y los ingresos propios el 5%, con lo que el 80% restante corre a su cargo”.

Mi experiencia como universitario durante 25 años quizá me permita añadir algo medianamente interesante al turbulento río. Ignoro si para revolverlo aún más, pero ahí va.

Algunos tenemos la sensación, poderosa, de que los universitarios apenas poseemos relevancia en el proceso de toma de decisiones que determina lo que podemos y no podemos hacer. Existe una estricta normativa que proviene del correspondiente ministerio, situación que Bolonia ha agravado.

Las autoridades ministeriales dictan normas que nosotros, los profesores universitarios, cumplimos sin rechistar. Trabajamos incesantemente para satisfacer esas demandas, para ajustarnos a los criterios, para verificar guías docentes, para diseñar prácticas que ilustren los contenidos conceptuales, para corregir, literalmente, cientos de trabajos de clase, para poner exámenes que permitan valorar apropiadamente la adquisición de los conocimientos y habilidades (o competencias) que se recogen en las normativas aprobadas por las autoridades.

En la actualidad, ser profesor universitario equivale a participar en aquel programa que puede que algunos recuerden: ‘si lo sé, no vengo’. Quien no forma parte de esta comunidad universitaria ignora la multitud de actividades que deben completarse para garantizar el cumplimiento de las normativas educativas vigentes.


Una de las consecuencia es que los chavales se ven en la obligación de comportarse como si tuvieran TDAH. Satisfacer simultáneamente las múltiples demandas de sus profesores impide absolutamente que dispongan de tiempo para pensar en lo que están haciendo en realidad. No ser impulsivo es la muerte académica.

Pero la cadena se retrotrae a lo que viene dictado desde las alturas. Todo el mundo obedece. Todos los eslabones se encuentran enganchados y engrasados para que el mecanismo ruede. No se sabe muy bien hacia dónde, pero que ruede parece ser lo importante.

El profesorado universitario del que habla Carreras es, en realidad, un convidado de piedra.

Eso no quiere decir que, a mi juicio, no tenga al menos una pizca de razón al denunciar determinados modelos pedagógicos aplicados en primaria y secundaria. Pero que sea valiente y mantenga su línea argumental. Son esos modelos los que lastran también al universitario. Un excelente artículo de mi colega, también profesor universitario, Antonio Andrés Pueyo ofrece relevantes detalles a este respecto. Merece la pena echarle un reflexivo vistazo.

Y a pesar de todo, la cosa se mueve.

Hace algún tiempo discutí, en este mismo foro, algunos datos que casan fatal con el diagnóstico de Carreras. Evitaré repetirme.


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What is Life? The physical aspect of the living cell

Confieso no haber leído este librito de Erwin Schrödinger, publicado originalmente en 1944, hasta ahora (2014). Teniendo en cuenta la alta valoración que recibe por parte de algunos científicos, consideré que debía subsanar esa lacra en mi formación, y cuanto antes tanto mejor.

El resultado ha sido decepcionante. ‘¿Qué es la vida?’ es, realmente, un registro de una serie de conferencias dictadas en Irlanda por este Premio Nobel de Física. Quizá si hubiera podido escuchar al científico en directo mi diagnóstico fuese distinto. Me llamó la atención que usase en el prefacio un fragmento de la ‘Ética’ de Benedictus Spinoza que tengo subrayado en mi propio ejemplar de la obra del autor de origen sefardí (feliz coincidencia):

en nada piensa menos el hombre libre que en la muerte; su sabiduría consiste en reflexionar, no sobre la muerte, sino sobre la vida”.

El científico austriaco persigue comprender lo que sucede en un organismo vivo recurriendo a principios físicos (y, supuestamente, químicos), partiendo de que las leyes que rigen esos principios son esencialmente estadísticas (“todas las leyes físicas y químicas que desempeñan un papel importante en la vida de los organismos son de tipo estadístico”). Considera, por ejemplo, que los sucesos que se producen en el cerebro humano deben acatar “leyes físicas estrictas”.

Schrödinger discute el fenómeno de la mutación subrayando su carácter discontinuo y equiparándolo a la física cuántica: “podríamos llamar la teoría de la mutación, de forma figurada, la teoría cuántica de la biología (…) las mutaciones se deben, de hecho, a saltos cuánticos en las moléculas del gen”. La discusión sobre mutaciones termina con una declaración sorprendente: “cualquier posibilidad de estar infectando gradualmente la raza humana con mutaciones latentes, no deseadas, debería ser un tema de preocupación para la comunidad”. El científico se queda ahí en un alarde de sagacidad.

Quizá la pregunta clave que se hace Schrödinger es: “¿cómo podemos, desde el punto de vista de la Física estadística, reconciliar los hechos de que la estructura del gen parece comprender un número pequeño de átomos (del orden de 1000, y posiblemente menor) a pesar de lo cual despliega una actividad muy regular y ordenada –con una durabilidad y permanencia que raya en lo milagroso?

Su idea es que la herencia, su mecánica, se cimenta en la teoría cuántica.

En el último capítulo (¿Está basada la vida en las leyes de la Física?) se sirve de Miguel de Unamuno para abrir el fuego: “si un hombre nunca se contradice, será porque nunca dice nada”.

Discute el hecho de que el orden se mantiene a sí mismo y produce sucesos ordenados, algo que debe conjugarse con la tendencia a la entropía: “un organismo vivo aumentará continuamente su entropía, produce entropía positiva y se aproxima al peligroso estado de entropía máxima que es la muerte. Solo puede mantenerse lejos de ella, es decir, vivo, extrayendo continuamente entropía negativa de su medio ambiente (…) el punto esencial del metabolismo es aquel en el que el organismo consigue librarse a sí mismo de toda la entropía que no puede dejar de producir mientras está vivo”.

En el epílogo se atreve con el libre albedrio, y, por tanto, con el determinismo: “los acontecimientos espacio-temporales del cuerpo de un ser vivo que corresponden a las actividades de su mente, a su autoconciencia u otras acciones, son, si no estrictamente deterministas, al menos estadístico-terministas”.

El tiempo ha demostrado que Schrödinger estaba equivocado y que la mecánica cuántica era irrelevante para comprender la vida. En cualquier caso, el mérito de este científico quizá resida en haber contribuido a que no pocos físicos se moviesen hacia la biología. Sin embargo, Schrödinger desdeñó el poder de la química, clave para responder con propiedad a la pregunta que da título a su librito de conferencias.

Francis Crick, físico de formación, no dejó de subrayar los errores a los que podían conducir las lentes con las que, por defecto, los físicos observan los fenómenos biológicos.

Seguramente hemos aprendido la lección.


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The Lamb Lies Down On Broadway

Esta obra del grupo musical Génesis, que recientemente ha cumplido 40 años, cuenta una historia, con comienzo, nudo y desenlace, es decir, es un trabajo conceptual. La narración comienza en Nueva York y fue ideada para ser escenificada.


La esencia del relato se origina en un enigmático texto que Peter Gabriel escribió para la contraportada de ‘Genesis Live’. Tras la lectura de ese texto, William Friedkin, el aclamado director de ‘El Exorcista’, contactó con el músico para que colaborase en el guión de su siguiente película. Pero problemas contractuales imposibilitaron cerrar el trato. El fiasco hizo que el músico se centrase en la historia del disco doble que supuso su contribución final a Génesis.

La historia comienza con Rael paseando por Broadway después de salir del metro, donde ha hecho una pintada con su nombre. Un cordero yace en el suelo de una de las calles del barrio neoyorquino (un probable símbolo de los bajos fondos de la ciudad). Al amanecer, una nube que desciende sobre Times Square comienza a absorber todo lo que encuentra en su camino, Rael incluido. No puede evitar ser atrapado, igual que un mosquito no puede evitar se aplastado contra el parabrisas de un coche.

Perdiendo la consciencia, Rael viaja hacia una especie de universo paralelo escuchando ecos de sonidos de Broadway.

El protagonista despierta dentro de un receptáculo desconocido y, resignándose a su destino, vuelve a dormirse. Cuando recupera el estado de vigilia, el receptáculo se ha esfumado y Rael se percata de que está en una cueva en la que las estalactitas y estalagmitas poseen vida. Queda atrapado en una jaula desde la que ve a su hermano John. Le pide ayuda, pero no la recibe. Al poco tiempo la jaula desaparece y Rael se desploma después de dar vueltas sobre sí mismo como una peonza.

Rael llega seguidamente a una fábrica en la que hay muñecos humanos numerados. Conoce a algunos de ellos, entre los que se encuentran integrantes de su pandilla y su hermano John. Se asusta por su destino y procura aliviar su temor recordando su pasado en Nueva York (su panda, su estancia en el reformatorio o su primer amor –fracasado).


Desde la fábrica accede a una estancia llena de alfombras y extraños seres. Algunos de ellos se arrastran por el suelo. Intenta entablar conversación, pero no lo logra. Decide subir por una escalera de caracol llegando a una habitación de 32 puertas. El lugar cuenta con seres que conversan sobre cuál es la puerta que debe abrirse, pero solamente Lillith (una vieja ciega) puede ayudar a Rael. Todas las puertas, salvo una, regresan a la misma habitación. Al atravesar la puerta elegida, la vieja le abandona en la oscuridad. Rael se asusta, una vez más, pero, al cabo de un rato, una fuerte luz al final de la gruta coincide con un desprendimiento de rocas que le aplastan. Piensa que ha muerto. De hecho cree recibir la visita de la misma muerte (el anestesista supernatural).

Cuando recupera la consciencia, se abre camino a través de las rocas desprendidas llegando a un lugar en el que hay un estanque de agua rosa. Se quita la ropa, se mete en las aguas y se encuentra con una lamia (figura mitológica mitad mujer mitad serpiente). La lamia come de su carne, bebe de su sangre y muere. Rael, a su vez, se come a la lamia muerta y abandona el lago.

Caminando llega a una colonia de seres deformes. John es uno de ellos. Los seres le informan de que ellos también pasaron antes por el lago de la lamia, y que, después, se deformaron.

Rael intenta evitar la metamorfosis visitando a un doctor, quien le explica que la única solución es rechazar el placer extirpándose su pene. Acepta y recibe del doctor su órgano reproductor en un tubo de plástico.

Repentinamente aparece un cuervo y le roba el tubo a Rael. Le pide ayuda a su hermano, pero éste se niega porque el cuervo es un pájaro de mal agüero. Rael sale en persecución del ave, pero cuando está a punto de atraparle, el cuervo suelta el tubo que cae a un río.

En ese momento, observa una apertura en el cielo a través de la que podría regresar a Nueva York. Pero su hermano John, que le siguió en persecución del pájaro, ha caído al río. Rael se olvida de la posibilidad de regresar a su ciudad para salvar a su hermano.

Le rescata depositándole en la orilla. En ese momento observa que, en realidad, no es su hermano John, sino él mismo. Su conciencia pasa fluidamente de un cuerpo a otro. Una nube les envuelve y se disuelven en un resplandor final con el que se cierra el disco.


Esta historia, convertida en canciones, es difícil de seguir porque los textos están repletos de metáforas y admiten múltiples interpretaciones.

Esta es la música:




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